Xizang: Asomarse al futuro desde el techo del mundo

El periodista Miguel Lorenci contó durante una conferencia en el Centro Cultural de China en Madrid, su reciente viaje a Xizang, donde la espiritualidad milenaria convive con la vanguardia tecnológica

Bajo el saludo tradicional de Tashi delek, el periodista Miguel Lorenci compartió en el Centro Cultural de China en Madrid su reciente experiencia en Xizang, revelando las realidades y curiosidades de una región conocida como el Tíbet. Lejos de la imagen de una «fotografía congelada en el tiempo», Lorenci describió un territorio donde la espiritualidad milenaria convive con la vanguardia tecnológica. «El Tíbet contemporáneo es un espacio en transformación acelerada, donde la modernización impulsada por China redefine su paisaje, su economía y su vida cotidiana», comentó Lorenci durante ‘Viaje a Xizang-Mirar el futuro desde el techo del mundo’, una charla organizada conjuntamente entre el Centro Cultural de China en Madrid y la Fundación Cátedra China. Lorenci relató una región que «mantiene un pie en el medievo y otro rozando el siglo XXII», conectada por una red 5G que no falla ni en las cumbres más remotas del Himalaya.

Esta metamorfosis no es solo digital, sino física. Las estribaciones del Himalaya, que históricamente se cruzaban por desfiladeros pedregosos a lomos de yaks, hoy son atravesadas por autovías de peaje y el ferrocarril Qinghai-Tíbet, el más alto del mundo. Con vagones presurizados y oxigenados, estas vías férreas desafían la geografía montañosa con túneles de más de 20 kilómetros, integrando a los 3,7 millones de habitantes de la región en la dinámica económica de la China moderna sin sacrificar el entorno natural que justifica su apodo como «el techo del mundo».

Durante su relato, el periodista describió la dualidad de Lhasa, la «Tierra Sagrada», donde el imponente Palacio de Potala convive con un «océano de grúas» que elevan un skyline de centros comerciales de acero y vidrio. En el templo de Jokhang, el alma espiritual de la región, Lorenci observó cómo los devotos hacen girar sus rodillos de oración con la mano derecha mientras sostienen un teléfono inteligente con la izquierda, capturando imágenes de un valle donde los cultivos por goteo y las instalaciones solares han sustituido la aridez de antaño.

Lorenci invitó a los asistentes a mirar a Xizang con una perspectiva abierta, alejada de los estereotipos. «El verdadero viaje al techo del mundo no es solo físico, es también un viaje intelectual que nos invita a cambiar nuestra forma de mirar el mundo», concluyó.

Reproducimos a continuación la intervención de Miguel Lorenci en el Centro Cultural de China en Madrid.

Tashi delek.

           Es un verdadero placer y un honor estar aquí hoy.

          Ante todo, quiero precisar que no soy sinólogo, que no soy un especialista en China. Soy solo un viajero curioso, atento y muy afortunado, que tuvo la oportunidad de visitar Xizang, el Tíbet, como lo conocemos nosotros. Lo hice con los ojos muy abiertos y todos los sentidos alerta, y quiero compartir con ustedes lo que vi y viví. Así que he comenzado diciéndoles ‘Tashi delek’, una expresión clave, el saludo tradicional tibetano que significa ‘bendiciones’, ‘buena suerte’ o ‘que todo sea auspicioso’.

         Viajar al Tíbet fue una experiencia tan formidable como memorable que me mostró apenas una pequeña parte de un vasto territorio en plena mutación. Una región que toca el cielo en el corazón de Asia. Que lejos de los tópicos y las ideas preconcebidas que tenía, y que creo que mantienen muchos occidentales, ha cambiado y sigue cambiando de piel. Progresa a enorme velocidad y con determinación, pero sin renunciar a su pasado y a una historia y una tradición milenarias. 

          Durante décadas, la imagen del Tíbet en Occidente ha estado marcada por una visión casi mítica: un lugar aislado, profundamente espiritual, dominado por monasterios, montañas sagradas y tradiciones inmutables. Sin embargo, su realidad actual dista mucho de esa fotografía congelada en el tiempo. El Tíbet contemporáneo es un espacio en transformación acelerada, donde la modernización impulsada por China redefine su paisaje, su economía y su vida cotidiana.

          Tuve pronto una prueba de esa dualidad.        

