Por el Dr. Ramón M.ª Calduch i Farnós
En la cena de Estado celebrada en la Casa Blanca el 24 de septiembre, Xi Jinping evocó dos historias sobre árboles.
La primera se remonta a la visita de Richard Nixon a China en 1972: una secuoya ofrecida como regalo fue plantada en Zhejiang y creció con el paso de las décadas. La segunda une al estadounidense Ronald Sakolsky con Yin Yuzhen, dedicada a combatir la desertificación en China: una ayuda para plantar árboles acabó formando parte de una tarea mucho mayor, sostenida durante años.
Son historias pequeñas frente a la dimensión de las dos potencias, pero contienen una idea política valiosa: las relaciones duraderas necesitan tiempo, confianza y personas dispuestas a cultivarlas.
La reunión de Washington llega después de que Xi y Donald Trump acordaran en Pekín, el pasado mayo, trabajar por una relación constructiva de estabilidad estratégica. Según la formulación expuesta por Xi, ello supone que predomine la cooperación, que la competencia tenga límites, que las diferencias puedan gestionarse y que la paz sea una perspectiva creíble. Es una orientación prometedora. También es una exigencia difícil, cuyo valor dependerá de lo que ambos gobiernos hagan cuando surjan las próximas discrepancias.
Aquí se equivocan ciertos «atlantistas» que interpretan cualquier acercamiento a China como una concesión inaceptable. La alianza de Europa con Estados Unidos no obliga a considerar inevitable una confrontación permanente entre Washington y Pekín. Europa tiene interés en que ambas potencias mantengan canales de diálogo, eviten una escalada comercial y reduzcan el riesgo de que una crisis política o tecnológica afecte al resto del mundo.
También se equivocan ciertos «prochinos» cuando leen cada gesto de cordialidad como prueba de que la rivalidad ha quedado atrás o de que China no debe recibir críticas. La estabilidad estratégica admite desacuerdos profundos. De hecho, durante las conversaciones de Washington se trataron la competencia económica, la inteligencia artificial y Taiwán. La propia necesidad de hablar de «diferencias gestionables» muestra que ninguna cena de Estado puede resolverlas por sí sola.
Para Europa, y particularmente para España, la respuesta más útil es mantener criterio propio. Debemos defender nuestros intereses económicos, nuestras instituciones y nuestros principios; cooperar con Estados Unidos desde una posición adulta; y desarrollar con China relaciones de comercio, investigación e intercambio allí donde exista beneficio recíproco. Una buena relación con uno de los dos países no debería impedirnos dialogar con el otro. Tampoco debería llevarnos a ignorar los asuntos en los que discrepamos.
Las secuoyas y los bosques ofrecen otra enseñanza. Los acuerdos entre presidentes son necesarios, pero las relaciones entre sociedades adquieren profundidad mediante estudiantes, investigadores, empresas, ciudades y proyectos compartidos.
En la visita, Xi anunció una invitación para que 100.000 jóvenes estadounidenses viajen a China durante los próximos cinco años. El interés de una iniciativa así se medirá por los encuentros que haga posibles y por la continuidad que tengan después.
Quienes nos dedicamos a construir puentes entre países sabemos que la confianza no aparece por decreto. Requiere escuchar, conocer la realidad del otro, reconocer los desacuerdos y volver a sentarse a la mesa. Esa tarea corresponde a los gobiernos, pero también a universidades, asociaciones, profesionales y ciudadanos.
Por eso conviene recibir con interés la propuesta de una relación constructiva y estable entre China y Estados Unidos, y juzgarla con realismo. Su éxito no consistirá en que desaparezca la competencia, sino en que las dos potencias sean capaces de competir sin cerrar los espacios de cooperación ni poner en peligro la paz. Como los árboles recordados por Xi Jinping en la Casa Blanca, esa relación solo echará raíces si se cuida mucho después de la ceremonia


