El ex embajador estadounidense Michael McFaul -que no es precisamente un simpatizante de China- advirtió hace unas semanas: “Si Trump sigue actuando como el líder de un estado imperial rebelde, más países se inclinarán hacia China, vista como la gran potencia más racional, pacífica y respetuosa de las normas” (Business Today, 7 de enero de 2026).
Y tiene razón. China no ha iniciado una guerra ni ha orquestado un cambio de régimen en décadas. Su último gran conflicto -la guerra de un mes de 1979 contra Vietnam- no fue una puja por territorios, recursos ni un «cambio de régimen», sino el intento de Pekín de castigar a Hanói por derrocar a los Jemeres Rojos, un régimen sanguinario respaldado en aquel entonces también por Estados Unidos. Fue Vietnam, no China y tampoco Estados Unidos, quien puso fin a la pesadilla camboyana, un matiz que a menudo se pierde en las narrativas geopolíticas simplificadas.
En cambio, Estados Unidos ha lanzado numerosas operaciones de cambio de régimen desde la Segunda Guerra Mundial. El gasto militar estadounidense también se incrementará en 2027 en más de 500.000 millones de dólares, alcanzando una cifra cercana a los 1,5 billones de dólares. Lo que a corto plazo podría parecer una fortaleza estadounidense, en realidad podrían ser señales de debilidad a largo plazo, una lección que China entiende perfectamente cultivando la paciencia estratégica.
¿China necesita el petróleo venezolano?
A primera vista, muchos medios de comunicación presentan la intervención del pasado 3 de enero como una audaz maniobra de Trump para reafirmar su dominio global y bloquear el acceso de China a Venezuela, rica en recursos. Pero la realidad es mucho más trascendental y mucho más arriesgada para Washington.
Estados Unidos se ha apoderado, en efecto, del petróleo venezolano. Muchos medios de comunicación occidentales han afirmado estos días que China depende del petróleo venezolano. Se equivocan. China es autosuficiente energéticamente en aproximadamente un 80%. Del 20% que importa, solo el 2% proviene de Venezuela. A lo largo de décadas, China diversificó sus importaciones desde Rusia, Arabia Saudí, África y Asia Central. Mientras tanto, China lidera el mundo en el sector de energías renovables, añadiendo el doble de capacidad solar en el primer semestre de 2025 que el resto del mundo en conjunto. De hecho, China instaló más de 250 GW en comparación con los aproximadamente 124 GW a nivel mundial. China se está transformando en un “electroestado” para no depender de los “petroestados” ni del petrodólar.
Lo que hace única la reciente agresión de Estados Unidos sobre Venezuela es la transparencia, o, mejor dicho, lo impúdico de sus motivos. El vicepresidente J.D. Vance admitió el plan: confiscar el petróleo venezolano para beneficio estadounidense, es decir del lobby petrolero, un actor clave como es sabido en la financiación de las campañas presidenciales. Trump confirmó que las ganancias se controlarían personalmente a través de cuentas en el extranjero, sin pasar por el Tesoro de Estados Unidos.
Incluso si Estados Unidos resolviera con enorme coste los problemas de la infraestructura petrolera venezolana, aumentando su producción, probablemente esto haría bajar los precios mundiales, beneficiando a la industria china en lugar de perjudicarla.
El contraste entre ambas superpotencias es cada vez más acusado
El viceprimer ministro de China, He Lifeng, expuso la postura de Pekín en el Foro Económico Mundial de Davos, la semana pasada, diciendo que «China buscará el desarrollo verde y compartirá con el mundo las oportunidades de la transición verde y baja en carbono», mientras que el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, utilizó su altavoz de Davos para anunciar que el mundo necesita «masivamente más petróleo» (Energy Intelligence, 22 de enero de 2026).
