La infraestructura invisible

China lleva décadas tratando la educación, la ciencia y el talento como una infraestructura estratégica. Para España, la lección no consiste en copiar su modelo, sino en entender que las capacidades que determinarán el futuro se construyen mucho antes de necesitarlas.

Cuando se habla de las infraestructuras que permiten a un país ejercer poder (poder industrial, poder militar, poder comercial, esa clase de poder que acaba convertido en gráficos del Banco Mundial y en fotografías nocturnas tomadas por satélites de órbita baja), tendemos a pensar en objetos de una escala suficiente para humillar al individuo: terminales de contenedores, viaductos de hormigón pretensado, aeropuertos con cuatro pistas paralelas, reactores nucleares, acerías, líneas ferroviarias de 350 kilómetros por hora, parques de servidores refrigerados por sistemas que consumen la electricidad de una ciudad pequeña.

China posee todas estas cosas en cantidades que producen el mismo efecto cognitivo que ciertas escenas de Koyaanisqatsi, el documental de culto de Godfrey Reggio de 1982: llega un momento en que la magnitud deja de significar algo y se convierte simplemente en parte de la textura del país. Pero existe otra infraestructura china que ningún Airbus de reconocimiento, ningún Google Earth y ningún mapa de calor puede mostrar de una sola vez.

Está hecha de profesores de secundaria, internados, pizarras, exámenes de acceso, institutos técnicos, universidades, laboratorios de ingeniería, academias privadas, bibliotecas abiertas hasta una hora poco razonable y millones de familias que han incorporado la educación de sus hijos a la economía doméstica con la seriedad logística de un programa espacial: matrículas, clases suplementarias, manuales de ejercicios, desplazamientos en metro, expectativas familiares y la convicción casi mineral, transmitida de una generación, de que aprender determinadas cosas puede modificar la posición de una persona dentro del mundo.

En Occidente hemos desarrollado la costumbre de colocar la educación dentro de una carpeta mental llamada «política social», mientras que las autopistas, las redes eléctricas y los puertos de aguas profundas pertenecen a otra carpeta llamada «infraestructura económica». La clasificación resulta cómoda para elaborar presupuestos. También oculta bastante bien lo que está ocurriendo.

Una línea ferroviaria transporta acero, componentes electrónicos y contenedores de cuarenta pies desde un punto del territorio hasta otro. Una universidad competente transporta mecánica de fluidos, ciencia de materiales, cálculo tensorial, microbiología y métodos de fabricación desde una generación humana hasta la siguiente, que es una operación logística menos fotogénica pero posiblemente más relevante. Una red de alta tensión distribuye megavatios. Un sistema educativo distribuye capacidades. Una fábrica convierte materias primas en objetos; una escuela técnica convierte durante años adolescentes que todavía recuerdan los nombres de los personajes de Naruto en electricistas industriales, programadores de PLC, especialistas en control numérico y técnicos capaces de mantener funcionando las máquinas que fabrican las máquinas.

La diferencia fundamental es que casi toda la infraestructura convencional puede verse. El talento, no tanto. O, más exactamente, solo puede verse después, cuando ya se ha convertido en otra cosa, como una patente, una turbina, un algoritmo de visión artificial, una nueva composición química para una batería o una empresa que cinco años antes no existía. Por eso una sociedad capaz de localizar aptitudes, someterlas a formación, especializarlas y finalmente conectarlas con universidades, laboratorios y empresas está construyendo una infraestructura tan física en sus consecuencias como una autopista de ocho carriles, aunque desde el espacio no parezca estar construyendo absolutamente nada.

China parece haber entendido esa equivalencia con una intensidad particular. Tal vez porque comprendió que el cemento sirve para construir el futuro únicamente hasta cierto punto. Después hacen falta personas que sepan qué hacer con él.

Planificando el futuro

Según las estadísticas oficiales correspondientes a 2024, su sistema de educación superior reunía más de 58 millones de estudiantes. Solo los programas de posgrado superaban los cuatro millones de matriculados, entre ellos más de 676.000 doctorandos. A ello se añadían más de 18 millones de alumnos de educación superior profesional. No estamos simplemente ante un sistema educativo grande porque China tenga mucha población. Estamos ante una gigantesca maquinaria de formación de capital humano.

Pero la dimensión elefantiásica quizá sea lo menos interesante. Lo realmente significativo es cómo se inserta la educación dentro del proyecto nacional.

En enero de 2025, China publicó su Plan para la construcción de una potencia educativa 2024-2035. El documento no presenta la escuela como una institución aislada dedicada exclusivamente a transmitir conocimientos. La vincula explícitamente con la competitividad científica, la innovación tecnológica, el desarrollo económico y la capacidad del país para formar talento. El objetivo declarado es convertir China en una «potencia educativa» en 2035.

