Sánchez en Beijing: diplomacia en un mundo cada vez más polarizado

Pedro Sánchez aterrizará este fin de semana en Beijing, en su cuarta visita oficial al gigante chino en cuatro años, en un momento claramente marcado por tensiones geopolíticas a nivel internacional y que coincide con el reciente alto al fuego entre Estados Unidos e Irán. En una situación internacional compleja donde la polarización está a la orden del día, el presidente español parece apostar por reforzar su relación con Xi Jinping. Sin embargo ¿Qué implicaciones tiene la visita en la diplomacia española? ¿Cómo afectará esta cuarta visita oficial a la imagen de España como miembro de la Unión Europea y aliado occidental?

Contexto geopolítico

El próximo 13 de abril se dará comienzo a la agenda oficial de actividades de la visita de Pedro Sánchez a China, una visita que ya no sorprende al ser la cuarta en los últimos cuatro años, habiendo viajado por última vez en abril de 2025. En este caso, la situación geopolítica a nivel internacional ha derivado en numerosos conflictos como Gaza y Estados Unidos e Irán, entre otros aun presentes como Ucrania.

La comunidad internacional observa un gran aumento de la polarización. El famoso “o estás conmigo o estás contra mí” está más presente que nunca, y esto parece materializarse con las últimas acciones en la política exterior del presidente norteamericano, Donald Trump. En cuanto a España, Sánchez decidió no posicionarse a favor de la guerra con Irán, lo que ha contribuido a un mayor desgaste en la ya deteriorada relación entre ambas administraciones (Trump vs Sánchez), por lo que, desde una perspectiva analítica, el acercamiento continuo hacia China supone una estrategia alternativa a la tradicional alianza entre socios occidentales.

España entre dos polos: alineamiento occidental y apertura estratégica hacia China

España, bajo el gobierno de Sánchez no solo ha buscado mantener su historial de visitas oficiales, sino fomentar el nivel de acercamiento hacia su socio chino, Xi Jinping. Y es que Sánchez lo tiene claro, buscando mantener la asociación estratégica con China y reforzándola a través de dichos viajes, ya que asistirá en una visita marcada diplomática y tecnológica, por invitación expresa del líder chino.

Mientras Bruselas mira hacia una mayor autonomía estratégica y Washington, por su parte, ejecuta una política exterior claramente intervencionista como si de una nueva “Doctrina Monroe” se tratase[2], España maniobra para posicionarse como un socio fiable para China, y esto no puede lograrse si no es a través de la cercanía que supone una visita oficial.

Para la diplomacia española, esta nueva visita supone un arma de doble filo, ya que, si bien implica un nuevo hito en las relaciones sino-españolas a nivel institucional, fortaleciendo el diálogo entre ambas partes y logrando nuevos acuerdos de cooperación (con cierta modestia), también supone un nuevo desaire hacia la administración Trump, que cada vez parece alejarse más y más de los objetivos del actual gobierno español y que, por ende, acabará debilitando las relaciones bilaterales entre ambos países, especialmente con ese “NO” rotundo a la guerra por parte del presidente español.

En términos geopolíticos, la posición de España para China lleva siendo cautivadora desde hace décadas, ya que supone la puerta de entrada a la Unión Europea, un amplio mercado desconocido con el que existen numerosas oportunidades de expansión a través de la diplomacia económica y los acuerdos de inversión. Sin embargo, dada su posición geográfica y su alianza histórica con Estados Unidos, España se encuentra “entre dos aguas” al formar parte de la OTAN y de la Unión Europea, ya que los intereses comerciales y de influencia económica que China posee pueden llegar a chocar con los propios intereses comunitarios en el marco de la autonomía estratégica y de los sectores clave industriales e infraestructuras críticas. En este sentido, España posee un papel muy ventajoso al poder beneficiarse de una alianza con China, a la vez que ejerce como interlocutor entre la UE y su socio asiático. Así lo demostró Sánchez en 2024 al solicitar a la UE reconsiderar los aranceles impuestos al vehículo eléctrico chino para evitar una guerra comercial.[3]

Más allá de la diplomacia: economía, innovación y acceso estratégico

La agenda oficial comenzará con una conferencia en la Universidad Tshinghua y visitas oficiales a Xiaomi y la Academia China de Ciencias. Al día siguiente se celebrará una reunión bilateral con Xi Jinping en el famoso Gran Palacio del Pueblo, seguida de encuentros con el primer ministro Li Qiang y con el presidente de la Asamblea Popular Nacional, Zhao Leji.[4]

