Estados Unidos recibe a Ping Ping y Fu Shuang, los nuevos protagonistas de una de las tradiciones diplomáticas más singulares de China
Por Sancho Molina
Hay diplomáticos que llegan en coche oficial, otros en avión presidencial y algunos, bastante más eficaces para llamar la atención, viajan en un Boeing 777 con una buena provisión de bambú.
El pasado 27 de septiembre, dos de estos particulares enviados diplomáticos aterrizaron en Atlanta. Sus nombres son Ping Ping y Fu Shuang, dos pandas gigantes nacidos en 2020 en la Base de Investigación de Cría del Panda Gigante de Chengdu, en Sichuan. Llegaron a Estados Unidos procedentes de China en un vuelo especial de FedEx y se instalarán durante diez años en Zoo Atlanta, en el marco de un nuevo acuerdo de cooperación para la conservación y la investigación del panda gigante.
Lo curioso es que su viaje comenzó políticamente antes de comenzar físicamente.
Tres días antes de su llegada, el presidente chino Xi Jinping se encontraba en Washington para reunirse con el presidente estadounidense Donald Trump. Durante ese encuentro, Xi anunció que los dos pandas viajarían próximamente a Atlanta y los presentó como “enviados de amistad” entre los pueblos chino y estadounidense. Poco después, Ping Ping y Fu Shuang abandonaban Chengdu rumbo a Estados Unidos.
El calendario resulta difícil de ignorar: mientras los presidentes hablaban de comercio, tecnología, inteligencia artificial y otros asuntos centrales de la relación bilateral, dos pandas emprendían el viaje que los llevaría hasta Atlanta.
Puede parecer una anécdota. En realidad, forma parte de una tradición diplomática que tiene más de medio siglo de historia contemporánea y que permite entender una dimensión muy particular de la política exterior china.
Antes de hablar de los pandas, conviene hablar de China
El panda gigante es mucho más que uno de los animales más reconocibles del planeta.
Es una especie originaria de China y profundamente vinculada a la cultura y a la imagen internacional del país. Durante siglos ha formado parte del imaginario chino y, con el tiempo, se convirtió también en uno de los símbolos más reconocibles de China fuera de sus fronteras.
La utilización de animales como gesto diplomático tiene antecedentes muy antiguos. Una de las referencias más citadas se remonta a la dinastía Tang, en el siglo VII, cuando se cree que la emperatriz Wu Zetian envió a Japón dos animales que pudieron ser pandas. La tradición moderna, sin embargo, comenzaría mucho después.
En el caso de Estados Unidos, uno de los antecedentes fundamentales se produjo durante la Segunda Guerra Mundial. En 1941, China envió dos pandas al Bronx Zoo como gesto de agradecimiento por la ayuda estadounidense a China en su lucha contra Japón. Aquella operación contribuyó a convertir al panda en un peculiar símbolo de las relaciones entre ambos países.
Pero la verdadera revolución de la diplomacia del panda llegaría tres décadas después.
1972: cuando la Guerra Fría entró en el zoológico
En febrero de 1972, Richard Nixon viajó a China. Fue una visita histórica.
Estados Unidos y la República Popular China llevaban más de dos décadas sin relaciones diplomáticas formales. El mundo estaba inmerso en plena Guerra Fría y el acercamiento entre Washington y Pekín tenía una importancia que iba mucho más allá de las relaciones bilaterales.
Nixon se reunió con Mao Zedong y con el primer ministro Zhou Enlai. Aquella visita abrió una nueva etapa en la relación entre ambos países y modificó el equilibrio estratégico internacional.
Y entonces apareció un panda.
Durante una cena celebrada en Pekín, la primera dama estadounidense, Pat Nixon, comentó a Zhou Enlai cuánto le gustaban los pandas gigantes. La respuesta del primer ministro chino fue inmediata: China enviaría algunos pandas a Estados Unidos.
Pocas semanas después, el 16 de abril de 1972, Ling-Ling y Hsing-Hsing llegaron al Zoológico Nacional del Smithsonian, en Washington.
El recibimiento fue extraordinario.
Los dos pandas se convirtieron inmediatamente en una auténtica sensación nacional. Millones de personas acudieron a verlos y la llamada panda-mania se convirtió en una de las expresiones más populares del nuevo acercamiento entre Washington y Pekín.
China había encontrado una fórmula diplomática particularmente eficaz: un gesto político que no necesitaba discursos.
Los pandas no negociaban tratados. No hablaban de aranceles. No discutían sobre seguridad.
Pero estaban allí.
Y su mera presencia transmitía una idea bastante sencilla: China y Estados Unidos habían abierto una nueva etapa de relación.
Del regalo diplomático al acuerdo científico
La diplomacia del panda también ha evolucionado.
Entre 1957 y 1983, China envió 24 pandas a nueve países, entre ellos la Unión Soviética, Corea del Norte, Estados Unidos, Japón, Francia, Reino Unido, Alemania Occidental, México y España.
Pero a partir de los años ochenta comenzó a cambiar el modelo.
Los pandas dejaron progresivamente de entregarse como regalos permanentes y comenzaron a formar parte de acuerdos de cooperación científica y conservación. Los animales continuaban siendo propiedad de China y los zoológicos extranjeros colaboraban con instituciones chinas en investigación, reproducción, cuidados veterinarios y protección de los hábitats.
Y aquí aparece una segunda dimensión de esta diplomacia que muchas veces queda escondida detrás de las fotografías.
Los pandas no solo viajaban para representar amistad. También viajaban para generar conocimiento.
En el caso estadounidense, científicos, veterinarios y especialistas han trabajado durante décadas con instituciones chinas. La cooperación ha producido investigaciones sobre reproducción, genética, comportamiento, salud y conservación, además de programas de formación para profesionales y personal dedicado a la protección de especies.