El nuevo plan educativo para el periodo 2026-2030 ha dado otro paso. Habla directamente de impulsar de manera integrada educación, ciencia, tecnología y talento. Universidades, centros de investigación, empresas e industrias dejan así de contemplarse como islas administrativas y pasan a formar parte de un mismo ecosistema. El documento propone favorecer la movilidad entre universidades, institutos de investigación y empresas, adaptar las titulaciones a las necesidades tecnológicas emergentes y reforzar áreas como las ciencias básicas, la ingeniería, la inteligencia artificial y las materias inter y transdisciplinares.

Esta integración contiene una idea que merece atención en Europa. El talento no aparece espontáneamente cuando una empresa necesita contratarlo. Hay que producir las condiciones para que exista muchos años antes.

Es una forma de pensar parecida a plantar un bosque. Si alguien calcula que necesitará madera dentro de treinta años, descubrir en el año veintinueve que no tiene árboles constituye una información rigurosamente correcta y prácticamente inútil. Los bosques, igual que los ingenieros de procesos, los especialistas en litografía ultravioleta extrema o los investigadores capaces de entrenar un modelo de inteligencia artificial sin limitarse a importar una librería de Python, tienen la desagradable propiedad de necesitar tiempo para formarse.

España, como otros países europeos, tiende a descubrir sus necesidades tecnológicas cuando estas ya han adquirido la forma administrativa de una emergencia: faltan ingenieros en determinadas ramas, especialistas en semiconductores, investigadores en inteligencia artificial, técnicos de automatización industrial, expertos en electrónica de potencia. Entonces aparecen los programas extraordinarios, las bonificaciones, las becas, los observatorios, los planes estratégicos con portadas de colores y nombres que recuerdan vagamente a una secuela tardía de 2001: A Space Odyssey, y durante unos años una maquinaria institucional considerable se dedica a intentar fabricar deprisa aquello que, por definición, solo puede fabricarse despacio.

China intenta intervenir en un punto anterior de la secuencia. No espera necesariamente a que la escasez aparezca en las estadísticas de empleo para preguntarse de dónde saldrán las personas capaces de hacer determinadas cosas, sino que trata de conectar la formación presente con las capacidades científicas, técnicas e industriales que calcula que necesitará más adelante. Eso significa pensar simultáneamente en universidades, formación profesional, laboratorios, empresas, disciplinas académicas y cohortes de estudiantes que hoy tienen quince años y que dentro de veinte estarán diseñando sistemas que probablemente todavía no tienen nombre.

Naturalmente, nada de esto garantiza el éxito. Planificar talento humano es considerablemente más difícil que planificar una línea de alta velocidad. Un viaducto no abandona Ingeniería de Telecomunicaciones en segundo para estudiar Historia del Arte. Un transformador de 500 kV no descubre a los diecinueve años que su verdadera vocación era la biología molecular. Las personas cambian de opinión, emigran, fracasan, se enamoran, se aburren, descubren habilidades que nadie había detectado y desarrollan aversiones perfectamente racionales hacia las profesiones que sus padres, sus profesores o algún plan quinquenal habían seleccionado para ellas.

Existe además un problema todavía más peliagudo: nadie sabe con precisión qué capacidades serán decisivas dentro de veinte años. La planificación puede anticipar escaseces, pero también puede institucionalizar errores de predicción. Un sistema demasiado rígido corre el riesgo de ejecutar con una eficacia impecable el programa equivocado y producir cientos de miles de especialistas magníficamente preparados para interactuar en una versión del futuro que, mientras ellos estudiaban ecuaciones diferenciales, arquitectura de computadores y ciencia de materiales, dejó discretamente de existir.

Estresores, adaptación y resiliencia

De nada de lo anterior debe inferirse que el sistema chino haya resuelto el problema de la educación, suponiendo que semejante problema pueda resolverse alguna vez. La misma maquinaria capaz de identificar talento, concentrar recursos y producir millones de titulados contiene tensiones que no son anomalías del sistema sino, en cierta medida, productos de su funcionamiento: una presión académica extraordinaria, una competición feroz por el acceso a las universidades de mayor prestigio, desigualdades territoriales persistentes y los efectos de un sistema de registro residencial, el hukou, que durante décadas ha condicionado el acceso de numerosas familias migrantes a determinados servicios públicos urbanos.

Existe además una paradoja conocida por cualquier sociedad que haya convertido la educación en mecanismo de movilidad social. Cuanto más importante se vuelve una credencial, mayor es el incentivo para obtenerla; cuanto mayor es el incentivo, más personas compiten por ella; y cuanto más intensa se vuelve la competición, más fácil resulta que aquello que originalmente debía certificar conocimiento termine certificando, sobre todo, la capacidad de conseguir certificados. Exámenes, másteres, universidades de élite, rankings, cursos adicionales, publicaciones, diplomas: una arquitectura concebida para medir el aprendizaje puede acabar desarrollando una vida autónoma, cumpliendo escrupulosamente una misión que ya no coincide del todo con el propósito para el que fue diseñada.

