China ante el agotamiento del relato neoliberal de Occidente

Hace dos años, el Financial Times publicó un artículo de título elocuente —Sorry America, China has a bigger economy than you (6 de diciembre de 2023)— en el que se aludía, esencialmente, a la paridad de poder adquisitivo (PPA). Bajo este criterio, la producción de China había superado a la de Estados Unidos desde hacía tiempo, llegando a situarse, según determinados indicadores, en torno a un tercio por encima. Que una cabecera internacional de tal prestigio reconociera finalmente una evidencia ya asentada desde años atrás en numerosos estudios empíricos no pasó desapercibido. El gesto suscitó un intenso debate y supuso un golpe simbólico de considerable envergadura para Washington y, por extensión, para el conjunto de la economía occidental y en el ámbito del neoliberalismo de la Anglosfera.

Sin embargo, apenas unos días atrás, el editor para Asia del mismo diario, Robin Harding, reincidía con un nuevo artículo, China is making trade imposible. La acusación central no dejaba lugar a matices: «No hay nada que China quiera importar, nada que no crea que puede producir mejor y más barato, nada de lo que esté dispuesta a depender de los extranjeros ni siquiera durante un solo día más de lo estrictamente necesario». Para quien disponga de herramientas analíticas mínimamente sofisticadas y conozca, siquiera de forma somera, la evolución histórica y económica del comercio internacional, la ironía, o más bien hipocresía, del planteamiento resulta difícil de ignorar.

De hecho, durante la última década han sido precisamente Estados Unidos y sus aliados quienes han contribuido de manera sistemática a obstaculizar el comercio ordinario con China. Bastaría con mencionar algunas de las medidas más emblemáticas, como la inclusión en listas de control de entidades de empresas como Huawei, SMIC y decenas de firmas líderes adicionales. Para quien no esté familiarizado con estos mecanismos, la denominada Entity List es un instrumento del gobierno de Estados Unidos, administrado por el Bureau of Industry and Security, que identifica a individuos, empresas y organizaciones extranjeras consideradas una amenaza potencial para la seguridad nacional o la política exterior, imponiendo severas restricciones al acceso a tecnologías, insumos y mercados clave.

A estas medidas se añaden las reiteradas prohibiciones a la exportación de semiconductores avanzados y de maquinaria crítica de litografía, así como la imposición de aranceles punitivos —del 100 %— sobre los vehículos eléctricos chinos. Todo ello se ve agravado por amenazas explícitas de excluir a las entidades financieras chinas del sistema SWIFT, lo que equivaldría a asestarles un golpe de consecuencias potencialmente letales para su operativa internacional. Tampoco puede pasarse por alto la intensa presión ejercida desde Silicon Valley para vetar los modelos chinos de inteligencia artificial de código abierto por supuestas «razones de seguridad», especialmente tras la irrupción de DeepSeek en enero de 2025.

Esta enumeración dista mucho de ser exhaustiva, pero resulta suficientemente ilustrativa de un fenómeno más profundo: la creciente incapacidad —y, en última instancia, la impotencia— de la economía estadounidense, antaño hegemónica sin contestación, para seguir compitiendo con China y con otras potencias emergentes dentro de un sistema de comercio internacional concebido, diseñado e institucionalizado precisamente por Occidente, y más concretamente por Estados Unidos.

China no avanza hacia la autosuficiencia por una preferencia ideológica por la autarquía, sino porque Occidente ha demostrado de manera convincente que la dependencia tecnológica y financiera de una superpotencia hostil es incompatible con su propia supervivencia. China está desarrollando en la actualidad el aprendizaje de su propia historia (el “siglo de la humillación”), algo que por ejemplo la Unión Europea y muchos de sus líderes no parecen entender demasiado -tampoco para sí mismos-, asumiendo un vasallaje euroatlántico desde 1945 que ahora parece quedar aún más afianzado con la nueva Estrategia de Seguridad Nacional recientemente publicada por la Casa Blanca, donde el America First ya se dirige directamente contra el proyecto europeo, sin rodeos.

