La «Misión Justicia 2025» movilizó al Ejército Popular de Liberación de China alrededor de la isla de Taiwán. Se inició el 29 de diciembre de 2025, constando de dos fases: la primera fase fue la más intensa, concentrando la actividad entre los días 29 y 30 de diciembre, aunque llegó hasta el 2 de enero de 2026; la segunda fase fue de extensión y cierre con actividades de menor calado que llegaron a su fin paulatinamente entre los días 3 y 4 de enero de 2026. Participaron fuerzas conjuntas de tierra, mar, aire, cohetes, unidades de drones y guardacostas. El Comando del Teatro Oriental describió la operación como un ejercicio conjunto para patrullas marítimo‑aéreas, supresión de fuerzas hostiles y bloqueo de puertos. Algunos informes dicen que participaron cerca de 30 barcos y un centenar de aviones y drones, en los que se utilizó fuego real. Fue una demostración de fuerza militar y de firmeza diplomática para contrarrestar la constante injerencia externa de EE.UU. y persuadir a las autoridades taiwanesas de la absoluta inutilidad de sus esfuerzos separatistas.
Beijing ya ha manifestado que sus ejercicios militares cerca de Taiwán están en gran medida provocados por la aprobación, el 18 de diciembre de 2025 por el Departamento de Estado de EE.UU., de un paquete de venta de armas a Taiwán por un valor aproximado de 11.100 millones de dólares, que se entregarán por lotes en unas pocas semanas. Ese importe cubre distintos tipos de equipos y servicios (sistemas de cohetes HIMARS, obuses, misiles antitanque Javelin, drones de munición de merodeadora Altius, piezas para otros equipos, apoyo logístico y formación). Hay que entender que estamos refiriéndonos a la mayor venta de armas de EE.UU. a Taiwán de la historia, siendo la segunda venta de armas a Taiwán de la actual Administración estadounidense dirigida por Donald Trump.
El portavoz de la Cancillería china, Guo Jiakun, en una rueda de prensa aseveró: «Estas operaciones socavan gravemente la paz y la estabilidad en el estrecho de Taiwán», «no se puede cambiar el destino inevitable del fracaso de la independencia» y «sólo acelerará el avance hacia una situación peligrosa». El portavoz acusó asimismo a Washington de «ayudar a la independencia mediante las armas» y de intentar «utilizar a Taiwán para contener a China, estrategia que fracasará».
EE.UU. sigue abordando la cuestión de Taiwán con su característica ‘ambigüedad estratégica’, que le permite aceptar la Resolución 2758 de la Asamblea General, aprobada el 25 de octubre de 1971, en la que se dice que únicamente hay una sola China y, posteriormente, se firmaron los “Tres comunicados conjuntos” como declaraciones bilaterales clave entre Estados Unidos y la República Popular China (1972, 1979 y 1982) que sentaron las bases de la normalización de relaciones y fijaron principios sobre Taiwán y las ventas de armas, en las que EE.UU. aceptó el principio de ‘una sola China’, y todo ello, a la vez que se realizan ventas de armas a Taiwán in crescendo para favorecer su independencia de la República Popular de China.
En la última Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU. (diciembre 2025), Taiwán aparece como una prioridad para la contención de China, por lo que se busca preservar el statu quo actual, según reza su propio informe.
En geopolítica no hay casualidades y, aunque a primera vista, la cuestión de Taiwán no parece estar relacionada con el asunto de Venezuela, Cuba, Colombia, Groenlandia, Irán, los aranceles planetarios, la epidemia de drogadicción que asola EE.UU. La contención de China, el mantenimiento —a cualquier precio— del dólar como moneda de reserva mundial, la deuda nacional bruta que ya ha superado los 38,5 billones de dólares, la inflación real desbocada y la ya citada Estrategia de Seguridad Nacional, donde se reescribe en mayúsculas la doctrina Monroe y se apuesta por destruir la Unión Europea para crear una suerte de Estados de Taifas, y todo sin el menor rubor, en verdad sí hay un hilo conductor que enlaza todos estos asuntos y que nos lleva irremisiblemente a las elecciones de medio mandato (mid-term election) en EE. UU., que serán el 3 de noviembre de 2026, donde están en juego los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 33 escaños regulares del Senado (hasta dos elecciones especiales más) y 39 gobernadores, además de decenas de legislaturas estatales y cargos locales, todo ello determinante para el control del Congreso y, por consiguiente, fundamental para la agenda política nacional e internacional del gobierno Trump.
Su administración trata desesperadamente de mantenerse en el poder y aquí entran en juego dos cuestiones. Por un lado, Trump y sus asesores piensan que mostrándose fuertes al estilo hollywoodense, puede ganarse a electores tradicionalmente conservadores y a indecisos, que prefieran a un Sheriff que muestra músculo y que desprecie el derecho internacional, anteponiendo los intereses de su país a cualquier otra cosa. Si esta opción hace que Trump gane las elecciones, obtendrá un balón de oxígeno para los dos años que le quedan de legislatura, con el cual tendrá que seguir intentando sostener al Imperio estadounidense, que se le está deshaciendo como un terrón de azúcar en agua. Por otro lado, puede ser que pierda las elecciones, y entonces se convertiría en un presidente zombi, ya que los demócratas podrían tenerle maniatado durante los dos años restantes de legislatura o, incluso, forzar con éxito su destitución (Impeachment).
