Traigo a colación estas reflexiones tras asistir a la presentación del libro “Quién dominará el mundo en veinte años”, de D. Gonzalo Ortiz, compañero nuestro de Cátedra China, de quien tanto tenemos que aprender de su dilatada experiencia asiática.
El actual orden internacional, si es que podemos decir que existe, se parece mucho al tradicional juego de la “soga-tira”, también conocido como “tira y afloja”. Es un deporte popular que requiere más fuerza que estrategia y, como en toda competición, las reglas del juego deben de respetarse.
Utilicemos este entretenimiento deportivo para explicar el actual contexto mundial y supongamos que en esta gran partida geopolítica participan solamente dos equipos: digamos que en un primer grupo se encuentran los países de occidente (la mayoría pertenecientes a la OCDE[1]) y en el otro, los demás países del mundo (en torno a 160 países), últimamente llamados “el sur global”, dentro del cual se encuentran los países BRICS+ [2].
Cada bando se sitúa en el extremo opuesto de una cuerda. Se supone que ambas agrupaciones están coordinadas, mantienen una postura correcta respecto al reglamento y trabajan unidas para desplazar al equipo contrario hacia su territorio, situado más acá de la marca central, la cual podría ser un supuesto punto de equilibrio neutral, entre ambas agrupaciones: la rica y la pobre o la económicamente avanzada y la supuestamente más retrasada.
En esta competición se supone que un árbitro garantiza las reglas de la competencia, las cuales son relativamente justas y se respetan por ambos contendientes. Digamos que en el actual orden mundial hay varias instituciones u organismos considerados árbitros o responsables de mantener el orden, sea Naciones Unidas, el G-7, G-20, el Consejo de Seguridad u otras entidades más específicas, como el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, la Organización Mundial del Trabajo u otros foros en donde se debaten, definen y proponen las reglas fundamentales del magno juego sobre el tablero mundial.
El respeto a las normas es esencial para que el divertimento de la “soka-tira” se desarrolle debidamente. Cuando los equipos aceptan el reglamento, evitan riesgos de lesiones y promueven un ambiente deportivo y saludable. Es generalmente aceptado que el seguir los preceptos de la competición fomenta valores como la honestidad, el compañerismo y la disciplina.
En el mundo del deporte, ganar es importante, pero hacerlo de manera correcta y respetando a los demás es lo que realmente enriquece la experiencia deportiva. Sin embargo, el acatamiento del “fair play” no está tan claro a nivel de naciones, en donde el principio generalmente aceptado -e impuesto por los países dominantes de los dos últimos siglos- consiste en que cada nación debe de buscar “su propio interés”.
Orden Mundial
Como ya se ha comentado, no existe un único árbitro del orden mundial. En la práctica, este papel lo cumplen varios actores. La ONU, especialmente su Consejo de Seguridad, el cual actúa como el principal mediador en conflictos y establece normas internacionales a través de su Asamblea, aunque desafortunadamente depende excesivamente del consenso unánime de las cinco grandes potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial.
Países influyentes como Estados Unidos, China, Rusia y la Unión Europea moldean el sistema global mediante su poder económico, militar y político. Además, algunos organismos multilaterales como la FAO, la ASEAN, la OCS o la OTAN regulan aspectos clave de la agricultura, el comercio, la seguridad, la economía y la defensa. En conjunto, estos actores funcionan como árbitros de diversos aspectos del orden mundial.
Asimismo, las 500 multinacionales más importantes del mundo, tales como Nvidia, Walmart, Amazon, Apple, Huawei, Lenovo, Xiaomi, Microsoft, Meta, Alphabet, Tencent, Alibaba, TikTok, Baidu, State Grid, Saudi Aramco, Exxon, Sinopec, State Grid, ICBC, J.P Morgan o Xiaomi, domiciliadas en su mayoría en los EE. UU. y China, con fuerte presencia en tecnología, medios de comunicación, energía y finanzas, son partícipes esenciales a la hora de calibrar hacia dónde basculará el orden mundial.
De los dos equipos mencionados… ¿quién saldría vencedor o dominaría el mundo?