China también está expandiendo rápidamente su energía nuclear, superando a Estados Unidos y al resto del mundo. Actualmente construye alrededor de 30 a 37 reactores -que agregan aproximadamente entre 30 y 40 GW de capacidad-, lo que representa más de la mitad de la construcción nuclear mundial, mientras que Estados Unidos prácticamente no tiene nuevos reactores en construcción y las sumas globales fuera de China siguen siendo mínimas (véase a este respecto el Country Index del portal World Nuclear News).
La audacia de Canadá y una Europa timorata
Canadá se dispone a reducir su dependencia económica de Estados Unidos fortaleciendo sus lazos con Pekín, una medida casi inimaginable sin la conducta ofensiva de Trump. La nueva «asociación estratégica» China-Canadá que Estados Unidos tratará por todos los medios de abortar plantea reducir drásticamente los aranceles sobre los vehículos eléctricos chinos y ciertos productos agrícolas y alimenticios, como la canola y productos de mar canadienses. También supondría una tregua en la dolorosa guerra comercial entre Ottawa y Pekín, mientras el primer ministro Carney busca mayores mercados de exportación y nueva inversión extranjera para compensar el daño económico causado por los aranceles proteccionistas de Trump.
¿Se atreverá la Unión Europea a realizar un movimiento semejante al canadiense afrontando una desaforada presión de Washington? ¿Serán capaces los líderes europeos de desbloquear la aprobación pendiente del Acuerdo Integral de Inversiones con China (Comprehensive Agreement on Investment)?
Resulta todavía inexplicable que Europa no haya sabido aprovechar los compromisos hechos entonces por China en 2020-2021, que hubieran brindado singulares ventajas a las empresas europeas. China se había comprometido ya hace cinco años a eliminar los requisitos de empresas conjuntas, la transferencia forzosa de tecnologías, los límites de capital y las restricciones cuantitativas en varios sectores en los que operan la mayoría de las empresas de la UE en China. También se había comprometido a proteger la inversión extranjera directa (IED) de la UE en China e igualar al tratamiento al sector manufacturero -donde se concentra la mitad de la IED de la UE-. Una concesión sin precedentes en los acuerdos comerciales o de inversión chinos.
Decimos que resulta inexplicable, pero intuimos que hay razones fundadas en atribuir buena parte del fracaso de las negociaciones a los importantes lobbies estadounidenses (“diplomacia pública”) que operan con sobresaliente éxito en Bruselas. La negociación de aquel acuerdo se hizo en la última parte del primer mandato de Trump y el comienzo de la presidencia de Biden, quién mantuvo la presión a la UE para que se alineara más estrechamente con Washington en la competencia estratégica contra China. La UE prefirió entonces satisfacer el renovado vínculo transatlántico en vez de favorecer el posicionamiento estratégico global de sus empresas, algo que ahora Canadá ha visto muy claro y que deja nuevamente en evidencia a Von der Leyen.
Ante las provocaciones, humillaciones y desaires recibidos por parte de la Administración Trump, la UE se está planteando bloquear los acuerdos comerciales hechos con Estados Unidos el pasado verano. Éstos en realidad suponían una auténtica claudicación de la UE ante el hegemón norteamericano. La UE se había obligado a invertir 600.000 millones de dólares en Estados Unidos durante los próximos tres años y a importar 750.000 millones de dólares en recursos energéticos, un volumen de importaciones de energía aproximadamente tres veces mayor que todas las compras energéticas europeas a Estados Unidos en la actualidad. Asimismo, la industria automotriz europea asumiría un tipo general de arancel del 15% y se obligaría a rebajar sus estándares, y los exportadores europeos de acero, aluminio y cobre seguirían sujetos a un arancel especial del 50%.
China llena el vacío
La estrategia de China es la contraria: invertir en comercio, infraestructura y relaciones estables. El XV Plan Quinquenal que se aprobará en marzo tras las sesiones de la Conferencia Consultiva y de la Asamblea Popular Nacional define unas prioridades y marca el rumbo de su gobierno y empresas para el periodo 2026-2030. China ya es el principal socio comercial de más de 120 países. En los últimos años, numerosos países de África han firmado acuerdos comerciales libres de aranceles con Pekín. Mientras tanto, Estados Unidos se retira de 66 organizaciones internacionales -la semana pasada de la OMS-, haciendo que China gane influencia discretamente.