El objetivo de la visita es claro, y es que Sánchez busca obtener un doble valor añadido, posicionando las empresas españolas en una de las mayores economías mundiales, reforzando la introducción de empresas españolas en los mercados chinos, así como garantizar el acceso de España a materias primas clave y tierras raras. En el plano tecnológico, es ampliamente conocido el desarrollo tecnológico de alto nivel por el que China está apostando y trabajando, ya reflejado en sus planes quinquenales y ampliamente avanzado,[5] por lo que descartar la posibilidad de una cooperación tecnológica fructífera sería un completo fracaso. El gobierno busca reforzar la cooperación tecnológica y, en efecto, atraer inversiones chinas en sectores clave como lo son la inteligencia artificial, el desarrollo de software y la robótica.[6]

Sin embargo, teniendo en cuenta la actual situación geopolítica marcada por la inestabilidad y la existencia de numerosos conflictos abiertos, cabe la posibilidad de que el presidente también aborde en su visita cuestiones actuales como Ucrania, Irán y Gaza, conflictos sobre los que China no se ha posicionado abiertamente, aunque sí consecuentemente en favor de la desescalada. La no injerencia en los asuntos internos de un país y, por ende, el rechazo a las guerras con trasfondo intervencionista supone uno de los ejes principales que articula la política exterior de China, presentes en sus Cinco Principios de Coexistencia Pacífica, que además figuran en su propia Constitución de 1982.[7]

En efecto, el gigante asiático ha sufrido de primera mano lo que supone una intervención e incluso colonización de un tercer país (ciertamente en numerosas ocasiones) por lo que el gobierno de Xi está centrado en un desarrollo a través de la diplomacia económica y el concepto de doble ganancia, rechazando posicionarse e interferir en los asuntos que consideran internos de otro país, especialmente respecto a sus aliados. No obstante, su posición diplomática y comprensión de las relaciones internacionales se ha transformado en los últimos años, habiendo ejercido como mediador internacional de una manera sólida y eficaz en numerosas tensiones en Oriente Medio, como la realizada en 2023 entre Arabia Saudita e Irán.[8]

Equilibrio sin ruptura: la apuesta española en un entorno fragmentado

Más allá de la agenda concreta de la visita, el viaje de Pedro Sánchez a China refleja una apuesta estratégica por una política exterior europea alternativa, con la necesidad de implementar un mayor nivel de pragmatismo en un entorno internacional cada vez más tenso, fragmentado y polarizado.

Mientras algunas posiciones políticas, tanto españolas como europeas critican la posición de acercamiento de Sánchez hacia un sistema político alternativo al tradicional aliado norteamericano (teniendo en cuenta cuestiones también presentes relativas a Taiwán o Xinjiang),[9] el Gobierno muestra una tendencia clara, no actuando como un actor disruptivo, sino como un Estado que comprende la necesidad de acercarse a una de las mayores economías a nivel global, dentro de los márgenes que permite el marco comunitario y regulatorio de la UE.

España, con una exposición industrial menor que otras economías europeas y con intereses centrados en otros sectores de menor criticidad, dispone de mayor margen para desarrollar una relación pragmática con China, aprovechando el conocimiento de la política exterior, así como su simpatía histórica con la nación china, lo que proporciona mayor ventaja respecto a otros países europeos. Sin embargo, este acercamiento está limitado y condicionado por las decisiones tomadas a nivel comunitario, especialmente en ámbitos clave como la política doméstica, la inversión extranjera y el desarrollo tecnológico, sectores estratégicos donde Bruselas ha frenado los intereses expansivos de China al considerarlo socio, competidor y rival sistémico de manera simultánea.[10]

Una oportunidad de oro, bajo límites estructurales

Las visitas del gobierno español a China constituyen una oportunidad de oro, no solo para reforzar la alianza con Beijing y construir puentes hacia la cooperación, la inversión extranjera y el desarrollo tecnológico de alta calidad, tal y como ya está promoviendo Xi Jinping, sino para posicionarse como un actor clave y mediador de confianza entre una Unión Europea que tiende a desconfiar de la introducción de China en sus mercados y que se mantiene bajo la nueva redefinición de la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) soberanista de Estados Unidos, un aliado con el que cada vez se muestran más distanciados.

Existe voluntad por parte de España de explorar nuevos caminos, sin situarse fuera del bloque occidental ni redefiniendo sus alianzas tradicionales, pero buscando un claro pragmatismo en un entorno marcado por la rivalidad sistémica. El verdadero desafío en la política exterior española (y para la UE en conjunto) no reside en elegir entre Beijing o Washington, entre la política geoeconómica de Trump o el pragmatismo de Xi, sino en gestionar una relación cada vez más compleja entre ambos actores sin comprometer su autonomía estratégica e interés nacional. En posicionarse como un socio confiable para todas las partes sin cruzar las líneas rojas establecidas. En este equilibrio tan complejo, las visitas de Sánchez muestran un valor políticamente simbólico que transformador, mostrando intención, sin llegar a alterar el statu-quo internacional.

En una comunidad internacional marcada por la polarización y la competencia, la política hacia China se convierte en todo un desafío que España debe calibrar, pero con claros márgenes delimitados.