Aunque las reglas del juego cada vez parecen menos claras, cabe pensar -de forma simplificada- en tres posibles escenarios, como las tres lunas fotografiadas por Kikuji Kawada en su obra “Amanecer de la era Showa”.

Amanecer de la era Showa
Los escenarios comentados a continuación serían: i) conflicto bélico de grandes dimensiones entre ambos bandos; ii) el de una paz duradera (poco probable para los próximos veinte años); y iii) vivir en una situación intermedia de tensiones geopolíticas elevadas, con disputas y desacuerdos entre las grandes potencias con armas nucleares, de preocupante incertidumbre y desinformación, como está ocurriendo actualmente.
Resolver la contienda por la fuerza bruta, como sería la opción de solventar las diferencias entre naciones por la vía de un enfrentamiento militar.
Algunos países han intentado a lo largo de los siglos imponer el orden mundial a la fuerza. Se puede usar la fuerza para aplastar al contrario, pero tarde o temprano la población oprimida se rebela y tras enormes sufrimientos humanos y la destrucción masiva del patrimonio nacional, es preciso reconstruirlo -no solamente en términos físicos o materiales, sino también en términos de un profundo destrozo espiritual.
Además, mantener el control por la fuerza podría costar hoy en día cientos de millones de vidas de jóvenes soldados, de la población civil en general y muchísimo dinero, léase en enormes déficits, gastos de defensa e inaceptables tasas de endeudamiento.
Si no se llegara a una aniquilación total de ambas partes, podría el planeta retroceder como humanidad bastantes siglos. Hoy el mundo está tan conectado que una imposición brutal sólo se conseguiría mediante fuertes sanciones y represiones, dando paso a amplias crisis desembocantes en sociedades paupérrimas. Por eso, aunque se pueda intentar, avanzar hacia estos escenarios genocidas, sería una locura, como ya lo fueron las anteriores guerras devastadoras del siglo XX, concluidas en millones de decenas de muertos y heridos, hambrunas, miseria y una devastadora ruina económica y moral a gran escala.
Sin embargo, este escenario es lamentablemente posible. Basta ver la personalidad de ciertos líderes mundiales. Algunos con demencia senil, otros narcisistas malignos, con propuestas no muy alejadas de las que hizo Hitler en sus años como “Führer” o anteriormente, en el siglo XII, el conquistador mongol Gengis Kan, quien -a sangre y fuego- ha pasado a la historia por su temible reputación.
Por otro lado, las cúpulas del poder mundial y sus industrias militares desean imponer sus propias reglas y negocios a las demás naciones. Mas… ¿quién en su sano juicio desea realmente una tercera guerra mundial?
Cooperar para alcanzar un mundo en paz, construyendo acuerdos y desarrollando normas compartidas. Negociar la paz exige un compromiso firme con el diálogo.
Negociar la paz requiere una combinación de habilidades humanas y estratégicas. Hace falta escuchar activamente al otro para entender las preocupaciones reales de cada parte y tener la suficiente empatía para reconocer sus pesares y necesidades. También son esenciales la paciencia y el autocontrol en las negociaciones, porque los procesos de paz suelen ser largos y tensos. La comunicación clara, la honestidad y la capacidad de generar confianza permiten avanzar sin malentendidos. Además, se necesita creatividad para encontrar soluciones que beneficien a todos y sobre todo flexibilidad y generosidad para ceder cuando sea necesario.
La paz siempre es posible, pero no surge sola: requiere voluntad, diálogo y acuerdos reales entre las partes. Aun así, siempre existe el riesgo de que un país poderoso intente imponer unilateralmente sus propios deseos, ya sea mediante presión económica, política o militar. Ese tipo de imposición puede funcionar a corto plazo, pero rara vez crea una estabilidad duradera y casi siempre genera resentimiento y nuevos conflictos. La paz auténtica solo se construye cuando los países encuentran puntos de interés comunes, aceptan reglas compartidas y respetan la dignidad del otro. En resumen, un cierto orden puede imponerse, pero la paz verdadera solamente prospera si se promueve una auténtica cooperación.
¿Es posible avanzar por el estrecho y difícil camino hacia la paz? No es tan evidente que los países dejen de la noche a la mañana de guerrear entre sí, pues la humanidad lleva milenios enfrentándose.