Así pues, Trump y su equipo han decidido dirigir sus fuerzas en todas direcciones, lo cual demuestra que son conscientes del hundimiento de su país y creen que solamente un giro brusco de timón puede volver a colocar a EE.UU. en la posición de dominancia que tuvo en 1945 tras el fin de la II Guerra Mundial. Esos tiempos no volverán, y cuanto antes lo asuman será mejor para todos.
Es común que la decadencia de una potencia hegemónica coincida con el nacimiento y desarrollo de otra nueva potencia con la que, más pronto que tarde, se entrará en colisión. EE.UU. sabe que la cuestión de Taiwán es el único resorte que puede obligar a que China realice una acción militar. Por este motivo, en el Pentágono se han realizado diferentes ‘juegos de guerra’ —simulaciones informáticas—, para intentar saber el resultado de un hipotético enfrentamiento de las armadas de EE.UU. y China en la costa de Taiwán. El resultado que publicaron decía que EE.UU. ganaría en ese enfrentamiento, pero que sería una victoria pírrica. Es decir, Trump sabe que no puede iniciar otro Vietnam en Taiwán porque sus electores no se lo perdonarían. Tampoco puede organizar una revolución de colores en China, ni secuestrar a Xi Jinping y a su mujer, así que solo le quedan dos bazas que jugar: o realmente mantiene el statu quo de la isla sin mayores pretensiones —como reza su ambigüedad estratégica— o fabrica un incidente al estilo el Maine (1898), el Lusitania (1915) o el de la bahía de Tonkin (1964); pero en esta ocasión sería presumiblemente contra Japón: un Japón que —casualmente— tiene una armada descomunal, no deja de comprar armas a EE.UU. y se esta militarizando a toda velocidad, llegando al punto de que está acariciando la idea de construir armas nucleares; de hecho, se sabe que sus centrifugadoras de uranio han sobrepasado el rango de pureza utilizado para fines pacíficos.
Es evidente que la única manera que tiene EE.UU. de hacer daño real a China es la de crearle un conflicto por delegación cerca de sus fronteras —Taiwán—, y que los ejércitos que vayan a combatir a primera línea sean de vecinos inamistosos clásicos de China: Japón, Filipinas, Vietnam, Australia y quién sabe si también Corea del Sur e India, mientras que EE.UU. —siguiendo el formato ucraniano—, se encargaría de la inteligencia, la designación de objetivos, las estrategias y tácticas militares y ventas de armas masivas —que generarían pingües beneficios—, mientras que otros países serían los que pondrían los muertos. El ‘incidente’ tendría la correspondiente campaña mediática que justificaría todo tipo de sanciones, siguiendo el modelo aplicado a Rusia, pero en esta ocasión sería de magnitudes bíblicas para así cortar de raíz todo el poder económico chino, porque a China no se le puede frenar sólo con sanciones y aranceles. Toda guerra necesita un ‘incidente’ y una buena puesta en escena que la justifique, porque los ciudadanos de los países contendientes serán los que, vía impuestos, sufragarán el conflicto, así que hay que argumentar bien que su dinero se emplea por mor de un bien mayor, aunque, como de costumbre, sea falso.
Los dirigentes chinos ya han manifestado en reiteradas ocasiones que no desean un conflicto militar con Taiwán, porque su política no es agresiva y porque saben que con el tiempo la restituirán a la patria china —el tiempo juega a su favor—; no obstante, tienen la determinación y el valor de actuar militarmente si es la única opción o si se les obliga a ello. Igualmente se ha de entender que la cuestión de Taiwán es mucho más que una línea roja puesta en el mapa: es una cuestión existencial para China y especialmente para el Partido Comunista Chino (PCCh), porque una hipotética derrota del Ejército Popular de Liberación chino y/o la pérdida absoluta e irremisible de la isla supondría una gran pérdida de legitimidad del PCCh ante su pueblo, e incluso se podría interpretar como una pérdida del ‘mandato del Cielo’, lo que podría poner en serios problemas al PCCh. Así pues, por partida doble, Beijing jamás aceptará ni una declaración de independencia ni perder un conflicto armado en las costas de la isla.
Como se observa, el panorama es preocupante, especialmente porque Trump se siente perdedor de las elecciones de medio mandato, lo que explica la extremada agresividad de sus actos —secuestrando a Maduro y a su mujer y dejando 100 víctimas mortales y unos 80 heridos en Venezuela, e incautando petroleros en aguas internacionales en cualquier mar— y de sus amenazas y afirmaciones completamente al margen de la diplomacia internacional; pero también se explica por la impotencia de cerrar el conflicto de Ucrania —cuestión que le daría un buen rédito político— y, sobre todo, por la manifiesta incapacidad de contener a China mientras EE.UU. se muestra como un gigante de pies de barro que observa incrédulo su caída sin terminar de entender qué está ocurriendo.
Sin lugar a dudas, este año 2026 será muy turbulento en el plano geopolítico y económico, y la cuestión de Taiwán podría ser la espita definitiva que hiciera estallar el actual tablero internacional. Estaremos atentos.


