El progresivo desplazamiento del centro de gravedad económico, tecnológico y político mundial constituye uno de los grandes fenómenos de nuestro tiempo. No estamos simplemente ante una modificación de las relaciones de poder entre Estados Unidos, China y Europa. Nos encontramos ante algo de mayor alcance: la necesidad de adaptar las instituciones internacionales a un mundo que ha cambiado profundamente desde que fueron diseñadas.
Esta reflexión adquiere especial relevancia como se evidencia en el interesante artículo de mi amigo Enrique Fanjul, “El ascenso del poder blando de China, frente al retroceso de las democracias occidentales”, publicado el 24 de agosto de 2026, en el que analiza el cambio que se está produciendo en la percepción internacional de China y Estados Unidos.
Fanjul parte, entre otros elementos, de los resultados de una encuesta del Pew Research Center, según la cual la percepción favorable hacia China ha mejorado significativamente en numerosos países mientras se deterioraba la valoración de Estados Unidos. Particularmente significativo resulta el caso español: según los datos citados, entre 2023 y 2026 la valoración positiva de China habría pasado del 28 % al 54 %, mientras que la de Estados Unidos habría descendido del 55 % al 30 %.
Más allá de las circunstancias coyunturales que puedan explicar estas cifras, existe una cuestión de fondo mucho más importante: el mundo está dejando de percibirse exclusivamente desde una perspectiva occidental.
El problema no es quién sustituye a quién
Sería un error interpretar esta transformación como una simple competición destinada a determinar quién ejercerá la próxima hegemonía mundial.
Si el siglo XXI terminara sustituyendo una hegemonía por otra, habríamos cambiado los protagonistas, pero no el modelo.
La cuestión fundamental no debería ser si China sustituirá a Estados Unidos como principal potencia internacional, ni siquiera si el denominado Sur Global sustituirá progresivamente al predominio occidental. La verdadera cuestión es cómo construimos un sistema internacional en el que ningún país, grupo de países o civilización necesite imponer su modelo a los demás para poder participar en condiciones de dignidad y equidad en la gobernanza mundial.
Es aquí donde considero necesario reenfocar el debate.
El problema fundamental de buena parte de las instituciones multilaterales actuales es que su arquitectura continúa reflejando, en gran medida, las relaciones internacionales surgidas después de la Segunda Guerra Mundial, posteriormente adaptadas de manera insuficiente a la etapa de predominio occidental que siguió al final de la Guerra Fría.
Pero el mundo de 2026 ya no es el mundo de 1945, ni tampoco el de 1991.
Han cambiado la población mundial, el peso de las economías, las capacidades tecnológicas, los flujos comerciales y financieros y, sobre todo, la distribución efectiva del poder internacional.
Representar el mundo real
De ahí que resulte imprescindible plantear una reforma profunda de los organismos internacionales.
Naciones Unidas y sus diferentes organismos, las instituciones financieras multilaterales y los restantes espacios de gobernanza global deben evolucionar hacia sistemas que garanticen una representación más equilibrada, dinámica y ajustada a la realidad de cada momento histórico.
No se trata únicamente de dar mayor presencia a China.
Se trata de dar la representación que corresponde a África, América Latina, Asia, Europa, los países árabes y, en definitiva, a todas las regiones y países del planeta, evitando que estructuras concebidas hace ocho décadas cristalicen indefinidamente una determinada distribución histórica del poder.
Y ello exige introducir un concepto importante: la representación internacional no debería entenderse como algo completamente estático.
El peso demográfico, económico, tecnológico y político de los países evoluciona. También lo hace su contribución a los bienes públicos globales. Por ello, algunos mecanismos de representación y participación deberían ser objeto de revisión periódica, de manera que las instituciones internacionales puedan adaptarse a la evolución real del mundo.
Esto no significa reducir las relaciones internacionales a una simple ponderación del PIB o de la población. Los Estados, con independencia de su tamaño, deben conservar su dignidad, soberanía e igualdad jurídica. Pero esa igualdad jurídica debe ser compatible con mecanismos de gobernanza capaces de reconocer las distintas responsabilidades, aportaciones y capacidades existentes en cada momento.
Necesitamos instituciones internacionales que representen el mundo que existe, no el mundo que existía cuando fueron creadas.
De la hegemonía a la multigobernanza
Esta transformación conecta con algunas de las propuestas que el presidente chino Xi Jinping viene formulando acerca de la reforma del sistema de gobernanza global.
Uno de los conceptos centrales de esta visión consiste en defender que los asuntos internacionales deben abordarse mediante consulta conjunta, contribución conjunta y beneficios compartidos, fortaleciendo un multilateralismo en el que los países puedan participar de manera más equilibrada.