¿Qué superpotencia es más racional, pacífica y respetuosa de las normas? La evidencia apunta a China. Al centrarse en el comercio, la infraestructura y la independencia energética, Pekín se posiciona para aprovecharse, sin buscarlo, de la injerencia estadounidense. Estados Unidos socava su propia credibilidad con su ansiedad estratégica, creando brechas y distancias con sus aliados, México, Canadá y la UE, sometida ésta a una suerte de eurovasallaje permanente que la hace estar en una perpetua minoría de edad frente a Washington. Las ambiciones de Estados Unidos sobre Groenlandia más pronto que tarde es posible que cristalicen en un acuerdo, en el marco de la OTAN, favorable a los intereses de Washington, que doblegue nuevamente a Bruselas.
Mientras tanto, las políticas agresivas de Washington conllevan graves costes internos e internacionales. El gasto militar desorbitado y las intervenciones extranjeras contribuyen a una deuda nacional en constante crecimiento que, según se prevé, superará sus máximos históricos y reducirá los recursos federales. Los acreedores de Estados Unidos tienen motivos para estar preocupados. Estados Unidos ya ha rebasado a inicios de 2026 los 38 billones de dólares en concepto de deuda nacional, con un aumento interanual de 2,25 billones de dólares. El déficit del año fiscal 2025 fue de 1,8 billones de dólares, a lo que contribuyen significativamente los costes de interés, mientras que la tasa promedio sobre la deuda ronda el 3,3-3,4%. La deuda estadounidense representa una tasa de aumento promedio de 8.030 millones de dólares al día; 334,48 millones de dólares por hora; 5,57 millones de dólares por minuto; o 92.912,33 dólares por segundo, como ha reconocido la US Congress Joint Economic Committee (9 de enero de 2026).
Esta creciente carga de deuda significa que mayores pagos de intereses (servicios de deuda) consumen una parte cada vez mayor del presupuesto de Estados Unidos, lo que limita los fondos disponibles para prioridades críticas como mejoras de infraestructura, educación, atención médica e innovación, esenciales para el crecimiento económico y la prosperidad a largo plazo. La creciente deuda estadounidense también desplaza la inversión privada, haciendo subir las tasas de interés y desviando capital que de otro modo financiaría la expansión empresarial, la innovación y la creación de empleo.
La estrategia de Trump en Venezuela, con sus vecinos y con la UE, puede dominar los titulares, pero a largo plazo es China la que ha estructurado su estrategia para mejorar y asegurar de manera sostenida la prosperidad de sus ciudadanos, mientras que Estados Unidos corre el riesgo de debilitar su posición global y erosionar los fundamentos de su hegemonía.
En sus miles de años de historia, China nunca ha buscado dominar el mundo, ni siquiera durante los siglos en que fue la mayor potencia económica del planeta. El ascenso de China es la primera prueba real de si Estados Unidos puede aceptar que un importante país en desarrollo crezca económicamente en sus propios términos, con éxito y soberanía. Hasta ahora, Estados Unidos no ha superado esta prueba.
Dada la creciente retórica sinofóbica en el seno de las estructuras de poder de Estados Unidos y en una parte de Occidente, es justo recordar que no tiene nada de malo que un país en desarrollo logre un progreso real, saque a cientos de millones de personas de la pobreza y esté liderado por élites meritocráticas que, a diferencia de Estados Unidos, se centran en mejorar continuamente el bienestar de la población.
*El autor ha sido investigador postdoctoral en China University of Political Science and Law (CUPL, Pekín) en 2016 y ponente invitado en la Universidad de Zhejiang (Hangzhou) en 2018. Ha sido también docente internacional en la University of International Business and Economics (UIBE, Pekín) en varias ocasiones entre 2017 y 2019.


