La economía china creció un 4,5% en el tercer trimestre de 2026 respecto al mismo periodo del año anterior, según los datos publicados este lunes 19 de octubre por la Oficina Nacional de Estadística (NBS). La cifra mejora el 4,3% del trimestre anterior, aunque se sitúa por debajo del 5,0% del primero, y mantiene al país dentro del objetivo gubernamental de crecer entre un 4,5% y un 5% este año. En el conjunto de los nueve primeros meses, el producto interior bruto (la suma de todo lo que produce el país) ha aumentado un 4,6% y alcanza los 107,1 billones de yuanes.
Las cifras son sólidas, pero esconden una realidad más compleja. Detrás de ese crecimiento agregado conviven dos economías que avanzan a ritmos muy distintos. Por un lado, la industria tecnológica y las exportaciones marchan a toda velocidad. Por otro, la inversión cae, el sector inmobiliario sigue hundido y el consumo de los hogares avanza a paso lento. Entender la economía china de este otoño nos obliga a observar las dos cosas.
Antes de entrar en materia, conviene aclarar algo que suele generar confusión: el crecimiento interanual compara la producción con la del mismo trimestre del año pasado, mientras que el intertrimestral mide la variación respecto a los tres meses anteriores, limpia de efectos estacionales. China subió un 1,2% en esta segunda medida, lo que indica que el ritmo de actividad se ha acelerado ligeramente en el tramo más reciente. Ambas cifras son ciertas pero aportan información diferente.
La industria tecnológica y el desarrollo del sector servicios impulsan el crecimiento.
El valor añadido industrial, es decir, lo que la industria aporta a la economía una vez descontados los costes de los insumos, creció un 5,3% entre enero y septiembre. Pero la media esconde una brecha enorme entre ramas también: las manufacturas de alta tecnología avanzaron un 14,3%, la fabricación de equipos un 10,2% y, solo en septiembre, la producción de ordenadores y productos electrónicos se disparó un 16,4%.
Si hablamos de productos espeçíficos, entre enero y septiembre, la fabricación de impresoras 3D aumentó un 62,5%, la de baterías de iones de litio un 39,5% y la de robots industriales un 29,1%. Mientras tanto, las industrias tradicionales vinculadas a la construcción se contraen: el acero bajó un 3,8% en septiembre y el cemento un 5,3%.
La expansión industrial también se está trasladando a los resultados empresariales. Entre enero y agosto, los beneficios de las grandes empresas industriales aumentaron un 15,7% interanual, con un crecimiento del 17,4% en las manufacturas. No obstante, esta mejora tampoco fue homogénea: mientras la industria electrónica registró fuertes incrementos de beneficios, determinadas ramas tradicionales, como el automóvil o los materiales de construcción, experimentaron retrocesos importantes.
Aquí aparece una advertencia importante que el propio dato no puede resolver. Fabricar más robots no equivale automáticamente a ser más productivo. La productividad mide cuánta producción se obtiene por cada trabajador o por cada hora trabajada, y para evaluarla habría que saber dónde se instalan esos robots y qué efecto tienen en las empresas que los utilizan. La expansión de la industria de automatización es una buena noticia para esa cadena de suministro, pero sus efectos sobre la eficiencia del conjunto de la economía son una cuestión distinta que los datos trimestrales no permiten cuantificar.
El dinamismo económico tampoco se limita a la industria. El sector servicios creció un 5,2% entre enero y septiembre y aportó el 66,3% del crecimiento del PIB, según la Oficina Nacional de Estadística. Dentro de él destacan los servicios de información, software y tecnologías de la información, con un avance del 10,4%, y los servicios empresariales y de alquiler, que crecieron un 12,3%. Son cifras que matizan la imagen de una economía sostenida exclusivamente por fábricas y exportaciones e indican actividades de servicios de mayor valor añadido, aunque su expansión convive con una demanda doméstica todavía débil.
Las exportaciones, el gran motor del año
El segundo pilar del crecimiento está fuera de las fronteras. En septiembre, las exportaciones chinas alcanzaron los 447.180 millones de dólares, un 36,3% más que el año anterior, mientras que las importaciones crecieron un 31%. La diferencia entre ambas cifras generó un superávit comercial (lo que un país vende al exterior menos lo que compra) de 133.530 millones de dólares en un solo mes, y de unos 938.110 millones en lo que va de año.
Un dato llamativo es el de los circuitos integrados, cuyo valor exportado se multiplicó por 2,36 en septiembre y, sin embargo, las unidades físicas vendidas apenas crecieron un 1%.
La explicación está en los precios: cuando un componente como la memoria se encarece, el valor de las ventas puede dispararse sin que se fabrique ni se venda un solo chip adicional y por eso conviene distinguir entre crecimiento por volumen y crecimiento por precios.
Parte de esta demanda exterior tiene un origen identificable: la construcción de centros de datos e infraestructura de inteligencia artificial en todo el mundo.
Según el Fondo Monetario Internacional, el comercio mundial creció un 8,3% entre 2023 y 2025, pero el intercambio de productos vinculados a la inteligencia artificial lo hizo un 29%. Sin ese componente, el comercio global habría crecido apenas un 4,6%. China se beneficia de este ciclo como fabricante de servidores, memorias, baterías y equipos de refrigeración, aunque sigue dependiendo de importar determinados chips avanzados y maquinaria de fabricación. Exportar mucho en unas categorías no significa ser autosuficiente en todas.
La otra cara: inversión y consumo débiles
El dato más preocupante del mes es la inversión. Entre enero y septiembre, la inversión en activos fijos (obras, maquinaria e instalaciones empresariales) cayó un 7,2% interanual. La inversión privada se hundió un 10,4%, y la dedicada a promoción inmobiliaria se desplomó un 20,6%.