Esta filosofía merece ser analizada más allá de las categorías ideológicas tradicionales.
Su elemento más interesante es precisamente el desplazamiento conceptual desde la hegemonía hacia la gobernanza.
Frente a un sistema internacional estructurado alrededor de una potencia dominante y un conjunto de Estados que se alinean, se subordinan o se enfrentan a ella, debemos avanzar hacia un modelo que podríamos denominar de multigobernanza fuerte: diferentes centros de poder, distintas civilizaciones y múltiples modelos económicos y sociales capaces de convivir dentro de unas instituciones internacionales comunes.
Esto implica reconocer algo que durante demasiado tiempo ha resultado difícil aceptar: no existe una única vía hacia la modernización ni un único modelo político, económico o cultural que pueda considerarse universalmente aplicable.
Cada sociedad debe poder evolucionar conforme a su historia, su cultura, sus instituciones y las decisiones de sus ciudadanos.
La cooperación internacional debería construirse sobre ese reconocimiento de la diversidad.
El ascenso de China y la pérdida de credibilidad occidental
El artículo de Enrique Fanjul identifica acertadamente algunos de los factores que explican el incremento del denominado soft power chino.
Uno de ellos es el extraordinario desarrollo económico y tecnológico alcanzado por China. Como recuerda Fanjul, apoyándose también en un análisis del profesor Rafael Pampillón, China ha dejado de competir fundamentalmente mediante costes laborales reducidos. Actualmente lo hace mediante productividad, escala, tecnología, capacidad industrial e innovación.
Vehículos eléctricos, energías renovables, inteligencia artificial, digitalización o manufactura avanzada constituyen ejemplos de una transformación estructural.
Pero existe otro elemento igualmente relevante.
Una parte importante del denominado Sur Global percibe que Occidente ha aplicado en determinadas ocasiones criterios diferentes dependiendo de los países y de los conflictos implicados.
Cuando los principios internacionales son interpretados de manera selectiva, su legitimidad termina deteriorándose.
Y aquí aparece una paradoja importante: cuanto más se pretende defender un determinado orden internacional aplicando sus principios de manera desigual, más se contribuye a debilitarlo.
La respuesta no puede consistir en sustituir unas reglas por otras igualmente selectivas. Debemos hacer exactamente lo contrario: reforzar un auténtico multilateralismo basado en reglas aplicables a todos.
No interferencia, soberanía y cooperación
Fanjul destaca asimismo la importancia de la política china de no interferencia en los asuntos internos de otros Estados.
Esta aproximación explica parcialmente el atractivo de China en numerosos países en desarrollo, que valoran la posibilidad de establecer relaciones económicas, comerciales o de infraestructuras sin que necesariamente se vinculen a la adopción de un determinado modelo político.
Pero también aquí debemos buscar un equilibrio.
La soberanía y la no interferencia constituyen principios esenciales del sistema internacional. Al mismo tiempo, vivimos en un mundo profundamente interdependiente en el que existen problemas —cambio climático, pandemias, inteligencia artificial, estabilidad financiera, seguridad alimentaria, terrorismo o grandes crisis humanitarias— que ningún Estado puede resolver individualmente.
Por ello, soberanía y cooperación no deben entenderse como conceptos incompatibles.
La gobernanza del futuro deberá encontrar mecanismos que permitan cooperar intensamente sin imponer modelos políticos, sociales o culturales.
Una comunidad de futuro compartido
Esta reflexión conecta también con otro concepto impulsado por Xi Jinping: la construcción de una comunidad de futuro compartido para la humanidad.
Más allá de la terminología política, existe una realidad difícilmente discutible: los grandes problemas del siglo XXI son crecientemente transnacionales.
El cambio climático no distingue fronteras. Las crisis financieras se transmiten entre continentes. Una epidemia puede convertirse rápidamente en pandemia. La inteligencia artificial plantea desafíos regulatorios y éticos globales. Las cadenas de suministro conectan economías situadas a miles de kilómetros.
Pretender gestionar esta interdependencia mediante bloques enfrentados constituye probablemente uno de los mayores riesgos de nuestro tiempo.
Necesitamos exactamente lo contrario: más gobernanza global, pero una gobernanza global diferente.
Una gobernanza menos jerárquica, más representativa y plural.
Europa también debe encontrar su lugar
Europa tiene una responsabilidad especial en esta transformación.
La Unión Europea no debería verse obligada a elegir entre Estados Unidos y China. Esa lógica binaria pertenece precisamente al modelo internacional que debemos superar.