El panda, por tanto, pasó de ser un regalo diplomático a convertirse también en una especie de proyecto científico bilateral con patas.
Cuando los pandas se marchan, también dicen algo
La diplomacia del panda tiene además una característica particularmente interesante: su ausencia puede ser tan significativa como su presencia.
Durante los últimos años, varios zoológicos estadounidenses devolvieron sus pandas a China al finalizar sus acuerdos de cooperación. En noviembre de 2023, durante su visita a California para reunirse con el entonces presidente Joe Biden, Xi Jinping recordó precisamente la tristeza que muchos estadounidenses, especialmente niños, habían sentido ante la marcha de los pandas del Zoológico Nacional de Washington.
Xi expresó entonces su disposición a continuar la cooperación y definió a los pandas como “enviados de amistad entre los pueblos chino y estadounidense”.
La expresión no era casual.
En un momento en que las relaciones entre Washington y Pekín atravesaban una etapa especialmente complicada, el panda servía para trasladar un mensaje distinto al de las negociaciones comerciales o estratégicas: un mensaje dirigido también a las sociedades y no solamente a los gobiernos.
2024: vuelven los pandas a Estados Unidos
La tradición continuó.
En 2024, Yun Chuan y Xin Bao llegaron al Zoológico de San Diego.
Ese mismo año se renovó la cooperación entre China y el Smithsonian y dos nuevos pandas, Bao Li y Qing Bao, llegaron al Zoológico Nacional de Washington. Su presentación pública tuvo lugar en enero de 2025. El nuevo acuerdo de cooperación entre el Smithsonian y la China Wildlife Conservation Association se extiende hasta 2034.
Y ahora Atlanta vuelve a entrar en escena.
Ping Ping y Fu Shuang: los nuevos embajadores de Atlanta
Los protagonistas de esta nueva etapa son Ping Ping y Fu Shuang.
Ambos nacieron en 2020 en Chengdu. Ping Ping es macho y Fu Shuang es hembra. El primero nació el 17 de marzo y la segunda el 18 de octubre.
El 27 de septiembre aterrizaron en el aeropuerto internacional Hartsfield-Jackson de Atlanta a bordo del denominado “FedEx Panda Express”, un Boeing 777 especialmente preparado para el transporte. FedEx, además, donó el transporte.
Pero los pandas todavía no están saludando a los visitantes.
Tendrán que pasar aproximadamente un mes en cuarentena dentro de una zona biosegura del nuevo complejo para pandas de Zoo Atlanta. Después llegará el momento de su presentación pública.
Y Atlanta sabe perfectamente lo que significa convivir con pandas.
El zoológico mantuvo durante 25 años, entre 1999 y 2024, un programa de cooperación con China. Durante ese periodo nacieron allí siete crías. Lun Lun y Yang Yang, junto con sus descendientes, terminaron regresando a China en 2024.
El nuevo acuerdo supone, por tanto, no solo la llegada de dos animales, sino la recuperación de una cooperación científica e institucional que había durado un cuarto de siglo.
¿Poder blando con cuatro patas?
La diplomacia del panda suele analizarse dentro del concepto de soft power, o poder blando: la capacidad de un país para generar atracción e influencia mediante elementos que van más allá de la presión militar o económica.
La cultura, la educación, la ciencia, el deporte, los intercambios académicos o la imagen de un país pueden formar parte de ese poder blando.
Y pocas herramientas son tan fáciles de reconocer como un panda.
Además, existen estudios académicos que han tratado de medir incluso el efecto de esa imagen. Investigadores de la Universidad de Connecticut analizaron en 2022 las reacciones de estudiantes estadounidenses después de mostrarles vídeos de pandas y encontraron una relación entre las emociones positivas generadas por los animales y actitudes más favorables hacia la cultura china y, de manera indirecta, hacia los ciudadanos chinos y China.
Evidentemente, sería exagerado pensar que un panda puede solucionar una crisis internacional.
Un oso de 100 kilos no va a resolver una disputa comercial, ni va a decidir el futuro de los semiconductores, ni va a negociar un acuerdo sobre inteligencia artificial.
Pero precisamente ahí está el interés de la diplomacia del panda.
Porque un panda no sustituye a la política
La relación entre China y Estados Unidos sigue estando atravesada por cuestiones de enorme complejidad: comercio, tecnología, inteligencia artificial, seguridad, Taiwán, cadenas de suministro y competencia estratégica.
El encuentro entre Xi Jinping y Donald Trump no eliminó esas diferencias.
Pero la política internacional también está hecha de símbolos.
Y los símbolos importan porque permiten hablar a públicos diferentes de los que se sientan en una mesa de negociación.
Mientras los gobiernos discuten sobre aranceles, chips o inteligencia artificial, millones de personas pueden identificar una imagen mucho más sencilla: dos pandas que llegan de China a Estados Unidos.
Quizá esa sea la verdadera fuerza de esta diplomacia.
Un panda no firma tratados. No vota. No negocia. No pronuncia discursos.
Pero consigue algo que a veces resulta bastante más difícil para los diplomáticos: que dos países con enormes diferencias sean capaces, al menos durante un momento, de compartir una sonrisa.
Y eso, en política internacional, tampoco es poca cosa.
Ping Ping y Fu Shuang ya están en Atlanta.
Ahora les toca hacer lo que mejor saben: comer bambú, dormir muchas horas y representar, sin decir una sola palabra, una relación entre China y Estados Unidos que sigue siendo compleja, pero en la que todavía existen espacios para la cooperación.
Al fin y al cabo, hay embajadores que necesitan un discurso.
Los pandas solo necesitan bambú.