China parece ser consciente de una parte de estas contradicciones. Su planificación educativa reciente insiste precisamente en reducir la obsesión por las puntuaciones, las universidades prestigiosas y los títulos, mientras intenta mejorar algo bastante más difícil de medir: la correspondencia entre formación, investigación, capacidades profesionales y necesidades económicas.

Por eso la pregunta relevante para España no es si debería «copiar el modelo chino». Formularla así convierte la comparación entre dos sistemas históricos extraordinariamente complejos en algo parecido a elegir maquinaria en un catálogo industrial. Los sistemas educativos no se importan como una locomotora CR400AF, porque están incrustados en estructuras familiares, mercados laborales, instituciones, expectativas sociales, desigualdades y recuerdos colectivos que no caben en un contenedor marítimo. La pregunta más útil es también más modesta: qué mecanismos funcionan, bajo qué condiciones funcionan y cuáles podrían adaptarse sin pretender importar el ecosistema que los produjo.

Uno de ellos es la consideración social del conocimiento técnico. Otro, la conexión entre formación profesional, universidad, investigación e industria. Otro es la capacidad de mantener determinados objetivos educativos durante periodos bastante más largos que una legislatura, una unidad temporal que resulta perfectamente razonable para organizar elecciones y bastante menos adecuada para formar a un investigador en física de materiales. También merece atención la formación profesional avanzada, situada durante demasiado tiempo en una especie de planta semisótano del prestigio educativo europeo, pese a que buena parte de las economías industriales dependen precisamente de personas capaces de instalar, calibrar, programar, reparar y mejorar sistemas que los demás utilizamos sin saber cómo funcionan.

España, además, no empieza desde cero. Posee universidades competitivas, centros científicos excelentes, una red de formación profesional en expansión y ventajas institucionales, culturales y sociales que el sistema chino no necesariamente reproduce. La diferencia quizá esté menos en la existencia del talento que en la arquitectura que permite descubrirlo, conectarlo y evitar que termine aislado en compartimentos que apenas se comunican entre sí.

Los datos de la OCDE sitúan en torno al 20 % la proporción de graduados de grado españoles procedentes de disciplinas STEM. Pero el problema no consiste simplemente en elevar ese porcentaje. Importa qué sucede después con esas personas: qué conexiones encuentran entre universidad y empresa, cuántas pueden desarrollar carreras científicas sin convertir la precariedad en una prueba iniciática, qué capacidad tienen los laboratorios para relacionarse con el tejido productivo y mediante qué mecanismos una tesis doctoral, una patente o un resultado experimental pueden recorrer la distancia que separa el conocimiento de la innovación.

Y es precisamente ahí donde hay una posibilidad especialmente interesante para las relaciones entre España y China. Resulta significativo que la planificación educativa china para 2026-2030 incluya entre sus objetivos profundizar la cooperación internacional en investigación básica, mantener mecanismos de intercambio con Europa y fomentar colaboraciones en educación profesional, formación de ingenieros, inteligencia artificial y desarrollo docente. Quizá una parte de la relación sino-española de las próximas décadas pueda construirse en ese territorio.

La inteligencia artificial, las energías renovables, el almacenamiento eléctrico, la biomedicina, los nuevos materiales o las tecnologías urbanas contienen preguntas cuya escala excede con bastante indiferencia las fronteras nacionales. Ningún electrón modifica su comportamiento al atravesar una aduana. Una proteína no reconoce un pasaporte. El cambio climático tampoco parece especialmente impresionado por las doctrinas de soberanía nacional.

Y el conocimiento posee una propiedad todavía más extraña. A diferencia del petróleo, el litio, el gas natural o una oblea de silicio de 300 milímetros, no necesariamente disminuye cuando se comparte. En determinadas condiciones sucede exactamente lo contrario. Una idea que sale de un laboratorio y entra en otro puede encontrarse con una técnica, una pregunta o incluso un error que no existían en su lugar de origen, y regresar convertida en algo que ninguno de los dos laboratorios habría podido producir por separado.

En suma, durante décadas hemos pensado las relaciones entre países mediante infraestructuras visibles: puertos, ferrocarriles, oleoductos o cables submarinos. Tal vez haya llegado el momento de añadir otra clase de infraestructura, una que no transporta mercancías ni electricidad, sino conocimiento y experiencia.

Los puentes más importantes entre España y China podrían no aparecer nunca en una fotografía de satélite. No tendrán pilares ni tirantes de acero, tampoco una fecha precisa de inauguración. Serán universidades conectadas, laboratorios que comparten preguntas, investigadores que trabajan a ambos lados del mundo y estudiantes que aprenden a pensar dentro de sistemas distintos del suyo.

Serán difíciles de ver porque su verdadera infraestructura no será el puente en sí. Será la gente capaz de cruzarlo.