El 12 de marzo concluyeron en Beijing las Dos Sesiones correspondientes al presente año 2026. Unas Dos Sesiones que han estado marcadas por la aprobación del XV Plan Quinquenal, que marcará las políticas económicas de China durante los próximos cinco años, y una considerable rebaja en las expectativas de crecimiento económico. Para los profanos en el tema, las Dos Sesiones son una serie de reuniones que celebran de forma anual la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (CCPPC), el principal órgano consultivo del país, y la Asamblea Popular Nacional (APN), el principal órgano legislativo. Las sesiones de ambos órganos se celebran durante las primeras dos semanas de marzo en el Gran Salón del Pueblo, la principal sede parlamentaria y ceremonial, situada en la cara oeste de la plaza Tian’anmen.
El XV Plan Quinquenal, en el centro del tablero
Las reuniones de ambos órganos nos han dejado noticias interesantes, pero sin duda, la más interesante de ellas ha sido la aprobación del XV Plan Quinquenal, que se produjo definitivamente este jueves y que ha terminado protagonizando la cobertura informativa del evento. El Plan, que se aprobó en sesión de la APN casi por unanimidad, establece unas prioridades estratégicas acordes a los tiempos, pero con un telón de fondo complicado a nivel interno y de pura incertidumbre a nivel internacional. Entre los principales ejes estratégicos establecidos, están la apuesta por reforzar la demanda interna para generar una mayor independencia de un modelo industrial demasiado dependiente en las exportaciones y la inversión, potenciar la autosuficiencia tecnológica con la inteligencia artificial en el centro estratégico, o efectuar una política de transición ecológica con la que se espera que China alcance su pico de emisiones antes de 2030. El XV Plan Quinquenal representa un intento de reconfigurar el modelo de desarrollo chino en un contexto internacional más competitivo y fragmentado.
A diferencia de planes anteriores, donde el crecimiento económico era el objetivo central, la prioridad se desplaza ahora hacia la seguridad económica y tecnológica, colocada al mismo nivel que la prosperidad social y el desarrollo a largo plazo, aunque se plantea en un contexto macroeconómico muy difícil para el país.
El difícil contexto macroeconómico de las Dos Sesiones
A nadie que tenga relación con el gigante asiático se le escapa que en los últimos años, el modelo de crecimiento chino, principalmente basado en la producción industrial a gran escala y en las exportaciones, ha empezado a dar signos de agotamiento. La rebaja en los objetivos de crecimiento aprobados en las Dos Sesiones podrían ser leídos como un reconocimiento tácito de esta realidad por parte del Partido Comunista. Situados entre el 4,5 y el 5%, son las expectativas de crecimiento más bajas desde 1991, con la excepción de 2020, cuando no se fijó objetivo alguno con motivo de la pandemia de COVID-19. Precisamente dicha pandemia fue el origen de uno de los grandes problemas con el que se encuentra el Gobierno chino, que es el de los bajísimos índices de consumo, a pesar de que han sido muchísimas las medidas para tratar de aplastar esta curva negativa, que van desde el aumento de días no lectivos para fomentar el turismo interno, hasta la subvención masiva de industrias de ocio. Otro de los problemas que suponen un elemento que distorsiona el panorama es el de la disminución de población, para la que no existen soluciones que hayan funcionado de forma inmediata.
Pero el contexto macroeconómico no se puede leer solo en clave interna. Como advirtió el primer ministro chino, Li Qiang, durante la sesión inaugural, el país se enfrenta a una época especial, «con muchos retos externos» que afectan sin duda a las dificultades que pueden vivirse a nivel interno. Las disputas comerciales de Estados Unidos con medio planeta, incluida China, y la guerra en Irán están desestabilizando las cadenas de suministro a nivel global, y afectan a la economía de un país como China que, a pesar de tener una economía cada vez más diversificada y con peso en sectores de alto valor añadido, dedica una gran parte de su producción a las exportaciones. Es en este contexto difícil en el que Pekín ha de tratar de reestructurar su modelo productivo para disminuir progresivamente la dependencia desarrollada con respecto a la producción de bienes de consumo para comercio exterior.
La IA, infraestructura prioritaria para Pekín
Merece una mención aparte porque la IA está siendo en los últimos años una piedra angular por la que pasan todas las políticas de desarrollo propuestas desde Pekín. El sector de la IA ya supera los 174 mil millones de dólares estadounidenses, y es un sector en alza que reúne a más de 6.000 empresas que han producido más de 300 productos robóticos.
Según se prevé en el XV Plan Quinquenal, China espera que para 2030, el sector de la IA supere los 10 billones de yuanes (o 1,45 billones de dólares), multiplicando por ocho su valor en tan solo cinco años. Para ponerlo en su debido contexto, apenas 17 países en todo el mundo tienen un PIB mayor que esa cifra. Y es que, a partir de 2026, la IA dejará de ser una simple herramienta para pasar a convertirse también en el andamiaje sobre el que se sostenga el gran castillo que es el modelo económico chino. Merece la pena prestar atención a los pequeños detalles: las palabras «inteligencia artificial» se mencionan más de 50 veces a lo largo del propio plan. Para alcanzar este ambicioso objetivo, China ha aprobado para los próximos cinco años un aumento del 10% anual en el presupuesto destinado a ciencia y tecnología, y otro del 7% para I+D.
Consciente del impacto que esta tecnología tendrá en el mercado laboral en el plazo más inmediato, el Gobierno ha propuesto también varias medidas de empleo específicas que van desde la potenciación de los programas formativos en nuevas profesiones o las políticas encaminadas a aumentar los ingresos de grupos activos de baja cualificación para sostener una base de consumo masivo, siempre necesaria para cualquier sistema económico.
La defensa de la soberanía, también con protagonismo
No era de extrañar que las reivindicaciones territoriales de China también se hicieran un hueco en los debates parlamentarios. En un contexto en el que Estados Unidos ha vuelto a resurgir como una gran fuerza agresora y desestabilizadora, y con las cuestiones de Taiwán y del mar meridional de China indudablemente en el telón de fondo, el liderazgo del gigante asiático ha aprobado un aumento del 7% a un presupuesto de defensa que ya es el segundo más alto del mundo.
Las Dos Sesiones de 2026 han dejado una imagen nítida de una China que ya no persigue el crecimiento a cualquier precio, sino que elige con cuidado hacia dónde crecer, apostando decididamente por la autosuficiencia tecnológica, la transición ecológica y el fortalecimiento del consumo interno, todo ello sostenido sobre la columna vertebral de la inteligencia artificial. El tablero es complicado: desaceleración interna, tensiones comerciales globales y disputas en el terreno geopolítico. La pregunta que queda en el aire no es si China logrará transformar su modelo productivo, sino a qué velocidad lo conseguirá, y qué consecuencias tendrá para el resto del mundo.


