Zhang Zhipeng es investigador en la Escuela de Marxismo de la Universidad de Fudan y en el Centro de Estudios de Think Tanks Mundiales de la Universidad de Estudios Internacionales de Shanghái).
Traducción Ángel Martínez, amigo de la Fundación Cátedra China
La imagen de Nicolás Maduro, con los ojos vendados y esposado a bordo de un portaaviones estadounidense, es claramente una puesta en escena diseñada para exhibir el poderío militar norteamericano. Sin embargo, para el resto del mundo, esta escena señala algo muy distinto: el fin del mismo orden internacional basado en reglas que Estados Unidos aseguraba defender. Pese a la narrativa de Washington, no estamos ante una mera «operación judicial», sino ante un movimiento geopolítico calculado al servicio de los intereses estadounidenses.
El mensaje que Trump envía con esta operación es inequívoco: Estados Unidos ha cambiado su estrategia global, pasando del equilibrio multilateral a la extracción. La nación que una vez asumió el manto de «gendarme mundial» ha abandonado la escena; ha llegado el «depredador global».
Este cambio de rol de Estados Unidos puede parecer brutal, pero su lógica subyacente es racional. Cuando una superpotencia ya no puede generar valor a través del crecimiento interno, inevitablemente recurre a la extracción externa. Pensemos en la deuda nacional de EE. UU., de 38 billones de dólares, matemáticamente imposible de pagar. Washington sabe que no puede reindustrializar el país a corto plazo, ni sostener indefinidamente la burbuja financiera creada con Wall Street. No es de extrañar que Trump haya puesto sus ojos en el petróleo de Venezuela, y no solo para extraer valor, sino para bloquear sus conexiones con economías emergentes como China y Rusia.
Aquí radica la ironía. El capital anhela certidumbre. Para funcionar, requiere un marco legal predecible, cadenas de suministro estables y fronteras respetadas. Pero al «normalizar» el secuestro de un jefe de Estado soberano —lo que efectivamente borra los conceptos de soberanía nacional y derecho internacional—, Washington se ha transformado: ha dejado de ser el coautor de la estabilidad global para convertirse en su socavador que genera más volatilidad.
Según informes de prensa, en menos de un año, Estados Unidos ha lanzado operaciones militares en siete naciones, incluidas Venezuela, Yemen, Siria, Irán, Irak, Somalia y Nigeria. Desde el inicio del segundo mandato de Trump, EE. UU. ha llevado a cabo 622 ataques aéreos en total sobre otras naciones. La doctrina del «America First» (Estados Unidos Primero) ha degenerado en una estrategia de imprevisibilidad. Tanto para las cadenas de suministro globales como para los fondos soberanos, EE. UU. se está convirtiendo en la principal fuente de riesgo dentro del orden basado en reglas. El problema es evidente: no se puede invertir en un sistema donde el «gendarme» empieza a actuar como un mero carterista e intenta incluso saquear a sus vecinos.
Por eso la incursión en Caracas revela la bancarrota de la legitimidad estadounidense. La influencia global de Estados Unidos no descansaba sólo en sus portaaviones o fuerzas especiales, sino en su atractivo moral. Pero lo que Washington ha hecho en Venezuela, junto con sus amenazas a Colombia, Cuba e incluso Groenlandia, ha hecho añicos la imagen pública cultivada cuidadosamente durante décadas. Estados Unidos aún posee el poder duro (hard power), pero su poder blando (soft power) —la capacidad de liderar mediante el carisma en lugar de la coacción— se está evaporando.
Cabe destacar que, mientras EE. UU. se lleva el petróleo que desea, sus aliados transatlánticos podrían quedarse asumiendo los costes. Pensemos en el caso de España, que mantiene profundos lazos diplomáticos y económicos con Venezuela. El cambio de régimen bien podría desencadenar una nueva ronda de crisis de refugiados y de inseguridad para las inversiones, circunstancias que no convienen a los intereses de España.