Los daños colaterales de este nuevo régimen económico no se limitarán a Pekín ni a Washington. China, Estados Unidos, India y Rusia cuentan con grandes mercados internos, pero países sin mercados propios tan grandes —Alemania, Japón, Corea del Sur, Países Bajos, Suiza, Australia, Brasil y gran parte del resto del mundo— dependen de las exportaciones para asegurar su prosperidad. Cuando dos economías del tamaño de un continente se desvinculan deliberadamente en un conflicto que ninguna de las partes puede controlar por completo, las potencias intermedias -dependientes de las exportaciones-, soportan las peores consecuencias de una confrontación que China ni inició ni quiso jamás.

Recordemos que en las décadas de 1980 y 1990, las grandes multinacionales estadounidenses encontraron el paraíso en el Delta del Río de la Perla. Cientos de millones de trabajadores alfabetizados y disciplinados por una fracción de los salarios occidentales constituyeron la mano de obra barata al servicio del capital angloamericano y sus plusvalías. Estas empresas se beneficiaron de puertos, ferrocarriles, redes eléctricas y zonas industriales ya construidas mediante décadas de planificación estatal, y de un gobierno que proporcionó estabilidad y seguridad interna a través de una gobernanza predecible y un crecimiento económico sostenido.

El acuerdo tácito era clarísimo. Estados Unidos se quedaba con el cerebro de la economía china, el diseño, chips, software y desarrollo de marca. China se quedaba con las manos, con la manufactura, el ensamblaje y fabricación de bajo valor añadido. Las ganancias debían aumentar indefinidamente y fluir hacia Occidente. Durante muchos años, esto funcionó: Apple, Nike, Walmart, Intel y General Motors obtuvieron inmensas ganancias gracias al trabajo chino. Los fondos y bancos de inversión de Wall Street y el Establishment de Washington celebraron el supuesto “fin de la historia” en los años 90. Los economistas académicos elogiaron la lógica inmutable de la ventaja comparativa y pensaron que este neoliberalismo sería la teoría definitiva y eterna.

Sin embargo, Pekín nunca aceptó la parte “para siempre”. Lo que funcionó en los años 70, 80 y 90 era un acuerdo tácito y recíprocamente ventajoso, aunque desigual y asimétrico. A principios de los 2000, China se niega a seguir siendo el subcontratista perpetuo. Especialmente después de su adhesión a la OMC en 2001, China llevó a cabo la modernización industrial más exitosa de la historia registrada, con hitos como Huawei eclipsando a Nokia y Ericsson, BYD superando a Tesla como el mayor productor de vehículos eléctricos del mundo; y CATL actualmente suministrando un tercio de las baterías de vehículos eléctricos del mundo. Hoy las empresas chinas fabrican el 80% de los paneles solares del mundo y están cerrando rápidamente las brechas en semiconductores e IA.

El aprendiz aprendió los trucos del maestro, los mejoró y los vendió más baratos. Washington no respondió con admiración ni con sana competencia. Respondió con contención y ansiedad, cambiando las reglas de un comercio internacional que ya no domina enteramente. En 2022, Elon Musk advirtió a los inversores que BYD, sin protección, «arrasaría con la mayoría de los demás fabricantes de automóviles«. Dos meses después, el gobierno estadounidense impuso aranceles del 100% a los vehículos eléctricos chinos, dejándolos poco competitivos y prácticamente invendibles. Los gigantes tecnológicos de Silicon Valley presionaron para que se impusieran restricciones a los modelos chinos de inteligencia artificial de código abierto por «razones de seguridad». Los argumentos varían según los intereses. A veces se cita la protección económica frente a la competencia, a veces «preocupaciones de seguridad». La retórica se modula según las medidas que convengan en cada momento al todavía hegemón.

Por otra parte, el conflicto militar directo es prácticamente imposible. Es sabido que las simulaciones del Pentágono resultan desastrosas para ambos bandos. La guerra económica es la única opción restante, pero incluso esta opción puede tener efectos contraproducentes para el dólar y los bonos del Tesoro. Mientras tanto, cada vez que el mundo exterior se vuelve hostil o caótico, China recurre al mismo reflejo milenario que consiste en fortalecer su reino interior y esperar. El exministro de Asuntos Exteriores de Singapur, George Yeo, lo denomina la «estrategia de la tortuga». Cuando el bosque arde, la tortuga no intenta escapar de las llamas. Fortalece sus defensas y sobrevive al fuego.