En un contexto pacífico, uno de los principales objetivos debiera ser el cooperar para acabar con el hambre y la pobreza en el mundo. Indudablemente, las estadísticas de los últimos cuarenta años reflejan que el país más exitoso en este terreno ha sido la República Popular China y, por tanto, cabe esperar que muchas naciones adopten medidas similares a las del Imperio Celeste e incluso que se asocien con él, como está ocurriendo en las grandes alianzas de la última década entre los países del sur global.
En este primer escenario, el equipo liderado por China parece tirar con más fuerza de la cuerda y ganaría la prueba de la “soga-tira”. Lo más probable sería que en veinte años el orden mundial fuera fundamentalmente dictado desde el sudeste asiático.
He descrito un sencillo modelo dos naciones capitaneando a sus equipos, formados mediante grandes alianzas, en donde se dan tres escenarios en las relaciones internacionales. Sin embargo, aunque el autor se incline a pensar que ganará el equipo “del resto del mundo” -como se decía antaño a las selecciones deportivas formadas con jugadores de varios países- cabe pensar que en veinte años estaremos en un entorno bien distinto al actual, como es el presente respecto a aquel anterior existente cuando se produjo hace un cuarto de siglo el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York.
Seguir manteniéndonos en una situación intermedia de tensiones geopolíticas elevadas, con frecuentes disputas y desacuerdos entre las grandes potencias, azuzando algunas naciones una preocupante escalada militar, en un entorno de desinformación e incertidumbre.
Las “naciones capitanas”[3] del mundo, China y Estados Unidos, podrían llegar a entenderse, pero no es sencillo. Ambos países son potencias con intereses globales y modelos políticos distintos, lo cual genera tensiones entre sus modelos políticos, de gestión de la economía y el comercio, la tecnología y la seguridad a escala mundial.
Aun así, también comparten necesidades similares, tales como: una estabilidad política y económica, evitar conflictos y resolver problemas comunes globales, la protección del medio ambiente, la explotación de los océanos, el funcionamiento de las cadenas de suministro o las rutas de navegación aérea o marítima.
Cuando ambas naciones hegemónicas decidan dialogar y entenderse, encontrarán puntos de cooperación práctica, aunque no lleguen a resolver todas sus diferencias.
Su relación seguirá funcionando como una mezcla de competencia y colaboración, en donde ninguna podrá ignorar a la otra. En resumen -quieran o no- habrán de entenderse mediante un proceso de negociación constante y respeto mutuo, más que buscando imponerse.
Actualmente, las reglas parecen ser impuestas de manera unilateral por una persona, Donald Trump, el cual acaba de arrestar al presidente Maduro invadiendo Venezuela, plantea adherirse Groenlandia y Canadá y desea hacerse con el control del Canal de Panamá, prescindiendo de Naciones Unidas y demás organismos internacionales o nacionales como el Congreso y Senado de los Estados Unidos.
Empezó su mandato subiendo unilateralmente las tarifas arancelarias, ha bombardeado Irán para disuadirlo del uso de armas contra Israel, aplica sanciones comerciales y financieras a terceros estados “indeseables” e incluso ha anunciado el levantamiento de un complejo turístico en Gaza tras el genocidio de 70.000 personas [4]. Da la sensación que los EE.UU. y su equipo “occidental” no parecen interesados en que varíen las actuales reglas del juego, a pesar de su claro declive económico y social desde el año 2008 [5].
En cuanto a la República Popular China, su política de alianzas es impresionante: la expansión de la Ruta de la Seda, las nuevas adhesiones al foro de los BRICS+, el fortalecimiento de la Organización de Cooperación de Shanghái, la participación con la ASEAN+3, la APEC y otras alianzas comerciales, financieras y militares, tanto en Asia como en los demás continentes, sin olvidar su especial entendimiento con Rusia como socios estratégicos comerciales y energéticos.
Ambos hegemones siguen políticas diametralmente opuestas. Mientras los EE.UU. van hacia el aislamiento y pretenden acabar con su tradicional política de alianzas[6], la República Popular China va construyendo una red tupida de coaliciones de cooperación, en principio beneficiosa para todas las partes.