La incursión en Caracas puede recordar a la invasión estadounidense de Panamá en 1989, pero el contexto histórico es fundamentalmente diferente. En 1989, derrocar a Manuel Noriega fue una decisión de bajo riesgo cuando EE. UU. estaba a punto de convertirse en la única superpotencia. Hoy, ir contra Maduro es una apuesta arriesgada en un mundo donde las naciones del Sur Global, incluida Venezuela, han despertado y están listas para construir un nuevo orden multipolar.
Si el mundo en desarrollo, al ver lo ocurrido en Venezuela, adopta una estrategia pragmática de «cobertura» (hedging) y se une más estrechamente, no debería sorprendernos. De hecho, esta tendencia no es nueva. Basta pensar en la expansión de los BRICS en 2024-25: Egipto, Etiopía, Indonesia, Irán, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos fueron admitidos como nuevos miembros, mientras que el número de países socios aumentó a diez. Ante un hegemón con reputación de despreciar la soberanía según le convenga, no se puede culpar al Sur Global por buscar un seguro.
Iberoamérica claramente no quiere seguir siendo el «patio trasero» de EE. UU., de ahí sus esfuerzos por afirmar su independencia y soberanía. Su acercamiento a Europa, China o al Sur Global en general es menos una elección política o ideológica que una necesidad funcional. Al fin y al cabo, la soberanía no se escribe en los tratados, se vierte en hormigón.
Con la incursión en Caracas y casos similares de jurisdicción extraterritorial o de «mano larga», el Sur Global ha aprendido una lección por las malas: los activos financieros almacenados en bancos occidentales son vulnerables ante un sistema financiero instrumentalizado y controlado por Washington. Por el contrario, un ferrocarril en tu propio suelo no puede ser secuestrado ni congelado por un comité de sanciones.
Es por esto que el enfoque de «desarrollo compartido basado en infraestructuras» de China es bienvenido y funciona. En Perú, el Puerto de Chancay reduce los tiempos de envío a Shanghái de 35-40 días a 23, ofreciendo a Sudamérica una puerta de entrada soberana al Pacífico que evita el congestionado Canal de Panamá. En Colombia, la Línea 1 del Metro de Bogotá está ayudando a resolver el colapso del tráfico de la ciudad. Mientras tanto, en Brasil, las líneas de ultra alta tensión de Belo Monte transportan energía limpia a lo largo de 2.500 kilómetros a través del continente. Estos proyectos, construidos por empresas chinas o liderados por ellas en su desarrollo y operación, no solo impulsan la economía real local, sino que forman una base material para una verdadera agencia y autonomía nacional.
Washington puede tener éxito en reafirmar el control sobre su «patio trasero». Puede revivir el espíritu de la Doctrina Monroe en una era que ya la ha superado. Pero en un mundo cada vez más multipolar, esta «victoria» puede resultar ser un triunfo táctico que conduzca a una derrota estratégica. En el futuro, la incursión en Caracas no será recordada como una demostración de fuerza, sino como el catalizador de un nuevo orden global.
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From Global Policeman to Global Predator: Why the Raid on Caracas Changes Everything
Washington’s shift from maintaining international order to extracting Maduro might just cement a multipolar order.
The image of Nicolas Maduro, blindfolded and handcuffed aboard a US aircraft carrier, is clearly staged to demonstrate American military prowess. But for the rest of the world, the scene signals something else: the end of the very rules-based international order America once claimed to uphold. Despite Washington’s narrative, this was not merely a «judicial operation,» but a calculated geopolitical move serving the interests of the US.
The message Trump sends through this operation is unmistakable: the US has shifted its global strategy from multilateral balance to extraction. The nation that once assumed the mantle of the «Global Policeman» has left the building; the «Global Predator» has arrived.
America’s change of role may seem brutal, but the driving logic is rational. When a superpower can no longer generate value through internal growth, it inevitably turns to external extraction. Consider the $38 trillion US national debt that is mathematically impossible to repay. Washington knows it cannot re-industrialize America any time soon, nor can it indefinitely sustain the financial bubble it has created with Wall Street. No wonder Trump is eyeing the oil in Venezuela—of course, not just to extract value, but to block its connections with emerging economies like China and Russia.
