China ante la trampa afgana

El jueves 12 de marzo, en el transcurso de un encuentro informativo organizado en la embajada de la República Popular China en España para hablar acerca de la aprobación del XV Plan Quinquenal por parte de la Asamblea Popular Nacional y la Conferencia Consultiva del Pueblo Chino, el autor de este artículo aprovechó el turno de preguntas para preguntarle al embajador Yao Jing por un conflicto iniciado hace poco al que, sin embargo, los medios apenas han dedicado atención al estar focalizados en la situación en Irán; la guerra abierta iniciada el 27 de febrero (un día antes del comienzo de los bombardeos) entre Pakistán y Afganistán y la posición china en dicho conflicto.

El embajador Yao es un buen conocedor de ambos países, dado que Pakistán fue su primer destino como diplomático en la década de 1990 y dónde se desempeñó como embajador entre los años 2017 y 2020 habiéndose desempeñado justo antes como embajador en Afganistán en el periodo que va de 2015 a 2017. Él mismo afirmó: “Podría estar dos días hablando sobre esa región”, no obstante, se centró en lo relevante; China fiel a su doctrina exterior vigila de cerca el desarrollo de los acontecimientos al formar parte de su vecindario más suroccidental, pero evitando cualquier interferencia directa en los asuntos de estos países.

Pese a no haber desempeñado un rol tan notorio como han hecho otras grandes potencias, la última de ellas Estados Unidos, en la configuración de los asuntos de la región, China ha sido, y sigue siendo, un actor clave en el rompecabezas que forman estos dos países de Asia del Sur. Los lazos que unen a China y Pakistán se remontan a la propia fundación de la República Popular cuando el país islámico fue uno de los primeros en dar su reconocimiento oficial y atenerse a la política de Una sola China, prestándose apoyo mutuo en disputas territoriales que ambos tienen con India, así como unos importantes lazos económicos siendo el Corredor Económico China – Pakistán una de las apuestas fuertes del gigante asiático en su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda al conectar la estratégica región de Xinjiang con el puerto pakistaní de Gwadar, operando como una salida directa al Mar Arábigo y reduciendo así la dependencia que tiene China del estrecho de Malaca. Es descrita por algunos analistas como una “hermandad de acero”, habiendo el propio Xi Jinping afirmado en su visita a Pakistán en 2015 que sentía como si estuviese “de visita en la casa de su propio hermano”. Por otra parte, a lo largo de su historia han existido importantes intercambios entre lo que hoy es Afganistán y China, siendo el primero una parte muy importante del recorrido que llevó a cabo en el siglo VII el monje budista Xuanzhang (inspiración del Viaje al Oeste) para llegar a India, quién realizó notorias descripciones sobre la vida en esas tierras antes de la llegada de los ejércitos árabes que trajeron el Islam consigo desplazando al budismo imperante, reconociendo éste país centroasiático a la República Popular desde sus inicios, compartiendo ambas naciones una frontera de 92 kilómetros a través del corredor de Waján que conecta directamente con la estratégica región de Xinjiang.

Con el estallido de la guerra civil en Afganistán, las relaciones con China se deterioraron fruto de la orientación prosoviética del gobierno comunista surgido de la Revolución de Saur en 1978 y del apoyo verbal que éste manifestó a los vietnamitas durante su breve guerra con China a inicios de 1979, por lo que esta prestaría un apoyo limitado a los muyahidines antisoviéticos en la primera guerra en Afganistán (1978-1992). Posteriormente cuando los Talibán tomaron el poder en 1996 instaurando el primer Emirato Islámico de Afganistán, China mostraría su preocupación debido a la permanencia de terroristas islamistas de origen uigur en el país bajo cobijo del nuevo régimen, enviando dos delegaciones en los años 1999 y 2000 para establecer contacto con éste. Tras la invasión estadounidense de 2001 China buscaría establecer vínculos económicos con la nueva República Islámica, pese a que la situación de ingobernabilidad y de corrupción endémica que afectaba al país dificultó muchas de las iniciativas. La actitud china ante el colapso de la república y la vuelta de los talibanes al poder en agosto de 2021 fue vista con muchas suspicacias por el resto del mundo, habiéndose producido un mes antes de la caída de Kabul una conversación telefónica entre Xi Jinping y el último presidente afgano Ashraf Ghani en la que el primero expresó su apoyo a una solución del conflicto en manos únicamente de los habitantes del país, para que días después una delegación talibana encabezada por el mismísimo Abdul Ghani Baradar; principal negociador talibán y actual viceprimer ministro del Emirato Islámico, fuese recibida por el canciller chino Wang Yi en Tianjin. Tras la instauración del emirato, China ha manifestado su disposición a colaborar con las nuevas autoridades y, pese a que no ha habido una declaración que formalizase el reconocimiento del nuevo ejecutivo afgano, a finales de 2023 tuvo lugar un intercambio de credenciales entre embajadores.

