La resiliencia de la civilización china

A lo largo de la historia mundial, las sociedades complejas han tendido a seguir una trayectoria reconocible: formación, expansión, crisis y, finalmente, colapso. Tras grandes crisis, la mayoría de las civilizaciones no se reconstituyen en su forma original. Mesopotamia se fragmentó permanentemente, la unidad política del Imperio Romano jamás se recuperó tras su caída y los imperios precolombinos desaparecieron tras la conquista española.

China constituye una notable excepción. A pesar de repetidos episodios de colapso estatal, conquista extranjera y devastación demográfica, la civilización china se ha reconstruido una y otra vez como una entidad cultural y política coherente. Por eso podemos hablar de una cierta resiliencia. Resulta interesante a este propósito examinar los mecanismos que subyacen a esta singular capacidad y considerar si este patrón puede continuar en el siglo XXI.

A lo largo de dos milenios, China experimentó múltiples períodos de fragmentación —tras las dinastías Han, Tang, Yuan y Ming— y en cada ocasión el antiguo sistema estatal se desintegró. Sin embargo, estas crisis no resultaron en la disolución permanente de la civilización china.

Cuando la dinastía Han colapsó en el siglo III d. C., la población disminuyó drásticamente, los caudillos regionales se repartieron el territorio y las instituciones se deterioraron. Según los estándares de la mayoría de las civilizaciones, esto debería haber marcado el fin de China como entidad cultural unificada. En cambio, la dinastía Sui reunificó el territorio en el año 589 d. C. y presentó explícitamente su gobierno como una restauración, más que como un nuevo comienzo. Este patrón se repitió en dinastías posteriores, como expone J. A. G. Roberts, en Historia de China (Universidad de Valencia, 2008), creando un ritmo civilizatorio a largo plazo: fragmentación seguida de reunificación bajo un nuevo régimen que reivindicaba la continuidad con el pasado.

Entre los factores que mejor explican la cohesión perdurable de China destaca la longevidad de su sistema de escritura logográfica, estandarizado por decreto de Qin Shi Huang. A diferencia de los sistemas alfabéticos, ligados a la fonética de las lenguas habladas, los caracteres chinos funcionan como símbolos conceptuales compartidos.

Durante los periodos de fragmentación política, la lengua escrita siguió actuando como un medio de comunicación entre regiones cuyas hablas divergían profundamente. Proporcionó así un canon cultural estable, una herramienta administrativa unificada y una tradición intelectual sólida. El sistema de escritura se erigió, en suma, como un «archivo civilizatorio» capaz de preservar la memoria colectiva a través de las convulsiones dinásticas. Sobre este particular, resulta de interés la tesis de Juan José Ciruela Alférez, Historia de la lingüística china, Universidad de Granada (1999).

Un segundo factor de peso es la teoría del gobierno legítimo, conocida como el «Mandato del Cielo», que ofreció un marco excepcionalmente flexible para la legitimidad política. Lejos de otorgar a los gobernantes una autoridad incondicional, concebía su derecho a reinar como condicional y basado en la eficacia. Los disturbios sociales, la corrupción o los desastres naturales se interpretaban como señales de que la casa reinante había perdido la aprobación divina.

La tesis doctoral de Carmelo Morales Marcos desarrolla precisamente esta cuestión (El carácter sagrado de la doctrina de Confucio, Universidad Complutense de Madrid, 2019). En el capítulo 4 demuestra cómo la doctrina de Confucio tiene un carácter sagrado, tanto en los Cinco Clásicos, como en los Cuatro Libros, y en el capítulo 6 pone de relieve que Confucio era una persona muy religiosa y esa religiosidad la transmitió a través de su doctrina a sus discípulos. De hecho, el autor demuestra que existen elementos suficientes en los textos del canon confuciano para afirmar que esta tradición tiene carácter religioso.

Un apunte interesante es que Mencio (c. 372-289 a. C.), el influyente pensador confuciano, sostenía que el pueblo mismo posee autoridad moral sobre su gobernante. Si este ejerce el poder de forma tiránica, oprime a la población o no garantiza su bienestar, el pueblo tiene derecho a deponerlo, pues aquel ha perdido el Mandato del Cielo.

Antonio Elorza trató este concepto en su publicación: “El mandato del cielo: El poder como equilibrio en la China clásica” (Historia 16, Nº 245, 1996, págs. 92-104). En efecto, las políticas contemporáneas del Partido Comunista chino que enfatizan la lucha contra la corrupción y el principio de la «prosperidad compartida» reflejan un paralelismo moderno, evidenciando cómo la legitimidad política sigue dependiendo de la eficacia de la gestión pública y del bienestar de la población.