Yet, here comes the irony. Capital craves certainty. It requires a predictable legal framework, stable supply chains, and respected borders to function. But by «normalizing» the abduction of a sovereign head of state, which effectively erases the concepts of national sovereignty and international law—Washington has transformed itself from the co-author of global stability into its underminer that generates more volatility.
According to media reports, in less than a year, America has launched military operations in seven nations—including Venezuela, Yemen, Syria, Iran, Iraq, Somalia and Nigeria. Since the beginning of Trump’s second term, the US has carried out 622 airstrikes in total on other nations. The «America First» doctrine has devolved into a strategy of unpredictability. For global supply chains and sovereign wealth funds alike, the US is becoming the primary source of risk within the rules-based order. The problem is: one cannot invest in a system where the «policeman» starts to act like a mere pickpocket and attempts even to plunder his neighbors.
This is why the raid on Caracas reveals the bankruptcy of America’s legitimacy. America’s global influence rested not just on its aircraft carriers or special troops, but on its moral appeal. But what Washington did to Venezuela, along with what it threatened to do to Colombia, Cuba and even Greenland, has shattered the public image it has carefully cultivated for decades. America still has hard power, but its soft power—the ability to lead by charisma rather than coercion—is evaporating.
Notably, while the US gets to take away the oil it wants, its transatlantic allies may be left to foot the bill. Consider Spain. It has deep diplomatic and economic involvement in Venezuela. The regime change may well trigger a new round of refugee crises and investment insecurity, neither of which is in the interests of Spain.
The raid on Caracas may look similar to America’s 1989 invasion of Panama, but the historical context is fundamentally different. In 1989, removing Manuel Noriega was a low-risk decision when the US was about to become the only superpower. Today, targeting Maduro is a gambling move in a world where the Global South nations, including Venezuela, have awakened and are ready to build a new multipolar order.
If the developing world, seeing what has happened to Venezuela, adopts a pragmatic «hedging» strategy and becomes more closely united, it should come as no surprise. In fact, this trend is hardly new. Think about the expansion of BRICS in 2024-25: Egypt, Ethiopia, Indonesia, Iran, Saudi Arabia, and the United Arab Emirates were admitted as new members, while the number of partner countries increased to ten. With a hegemon that has a reputation of disregarding sovereignty as it sees fit, one cannot blame the Global South for seeking insurance.
Ibero-America clearly does not want to remain the «backyard» of the US, hence its efforts to assert independence and sovereignty. Its engagement with Europe, China, or the broader Global South is less a political or ideological choice than a functional necessity. After all, sovereignty is not written in treaties, but poured in concrete.
With the Caracas raid and similar long-arm or extraterritorial jurisdiction cases, the Global South has learned a lesson the hard way: financial assets stored in Western banks are vulnerable in front of a financial system weaponized and controlled by Washington. In contrast, a railway on your own soil cannot be abducted or frozen by a sanction committee.
This is why China’s «shared development based on infrastructure» approach is welcome and works. In Peru, the Chancay Port slashes shipping times to Shanghai from 35-40 to 23 days, offering South America a sovereign Pacific gateway that bypasses the congested Panama Canal. In Colombia, the Bogotá Metro Line 1 is helping to resolve the city’s traffic gridlock. Meanwhile, Brazil’s Belo Monte ultra-high-voltage lines transport clean energy 2,500 kilometers across the continent. These projects, either built by Chinese firms or led by them in development, construction and operation, not only boost the local real economy, but form a material foundation for true national agency and autonomy.
Washington may succeed in asserting control over its «backyard.» It may revive the spirit of the Monroe Doctrine in an era that has outgrown it. But in a world that is increasingly multipolar, this «victory» may turn out to be a tactical «win» that leads to a strategic defeat. In the future, the raid on Caracas will be remembered not as a show of strength, but as a catalyst for a new global order.
(Zhang Zhipeng is a research fellow at the School of Marxism, Fudan University and at the Center for World Think Tank Studies, Shanghai International Studies University.)