Hubo quienes vieron en esta actitud un intento de China de reemplazar a Estados Unidos como gendarme del territorio. Nada más lejos de la realidad. De las intervenciones soviética y estadounidense China ha extraído la lección de que una simple acción armada y ocupación no supondrían acabar con la resistencia armada, más teniendo en cuenta el enorme mosaico étnico cultural de ambos países; cuatro regiones diferentes entre sí que constituyen Pakistán (el Sind, el Punyab, Beluchistán y el Jaiber Pastunjuá) y varios grupos étnicos que pueblan en Afganistán y que se hallan enfrentados entre sí (principalmente pastunes, tayikos de lengua persa, uzbekos de origen túrquico y hazaras chiitas descendientes de los invasores mongoles del siglo XIII). Para hacer frente a la trampa afgana, Yao Jing especificó que su gobierno busca fomentar el desarrollo económico de la región para que éste se integre en los circuitos internacionales y así frenar las desigualdades que puedan servir como caldo de cultivo para el crecimiento de grupos terroristas, a semejanza de sus iniciativas en las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central las cuáles, al igual que ocurre con Afganistán y Pakistán, comparten frontera con Xinjiang, extremadamente vulnerable a cualquier chispa de integrismo islámico. China es consciente de que muchos uigures se han entrenado en Afganistán bajo protección del primer Emirato Islámico y han adquirido experiencia combatiendo contra las tropas de la ISAF, y está extremadamente preocupada de que éstos regresen al país asiático y puedan iniciar acciones terroristas, además de que en varias ocasiones las inversiones chinas en el territorio han sido objetivo de los grupos insurgentes de la zona.

Mientras el mundo mira con preocupación la situación en el estrecho de Ormuz fruto del previsible impacto negativo que tendrá en la economía global, ignora la situación afgana. Este olvido es peligrosamente similar al que la comunidad internacional dedicó a la región en los años 90 entre la retirada de las tropas soviéticas y la intervención estadounidense, en el que los Talibanes fueron creados por el ISI; los poderosos servicios de inteligencia del que ahora es su enemigo Pakistán, se hicieron con el poder y además de instaurar su férrea versión del islam (con los efectos negativos que eso trajo para gran parte de la población, siendo el caso de las mujeres el más mediático) convirtieron a este estratégico país en un santuario para radicales islamistas de todo el globo. Ahora nos parece muy lejano lo que ocurre en las escarpadas montañas en la frontera afgano pakistaní, pero hace poco más de veinte años en ese remoto lugar se planearon los atentados que cambiarían el mundo tal como lo conocíamos en aquel entonces. Una de las principales causas del ataque pakistaní a sus antiguos aliados es la permisividad que éstos han mostrado hacia el grupo de los talibanes pakistaníes (no es el mismo grupo que la facción que gobierna actualmente en Kabul pese a compartir el nombre), cuyos actos de terrorismo contra la población civil y las fuerzas armadas pakistaníes han aumentado vertiginosamente desde la caída de Kabul en manos de los insurgentes. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Turk, afirmó hace poco que este conflicto supone “apilar miseria sobre la miseria” y que sólo va a aumentar el sufrimiento de la población civil, de los que 66.000 han sido desplazados en tan sólo dos semanas, lo que probablemente unido al conflicto en Irán aumentará el riesgo de nuevas oleadas de refugiados que quieran alcanzar Europa.

En la introducción a su obra Descenso al caos, publicada en 2008,el periodista pakistaní Ahmed Rashid, gran conocedor del conflicto afgano, previó muchos de los desenlaces que iba a traer la última guerra afgana. Uno bastante inquietante, sin embargo, está por verse; “El fracaso norteamericano en salvaguardar esta región llevará muy probablemente al terrorismo global, a la proliferación nuclear y a una extensión de la droga en una escala que nunca hemos experimentado hasta ahora y que no puedo sino esperar que nunca experimentemos”. Lo que nos ha demostrado la historia es que si dejamos a esta región a su aire nos enfrentaremos a consecuencias imprevisibles. ¿Podrá funcionar la apuesta china?