Autor: Rafael de Mora Sánchez. Director de la Sección de MTCI de la Fundación Cátedra China.
Si los dos artículos anteriores trazaron la cartografía conceptual e histórica del Estado-Civilización, resulta imperativo descender ahora al terreno de la praxis gubernamental. El pensamiento de Zhang Weiwei no constituye un ejercicio meramente académico confinado a las aulas de la Universidad de Fudan; por el contrario, sus categorías analíticas se han convertido, de manera progresiva y visible, en el sistema operativo ideológico que vertebra las políticas internas y externas de la República Popular China bajo el liderazgo de Xi Jinping. Observar la China contemporánea a través de este prisma permite descifrar decisiones que, desde la lógica del Estado-nación liberal, resultarían incomprensibles o contradictorias.
La primera y más evidente materialización de este pensamiento se encuentra en la doctrina oficial de la «Confianza Cultural» (Wenhua Zixin), elevada a pilar ideológico del Partido Comunista Chino desde el XVIII Congreso Nacional de 2012. Durante décadas, la modernización china estuvo acompañada de una cierta fascinación acrítica por los modelos occidentales, una herencia del Movimiento del Cuatro de Mayo de 1919, que abogaba por la ciencia y la democracia al estilo europeo. Sin embargo, la narrativa actual ha operado un giro copernicano: la tradición filosófica china —el confucianismo, el taoísmo, el legalismo— ya no se presenta como un vestigio feudal que deba ser superado, sino como el manantial vivo de la legitimidad política contemporánea. Esto se traduce en políticas concretas: la reforma del sistema educativo para incluir masivamente el estudio de los clásicos antiguos, la restauración y promoción de sitios patrimoniales, la producción de megaproducciones cinematográficas y documentales que exaltan la continuidad civilizatoria, y la censura activa de narrativas que busquen «occidentalizar» o «liberalizar» la identidad china. El Estado-Civilización, para sostenerse, necesita que sus ciudadanos se reconozcan como herederos de una tradición ininterrumpida, y el aparato estatal invierte enormes recursos en cultivar esa conciencia genealógica.
En el ámbito de la gobernanza interna, la teoría de Zhang Weiwei se cristaliza en el concepto de «Democracia Popular de Proceso Entero» (Quanguo Guocheng Renmin Minzhu). Esta formulación, que podría parecer una contradicción terminológica para un observador occidental, es en realidad la aplicación directa del principio meritocrático civilizatorio. Zhang Weiwei argumenta que la democracia liberal electoral, centrada en el acto puntual del voto y en la competencia partidista, es un mecanismo inadecuado para gestionar la complejidad de una civilización de mil cuatrocientos millones de habitantes con tradiciones, necesidades y ritmos de desarrollo enormemente dispares. En su lugar, el modelo chino propone un sistema de consulta continua, deliberación técnica y selección meritocrática de cuadros, donde las políticas se diseñan, se prueban en zonas piloto y se escalan gradualmente. Las «Dos Sesiones» anuales de la Asamblea Popular Nacional y la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino no son parlamentos al estilo westfaliano, sino foros de armonización civilizatoria donde se negocian los intereses de las diversas regiones, etnias y sectores sociales bajo la dirección del Partido como árbitro supremo. La campaña anticorrupción masiva lanzada desde 2012, que ha afectado a cientos de miles de funcionarios, se enmarca también en esta lógica: no es una simple purga política, sino un mecanismo confuciano de autocorrección moral de la élite gobernante, destinado a preservar la integridad del centro civilizatorio frente a la degradación interna.
La política exterior ofrece quizás la manifestación más espectacular de este marco conceptual. La Iniciativa de la Franja y la Ruta (Yidai Yilu), lanzada en 2013, trasciende con creces la categoría de un simple programa de infraestructuras o de una estrategia de expansión comercial. En la retórica y en el diseño de Beijing, se trata de la reactivación de las rutas de intercambio que durante siglos conectaron a la civilización china con Asia Central, el mundo islámico, África y Europa. Al financiar puertos, ferrocarriles, redes digitales y corredores energéticos en el Sur Global, China no solo exporta capacidad industrial: exporta una visión de conectividad civilizatoria que no exige la adopción de valores políticos occidentales como condición previa. La no injerencia en los asuntos internos, principio cardinal de la diplomacia china, es la consecuencia directa del reconocimiento de que cada civilización posee su propia trayectoria legítima. Un Estado-nación liberal que exporta democracia se comporta como un misionero universal; un Estado-Civilización que construye infraestructuras se comporta como un comerciante que respeta la alteridad del otro.
Este principio alcanzó su formulación doctrinal más explícita en marzo de 2023, con el lanzamiento de la Iniciativa para una Civilización Global (Quanqiu Wenming Changyi). En este documento, Beijing propone formalmente un orden internacional basado en la coexistencia de civilizaciones iguales, rechazando la jerarquía implícita en el concepto occidental de «valores universales». La iniciativa sostiene que la modernización no es sinónimo de occidentalización y que países como China, India, Rusia o las naciones del sudeste asiático pueden alcanzar el desarrollo pleno sin renunciar a sus identidades culturales ni someterse a la tutela de instituciones como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, percibidas como instrumentos de la hegemonía liberal. Esta propuesta ha encontrado una resonancia notable en África, América Latina y Asia, donde la fatiga frente al condicionamiento político occidental ha creado un espacio fértil para un discurso que valida la soberanía civilizatoria.
En el plano socioeconómico interno, la campaña por la «Prosperidad Común» (Gongtong Fuyu), intensificada desde 2021, no puede entenderse únicamente como una política redistributiva o una corrección de las desigualdades generadas por cuatro décadas de crecimiento acelerado. En el lenguaje del Estado-Civilización, se trata de la actualización contemporánea del ideal confuciano de la «Gran Armonía» (Datong), una sociedad donde el bienestar material y la armonía social prevalecen sobre la acumulación individualista descontrolada. Las regulaciones impuestas a las grandes tecnológicas, la reestructuración del sector inmobiliario y las restricciones a la industria del lucro educativo privado responden a esta lógica: el capital debe servir a la civilización en su conjunto, no erosionar su cohesión interna ni crear oligarquías que compitan con el centro político por la lealtad de las masas.
Finalmente, la obsesión estratégica por la soberanía tecnológica —evidenciada en los planes de autosuficiencia en semiconductores, inteligencia artificial y computación cuántica— adquiere una dimensión civilizatoria. En la narrativa oficial, depender de tecnología extranjera crítica equivale a una vulnerabilidad existencial similar a la que China sufrió durante las Guerras del Opio del siglo XIX. La modernización tecnológica no es solo una cuestión de competitividad económica, sino un imperativo de supervivencia civilizatoria, la garantía de que el Estado-Civilización no volverá a ser humillado ni tutelado por potencias externas.
En síntesis, el pensamiento de Zhang Weiwei ha dejado de ser una hipótesis académica para convertirse en la gramática profunda que articula la acción del Estado chino en todos los frentes. Desde la educación primaria hasta la diplomacia multilateral, desde la regulación de plataformas digitales hasta la construcción de puertos en el Índico, la lógica del Estado-Civilización opera como un código fuente que programa las decisiones de Beijing. Comprender esta materialización no es un ejercicio optativo para quien desee entender el siglo XXI; es, sencillamente, la condición necesaria para anticipar el mundo que está emergiendo ante nuestros ojos.


