El pasado 24 de septiembre de 2026 se reunieron los presidentes Donald Trump y Xi Jinping, en el marco de una visita del líder chino a EE.UU.
Lo primero que ha llamado la atención es que la reunión no haya tenido lugar en el marco de la 81ª Asamblea General de la ONU, en Nueva York, sino a 350 km, en la capital, Washington D.C. El motivo es que se trataba de una visita de Estado (con cena de gala y desfile militar incluidos) agendada hace tiempo. De hecho, el presidente chino ni siquiera ha pasado por la ONU, como tampoco lo han hecho Macron, Modi, Putin, Meloni o Merz.
Resulta interesante acudir a los comunicados oficiales de uno y otro gobierno para tratar de entender qué pretendía cada uno de ellos con esta reunión.
Por el lado de Trump, como suele ser habitual en él, el objetivo era fundamentalmente económico. Dado el fracaso de la guerra arancelaria de EE.UU. con China, el objetivo estadounidense era fundamentalmente obtener concesiones económicas, evitando una nueva escalada comercial. En concreto, Trump buscaba:
- Mantener/renovar la tregua comercial, pero intentando que China cumpliese sus compromisos.
- Más compras chinas de productos estadounidenses, especialmente productos agrícolas y carbón.
- Mayor disponibilidad de tierras raras y minerales críticos para las empresas estadounidenses.
- Más acceso al mercado chino para empresas norteamericanas.
- Que China actuase sobre los impulsores del fentanilo.
- Conseguir algún grado de cooperación china respecto a Irán, especialmente para evitar una escalada que afectase a los mercados energéticos.
- Abrir un canal de diálogo sobre la IA, aunque Washington sigue viendo la tecnología china como un problema estratégico.
Por el lado de Xi, la prioridad china era más bien política: ofrecer una imagen de estabilidad con Estados Unidos y evitar que Trump vuelva a utilizar aranceles, controles tecnológicos y restricciones comerciales como instrumentosde presión. En concreto, Xi buscaba:
- Consolidar lo que Pekín denomina una relación de “estabilidad estratégica constructiva”.
- Prorrogar la tregua comercial más allá del 10 de noviembre
- Garantizar un suministro más estable de tierras raras, a cambio de que EE. UU. no utilice controles de exportación y sanciones contra empresas chinas.
- Evitar nuevas restricciones estadounidenses sobre tecnología y semiconductores, especialmente en la IA.
- Obtener una reducción de la presión estadounidense sobre Taiwán, sobre todo en materia de ventas de armas.
- Mantener abierta la posibilidad de que China tenga un papel diplomático en Irán y otros conflictos internacionales.
- Y, sobre todo, ganar tiempo para que China continúe desarrollando su capacidad tecnológica y económica sin una nueva guerra comercial.
En cuanto al resultado, aunque no hubo un gran “acuerdo histórico”, sí que ha habido pequeños avances destinados a mantener la relación bajo control.
Se mantiene la tregua comercial, se trabaja para normalizar los envíos de tierras raras, se amplían los mecanismos de comercio para facilitar más compras chinas de productos agrícolas de EE.UU., se frenarán algunos precursores químicos del fentanilo y se establece un diálogo bilateral sobre IA y “superinteligencia”, pero sin acordar ningún movimiento regulatorio. China también se comprometió a importar al menos 10 millones de toneladas métricas de carbón estadounidense en 2027 y 2028 y se creó un Board of Investment, de 30.000 millones de dólares. En el tema de Taiwan e Irán no hubo ningún avance.
La lectura que se está haciendo es que se ha llegado a una especie de “tregua transitoria”, que evite una escalada en el conflicto latente entre ambos países. Los dos dirigentes tienen incentivos para evitar una guerra comercial abierta, pero siguen compitiendo por tecnología, cadenas de suministro, influencia geopolítica y, sobre todo, por Taiwán.
Aunque los avances hayan sido escasos y más bien cosméticos, creo que el mundo puede respirar algo más tranquillo después de esta reunión, aunque Trump es muy imprevisible y todo puede cambiar en unos meses, en función de los resultados de las elecciones de mitad de mandato en EE.UU. el próximo noviembre.
Miguel Sebastian
ICAE, Universidad Complutense de Madrid


