Un oso, un paifang y muchos caminos

Pablo Zuloaga Martínez

Hay obras de arte que ocupan un espacio. Y hay otras que son capaces de conectar lugares, personas y culturas. La nueva puerta china de Usera pertenece, en mi opinión, a esta segunda categoría.

Hoy Madrid incorpora a su paisaje un arco tradicional chino, un paifang, reinterpretado por el artista cántabro Óscar San Miguel, Okuda. Bajo ese pórtico se abrazan un oso y dos grandes dragones. El oso como símbolo de Madrid; los dragones como representación de China.

Pero confieso que, cuando he visto ese oso junto a los dragones, mi mirada se ha ido inevitablemente a otro lugar.

A Reinosa.

Quizá porque para quienes somos de Cantabria un oso nunca es solamente un oso. En Reinosa, junto al Ebro, Okuda instaló hace años una escultura de gran formato que terminó convirtiéndose en uno de los iconos del paisaje urbano de la ciudad. Un animal profundamente ligado a nuestra naturaleza y que forma parte también del universo creativo del artista.

Aquel oso nació en Cantabria, hoy conocemos otro en Usera. Y ahí empieza, para mí, lo verdaderamente interesante de esta historia.

El oso que en Reinosa dialoga con el Ebro, con nuestras montañas y con una parte de nuestra identidad aparece ahora en una de las puertas de entrada al Chinatown madrileño. Pero ya no está solo. A su lado hay dos dragones chinos.

De Reinosa a Usera. De Cantabria a Madrid. Y de Madrid hacia China.

Ese recorrido me parece mucho más que una coincidencia artística. Porque vivimos un tiempo en el que resulta demasiado fácil levantar fronteras, buscar diferencias y convertir al otro en alguien lejano. Precisamente por eso me parece especialmente importante que una obra de arte nos proponga lo contrario: un espacio de encuentro.

Madrid siempre ha sido una ciudad de caminos. Una ciudad a la que se llega y de la que se parte. Una ciudad de encuentros, de despedidas y de oportunidades. Una idea que forma parte también del imaginario con el que Joaquín Sabina ha retratado tantas veces Madrid.

Y hoy, en Usera, uno de esos caminos llega desde China. Pero llega a un barrio en el que la cultura china no es una visitante. Es parte de la vida cotidiana.

En España viven, trabajan, estudian, emprenden y forman sus familias cientos de miles de personas vinculadas a China. El Censo Anual de Población del INE situaba en 238.372 las personas de nacionalidad china residentes en España a 1 de enero de 2025.

Por eso creo que este arco también les pertenece. No estamos hablando solamente de las relaciones entre España y China como Estados. Estamos hablando de vecinos, comerciantes, estudiantes, empresarios, trabajadores y familias.

De personas que llegaron hace años, de quienes han nacido aquí y de quienes han construido aquí sus proyectos de vida. De una comunidad que ya forma parte de nuestra sociedad.

Y para entender que este encuentro tiene raíces mucho más profundas podemos mirar hacia una mujer extraordinaria: Sanmao.

En 1967, con apenas 24 años, llegó a Madrid para estudiar español. Después su vida la llevaría por otros lugares del mundo hispano, especialmente el Sáhara y Canarias, y sus escritos acabarían acercando esas realidades a millones de lectores chinos.

Sanmao cruzó hace casi sesenta años una frontera cultural para conocer España. Hoy, casi seis décadas después, un artista cántabro utiliza el arte para abrir una nueva puerta hacia China.

Entre ambos momentos hay una misma idea que me interesa especialmente: conocer al otro no significa dejar de ser quienes somos. Significa ampliar nuestra mirada.

Y ahí vuelve a aparecer Okuda.

Porque hay algo profundamente reconocible en su obra: la capacidad de llevar el color y sus raíces consigo sin convertirlas en una frontera.

Okuda es cántabro. Y su obra está profundamente vinculada a su tierra, a sus símbolos y a sus paisajes. Pero eso no le ha impedido recorrer el mundo. Más bien al contrario.

Quizá precisamente porque sabe de dónde viene puede dialogar con lugares tan diferentes. Por eso resulta tan sugerente que sea un artista cántabro quien coloque un oso junto a dos dragones chinos en una de las puertas de entrada al Chinatown de Madrid.

La tradición china se encuentra con la vanguardia. Cantabria se encuentra con Madrid. España se encuentra con China. Y todo ocurre a través del arte y el color.

El recorrido de Okuda no termina en Usera. En Shenzhen, su Sky Unicorn, una escultura permanente de más de diez metros, lleva su lenguaje geométrico y colorista al corazón de la China contemporánea. En Pekín, Universal Connection vuelve a utilizar animales, naturaleza y color para establecer un diálogo con la tradición artística china.

Reinosa – Usera – Shenzhen – Pekín.

Lugares muy diferentes unidos por la obra de un artista cántabro.

Y en medio de ese viaje, un oso. El oso que en Reinosa es raíz. El oso que en Usera es encuentro. Y las obras de Okuda en China, que son proyección para entender la España del siglo XXI, plural, diversa y abierta.

Saber de dónde venimos. Reconocer a quienes ya forman parte de nuestra sociedad. Y ser capaces de proyectarnos hacia un mundo cada vez más conectado.

En un tiempo de incertidumbres geopolíticas, la cultura no sustituye a la diplomacia ni resuelve por sí sola las diferencias entre países. Pero puede hacer algo esencial: permitirnos conocernos. Y conocerse es siempre el primer paso para comprenderse.

Por eso me gusta pensar que este arco es algo más que una pieza arquitectónica o artística. Es una puerta. Una puerta que conecta Madrid con China. Que conecta una tradición milenaria con una mirada contemporánea. Que conecta a quienes llegaron de lejos con quienes ya consideran este lugar su casa. Y que, de alguna manera, conecta también a Cantabria con

Madrid. Dos dragones. Un oso. Los colores de Okuda. Arquitectura tradicional china. Una comunidad que lleva décadas construyendo su vida en España. Y muchos caminos que terminan encontrándose bajo una misma puerta.

El oso que mira al Ebro desde Reinosa puede ahora mirar hacia China desde Usera. Y quizá esa sea una de las grandezas de la cultura: que consigue que nuestras raíces no sean una frontera, sino el punto de partida para encontrarnos con los demás.

Porque al final, los caminos más importantes no son necesariamente los que nos llevan a lugares distintos. Son los que consiguen que personas diferentes terminen caminando juntas.