Seguir la estrella polar: lo que deberíamos copiar del modelo educativo de Pekín

Hay algo que me fascina de la manera en que China aborda determinadas transformaciones tecnológicas y que es especialmente visible cuando hablamos de inteligencia artificial. La planificación a largo plazo es una gran ventaja pero también obliga a hacer las cosas bien, sobre todo a la hora de sentar las bases de las políticas.

El otro día hablábamos de la guía que la ciudad de Pekín presentó para adaptar la IA a la educación. Pero me gustaría centrarme en uno de los enfoques que recoge y que, además de acertado, me parece imprescindible si se quieren hacer las cosas bien.

Mientras en occidente cualquier debate sobre IA y educación se basa en si prohibir o permitir determinados usos de la tecnología, China deja las reglas para el final del proceso, justo al contrario. Es decir, establece límites, pero no empieza por ellos.

Para explicar su enfoque, Pekín utiliza cuatro imágenes: North Star, Horizon, New Route y Traffic Lights. Estos conceptos que además de importantes, suenan casi poéticos, nos muestran las piezas esenciales para construir una verdadera política de IA, pero nos dan además el orden correcto para que esta tenga éxito: una estrella polar, un horizonte, una nueva ruta y semáforos.

Cuatro conceptos esenciales y que además, en ese orden, contienen una valiosa reflexión sobre cómo deberíamos afrontar cualquier gran transformación tecnológica en cualquier país del mundo.

Primero, la Estrella Polar

Durante siglos, los navegantes utilizaron la Estrella Polar para orientarse. No les indicaba el camino exacto ni evitaba las tormentas, pero les permitía mantener una dirección cuando todo a su alrededor cambiaba.

En lo relativo a la inteligencia artificial, los avances suceden muy rápido. Nuevos modelos, nuevos avances… y todos a una velocidad de vértigo. Y cuando todo está en movimiento, solemos perder precisamente el norte, el punto de referencia. La Estrella Polar es precisamente eso. Antes de decidir qué herramientas utilizar, debemos responder una pregunta mucho más importante: ¿qué queremos lograr? Por eso necesitamos una Estrella Polar. Para tener clarísimo hacia donde vamos.

Después, el horizonte y una nueva ruta

Una vez nuestro sistema educativo tenga claro hacia donde ir, hay que mirar lo que tenemos, con qué contamos para lograrlo. Eso es el horizonte. ¿Qué podemos hacer ahora que antes no podíamos?

Una vez tengamos clara nuestra Estrella Polar y nuestro horizonte, es decir, hacia donde ir y qué tenemos a nuestro alcance, podremos trazar nuevas rutas para llegar a ello.

Ese es el sentido de la nueva ruta. No basta con introducir inteligencia artificial en las aulas y aplicar nuevas herramientas en viejos escenarios. Hay que preguntarse qué prácticas siguen teniendo sentido, cuáles necesitan transformarse y cómo podemos aprovechar las nuevas posibilidades sin perder nuestros objetivos educativos.

Es una secuencia que derrocha sentido común: primero decidimos adónde queremos llegar, después exploramos las posibilidades y finalmente diseñamos el camino.

Y solo entonces, los semáforos

El último elemento son los traffic lights, los semáforos. Ahora sí aparecen las reglas: qué usos de la inteligencia artificial debemos fomentar, cuáles necesitan ciertas condiciones y cuáles conviene evitar.

Y aquí encuentro la parte más sensata de todo el planteamiento, porque tengo la sensación de que, en occidente, hemos empezado precisamente por el final. Desde que apareció ChatGPT, gran parte del debate educativo se ha concentrado en las prohibiciones, la detección de trabajos generados por IA, las normas para los exámenes y las herramientas que podemos permitir a los estudiantes.

Por supuesto que necesitamos reglas. Pero nuestra conversación pública parece haberse quedado solo en los semáforos y de esa forma, hemos puesto normas antes de saber, ni tan siquiera, hacia donde vamos.

¿Podemos tener normas perfectas sobre inteligencia artificial sin tener claro hacia dónde queremos llevar la educación y con qué medios contamos?. ¿Podemos controlar qué herramienta puede utilizar un alumno sin tan siquiera haber decidido qué capacidades humanas queremos preservar?.

La importancia de saber hacia dónde vamos

Esta forma de ordenar las preguntas describe algo que admiro especialmente de cualquier aproximación china a la tecnología: la importancia de definir objetivos, planificar y conectar las grandes aspiraciones con caminos concretos para alcanzarlas.

No significa que toda planificación china sea acertada ni que debamos copiar sus políticas. Tampoco que China avance despacio. De hecho, su velocidad de desarrollo tecnológico es extraordinaria. Pero una cosa es avanzar deprisa y otra muy distinta es avanzar sin dirección.

A menudo, nos obsesionamos con la velocidad, las herramientas y los resultados inmediatos. Nos preguntamos qué tecnología debemos incorporar, cómo utilizarla y cómo regularla. Y dedicamos mucho menos tiempo a pensar para qué la necesitamos realmente. Únicamente ponemos parches.

Por eso me parece tan inspiradora esta secuencia de Pekín. Porque nos recuerda algo aparentemente obvio que, en medio de la aceleración tecnológica, resulta fácil olvidar: primero el propósito, después la tecnología. Algo que el propio Steve Jobs defendió muchas veces diseñado procesos productivos y que ahora, en una época en la que todo avanza mucho más deprisa, parecemos haber olvidado.