Dr. Ramón M.ª Calduch i Farnós
Vicepresidente Ejecutivo y Secretario General de la Fundación Cátedra China. Presidente de ACCEDER
La Unión Europea debe sustituir la desconfianza y las barreras por una estrategia de cooperación, reciprocidad e inversiones compartidas. España tiene la oportunidad de impulsar una política de Estado hacia China, al margen de las alternancias políticas, basada en la creación de empresas conjuntas, la transferencia tecnológica y el beneficio mutuo.
La evolución de las relaciones entre Estados Unidos y China debería provocar una profunda reflexión en las instituciones europeas. Si Washington y Beijing, pese a mantener diferencias estratégicas de enorme magnitud, son capaces de sentarse a negociar, identificar intereses compartidos y buscar fórmulas de entendimiento, ¿por qué la Unión Europea continúa instalada en una visión de China como «rival sistémico»?
La pregunta no es menor. Afecta directamente al futuro económico, industrial y tecnológico de Europa y, muy especialmente, a las oportunidades que España podría aprovechar en sus relaciones con la segunda economía del mundo.
Durante demasiado tiempo, la política europea hacia China ha estado condicionada por una combinación de desconfianza estratégica, proteccionismo económico y una excesiva dependencia de los planteamientos geopolíticos estadounidenses.
El resultado es una política frecuentemente contradictoria: Europa proclama su voluntad de cooperar con China, pero simultáneamente levanta obstáculos que dificultan esa cooperación.
No podemos seguir defendiendo el libre comercio mientras multiplicamos las barreras, ni reclamar inversiones extranjeras mientras tratamos con sospecha a quienes están dispuestos a realizarlas.
El error estratégico de considerar a China un «rival sistémico»
La Unión Europea incorporó en 2019 a su discurso político la consideración de China como socio de cooperación, competidor económico y rival sistémico. Aquella formulación pretendía reflejar la complejidad de una relación multidimensional. Sin embargo, el concepto de rivalidad sistémica ha adquirido un protagonismo que, en demasiadas ocasiones, termina condicionando negativamente el conjunto de las relaciones.
Conviene preguntarse si esta terminología contribuye realmente a defender los intereses europeos o si, por el contrario, alimenta una dinámica de confrontación que perjudica nuestras posibilidades de cooperación. China tiene un sistema político, económico e institucional diferente del europeo. Es una realidad evidente. Pero la existencia de modelos distintos no debería conducir necesariamente a la rivalidad. Europa mantiene relaciones económicas, comerciales y diplomáticas con numerosos países cuyos sistemas políticos y sociales no coinciden con los nuestros. La diversidad de modelos no constituye, por sí misma, una razón suficiente para convertir la relación en una competición permanente.
Es más, la historia demuestra que el comercio, las inversiones y los intercambios educativos, científicos y culturales pueden convertirse en instrumentos extraordinariamente eficaces para fomentar el entendimiento entre sociedades diferentes.
China no tiene por qué ser un rival sistémico de Europa. Puede y debe ser un socio estratégico para el desarrollo compartido, sin que ello implique renunciar a nuestros valores, a nuestra autonomía ni a la defensa de nuestros legítimos intereses.
La Unión Europea debería revisar su terminología y sustituir el concepto de rivalidad sistémica por otro más constructivo: el de «socio estratégico para la cooperación competitiva y el desarrollo compartido».
Competir no significa enfrentarse. Cooperar tampoco significa someterse.
Europa corre el riesgo de perjudicarse a sí misma
La Unión Europea ha ido desarrollando instrumentos de control de inversiones, medidas de defensa comercial y mecanismos de reducción de riesgos en sectores estratégicos. Algunos de estos instrumentos pueden estar justificados cuando existen amenazas concretas para la seguridad, prácticas comerciales desleales o distorsiones acreditadas de la competencia. El problema aparece cuando medidas que deberían ser excepcionales, proporcionadas y justificadas se convierten en una orientación política general de desconfianza.