Estamos presenciando el final del sistema financiero mundial basado en los petrodólares[7] y en el mecanismo de mensajería para identificar las transferencias por Swift[8]. El uso del dólar, como moneda principal de pago y de reserva internacional lleva años perdiendo terreno en los mercados financieros. Existe una gran desconfianza en el verdadero valor de la divisa americana, así como en el explosivo e incontrolado crecimiento de las cargas financieras generadas por esta deuda, las cuales han alcanzado ya al enorme gasto presupuestario en defensa[9].
Por otra parte, muchas naciones temen la debilidad presente y futura del dólar y su posible uso coercitivo, dados los extraordinarios niveles de deuda de los EE.UU.[10] y su frecuente empleo de medidas sancionadoras unilaterales frente a terceros países.
Tampoco es del agrado de las naciones occidentales ver cómo la República Popular China, bajo el pretexto de “neutralidad” y “no injerencia en asuntos internos”, se dedican a apoyar a partidos políticos corruptos y opresores de su población civil.
Las turbulencias de la actual geopolítica mundial deberán de dominarse o el vuelo de nuestra sociedad mundial al futuro podría ser catastrófico. Esperemos y confiemos en la prudencia y el sentido común.
Hispanoamérica y su importancia geoestratégica
No es realista pensar que China “se quedará” con Asia, Rusia con Ucrania y Estados Unidos con América, porque el mundo actual es demasiado interdependiente para dividirlo en tres grandes zonas de influencia y control. Es cierto que China tiene un ascendente dominio en Asia, Ucrania ha sido parte de Rusia y que Estados Unidos mantiene un peso histórico en América, pero estas tres potencias nucleares compiten y cooperan en casi todas las regiones del planeta.
De hecho, países como Argentina y México han sido invitados a formar parte de los BRICS+, alianza en donde Brasil es miembro fundador. Por otra parte, la presencia y el poder de los EE.UU. en Asia Oriental se manifiesta claramente desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, otros países asiáticos e hispanos tienen en la actualidad sus propios valores e intereses y no están aceptando el convertirse en un simple peón a ser movido bajo el exclusivo dominio de las esferas de influencia tradicionales [11].
La nueva arquitectura de las relaciones internacionales no debiera basarse en sanciones, amenazas, invasiones y sumisiones del pez chico al pez grande por falta de un orden global justo y respetuoso. Tampoco parece aceptable el aceptar que se mantengan por décadas dictaduras como las de Cuba o Venezuela o gobiernos corruptos implicados en el narcotráfico, como México o Afganistán. Asimismo es inaceptable que se hagan con el poder de un estado y actúen de manera impune bandas criminales organizadas usurpadoras de las riquezas nacionales[12].
En lugar de repartirse el mundo los hegemones -sin contar con otras naciones- lo más probable es que se continúe promoviendo una combinación de competencia, negociación y equilibrio entre las principales potencias mundiales, quizás en foros de negociación más abiertos.
Tanto los EE.UU. como China son los principales socios comerciales de casi todos los países hispanoamericanos. La actual crisis en el Caribe está sirviendo para darnos cuenta que los EE.UU. está aplicando de nuevo la Doctrina Monroe en Venezuela, en donde la presencia rusa y china es evidente y relevante desde hace un cuarto de siglo. Evidentemente, aunque la captura del narcotraficante Maduro sea aplaudida, ésta está trayendo consigo una considerable inestabilidad regional, pues en paralelo no se están respetando un sinnúmero de reglas del derecho internacional.
Debiera corresponder a la hispanidad decidir cómo desea relacionarse con el Tío Sam y con el Imperio Celeste. En este sentido, corresponde a los pueblos de Hispanoamérica tejer sus propias alianzas, para de esta forma proteger mejor sus intereses.
El papel cada vez más irrelevante de la Unión Europea
Las amenazas de los últimos tres años de EE.UU. y Europa hacia Rusia, China y terceros países no solamente han sido contraproducentes, sino que además han debilitado la posición del dólar y el euro en los mercados financieros mundiales, afectando a su ya complicada política monetaria, fiscal y presupuestaria, a causa del altísimo endeudamiento de las naciones occidentales.
