China en la Segunda Guerra Mundial: el olvido de su sacrificio

La contribución de China a la victoria contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial sigue siendo, en gran medida, un capítulo olvidado de la historia. La guerra contra Japón comenzó en 1937, dos años antes de la invasión alemana de Polonia, y se prolongó durante catorce años de resistencia ininterrumpida. El coste humano y material para China fue devastador: 35 millones de muertos, 80 millones de desplazados y más de 1.100 ciudades arrasadas. Ningún otro país pagó un precio tan alto en aquel conflicto, lo que debería bastar para un reconocimiento internacional que todavía hoy sigue siendo insuficiente, especialmente en Occidente, justo cuando se conmemora el 80.º aniversario de la victoria del pueblo chino contra la agresión japonesa y de la guerra antifascista mundial.

Uno de los episodios más terribles de esta lucha fue la masacre de Nankín (1937), un crimen de guerra de dimensiones atroces: más de 300.000 personas asesinadas y al menos 20.000 mujeres violadas en apenas seis semanas. Los soldados japoneses sometieron a la población civil —hombres, mujeres, ancianos y niños— a torturas inimaginables: decapitaciones, empalamientos y experimentos crueles. Testimonios como los del empresario alemán John Rabe, que dejó constancia en sus diarios, o los del médico estadounidense John Magee, que filmó imágenes desgarradoras, permiten conocer hoy la magnitud del horror.

El historiador británico Rana Mitter, uno de los mayores expertos en el papel de China durante la guerra, ha subrayado que el país fue el principal escenario asiático de la lucha contra el fascismo. Junto con Hans van de Ven, sinólogo de la Universidad de Cambridge, sostiene que, sin la resistencia china, Japón habría expandido mucho más su dominio en Asia-Pacífico, con consecuencias geoestratégicas imprevisibles.

¿Por qué, entonces, se ha silenciado este sacrificio? Muchos historiadores coinciden en que la inmediata Guerra Fría llevó a Occidente a minimizar los logros de la República Popular China, igual que ocurrió con la URSS, cuyo papel decisivo y sus 27 millones de muertos tampoco recibieron un reconocimiento justo. Este sesgo histórico se refleja en episodios tan llamativos como la conmemoración de la Segunda Guerra Mundial en la que el presidente francés Emmanuel Macron no invitó al líder ruso, pese al papel crucial de la URSS en la liberación de Francia, mientras sí acudió el presidente ucraniano Volodímir Zelensky. Una paradoja que revela la fragilidad de la memoria colectiva y la tendencia a un relato eurocéntrico.

Ese relato occidental, que domina tanto los manuales escolares como la cultura popular (cine, series, novelas), se ha centrado en los crímenes nazis, apenas dejando espacio para las atrocidades japonesas en China. Ejemplos como la guerra bacteriológica de la Unidad 731, que usó a civiles chinos como cobayas en experimentos comparables a los de Josef Mengele, o el drama de las llamadas “mujeres de consuelo” —unas 410.000 chinas y coreanas secuestradas y esclavizadas sexualmente por el ejército japonés— siguen sin ocupar el lugar que merecen en la memoria histórica. Japón, además, nunca ha asumido plenamente su responsabilidad ni ha ofrecido disculpas proporcionales al daño causado.

China, por su parte, ha trabajado con constancia para rescatar del olvido este capítulo de su historia. A través de una “diplomacia de la memoria”, ha promovido en Rusia, Hispanoamérica y el Caribe exposiciones fotográficas, documentales, presentaciones de libros y debates especializados. Todo ello con un objetivo claro: que el mundo recuerde que China fue un país pionero en la lucha contra el fascismo y que su sacrificio abrió el camino para la derrota definitiva del nazismo y el militarismo en 1945. El hecho de que medio centenar de líderes, diplomáticos y personalidades de treinta países europeos ya hayan confirmado su asistencia a las conmemoraciones del Día de la Victoria en China es un signo alentador de que este reconocimiento internacional comienza a abrirse paso.

Ocho décadas después, el recuerdo sigue siendo una deuda pendiente. China merece el reconocimiento del mundo por su resistencia heroica, por frenar al fascismo en Asia y por haber contribuido de manera decisiva a la victoria global contra el totalitarismo. Honrar su sacrificio no es solo un acto de justicia histórica, sino también una forma de recordar que la paz y la cooperación internacional siempre se han construido sobre el esfuerzo compartido de los pueblos.