China, la UE y España en 2026

El hecho de que el superávit comercial de China haya superado el billón de dólares en 2025 no debería interpretarse únicamente como una cifra récord, sino como el reflejo de transformaciones profundas en la economía mundial. Este resultado no es producto de una estrategia coyuntural de China, sino de un proceso sostenido de integración de este país en la economía global, de diversificación de mercados y de adaptación a un entorno internacional cada vez más fragmentado.

En este contexto, la cooperación económica entre China y la Unión Europea, así como entre China y España, ha adquirido una importancia estratégica en 2025 y seguirá siendo clave en 2026, especialmente frente a las políticas comerciales unilaterales impulsadas por Estados Unidos.

Estabilidad frente al proteccionismo en la relación económica China-UE

La UE representa un socio comercial esencial para China, no solo por su tamaño económico, sino por su papel como defensora histórica del multilateralismo y del comercio basado en reglas. En 2025, mientras las exportaciones chinas a Estados Unidos se han visto afectadas por las erráticas políticas arancelarias de Donald Trump, el comercio con Europa ha mostrado una notable resiliencia.

Este aumento de las exportaciones chinas hacia la UE responde a una complementariedad estructural. Europa necesita productos industriales competitivos, bienes intermedios y tecnologías maduras que China puede ofrecer a gran escala y a precios razonables. Al mismo tiempo, China continúa importando de Europa maquinaria avanzada, productos químicos, bienes de lujo y servicios de alto valor añadido.

El actual desequilibrio comercial no debe abordarse mediante medidas punitivas, sino fomentando la apertura, la cooperación industrial y el crecimiento del comercio en sectores donde Europa tiene ventajas claras. En este sentido, China ha reiterado su disposición a ampliar el acceso al mercado y a facilitar un entorno más predecible para las empresas europeas.

Una relación pragmática y con potencial entre China y España

En el caso de España, su relación bilateral con China se caracteriza por el pragmatismo y la ausencia de conflictos políticos. Aunque el comercio sigue siendo asimétrico en términos de volumen, este desequilibrio no es una anomalía, sino una fase natural en una relación económica en evolución.

España exporta a China productos agroalimentarios, bienes industriales específicos y servicios vinculados al turismo, la logística y la ingeniería. Al mismo tiempo, las importaciones españolas de bienes chinos han contribuido a contener la inflación, a mejorar la competitividad de las empresas españolas y a ampliar la oferta para los consumidores.

China valora especialmente el papel de España como plataforma logística y como socio potencial en sectores estratégicos como las energías renovables, la movilidad sostenible y la economía verde. Desde esta óptica, el objetivo debería ser equilibrar gradualmente el comercio bilateral mediante más inversión recíproca y cooperación tecnológica.

¿Continuará el récord del superávit chino en 2026?

Es poco realista esperar que el superávit comercial chino se reduzca drásticamente en 2026 sin cambios estructurales en la economía mundial. La fortaleza exportadora de China responde a su capacidad industrial, a su eficiencia logística y a su papel central en las cadenas de suministro globales.

No obstante, China no considera este superávit como un objetivo en sí mismo. Al contrario, las autoridades chinas han subrayado repetidamente la necesidad de fortalecer la demanda interna, ampliar las importaciones y avanzar hacia un crecimiento más equilibrado. Si el superávit se mantiene elevado en 2026, será en gran medida consecuencia de factores externos. Y entre ellos destacan la debilidad de la recuperación global, las barreras comerciales impuestas por terceros países y la falta de alternativas competitivas en ciertos sectores clave.

El impacto de las políticas arancelarias de la administración Trump

Las políticas arancelarias aplicadas por la administración de Donald Trump no deben analizarse únicamente por su impacto inmediato sobre determinados flujos comerciales concretos, sino por su efecto más amplio sobre la estabilidad del sistema económico internacional. Los aranceles introducidos y ampliados en los últimos años han contribuido a una mayor fragmentación del comercio global, incrementando los costes, reduciendo la previsibilidad y debilitando los mecanismos multilaterales que durante décadas facilitaron el crecimiento económico mundial.

Para China, estas medidas han reforzado la necesidad de acelerar las transformaciones internas ya en marcha de la modernización industrial, del fortalecimiento del mercado doméstico y de la diversificación de socios económicos en un sentido amplio, no como reacción táctica, sino como estrategia estructural. El objetivo central no es otro que el reducir la vulnerabilidad frente a decisiones unilaterales y construir una base económica más equilibrada y resiliente.

Desde esta óptica, los aranceles estadounidenses no han corregido los desequilibrios globales que decían combatir. Al contrario, han introducido distorsiones adicionales, afectando tanto a productores como a consumidores, y han incrementado la incertidumbre para empresas de todo el mundo, incluidas las europeas. China sostiene que el uso de instrumentos arancelarios como herramienta política debilita la confianza mutua y dificulta la cooperación internacional en un momento en que la economía global necesita más coordinación y menos confrontación.

¿Seguirán las condiciones económicas y comerciales de la UE afectadas en 2026?

Las condiciones económicas y comerciales de la Unión Europea seguirán viéndose influidas en 2026 por un entorno internacional marcado por la incertidumbre, independientemente de la evolución concreta de los flujos comerciales bilaterales con China. Las políticas arancelarias y comerciales de Estados Unidos han contribuido a erosionar la estabilidad del marco global, generando efectos indirectos que afectan a cadenas de suministro, decisiones de inversión y expectativas empresariales en Europa.

La UE se enfrenta a un dilema estratégico entre, por un lado, adaptarse a un mundo más fragmentado, con mayor recurso a medidas defensivas, o, por el contrario, reforzar su papel como potencia comprometida con el comercio basado en reglas y la cooperación multilateral.

En este contexto, la UE continuará afrontando presiones externas en 2026, tanto por la evolución de la política comercial estadounidense como por la desaceleración de la economía mundial. Estas presiones no derivan de una relación específica con China, sino de un entorno internacional donde el comercio se ha vuelto más politizado y menos predecible.

Cómo deberían responder España y otras economías europeas

Economías como la española deberían apostar por una estrategia racional y a largo plazo. Esto implica evitar enfoques ideológicos, identificar áreas de complementariedad real y participar activamente en las cadenas de valor euroasiáticas.

España, en particular, puede beneficiarse fortaleciendo su presencia en el mercado chino, atrayendo inversión productiva y colaborando en sectores donde ambas economías comparten objetivos, como la transición energética y la innovación industrial.

De cara a 2026, China ve en Europa no a un rival, sino a un socio esencial para preservar la estabilidad económica global. La elección para la UE y para países como España no debe ser entre China o Estados Unidos, sino entre el proteccionismo paralizante o una cooperación internacional abierta que permita afrontar los retos de un mundo cada vez más interdependiente.