Para cualquier analista o entusiasta de la cultura y la política china, intentar comprender la República Popular China a través de las lentes tradicionales de la ciencia política occidental constituye un error epistemológico de graves consecuencias o, simplemente, una barrera imposible de sobrepasar. Durante siglos, el mundo académico occidental ha dado por sentado que el Estado-nación es la unidad fundamental, natural e inevitable de la organización política humana moderna. Sin embargo, el profesor Zhang Weiwei, en sus estudios sobre el ascenso de China, propone una ruptura categórica con este paradigma al introducir y desarrollar el concepto de Estado-civilización. Esta distinción no es un mero juego semántico; es la clave hermenéutica indispensable para descifrar el increíble desarrollo que China ha alcanzado hoy en día, y que está relacionado íntimamente con su cohesión interna, y una resiliencia histórica que la ha convertido en una civilización con más de cinco milenios de antigüedad de forma ininterrumpida, hito histórico no compartido con ninguna otra civilización a lo largo de toda la historia de la humanidad.
Para comprender la magnitud de la propuesta de Zhang Weiwei, debemos en primer lugar, analizar la creación del concepto: Estado-nación. Este constructo es un producto histórico específico, nacido de un brutal derramamiento de sangre en la Europa del siglo XVII, a saber:
- Guerra de los Treinta Años (1618–1648): El conflicto más devastador del siglo, iniciado por motivos religiosos en el Sacro Imperio Romano Germánico que derivó en una lucha por la hegemonía europea.
- Guerra de los Ochenta Años (1568–1648): Continuación de la lucha de las Provincias Unidas (Países Bajos) por su independencia de la Corona española, que concluyó junto con la de los Treinta Años en la Paz de Westfalia.
- Guerra franco-española (1635–1659): Conflicto directo entre Francia y España por el dominio político de Europa, resuelto con el Tratado de los Pirineos.
- Guerras de los Tres Reinos / Guerra Civil Inglesa (1639–1651): Conflictos interconectados en Inglaterra, Escocia e Irlanda que terminaron con la ejecución de Carlos I y el establecimiento de la Mancomunidad de Oliver Cromwell.
- Guerra de Restauración portuguesa (1640–1668): Rebelión y posterior conflicto bélico que logró la independencia de Portugal y el fin de la Unión Ibérica con España.
- Guerra de los Nueve Años / Guerra de la Liga de Augsburgo (1688–1697): Alianza de las potencias europeas (España, Inglaterra, el Sacro Imperio y los Países Bajos) para frenar la política de expansión territorial de la Francia de Luis XIV.
- Gran Guerra Turca (1683–1699): Conflicto entre el Imperio Otomano y la Santa Liga (liderada por los Habsburgo de Austria, Polonia y Venecia), famoso por el decisivo Sitio de Viena en 1683.
- Guerra del Norte (1655–1660): Conflicto por el control del mar Báltico que enfrentó a Suecia contra Polonia, Rusia, Dinamarca y el Sacro Imperio.
- Guerra de Devolución (1667–1668) y Guerra franco-holandesa (1672–1678): Campañas militares agresivas de Luis XIV de Francia para expandir sus fronteras hacia el norte y el este.
- Guerra de Sucesión Española (1701–1713): Aunque la mayor parte se desarrolló en el siglo XVIII, sus tensiones políticas y preparativos bélicos marcaron el cierre estricto del siglo XVII.
Su acta de nacimiento intelectual y jurídico del Estado-nación se encuentra en la Paz de Westfalia de 1648, que puso fin a la devastadora Guerra de los Treinta Años; pero, como se muestra en la lista anterior, no por eso cesaron los conflictos armados, en esta ocasión las motivaciones eran diversas:
- Westfalia otorgó a cada Estado el control total sobre su territorio y su religión, eliminando el control del Papa o del Emperador. Esto significó que ya no había una autoridad superior que mediara en las disputas, dejando la guerra como el único recurso para resolver conflictos de intereses.
- Reyes como Luis XIV de Francia concentraron todo el poder. Para estos monarcas, la gloria personal y la expansión territorial de su Estado eran la máxima prioridad, lo que reactivó las guerras fronterizas.
- Aunque los Estados ganaron peso, las familias reales (Borbones, Habsburgo y Romanov) seguían gobernando. Si un rey moría sin herederos, los Estados vecinos iniciaban guerras para colocar a sus propios candidatos en el trono, como ocurrió con la Guerra de Sucesión Española.
- Los nuevos Estados adoptaron el mercantilismo. La riqueza del mundo se consideraba limitada, por lo que la única forma de enriquecerse era arrebatándole mercados, colonias y rutas comerciales a los rivales (especialmente entre Inglaterra, Francia y los Países Bajos).
- Para evitar que un solo Estado dominara Europa (como intentó Francia), los demás países creaban alianzas militares automáticas para frenarlo. Esto convirtió cualquier disputa local en una guerra continental defensiva.
En resumen, Westfalia terminó con las brutales guerras de religión en Europa central, pero inauguró la era de las guerras entre Estados soberanos por el territorio, el comercio y el poder político; cuestión que, lamentablemente, sigue estando de actualidad.