La Unión Europea tendrá que definir a medio plazo su lugar en un mundo marcado por la fuerte competencia comercial y tecnológica entre China y los Estados Unidos. Aunque Europa sigue siendo una potencia económica, enfrenta desafíos internos como su desastrosa estrategia energética, su falta de competitividad, su posible fragmentación política y el envejecimiento poblacional. Para mantener una cierta relevancia a nivel mundial, debería reforzar su autonomía estratégica, invertir más en tecnología y revisar sus alianzas y dependencias energéticas, procurando actuar unida en política exterior.
A lo largo del siglo XXI la sociedad europea se ha ido convirtiendo en una comunidad a la vez cómoda y convulsa, sin un verdadero proyecto de futuro. Se ha extendido un malestar, fundamentalmente entre los jóvenes, quienes perciben una lenta decadencia social en el ámbito laboral, un difícil acceso a la vivienda, así como un deplorable nivel del debate público.
Tanto si viven en Rumania, Bulgaria o Hungría, como si lo hacen en el Reino Unido, Alemania, Francia o Italia, la llamada generación Z [13], ve a sus países altamente endeudados, con sus niveles de productividad estancados, mientras sus políticos son incapaces de construir un porvenir esperanzador. En el sur de Europa los sueldos son bajos, los trabajos precarios y las prometidas pensiones van camino de convertirse en una quimera, una fantasía inalcanzable. La escandalosa corrupción política es captada a diario por los usuarios de las redes sociales, mientras las élites nacionales parecen adormecidas, insensibles e inamovibles.
Ante semejante decadencia social, muchos jóvenes adultos se plantean si emigrar para escapar de una vida futura precaria, resignarse y seguir aguantando o alzarse contra las injusticias políticas, económicas y sociales que perciben a diario por las redes sociales.
Los europeos son conscientes que dos guerras mundiales han desbancado al continente de su privilegiada posición mundial mantenida durante los últimos cinco siglos. Tienen ahora estos países otro papel a jugar en el siglo XXI: el de servir de contrapeso al poder de las principales naciones hegemónicas.
En primer lugar, debieran de apostar firmemente por acabar con las dictaduras y con personajes siniestros que predican la igualdad, los derechos humanos o la paz, al tiempo que están cerca de ser encarcelados por corruptos y mentirosos.
No va a ser fácil avanzar hacia un nuevo orden global basado en reglas ecuánimes, si quienes deben acordarlas no son imparciales ni tienen en cuenta al otro.
Evidentemente, para reconstruir la arquitectura de un nuevo mundial es fundamental respetarse mutuamente. De lo contrario, los acuerdos entre países nacerán muertos.
Desde su posición de segundo nivel, la Unión Europea debe promover el entendimiento y adoptar una actitud neutral. Sería loable que se esforzara más en promocionar medios de comunicación más libres y democráticos, así como leyes electorales más legítimas y representativas.
Hace escasamente cuatro décadas, un acercamiento a Rusia, permitía entrever una prosperidad comercial, fruto del intercambio de productos industriales europeos por materias primas rusas. En 2013, manifestaciones y disturbios en la plaza Maidán de Kiev, dieron paso a las crisis de Crimea y posteriormente a la invasión rusa de los territorios de Donetsk, Zaporiya, Jersón, Lugansk y Jarkiv. El sueño de una posible asociación europea con Rusia se acabó cuando el gasoducto Nordstream 2 fue saboteado en 2022. A comienzos de 2026, Ucrania sigue dominada por vientos bélicos.
Si los pactos entre China y Rusia podrían ser un claro e inminente peligro para la paz europea, lo más sensato sería cambiar el discurso agresivo de sus políticos hacia dos potencias nucleares, aliadas entre sí. Lo más lógico podría ser promover un diálogo constructivo en el continente euroasiático, teniendo en cuenta que -en caso de un conflicto- la Unión Europea lleva las de perder. Es más, ambas superpotencias tienen abundantes recursos naturales y debieran ser socios preferenciales, en lugar de un peligro sistémico.
También, después de varios fracasos para llegar a acuerdos de cooperación estratégicos con Turquía, la posición europea está abocando a esta nación a revisar y redefinir su papel en la OTAN, en Oriente Medio y frente a Europa.
