Hay países que cambian con la parsimonia de una catedral, piedra a piedra y siglo a siglo, y otros que parecen empeñados en dejar anticuado el mapa antes de que uno termine de desplegarlo. China pertenece cada vez más a este segundo grupo. Uno tiene la impresión de que basta apartar la vista un momento para que aparezca una ciudad nueva, una línea de tren de mil kilómetros o alguna otra cosa que, hasta el martes pasado, sencillamente no estaba allí.
Ese es el punto de partida de China y el despertar del dragón de jade. Ciencia, tecnología y educación en el siglo sinofuturista, el nuevo libro del escritor y divulgador científico Sergio Parra, publicado por Omen Ediciones en septiembre de 2026.
Más que presentar China (una tarea que, tratándose de un país de semejante tamaño y con varios miles de años a sus espaldas, es una tarea acaso demasiado ambiciosa), el autor se propone primero despejar un pequeño obstáculo, una suerte de freno cognitivo: la China que muchos occidentales llevan todavía en la cabeza. Una serie de estereotipos y lugares comunes que se han propagado por inercia e incluso por pereza.
El problema es que buena parte de esas imágenes que han acompañado a Occidente han envejecido mal. Conservamos estampas de bicicletas, uniformes grises, fábricas humeantes y multitudes perfectamente ordenadas. Entretanto, China ha seguido cambiando. Por consiguiente, no resulta especialmente comprensible si uno la contempla como un lugar monolítico, una enorme pieza del mapa con cinco mil años de historia encima. Conviene pensar en ella más bien como un proceso: algo que está ocurriendo mientras lo miramos y que, con cierta frecuencia, ya ha cambiado otra vez cuando creemos haber empezado a entenderlo.
El libro arranca precisamente lejos de los grandes tópicos geopolíticos. Parra se encuentra en Talent Park, en Shenzhen, observando esculturas inspiradas en moléculas de carbono, edificios futuristas y homenajes urbanos a científicos, empresarios e innovadores. Shenzhen, recuerda, ha pasado en unas décadas de ser una pequeña localidad a convertirse en una de las grandes metrópolis tecnológicas del planeta. La escena funciona como una especie de puerta de entrada al argumento central de la obra. Para entender la transformación china no basta con estudiar sus estadísticas económicas. También hay que observar el imaginario que la acompaña y la aúpa.
A partir de ahí, el libro se despliega en siete grandes bloques que recorren la velocidad y escala de la transformación, la educación y el talento, la cultura del esfuerzo, el cambio económico, la vivienda y las ciudades, las tecnologías disruptivas y algunas de las diferencias culturales e intelectuales existentes entre la sinoesfera y Occidente.
Pero la estructura apenas transmite la naturaleza del libro. Parra no escribe desde un despacho observando China exclusivamente a través de los datos. Buena parte de la narración procede de sus viajes por Shenzhen, Chongqing, Chengdu, Wuhan, Guangzhou, Shanghái y otros lugares del país. Se sube a vehículos autónomos, recorre parques tecnológicos, observa ciudades que parecen reconstruirse mientras las atraviesa y termina incluso entrenando en una escuela de artes marciales de las montañas Wudang. El resultado es un híbrido entre reportaje, ensayo, divulgación científica y cuaderno de viaje.
Esa mirada resulta especialmente eficaz al abordar uno de los fenómenos más difíciles de comprender desde Europa, la escala. Las cifras chinas tienen la desagradable costumbre de dejar de significar algo cuando acumulan demasiados ceros. Kilómetros de alta velocidad, producción industrial, viviendas, vehículos eléctricos, paneles solares, robots, patentes o habitantes urbanos alcanzan dimensiones que nuestro cerebro cotidiano procesa con dificultad.
Por eso el libro intenta convertir esas magnitudes en escenas. Wuhan aparece cubierta de grúas. Chongqing se extiende como una criatura urbana tridimensional entre montañas, puentes y autopistas. Shenzhen se convierte en laboratorio de movilidad eléctrica y digitalización. Las ciudades funcionan así como fósiles vivos de una transformación que todavía está aconteciendo, donde encontramos hitos en inteligencia artificial o computación cuántica, o el haber sido el primer país que no solo ha alunizado en la cara oculta de la Luna, sino que ha traído muestras de ella hasta la Tierra.