Así pues, el sistema westfaliano estableció el principio de soberanía territorial y la no intervención, vinculando el poder político a un espacio geográfico delimitado por fronteras rígidas. Con el paso de los siglos, y especialmente tras la Revolución Francesa y el romanticismo alemán del siglo XIX, este modelo evolucionó para exigir una homogeneidad cultural, lingüística o étnica. La premisa subyacente pasó a ser que cada nación (un pueblo con una identidad, lengua y ascendencia compartidas) tenía el derecho natural de poseer su propio Estado.
Este modelo funcionó de manera relativa en el contexto europeo, pero demostró ser catastrófico cuando fue exportado e impuesto al resto del globo. En regiones como África o el Medio Oriente, las potencias coloniales trazaron fronteras arbitrarias con escuadra y cartabón, ignorando por completo las realidades tribales, étnicas, lingüísticas y religiosas sobre el terreno. El resultado fue la creación de Estados-nación artificiales, carentes de una identidad nacional unificadora, lo que derivó en un siglo de guerras civiles, genocidios y Estados fallidos. El Estado-nación, por su propia naturaleza excluyente, a menudo necesita definir un «otro» para consolidar su identidad interna, lo que lo hace inherentemente propenso al nacionalismo étnico y a la fragmentación cuando la homogeneidad no puede ser forzada.
Es en este punto donde la teoría de Zhang Weiwei presenta su alternativa ontológica: el Estado-civilización. Bajo este prisma, China no es un país que simplemente posee una civilización, como ocurre en cualquier otro país del mundo. China es una civilización en sí misma, encarnada en una estructura política moderna e incluyente. Mientras que el Estado-nación se define por sus fronteras físicas y su pureza étnica: es decir, por lo que la diferencia de los otros Estados-naciones, el Estado-civilización se define por su profundidad temporal y su sincretismo cultural. Su fundamento no es la pureza de su sangre, ni por rezar al único Dios verdadero, ni ser los legítimos descendientes de un linaje sagrado, etc.; sino por tener una identidad cultural compartida durante milenios, un sistema de valores y una memoria histórica que actúan como un campo gravitatorio capaz de mantener unidas a poblaciones inmensas y diversas en plena armonía.
Zhang Weiwei ilustra esta paradoja con una metáfora brillante y reveladora: China es «un Estado, pero también cientos de Estados en uno». Si aplicáramos los criterios europeos de nación, la provincia de Guangdong (con su lengua cantonesa y su cultura distintiva) o la región de Xinjiang (con sus profundas raíces turcas e islámicas) podrían haber sido aprovechados por potencias extranjeras para fabricar movimientos secesionistas y la creación de sus propios Estados-Nación, tal como ocurrió en los Balcanes o en el Cáucaso tras la caída de la Unión Soviética. Sin embargo, en el modelo de Estado-civilización, estas inmensas diversidades regionales, lingüísticas y étnicas son absorbidas por un paraguas civilizatorio superior. La lealtad última del individuo no se dirige a una etnia excluyente, sino a la continuidad de la civilización china en su conjunto.
Esta diferencia estructural explica por qué los intentos occidentales de balcanizar o fragmentar a China han fracasado sistemáticamente durante el último siglo. Las potencias extranjeras que intentaron dividir el territorio chino basándose en diferencias regionales o étnicas subestimaron la fuerza aglutinante de la identidad civilizatoria del conjunto del pueblo chino. En un Estado-nación, la pérdida de un territorio o la secesión de una minoría étnica se percibe como una amputación existencial. En un Estado-civilización, la diversidad es un rasgo inherente al sistema; la civilización es lo suficientemente vasta y flexible como para convertir las aparentes contradicciones en preciosos sincretismos, que lejos de poner el sistema en peligro de colapso, lo que hacen es dotarlo de mayor resiliencia, flexibilidad y fuerza: al igual que el bambú, el Estado-civilización es fuerte y flexible.
Por lo tanto, el primer pilar del pensamiento de Zhang Weiwei exige que los observadores internacionales abandonen la arrogancia de creer que el modelo westfaliano es el estadio final de la evolución política humana. China representa una categoría política diferente, que al abrir el abanico de posibilidades de gobernanza nos obliga a realizar un profundo análisis sobre nuestro modelo westfaliano; no solo en el sentido de si es un modelo que genera más beneficios que perjuicios para los ciudadanos, sino que también tenemos que aceptar que otros modelos políticos también son posibles. En mi modesta opinión, es una quimera buscar el sistema político perfecto como si fuera una ley de la naturaleza que se cumple en todo momento y condición. El éxito de la política china actual reside en buscar el sistema político que mejor se adapta a su situación histórica y política actual, sin dogmas y con criterios estrictamente objetivos.
Comprender esta ruptura conceptual es conditio sine qua non para adentrarse en las complejidades de la gobernanza china, un tema que exploraremos en su anatomía histórica e institucional en la siguiente entrega.