Precisamente este patrón -el “reducto” estratégico, la retirada hacia un centro fuerte- ha sido la respuesta de China a las amenazas existenciales durante milenios. No es un signo de debilidad, sino la implementación consistente de una legitimidad política que no se deriva de elecciones ni de élites financieras, sino de una competencia demostrada al servicio del bien común.

Quienes hemos estado un tiempo en China, viajando por su territorio y relacionándonos con diversos tipos de profesionales (profesores, economistas, juristas, empresarios, periodistas), con curiosidad e interés por su historia y logros científicos, y relacionándonos con sus organizaciones -en mi caso académicas-, sabemos y reconocemos por qué precisamente la legitimidad basada en el mérito y la capacidad constituye el verdadero fundamento de la estabilidad y la resiliencia a largo plazo de China. Y por qué permite al país, incluso bajo una enorme presión externa, mantener el control, la estabilidad y la seguridad, utilizando su “reducto” -que en clave económica sería su inmensa demanda interna- no solo como una medida de emergencia, sino como plataforma para su próximo ascenso.

La historia de China es rica en momentos comparables. La dinastía Song creó la economía más rica de su era a pesar de los imperios esteparios hostiles. La dinastía Ming, a finales de su gobierno, endureció la prohibición del comercio marítimo ante la expansión europea y priorizó la estabilidad interna. La dinastía Qing inició el llamado Movimiento de Autofortalecimiento después de las Guerras del Opio que le impuso el Imperio Británico. La máxima de Deng Xiaoping en la década de 1990 fue ocultar la propia fuerza y ​​esperar el momento oportuno.

Más recientemente, China respondió a la crisis financiera mundial de 2008 con un paquete de estímulo masivo, la promoción de la economía interna y la estabilización y mayor desarrollo de sectores estratégicos. Y, por último, el nuevo episodio que nos atañe, la guerra comercial o ya prácticamente la nueva Guerra Fría, que a partir de 2018 dieron lugar a estrategias como la “Circulación Dual”, un concepto destinado a hacer que la economía sea menos dependiente de la demanda extranjera y de la tecnología importada, fortaleciendo el consumo interno y manteniendo a China integrada en la economía global, así como a amplias iniciativas de semiconductores y controles de exportación de tierras raras.

La respuesta china es idéntica y sigue el mismo patrón histórico de escala milenaria. No hay mucho misterio en esto. El plan consiste en acelerar la autonomía tecnológica, asegurar alimentos y energía, expandir el consumo interno y dejar que el mundo exterior dominado aún por la Anglosfera y su economía dopada y financiarizada se acabe agotando henchida de ficciones y trampas sobre sí misma, con narrativas insostenibles que ya no calan ni en la propia población occidental ni en los países emergentes que conforman el llamado Sur Global.

Que el Financial Times nos cuente ahora que “China está haciendo imposible el comercio” resulta hilarante si no fuera porque este tipo de relatos conllevan no pocos perjuicios para numerosos países. Lo cierto es que China sigue albergando la mayor exposición de importaciones del mundo cada año en Shanghái. Sigue siendo el principal socio comercial de muchos más países que Estados Unidos y no está adoptando la autarquía por fervor ideológico.

China sabe que la dependencia abierta de una superpotencia hostil ya no es compatible con su supervivencia nacional, así de sencillo. Los europeos deberíamos también saber esta verdad histórica. El artículo del Financial Times sólo tiene razón en un punto: hoy en día, hay muy poco que China considere indispensable de Occidente. Pero esto no es arrogancia. Es la respuesta completamente racional de una nación-civilización que, durante más de 4.000 años, ha experimentado repetidamente lo que sucede cuando el centro falla, incluidas guerras civiles devastadoras que mataron a millones de personas.

*El autor ha sido investigador postdoctoral en China University of Political Science and Law (CUPL, Pekín) en 2016 y ponente invitado en la Universidad de Zhejiang (Hangzhou) en 2018. Ha sido también docente internacional en la University of International Business and Economics (UIBE, Pekín) en varias ocasiones entre 2017 y 2019.