Dentro de esa caída generalizada, sin embargo, se observa una reorientación del capital. La inversión en industrias de alta tecnología creció un 4,9%, con aumentos del 20,2% en servicios de información y del 12,5% en fabricación aeroespacial. Es un patrón relevante, aunque hay que ponerlo en perspectiva: una actividad pequeña que crece rápido no compensa necesariamente las pérdidas de un sector enorme como el inmobiliario. En economía, el tamaño de cada sector pesa tanto como su tasa de crecimiento.
El mercado inmobiliario sigue siendo el lastre principal. Las nuevas construcciones iniciadas cayeron un 24,9% y las ventas de vivienda nueva bajaron un 13,2% en superficie. Aún así hay algo de luz: las operaciones de segunda mano subieron un 10,7%, lo que mejora la liquidez del mercado, pero una reventa no genera la misma actividad económica que construir desde cero.
La crisis inmobiliaria afecta a mucho más que a las promotoras: erosiona el patrimonio de los hogares (que contiene la compra de bienes), debilita a las industrias proveedoras y presiona las finanzas de los gobiernos locales, históricamente dependientes de los ingresos por venta de suelo.
El consumo refleja esas dificultades, aunque también muestra diferencias importantes entre categorías. Las ventas minoristas de bienes apenas crecieron un 1,0% entre enero y septiembre, mientras que las de servicios avanzaron un 5,0%. En conjunto, las ventas minoristas de bienes y servicios aumentaron un 2,6%. La debilidad del consumo es evidente, pero afecta de manera desigual a sus componentes: los hogares contienen especialmente sus compras de bienes mientras mantienen un mayor dinamismo en determinados servicios.
La Semana Dorada de octubre lo ilustra: se registraron 826 millones de viajes turísticos internos, pero el gasto medio por viaje descendió alrededor de un 1,9%. Los chinos viajan más pero gastan menos en cada desplazamiento, un síntoma de hogares que priorizan el ahorro ante la incertidumbre.
Frente al aumento de las ventas minoritas de bienes y servicios de un 2,6%, la renta disponible por habitante creció un 4,4% en términos reales durante los nueve primeros meses, prácticamente al mismo ritmo que el PIB. La nota positiva es que la economía china es capaz de aumentar los ingresos, pero brecha con el aumento del consumo indica una cautela en los hogares debido a la incertidumbre económica que se traduce en mayor propensión al ahorro.
Costes al alza y respuesta de las autoridades
Los empresarios industriales chinos enfrentan además un aumento de costes de los insumos. En septiembre, los precios de adquisición de materiales y suministros industriales aumentaron un 6,9% interanual, mientras que los precios de venta de los fabricantes lo hicieron un 5,0% y los precios al consumo apenas un 0,9%. Los metales no ferrosos se encarecieron un 20% y los combustibles y la energía un 13,6%. Esta diferencia entre los precios de compra y de venta puede presionar los márgenes de algunas empresas, especialmente cuando la demanda interna es débil. Sin embargo, el aumento acumulado de los beneficios industriales muestra que la situación varía considerablemente entre sectores y que no puede hablarse de un deterioro generalizado de la rentabilidad empresarial
Ante este escenario, el Gobierno ha activado dos palancas.
La primera es fiscal: ha movilizado 550.000 millones de yuanes de capacidad de endeudamiento ya autorizada para los gobiernos locales, de los que unos 300.000 millones irán al funcionamiento de administraciones de condados y distritos y el resto a infraestructura.
La segunda es financiera: ha iniciado una recapitalización (la inyección de capital para reforzar el balance) de grandes bancos y aseguradoras, con 300.000 millones de yuanes de aporte estatal dentro de una operación de 360.000 millones. El objetivo es que la banca disponga de colchón suficiente para sostener el crédito. En septiembre los préstamos nuevos superaron las previsiones, aunque el crédito a los hogares sigue estancado, lo que confirma que el problema no es solo ofrecer financiación, sino que empresas y familias quieran pedirla.
Una economía con un reto de fondo
Los resultados dejan a China bien posicionada para cumplir su objetivo anual.
El FMI prevé un crecimiento del 4,5% en 2026 y una moderación al 4,0% en 2027. Las variables a vigilar en el último trimestre son conocidas: si la demanda internacional de tecnología se mantiene, si los estímulos fiscales se convierten en proyectos reales, si el inmueble estabiliza y si las mejoras de renta se traducen en consumo.
La pregunta de fondo es si el motor tecnológico, el desarrollo del sector servicios y las exportaciones puede arrastrar al resto de la economía.
China está protagonizando una transformación productiva importante, con un crecimiento destacado de las manufacturas y los servicios de alto valor añadido. Estos avances ofrecen oportunidades reales para elevar la productividad, diversificar sus fuentes de crecimiento y reducir progresivamente la dependencia de sectores tradicionales.
El desafío consiste en conseguir que esa transformación se traduzca en una expansión más sólida de la demanda doméstica. Para ello, las mejoras de productividad deben seguir generando rentas y empleo, pero también favorecer una mayor capacidad y disposición de consumo de los hogares y una recuperación de la inversión privada.
China mantiene así un crecimiento sólido para una economía de su tamaño y demuestra una notable capacidad de transformación industrial y tecnológica. Pero su evolución sigue siendo desigual, y la sostenibilidad de ese crecimiento dependerá tanto del éxito de sus nuevos motores productivos como de su capacidad para revitalizar el consumo, estabilizar el mercado inmobiliario y afianzar la confianza inversora.