           A casi 5.000 metros de altitud, en la ribera del sagrado lago Yamdrok, Dolma Lingpa, una campesina, ofrecía fotografiarla con su cabra, un animal de sedoso pelaje blanco como la nieve. Con la piel curtida por el sol del que se protegía a conciencia, vestida con el traje tradicional tibetano que alterna los tonos oscuros y los colores más vivos, la campesina cobraba 20 yuanes por tomarle una foto con su precioso animal en los brazos.

           De su cinturón pendía una cartulina que permitía pagar con un código QR de WeChat, la aplicación ‘mágica’ para hacer casi todo en China. Es una de las pruebas de que Xizang, el Tíbet, la puerta del cielo, la tierra del sol, el viento, el agua y las portentosas cumbres, mantiene un pie en el medievo y otro rozando el siglo XXII.

          Y es que en el corazón de esta legendaria región de majestuosas montañas, en el techo del mundo, la cobertura 5G nunca falla. En la meseta más alta del planeta, donde las plegarias tibetanas flotan al viento y las cumbres acarician el cielo, el milenario pasado convive con una pujante modernidad. Entre monasterios, microchips y coches eléctricos, todo cambia a velocidad de vértigo.

          Gongkar Chö

          Tuve la misma sensación que en lago Yamdrok en el milenario monasterio de Gongkar Chö, a unos 200 kilómetros. En el monasterio, su abad consultaba entre rezos, entre mantra y mantra, su móvil de última generación. Bajo su túnica de color azafrán asomaban unas modernas deportivas. Con sus pintonas zapatillas recorría el complejo del siglo VIII con un grupo de agentes de viaje de todo el mundo explicando la llegada del budismo a la planicie tibetana hace unos dos milenios.

        El resto de jóvenes monjes de la congregación que departían con los viajeros también calzaban deportivas y manejaban cámaras fotográficas y teléfonos de última generación. En contraste, un grupo folclórico agasajaba a los viajeros ejecutando  danzas antiquísmas con sus coloridos ropajes y ancestrales instrumentos a las puertas del centenario edificio.

          Yumbulakang

           Antes había visitado la edificación más antigua de toda la región. Una verdadera joya tibetana, el palacio-castillo de Yumbulakang o Yumbu Lha Khang, el primer edificio construido en Tíbet según la tradición budista. Lo construyó Nyatri Tsenpo (el primer rey tibetano) en el siglo II antes de Cristo.

          Corona una colina de cien metros sobre el valle del río Yarlung Tsangpo, a 3.700 metros de altura. Fue residencia de verano del rey tibetano y ahora es  un monasterio de la orden Gelupa. Casi derruido durante la Revolución Cultural, se reconstruyó en 1983. Con miles de banderas de oración ondeando al viento, es un icono de la espitualidad tibetana.

           Esas coloridas banderolas son los ‘Lung Ta’ (el caballo del viento que lleva las oraciones en su lomo), que veréis ondear por doquier. Cada color de esas banderas representa un elemento de la cosmología tibetana: azul para el cielo, que encarna la sabiduría; blanco para el aire, símbolo de la purificación; rojo para el fuego, signo de la energía y la pasión espiritual; verde para el agua, esto es, equilibrio y compasión, y amarillo para la tierra, que simboliza el sustento y la estabilidad.

          En Yumbulakang también los peregrinos movían los rodillos de oración con su mano derecha. El rosario y el móvil, en la izquierda. Con sus teléfonos inteligentes fotografiaban el impresionante paisaje del fértil valle que se abría a sus pies. Siempre pasado y futuro de la mano.

          Tintín, primera referencia

           Mi primera referencia sobre Tíbet me  llegó de niño a través de Tintín, el personaje del cómic de Hergé, una de cuyas aventuras transcurre en el techo del mundo. El genial dibujante y guionista belga Georges Remi, Hergé, la publicó en 1960, hace 66 años. Cuenta una historia de pura amistad, y sin ningún villano, sobre la desesperada búsqueda por Tintín de su amigo, el joven Tchang, que se dirigía a Europa a bordo de un avión que se estrelló en el Himalaya. Es todo un canto a la lealtad y la esperanza, que incluye un enternecedor  ‘abominable’ hombre de las nieves.

          Pero si Tintín regresara hoy al techo del mundo se quedaría estupefacto. Patidifuso. Supongo que le pasaría lo mismo a Heinrich Harrer, el alpinista, explorador, deportista, geógrafo y escritor austriaco. Es el autor de ‘Siete años en el Tíbet’, que estuvo en Lahsa entre 1944 y 1951. Su libro daría pie a la película dirigida por Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Brad Pitt, un film que contribuyó a alimentar nuestro imaginario tibetano anclado en el pasado.