Es importante destacar que el Mandato del Cielo no cuestionó el principio del gobierno centralizado en sí mismo, sino únicamente la legitimidad de la dinastía reinante. Fomentó una arraigada expectativa cultural de que China debía permanecer políticamente unificada, presentando los períodos de fragmentación como aberraciones temporales. Esta continuidad ideológica convirtió la reunificación en un resultado predecible y socialmente aceptado tras cada crisis.

El tercer factor, es la burocracia académica-funcionaria. Aquellos que hemos tenido alguna experiencia profesional en universidades chinas lo hemos observado in situ y es realmente un factor decisivo que no es fruto de una política puntual, improvisada o cortoplacista, sino más bien una expresión milenaria de la organización universitaria y administrativa. El sistema de exámenes imperiales, plenamente institucionalizado durante las dinastías Sui y Tang, formó a nivel nacional una clase de funcionarios eruditos con una tradición intelectual común. Su función trascendió el ámbito gubernamental; preservaron técnicas administrativas, textos confucianos y normas políticas incluso durante transiciones violentas.

Dado que la gobernanza eficaz dependía de estos burócratas, los conquistadores —incluidas dinastías no Han como la Yuan, liderada por los mongoles, y la Qing, liderada por los manchúes— mantuvieron el sistema de exámenes y adoptaron las prácticas administrativas chinas. De este modo, incluso cuando el control político cambió, la infraestructura institucional de la civilización china permaneció intacta.

Este aspecto de la tradición milenaria china me trae a la memoria mi estancia de investigación en la Universidad China de Ciencias Políticas y Jurídicas (CUPL), en el campus del distrito de Changping, Pekín, en 2016. Nada más acceder al recinto por la entrada principal, ante el frontispicio de la biblioteca universitaria, los estudiantes se encuentran con una estatua bien grande de Confucio. Resulta fascinante observar a los jóvenes alumnos de una institución orientada a formar a quienes más tarde ingresarán en los cuerpos políticos, jurídicos y administrativos del Estado, entrar ordenadamente en los aularios durante el calendario de exámenes, imbuidos de una disciplina que evoca la tradición confuciana. Por cierto, en esa biblioteca se pueden encontrar anaqueles con clásicos griegos traducidos al chino, entre ellos, las obras completas de Aristóteles. No debería sorprendernos comprobar que los jóvenes universitarios chinos poseen, en general, un conocimiento más profundo de la filosofía occidental que el que los estudiantes occidentales y sus profesores atesoran sobre China y sus tradiciones filosóficas.

A lo ya señalado cabe añadir la capacidad de absorción de China, otra fuente clave de su resiliencia histórica. Los conquistadores extranjeros se convirtieron a menudo en agentes de continuidad cultural más que en factores de disrupción. La dinastía Yuan, instaurada por los mongoles, adoptó los sistemas tributarios, las prácticas administrativas y los rituales ceremoniales chinos. China no se transformó en mongola; más bien, fueron los conquistadores mongoles quienes se vieron gradualmente absorbidos por la cultura china y asimilados como chinos.

De manera similar, la dinastía Qing, establecida por los manchúes, mantuvo las instituciones confucianas, preservó el sistema de exámenes para la función pública y gobernó mediante estructuras burocráticas de larga tradición. Lejos de suplantar la civilización china, estos regímenes reforzaron su capacidad de integración y continuidad. Este patrón difiere notablemente de la experiencia de otros imperios, en los que la conquista extranjera solía conducir a una ruptura cultural, al reemplazo de las administraciones tradicionales o a una fragmentación duradera.

A finales del siglo XIX y principios del XX, años marcados por las Guerras del Opio, las rebeliones internas, la fragmentación de los caudillos militares y la ocupación extranjera, supusieron quizás el desafío más grave para la civilización china. Sin embargo, el establecimiento del Estado liderado por el Partido Comunista de China en 1949 puede considerarse no solo una revolución política, sino también un cierto «reinicio» histórico moderno. Aunque los fundamentos ideológicos pasaron de la política confuciana al marxismo-leninismo, se pueden percibir una determinada continuidad estructural que perdura más allá de los fundamentos coyunturales del Estado. Las más patentes son la autoridad centralizada, una jerarquía burocrática a nivel nacional, una concepción de la legitimidad basada en la unificación y una narrativa sobre la restauración del estatus histórico de China.