La política europea de de-risking, o reducción de riesgos, no debería transformarse en un desacoplamiento encubierto. Europa necesita proteger sus sectores estratégicos, pero también necesita inversión, innovación, capacidad industrial, mercados y socios tecnológicos. Y China dispone de importantes capacidades en ámbitos decisivos para el futuro: movilidad eléctrica, baterías, energías renovables, infraestructuras, inteligencia artificial, automatización industrial, telecomunicaciones, biotecnología y tecnologías sanitarias.
En lugar de preguntarnos continuamente cómo limitar la presencia china, deberíamos preguntarnos cómo aprovechar esa capacidad para reforzar nuestra propia economía. ¿No sería más inteligente atraer inversiones industriales chinas que generen empleo en Europa? ¿No sería preferible facilitar que empresas europeas y chinas desarrollaran conjuntamente nuevas tecnologías? ¿No resultaría más beneficioso establecer centros compartidos de investigación, producción e innovación que continuar levantando obstáculos comerciales?
La verdadera autonomía estratégica europea no consiste en cerrar puertas, sino en disponer de capacidad suficiente para decidir con quién, cómo y en qué condiciones queremos cooperar.
Una Europa fuerte no debería temer la cooperación con China. Debería saber negociarla desde sus propios intereses.

De las barreras comerciales a las joint ventures: un cambio de paradigma
Uno de los errores más importantes de la política europea consiste en centrar buena parte del debate en cómo protegerse frente a la competencia china, en lugar de estudiar cómo transformar esa competencia en cooperación productiva. La creación de empresas conjuntas, conocidas internacionalmente como joint ventures, debería convertirse en uno de los grandes objetivos de la política económica europea hacia China.
No se trata simplemente de permitir que empresas chinas vendan sus productos en el mercado europeo. Se trata de fomentar que produzcan, investiguen, innoven, contraten trabajadores y desarrollen tecnología conjuntamente con empresas europeas. Imaginemos una empresa china especializada en baterías que constituye una sociedad conjunta con un fabricante europeo para desarrollar una planta industrial en España.
La empresa china aporta tecnología, experiencia productiva y capacidad financiera. La empresa europea aporta conocimiento del mercado, capacidad de integración industrial, talento y acceso a las cadenas de valor europeas. El resultado puede ser una inversión compartida que genera empleo, desarrolla proveedores locales, impulsa la formación profesional y fortalece la competitividad de ambas partes.
Este modelo puede extenderse a numerosos sectores: automoción, energías renovables, maquinaria industrial, agroalimentación, logística, economía digital, tecnología sanitaria e investigación biomédica. Naturalmente, estas alianzas deben construirse sobre bases equilibradas, con protección de la propiedad intelectual, transparencia, seguridad jurídica, reglas claras de gobernanza y reciprocidad efectiva. Pero precisamente por eso necesitamos más negociación y mejores acuerdos, no una política basada principalmente en restricciones.
El objetivo no debería ser impedir que China compita en Europa, sino conseguir que China también produzca, investigue, invierta y cree riqueza con Europa.
Y que las empresas europeas puedan hacer lo mismo en China, en condiciones justas. Ese es el verdadero significado de una cooperación win-win: que ambas partes obtengan beneficios tangibles, sostenibles y equilibrados.
La contradicción europea frente al pragmatismo estadounidense
Existe una paradoja que Europa debería analizar cuidadosamente.
Estados Unidos considera a China su principal competidor estratégico global. Las diferencias entre ambas potencias abarcan cuestiones de seguridad, tecnología, comercio, influencia internacional y equilibrio geopolítico. Sin embargo, incluso en ese contexto, Washington y Beijing mantienen canales de negociación y buscan acuerdos cuando consideran que estos sirven a sus intereses nacionales.
Estados Unidos no renuncia a competir con China, pero tampoco renuncia a negociar con ella. Europa debería aprender de ese pragmatismo. No tiene sentido que la Unión Europea adopte posiciones de confrontación que puedan terminar siendo más rígidas que las de Washington, especialmente cuando sus intereses económicos y estratégicos no siempre coinciden con los estadounidenses. Europa debe mantener una sólida relación transatlántica. Pero esa relación no debería impedirle desarrollar una política autónoma hacia China.
Ser aliados de Estados Unidos no significa tener que ser adversarios de China.