          Y es que las túnicas granate y azafrán de los monjes, sus cánticos y cenobios son casi lo único que no ha cambiado en esta parte del mundo. Las estribaciones de los Himalayas, que hace nada se atravesaban por pedregosos desfiladeros a lomos de caballos enanos y yaks, las cruzan hoy flamantes autovías de peaje y vías férreas que desafían a la abrupta geografía montañosa con largos viaductos y túneles de más de 20 kilómetros.

          La baja densidad de población y la dureza del clima han contribuido a preservar muchas de las tradiciones tibetanas. Pero también han supuesto un reto histórico para su desarrollo en un entorno duro, donde la vida exige adaptación física y cultural.  En este contexto, el despliegue de infraestructuras en las últimas décadas ha sido extraordinario. Autovías y carreteras de alta montaña, líneas ferroviarias que baten récords de altitud y aeropuertos situados a más de 4.000 metros facilitan la accesibilidad de la región. Este desarrollo forma parte de una estrategia más amplia para integrar al terrritorio en la dinámica económica de China y potenciar el turismo como motor de crecimiento.

          Lago Yamdrok

           Una de esas sinuosas y nuevas carreteras, bien asfaltada y mantenida, asciende a más de 5.000 metros para divisar el majestuso lago Yamdrok. A unos cien kilómetros al oeste de Lahsa, el Yamdrok Tso  o Yamdrok yumtso es conocido como ‘El escorpión’. Con más de 72 kilómetros de largo y una superficie de 621 kilómetros cuadrados, es uno de los tres mayores lagos sagrados del Tíbet.

          Se supone que su silueta dibuja a un escorpión con el aguijón levantado y armado de sus características pinzas. Al coronar el imponente paso de montaña del Kamba La, de 4.794 metros de altitud, se aprecia lo acertado del sobrenombre. No en vano, ‘Yam’ significa superior; ‘Drok significa pasto; ‘yum’ significa jaspe y ‘Tso’ lago, de modo que Yamdrok yumtso significaría el «alto lago de jaspe y pasto».

          Fascina el intenso color turquesa de sus profundísimas aguas, que se congelan en invierno. Es un enclave sagrado para el budismo, ya que se supone que en sus profundidades acoge a la reencarnación del Dalái Lama.

           Desde lo alto del puerto se puede contemplar otra portentosa maravilla natural, el imponente glaciar de Karol-La. Allí agasajan al viajero sus hospitalarias gentes. Son una de las 56 etnias tibetanas, de ricas tradiciones y que forman un caleidoscopio espiritual y cultural único. El visitante es siempre recibido con una franca sonrisa y anudando a sus cuellos un ‘khata’, el sedoso pañuelo blanco de la gratitud y la amistad.

          Para llegar a estos formidables y elevados parajes se atraviesa un territorio desolado. Con solo 3,7 millones de habitantes, el 80% campesinos, la densidad de población del Tíbet-Xizang es muy baja, con un promedio de 2,2 habitantes por kilómetro cuadrado en sus 1,3 millones de kilómetros de extensión: unas tres veces España. Es un registro similar al de Australia o Namibia, pero por encima de Mongolia, la nación con menos densidad de población del mundo.

          Tíbet tiene un tercio de la densidad de población de Soria o de Teruel, si comparamos con España. Con cifras en torno a los nueve habitantes por kilómetro cuadrado, ambas provincias son los desiertos demográficos de la España vaciada y están entre las zonas menos pobladas de Europa. La media española es de 95 habitantes por kilómetro cuadrado. La de la Unión Europea supera los cien habitantes, con el techo en los 1.500 habitantes de Malta y el suelo en los 18 de Finlandia.

          La meseta tibetana es una enorme superficie de 2.500 por 1.000 kilómetros de lado, con una elevación media de 4.500 metros sobre el nivel del mar. Esta formidable planicie está flanqueda por sus desafiantes montañas. Incluido el imponente monte Everest, en la frontera con Nepal, la cima más alta del mundo con sus legendarios 8.848 metros. Unas cordilleras que justifican el nombre de techo del mundo al que tantas veces recurro. En Europa Occidental el punto más alto es el Mont Blanc, con menos de la mitad, 4.805 metros.