El Viejo Continente, como India o Indonesia, no desaparecerá del tablero geopolítico mundial: seguirá siendo un actor relevante, pero necesitará una mayor cohesión política para influir realmente. Su futuro dependerá en buena medida de convertirse en un bloque fuerte, capaz de negociar, cooperar y mantener el equilibrio entre las grandes potencias. Mas no van actualmente los europeos hacia acuerdos de paz con sus vecinos, emperrados como están en tocar tambores de guerra.
Sin embargo, la única forma de hacerse oír a escala mundial consiste en ser muchísimamente más innovadora, productiva, competitiva y pragmática, en vez de centrarse excesivamente en establecer reglas asfixiantes[14] o poner sanciones a terceros países.
En resumen, la Unión Europea carece actualmente de una estrategia mínimamente aceptable y de continuar por este pésimo camino (guerra en Ucrania, desacuerdos con Rusia, estancamientos de todo tipo como el demográfico, económico y tecnológico) el fracaso está asegurado.
¿Quién impondrá un nuevo orden global?
A modo de conclusión, si todo sigue igual como hasta ahora, le parece al autor de este artículo que el equipo “occidental” lleva las de perder la partida, pues el amplio equipo del sur global se muestra a largo plazo mucho más joven, numeroso, impetuoso y fuerte.
Además, su nación capitana o líder – el Imperio Celeste- está a la cabeza en tecnología, industria, finanzas y en defensa. Sus relaciones diplomáticas, industriales y comerciales con la mayoría de los países del mundo son francamente buenas.
Su modelo político es el punto más débil o menos atractivo, aunque el gobierno de Xi Jinping recibe un gran respaldo de la población china, siendo su tasa de popularidad alta.
Probablemente, la economía china es la más potente, pragmática, competitiva e innovadora del mundo. Dada la dimensión de sus mercados, sus escalas de producción, calidad de productos y precios de producción, sus mercancías y servicios son sumamente atractivos a escala mundial.
Dentro de veinte años es muy probable que las reglas del orden mundial se dicten desde Pekín, como hasta hace poco se dictaban exclusivamente desde Washington, D.C. y anteriormente en Londres, París o Madrid.
Hemos llegado así al punto crucial, al broche de cierre de esta reflexión: es muy probable que la República Popular China se convierta en el imperio más vigoroso y grande que nunca antes haya existido, pero… ¿cómo se dictarán las reglas de ese nuevo orden global?
Ser o no ser… ¡ésa es la cuestión!
Aunque muy probablemente se vuelva a aplicar la “regla de oro” (quien tiene el oro hace la regla), esperemos que los organismos internacionales y los estados soberanos de los 195 países existentes se planteen unos códigos y reglas de juego bastante más equitativos, democráticos y justos que los actuales.
El tecnofeudalismo
Tal vez las reglas y directrices no vengan dictadas en el futuro desde organismos multilaterales, ni se promulguen exclusivamente por potentes estados soberanos, sino también sean impuestas por un grupo de compañías privadas gigantes, dueñas de las redes de internet y de la nube, presentes en los cinco continentes.
Estas empresas no solo han venido acumulando un enorme poder económico en los dos últimos siglos, sino que actualmente controlan la economía, las infraestructuras y los sistemas de defensa de las naciones. Se estima que, estas multinacionales de la información y de la gestión de datos, son cincuenta veces más grandes que las que dominaban el mundo en los años sesenta del siglo pasado[15].
Será fundamental analizar en dónde localizarán sus sedes fiscales y quiénes se sentarán en sus consejos de administración.
El fuerte cambio tecnológico ocurrido en el primer cuarto del siglo XXI -proveniente de las aplicaciones del internet y de la inteligencia artificial- no va a ser una revolución más, como muy bien explicó recientemente D. Felipe Dabasa en la última reunión de la Sociedad de Pensamiento Lúdico en Madrid.
Internet es la carretera que nos lleva a la nube, en donde se almacenan los archivos de todo el conocimiento del mundo. Allí, entidades como Amazon, Microsoft, Google, Alibaba, Oracle, IBM, Huawei, Baidu Tencent crean riqueza, pero no necesariamente generan puestos de trabajo. Estas sociedades tecnológicas de la era digital sirven para aumentar la productividad en general, pero apenas distribuyen sus inmensas ganancias. Es lo que el filósofo Byung-Chul Han ha llamado el tecnofeudalismo.