Europa puede desempeñar un papel extraordinariamente relevante como actor autónomo, puente entre civilizaciones y defensor de un multilateralismo reformado.
Para ello necesita recuperar competitividad industrial y tecnológica, pero también desarrollar una política exterior más autónoma y coherente.
Europa debe relacionarse con China desde la cooperación y la reciprocidad, defendiendo legítimamente sus intereses, pero evitando convertir cada diferencia económica o política en una confrontación sistémica.
Lo mismo debería ocurrir en las relaciones entre China y Estados Unidos.
La competencia es inevitable. La confrontación no lo es.
Del G7 a una arquitectura verdaderamente global
El cambio del peso económico mundial obliga igualmente a reconsiderar la legitimidad de determinados foros internacionales.
Durante décadas, un reducido número de economías desarrolladas pudo ejercer una influencia extraordinaria sobre la definición de las reglas económicas internacionales. Hoy resulta mucho más difícil justificar que las decisiones globales puedan estructurarse alrededor de grupos que representan solamente una parte del planeta.
El fortalecimiento de espacios más amplios y representativos, como el G20, así como una reforma efectiva de Naciones Unidas y de las instituciones económicas multilaterales, debería formar parte de esta nueva arquitectura.
También será necesario encontrar fórmulas que permitan una presencia mucho mayor de África y del conjunto del Sur Global en los procesos internacionales de decisión.
No como invitados.
No como receptores de decisiones adoptadas previamente.
Sino como participantes reales en su elaboración.
Un mundo multipolar necesita instituciones multipolares
El crecimiento del poder blando chino que describe Enrique Fanjul es, por tanto, solamente una manifestación de una transformación mucho más profunda.
China está aumentando su influencia porque ha aumentado extraordinariamente su peso económico, tecnológico y político. Pero también porque una parte creciente del mundo reclama nuevas formas de relacionarse internacionalmente.
El desafío consiste en conseguir que esta redistribución del poder no desemboque en una nueva lucha por la hegemonía.
El siglo XXI no necesita sustituir un centro del mundo por otro. Necesita aceptar que el mundo ya no tiene un único centro.
Ese reconocimiento debe tener consecuencias institucionales.
Necesitamos unas Naciones Unidas reformadas. Unas instituciones financieras internacionales más representativas. Una participación mucho mayor del Sur Global. Mecanismos periódicos de actualización de la representación internacional. Y espacios efectivos de diálogo entre diferentes civilizaciones y modelos de desarrollo.
En este sentido, las propuestas defendidas por Xi Jinping sobre una gobernanza global más inclusiva, basada en el multilateralismo, la consulta, la cooperación y los beneficios compartidos, pueden aportar elementos relevantes al debate internacional.
Pero su verdadero valor estará precisamente en que estos principios puedan convertirse en patrimonio común y no exclusivo de ningún país.
Porque una nueva gobernanza global no puede ser china, estadounidense, europea ni occidental.
Debe ser verdaderamente global.
Gobernar juntos un mundo compartido
Enrique Fanjul termina su artículo preguntándose si el aumento del poder blando chino debe considerarse positivo o negativo.
Quizá la pregunta pueda formularse de otra manera.
La cuestión no es si resulta positivo que China tenga más influencia o que Occidente tenga menos. La cuestión verdaderamente importante es si somos capaces de transformar esta redistribución histórica del poder en una oportunidad para construir un sistema internacional más equilibrado.
El ascenso de China, el crecimiento de India, la emergencia de África, el protagonismo creciente de las economías del Sudeste Asiático, la relevancia de América Latina, el papel de Europa y la permanencia de Estados Unidos como gran potencia mundial configuran una realidad inequívocamente plural.
Las instituciones internacionales deben reflejarla.
No podemos gobernar el mundo del siglo XXI con una fotografía institucional tomada a mediados del siglo XX.
Necesitamos pasar de la hegemonía a la cooperación; de los bloques a las redes; de la imposición a la consulta; de una representación histórica y estática a otra más dinámica; y de una gobernanza diseñada por unos pocos a una multigobernanza construida entre todos. Para mí, la tesis central es que “el siglo XXI no necesita sustituir un centro del mundo por otro; necesita aceptar que el mundo ya no tiene un único centro”.
Ese debería ser el verdadero significado de un mundo multipolar.
No dividir el planeta entre diferentes esferas de influencia, sino conseguir que todos los países tengan voz, todos participen y ninguno pueda decidir unilateralmente por los demás.
Quizá sea ahí donde se encuentre el verdadero desafío de nuestro tiempo: no determinar quién gobernará el mundo que viene, sino cómo conseguiremos gobernarlo juntos.