Incluso Mao Zedong se comparaba en privado con un emperador. Una admisión sincera de que la China revolucionaria seguía inevitablemente ligada a su pasado imperial. Su sucesor, Deng Xiaoping, fue más allá. Mediante reformas pragmáticas, rehabilitó y revitalizó oficialmente muchas tradiciones chinas antiguas, restaurando la estabilidad, la meritocracia y el orgullo cultural tras la devastación de la Revolución Cultural.

Memoria social compartida

Estos episodios revelan hasta qué punto persistieron en el Estado moderno las nociones profundamente arraigadas de autoridad centralizada, jerarquía y destino civilizatorio, incluso en medio de su proclamada ruptura ideológica con el pasado. Hoy, de hecho, un visitante en Pekín y en otras ciudades chinas puede visitar templos confucianos, budistas o taoístas restaurados y proyectados dentro de una narrativa común integradora y reconciliada, algo que no todos los países del mundo han sido capaces de hacer con su memoria histórica. Asimismo, las iniciativas estratégicas contemporáneas, como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, reflejan patrones geopolíticos de influencia regional y diplomática, lo que evidencia la persistencia de una lógica histórica dentro del proyecto político moderno de China.

Hoy, no obstante, China se enfrenta a desafíos sin precedentes históricos directos. La contracción demográfica y el rápido envejecimiento de la población podrían limitar su capacidad económica. Un artículo de enero de este año, de Shen Qi, «Consensus Building Key to Coping with Population Aging”, publicado en la revista Chinese Social Sciences Today, explica justamente cómo el envejecimiento poblacional se ha elevado al nivel de estrategia nacional y las medidas que China está llevando a cabo para adaptarse y corregir sus efectos, algo que en Occidente, y particularmente Europa, no se está planteando adecuadamente, fiando la solución a la entrada de una mayor cantidad de inmigración, lo que sin duda puede afectar y de hecho está afectando a la conservación de su identidad cultural y a la estabilidad y ordenación de sus sistemas educativos y de convivencia social, e incluso a su propia seguridad interna.

Estas tensiones suscitan una pregunta de hondo calado: ¿acaso el prolongado ciclo civilizatorio de colapso y reconstrucción que ha marcado la historia de China sigue aún vigente en el mundo moderno, o el actual contexto global ha transformado de manera irreversible ese patrón milenario?

La perdurabilidad de la civilización china desafía las concepciones convencionales sobre el fracaso estatal y la continuidad cultural. Su resiliencia no reside en la ausencia de crisis —China ha conocido algunos de los colapsos políticos más severos de la historia universal—, sino en la existencia de una trama densa y sólida de mecanismos y procesos culturales, ideológicos e institucionales capaces de sobrevivir incluso a la catástrofe. Resulta aún incierto si este patrón se mantendrá a lo largo del siglo XXI, aunque cabe aventurar que el sistema actual, cimentado en los principios de una paciencia estratégica y de una mentalidad colectiva enfocada en la planificación, podría estar sentando las bases para una nueva forma de perdurabilidad y adaptación.

La extensa trayectoria histórica de China, en cuanto civilización milenaria, sugiere que la resiliencia no depende únicamente del poder político, sino también de la persistencia de una memoria social compartida, de un marco cultural sólido y de unas estructuras institucionales que se sobreponen al ciclo de ascenso y caída de los regímenes. Este es un aspecto que el Occidente contemporáneo, inmerso en su posmodernidad y en cierto declive de sus narrativas fundacionales, parece ya no alcanzar a comprender del todo —quizá porque ha sido, a la vez, agente y víctima de una progresiva amnesia histórica y de una deconstrucción cultural acelerada, tras haber impuesto al mundo durante siglos un modelo hegemonista y colonialista que hoy muestra claros signos de agotamiento.

En un contexto global donde las élites de las potencias occidentales enfrentan el riesgo creciente de convertirse en oligarquías y plutocracias, gran parte del porvenir del mundo dependerá de la capacidad de China para preservar un sistema de carácter meritocrático que favorezca una prosperidad compartida, en lugar de limitarse a enriquecer a unos pocos privilegiados —un fenómeno, este último, cada vez más visible en Europa y Norteamérica.

*Pablo Sanz ha sido investigador postdoctoral en China University of Political Science and Law (CUPL, Pekín) en 2016 y ponente invitado en la Universidad de Zhejiang (Hangzhou) en 2018. Ha sido también docente internacional en la University of International Business and Economics (UIBE, Pekín) en varias ocasiones entre 2017 y 2019.