La autonomía estratégica europea debe demostrarse precisamente en su capacidad para construir relaciones internacionales propias, basadas en sus intereses y no en la reproducción automática de rivalidades ajenas. Europa no puede aspirar a ser un actor global relevante si acepta desempeñar un papel secundario en la definición de sus relaciones con una de las principales potencias económicas y tecnológicas del planeta.
La relación con China debe convertirse en una cuestión de Estado en España
Esta reflexión resulta especialmente importante para España.
Nuestro país mantiene unas relaciones históricas de amistad y cooperación con China y dispone de oportunidades extraordinarias para profundizarlas. Sin embargo, necesitamos dar un salto cualitativo.
La relación con China no debería depender del partido político que gobierne en cada momento. Debe convertirse en una verdadera cuestión de Estado.
Esto significa que las grandes líneas de nuestra política hacia China deberían construirse sobre un consenso básico entre las principales fuerzas políticas, las organizaciones empresariales, los sindicatos, las universidades y las instituciones económicas y sociales. Un consenso que permita desarrollar una estrategia estable, con objetivos definidos a medio y largo plazo, que sobreviva a las alternancias gubernamentales.
Las relaciones internacionales de carácter estratégico no pueden diseñarse pensando únicamente en el próximo ciclo electoral.
China planifica buena parte de sus grandes políticas económicas e industriales con horizontes plurianuales. España necesita responder con una visión igualmente estable y ambiciosa. Deberíamos plantearnos una auténtica Estrategia de Estado España-China 2035, compatible con nuestros compromisos europeos, que establezca prioridades concretas en materia de comercio, inversión, innovación, educación, investigación, turismo, cultura y cooperación institucional. Una estrategia que no se limite a organizar visitas oficiales o firmar declaraciones de intenciones, sino que establezca mecanismos permanentes para convertir las oportunidades en proyectos reales. Y que incorpore indicadores medibles: inversiones industriales realizadas, empresas conjuntas constituidas, puestos de trabajo creados, proyectos tecnológicos compartidos y presencia de empresas españolas en el mercado chino.
España debe aspirar a ser uno de los principales interlocutores de China en Europa, no por confrontación con nuestros socios comunitarios, sino por nuestra capacidad para generar oportunidades que beneficien al conjunto de la Unión.
España puede convertirse en una plataforma industrial y tecnológica de cooperación con China
Nuestro país dispone de ventajas competitivas importantes. Su posición geográfica, sus infraestructuras logísticas y portuarias, su pertenencia al mercado único europeo, sus capacidades industriales y tecnológicas y sus vínculos históricos con América Latina pueden convertirlo en una plataforma especialmente atractiva para las inversiones conjuntas chino-europeas.
Sectores como la automoción, las energías renovables, la agroindustria, las tecnologías de la información, la movilidad sostenible, la salud y los servicios avanzados ofrecen posibilidades significativas. Pero para aprovecharlas necesitamos pasar de las declaraciones políticas a una estrategia operativa.
Las administraciones públicas deberían facilitar la identificación de socios empresariales, reducir las cargas burocráticas innecesarias, agilizar los procedimientos administrativos y ofrecer seguridad jurídica a los proyectos de inversión. Las organizaciones empresariales y las cámaras de comercio deberían asumir un papel protagonista en la promoción de alianzas. Las universidades y los centros tecnológicos tendrían que participar activamente en proyectos conjuntos de investigación y formación. Y las pequeñas y medianas empresas españolas, que constituyen el núcleo de nuestro tejido productivo, deberían disponer de instrumentos específicos para acceder a estas oportunidades.
La cooperación con China no puede quedar reservada a las grandes multinacionales.
Una pyme española especializada en componentes industriales, ingeniería, servicios tecnológicos o producción agroalimentaria también puede beneficiarse de una alianza con una empresa china. Para ello necesita información, acompañamiento profesional, financiación y mecanismos de confianza.
En este contexto, las joint ventures deberían convertirse en una prioridad de la diplomacia económica española, con una participación activa de las organizaciones empresariales y de los profesionales especializados en facilitar inversiones transfronterizas.
Reciprocidad sí, proteccionismo indiscriminado no
Defender una relación constructiva con China no significa ignorar los problemas existentes.