Pero China y el despertar del dragón de jade no es únicamente un catálogo de prodigios tecnológicos. Una de sus preguntas más persistentes es por qué esa transformación ha ocurrido precisamente allí. El autor busca respuestas en lugares poco habituales. Recurre a la psicología cultural, la historia económica, la ciencia de la complejidad, la evolución biocultural, el confucianismo, el taoísmo, el budismo, la estructura familiar, la urbanización y la organización política. La China contemporánea se presenta así como un sistema emergente nacido de la interacción entre elementos que a veces parecen contradictorios, y casi siempre se olvidan cuando trata de entenderse un mundo tan distinto al nuestro.
Uno de los ejemplos más reveladores es su economía. China resulta difícil de encajar en las categorías políticas y económicas que durante décadas han organizado el debate occidental. Mercado y planificación, iniciativa privada y dirección estatal, competencia feroz y objetivos nacionales de largo plazo conviven dentro del mismo sistema. Parra utiliza precisamente esa dificultad clasificatoria para mostrar una característica más profunda de la cultura china: cierta tolerancia pragmática hacia combinaciones que desde una lógica occidental pueden parecer contradictorias.
El libro tampoco oculta el precio de algunos de estos mecanismos. A lo largo de sus páginas aparecen las tensiones entre eficiencia y libertad, coordinación y pluralismo, crecimiento y costes ambientales, selección meritocrática y presión académica, innovación digital y control político. Al comparar España y China, el propio autor advierte de que resulta engañoso preguntar simplemente qué sistema es «mejor». Los dos proceden de condiciones históricas, demográficas, económicas e institucionales muy diferentes y cada uno obtiene algunas de sus fortalezas del mismo lugar del que nacen determinadas debilidades.
Esta cautela resulta importante porque el libro tiene una voluntad explícita de contrapeso. Durante años, buena parte del debate occidental sobre China ha oscilado entre dos extremos poco informativos. Uno convierte al país en una amenaza. El otro lo convierte en modelo perfecto. Parra intenta ocupar un tercer espacio, más incómodo y quizá más fértil: observar qué está ocurriendo antes de decidir qué significado queremos otorgarle, para quizá así aplicar sus enseñanzas a nuestros ecosistemas.
De ahí procede también la peculiar elección del título. El dragón occidental suele aparecer reflejado como una criatura peligrosa, guardiana de tesoros y asociada al fuego. En la tradición china tiene una carga simbólica muy diferente. Representa prosperidad, poder y buena fortuna. Parra sustituye además el oro imperial por el jade, un material que remite a virtudes menos aparatosas: paciencia, disciplina, constancia y una concepción del tiempo en la que no resulta extraño comenzar una tarea sabiendo que quizá sean otros quienes la terminen. Así, el «dragón de jade» acaba convirtiéndose en una metáfora bastante precisa de la China que describe el libro. Su ascenso no habría sido un prodigioso salto hacia delante (aunque visto desde cierta distancia pueda parecerlo), sino el resultado de décadas de acumulación, aprendizaje, inversión y transformación largoplacista.
En las últimas páginas, el autor explica cuál ha sido finalmente su intención. China, escribe, no debería «ni santificarse ni demonizarse». Vivimos en una situación históricamente excepcional, en la que podemos observar en tiempo real cómo un Estado-civilización con una trayectoria intelectual, política y cultural diferente de la occidental intenta resolver algunos de los grandes problemas del futuro. Podemos admirar algunas soluciones, rechazar otras y descubrir que muchas solo funcionan dentro de condiciones difíciles de reproducir fuera de China.
Con todo, antes de decidir qué puede enseñarnos China hay una tarea más difícil: aprender a mirarla. Eso exige algo más que viajar allí, leer estadísticas o familiarizarse con sus ciudades. Exige, en cierto modo, habitarla: aceptar durante un tiempo la incómoda posibilidad de que nuestras categorías habituales no expliquen todo lo que tenemos delante. Dejar en la puerta, hasta donde sea posible, esa voluminosa maleta de prejuicios, estereotipos y lugares comunes con la que todos viajamos y que, curiosamente, nunca paga exceso de equipaje.
Sólo entonces empieza a aparecer China. No necesariamente una China más tranquilizadora, ni más admirable, ni siquiera más fácil de entender. Simplemente una China algo más parecida a la que existe.