La historia cambia con hechos, no con discursos. Mientras una parte de la humanidad habla de cultivar la virtud, el respeto mutuo, la lealtad, la igualdad y la cooperación, la otra parte opera bajo la lógica de la acumulación y explotación capitalista, siendo más ambiciosa, pragmática, y hasta cobarde, corrupta, mentirosa, codiciosa en algunos casos extremos.
Estamos de nuevo ante una gran encrucijada.

[1] Más de una treintena de países conforman la OCDE: Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Chile, República Checa, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Francia, Alemania, Grecia, Hungría, Islandia, Irlanda, Israel, Italia, Japón, Corea del Sur, Luxemburgo, Méjico, Holanda, Nueva Zelanda, Noruega, Polonia, Portugal, República Eslovaca, Eslovenia, España, Suecia, Suiza, Turquía, Reino Unido y EEUU.
[2] Son países miembros de los BRICS+ Brasil, Rusia, China, India y Sudáfrica. En 2024, Irán, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Egipto y Etiopía se unieron al grupo, mientras que Indonesia lo hizo en 2025. Otros diez países están clasificados como países asociados. En total, más de 20 países forman parte de esta potente alianza.
[3] En 2025, el PIB nominal de EE.UU. ascendía a 30,6 billones de dólares, mientras que el de la República Popular China se estimaba en 19,4 billones de dólares. Los niveles de inflación esperados en 2026 se sitúan en 2,6% en los EE.UU. y en 0,8% en la República Popular China.
[4] Recientemente, Amnesty International reportó asimismo 20.000 niños y 160 periodistas asesinados en Gaza, además de miles de otras víctimas gravemente heridas y mutiladas.
[5] Crisis financiera de 2007-8, recesiones, alto endeudamiento soberano, envejecimiento de la población, covid-19, enorme gasto militar, desconfianza sobre el valor y el uso del dólar, reglas medioambientales, escasez y coste del barril de petróleo
[6] Ver: Foreign Affairs. Julio/Agosto 2025. “Who needs allies?”. La revista del Consejo de Relaciones Exteriores de los EE.UU.
[7] Intercambio de petróleo por dólares.
[8] El Swift se ha transformado en ISO20022 en noviembre de 2025, para agilizar los mensajes financieros de pagos y cobros de forma clara y consistente. Rusia, China y otras naciones están integradas en el sistema CIPS, para evitar sanciones, operar más eficientemente y reducir el uso, coste y riesgos asociados al empleo del dólar.
[9] El presupuesto en defensa ordinario y discrecional de los EE.UU. para el año fiscal de 2026 podría situarse en un billón de dólares, dependiendo de los acontecimientos que pudieran suceder en un contexto de incertidumbre de fuerte turbulencia.
[10] La deuda pública de los EE.UU. para 2026 se estima pueda alcanzar los 39 billones de dólares y la de la R.P. China la deuda nacional se estima en alrededor de 19 billones de dólares para el mismo año de 2026.
[11] Véase el caso de los nuevos países BRICS+ de Oriente Medio o los recientes acuerdos militares de Colombia y Argentina con China.
[12] Ningún país debiera apoyar a gobiernos corruptos e ilegales. La comunidad internacional debiera rechazar de plano las dictaduras y los partidos políticos no elegidos libremente por sus pueblos. Las democracias deben fundamentarse en estrictas reglas electorales.
[13] Aquellos nacidos como primera generación de nativos digitales que han crecido con internet, móviles y redes sociales
[14] En sectores como el automóvil, el energético, la agricultura o las finanzas, cuando no sobre terceros países, como Rusia o a nivel de acuerdos privados.
[15] Entre los negocios más prósperos de los pasados siglos XIX y XX se encontraban las industrias textil, ferroviaria, siderúrgica, petrolera, alimentaria, automotriz y aeronáutica, así como de la comunicación. El presente siglo se caracteriza además por la presencia de importantes innovaciones tecnológicas, como el nacimiento de las industrias de la automatización, software, semiconductores, robótica, biotecnología, energías renovables y de la inteligencia artificial.