Hay cuestiones que deben abordarse con claridad: el acceso recíproco a los mercados, las subvenciones públicas, la protección de la propiedad intelectual, las condiciones de competencia y la seguridad de determinadas inversiones. Pero estas cuestiones deben resolverse mediante negociación, instrumentos proporcionados y acuerdos verificables. No mediante una presunción generalizada de desconfianza.
La reciprocidad no debería utilizarse como una excusa para cerrar mercados, sino como una herramienta para abrirlos en condiciones equilibradas. Si una empresa europea encuentra dificultades para invertir en determinados sectores chinos, la respuesta debería ser negociar mejores condiciones de acceso. Si existen distorsiones de competencia, deben investigarse y corregirse conforme a las normas aplicables. Y si hay riesgos concretos para la seguridad, deben evaluarse de forma individualizada y con criterios objetivos. Lo que no resulta razonable es convertir problemas específicos en una doctrina general de rivalidad.
La protección inteligente de los intereses europeos es perfectamente compatible con una política ambiciosa de cooperación con China.
De hecho, ambas dimensiones deberían reforzarse mutuamente.
Europa debe decidir si quiere ser protagonista o espectadora
El mundo está experimentando una transformación profunda. Los centros de innovación, producción, inversión y consumo están cada vez más distribuidos entre distintas regiones del planeta.
China desempeña un papel fundamental en esa transformación, y Europa no puede permitirse analizarla exclusivamente desde la perspectiva de la amenaza.
La cuestión no es si China continuará desarrollándose económica y tecnológicamente.
La cuestión es qué papel quiere desempeñar Europa en ese proceso. Podemos optar por una actitud defensiva, basada principalmente en controles, restricciones y desconfianza. O podemos impulsar una política activa que combine competencia, cooperación, reciprocidad y desarrollo compartido.
La segunda opción exige mayor capacidad de negociación, visión estratégica y confianza en nuestras propias fortalezas. También exige abandonar determinados prejuicios ideológicos que dificultan comprender la realidad de las relaciones económicas internacionales.
Europa debe defender sus valores y sus intereses. Pero no necesita convertir las diferencias políticas en obstáculos permanentes para la cooperación económica, científica y tecnológica. La experiencia demuestra que las relaciones internacionales más estables no son necesariamente aquellas en las que todos comparten el mismo modelo político, sino aquellas en las que existen intereses comunes suficientemente sólidos para gestionar las diferencias.
Una oportunidad histórica que no deberíamos desperdiciar
Las relaciones entre China y Europa se encuentran ante una oportunidad que exige valentía política y visión de futuro.
La Unión Europea debería revisar críticamente su aproximación a China y sustituir el predominio del discurso de rivalidad por una estrategia de cooperación competitiva y beneficio mutuo. No se trata de ingenuidad ni de renunciar a la defensa de nuestros intereses. Se trata, precisamente, de defenderlos mejor.
España, por su parte, debería asumir que sus relaciones con China constituyen una cuestión estratégica nacional que merece un consenso político e institucional duradero. Una política de Estado que promueva inversiones productivas, empresas conjuntas, innovación, intercambios académicos y culturales y una mayor presencia de nuestras empresas en China.
No deberíamos conformarnos con ser compradores de productos chinos ni simples receptores de inversiones.
Debemos aspirar a ser socios industriales, tecnológicos y comerciales en proyectos compartidos, capaces de generar valor añadido en ambos países.
La cooperación win-win no puede quedarse en una expresión diplomática repetida en los discursos oficiales. Debe traducirse en fábricas, centros de investigación, empresas conjuntas, empleo cualificado, transferencia de conocimientos y oportunidades reales para nuestros ciudadanos.
Europa necesita menos retórica de confrontación y más inteligencia económica. España necesita menos improvisación política y más continuidad estratégica. Y ambas necesitan comprender que, en un mundo cada vez más interdependiente, la cooperación no es una muestra de debilidad, sino una expresión de fortaleza.
China no tiene por qué ser el rival de Europa. Puede ser uno de sus grandes socios estratégicos del siglo XXI.
Y España debería situarse a la vanguardia de ese cambio de paradigma.
Porque el verdadero desafío no consiste en decidir cómo contener a China, sino en aprender a construir con ella un futuro de prosperidad compartida.