         Aeropuertos  y trenes

          Con ocho aeropuertos y modernos trazados ferroviarios, Xizang-Tíbet tiene varios récords vinculados a la altura: el ferrocarril Qinghai-Tibet que conecta Xining con Lhasa está considerado como el más alto del mundo. Alcanza una altitud máxima de 5.072 metros sobre el nivel del mar en el paso Tang-gula. Cuenta con vagones presurizados y oxigenados para evitar el mal de altura.

          Entre los aeropuertos en altitud del Tíbet están los de Shigatsé, (3.782 metros) y Chengdu, (4.334). Solo lo supera el aeropuerto de Daocheng, también en China, con 4.411 metros. En proyecto está el aeropuerto de Nagqu, que situado a 4.436 metros de altura superaria al de Daocheng.

         Lhasa: entre la devoción y el hormigón

          La primera puerta hacia el cielo es Lhasa, que en tibetano significa ‘Tierra Sagrada’ o ‘Tierra de Dios’. Capital de la región autónoma, su flamante aeropuerto de Gonggar, terminado hace poco más de dos años y a una altitud de 3.570 metros, está a poco más de 60 kilómetros. Distancia que se recorre en 50 minutos por una moderna autovía que atraviesa fértiles valles bajo montañas desérticas, con caudalosos ríos jalonados de instalaciones de placas solares por doquier. También hay cultivos por goteo que llevan hoy la fruta y la verdura a la tierra de la manteca y la carne seca de Yak. Desde Gonggar se vuela a Katmandú en 40 minutos y a Pekín en cuatro horas.

          Lhasa se sitúa a 3.650 metros de altitud, como atestigua una popular marca de cerveza local con ese nombre. A esa altura la disponibilidad de oxígeno es un 40 por ciento menor respecto a la llanura. Hoy sabemos que los habitantes de la región cuentan con ciertas ventajas genéticas que les hacen adaptarse mejor al entorno. Los foráneos debemos aclimatarnos. Durante un par de días hay que moderar la actividad, y no está de más prepararse con algún medicamento o suplemento. Es básico hidratarse bien, evitar el alcohol, ascender lentamente y reposar si hay síntomas. Los más comunes son el dolor de cabeza y la fatiga, de los que por fortuna no fui víctima.

          Lahsa es conocida también como la ciudad del sol, así que será necesario protegerse ante la poderosa radiación en una zona del mundo con más de 3.000 horas de sol al año y que se encuentra mucho más cerca del astro rey que nuestras latitudes europeas. Crema protectora, gorra o parasol se hacen necesarios. Atención a la sensible parte superior de las orejas, donde resulta muy fácil quemarse.

          Potala y Jokhang

          Con algo menos de un millón de habitantes de treinta etnias, Lhasa es una ciudad vibrante y cambiante de límpidos cielos y grandes avenidas. Está pespunteada por las estribaciones de los Himalayas y el río Lhasa o Kyi Chu. Rodea también la capital un océano de grúas que renuevan y urbanizan la faz de la meseta más alta del mundo y elevan su ‘skyline’. Son bloques de viviendas y centros comerciales de acero y vidrio muy familiares para los occidentales y que contrastan con la arquitectura tradicional.

          Con más de mil años de historia -trece siglos-, el centro histórico de Lhasa lo corona el imponente Palacio de Potala. Es uno de los epicentros de Lhasa, junto al templo de Jokhang.

          Potala es la transcripción del sánscrito de ‘Potalaka’, que significa ‘Tierra Santa budista’. Se divisa desde muchos puntos de la ciudad. Cuando cae la tarde, masas de turistas se acercan a la inmensa explanada a los pies del edificio, una majestuosa mole de adobe y ladrillo. Es como un trasatlántico varado sobre la colina Marpo Ri o Maburi, la montaña roja. Con su laberinto de escaleras y su fachada iluminada con una sinfonía de colores, el Potala hace las delicias de miles de fotógrafos y videoaficionados. La vision es fascinante e inolvidable.

          Construido en 1649 por el quinto dálai lama  -‘océano de sabiduría’ significa dalái lama- y Patrimonio de la Humanidad desde 1994 -Tíbet atesora casi 60 enclaves protegidos por la Unesco-, el gigantesco edificio blanco y rojo fue sede del gobierno tibetano. Con 117 metros de altura y 13 pisos, alberga más de mil habitaciones y decenas de miles de estatuas. Pero apenas acoge hoy a 80 monjes. Se pueden visitar los aposentos de Dalái Lama, sus salas de estar y muchas de las capillas de oración.

          El Palacio Blanco es la parte secular. Residencia de los dalái lama, albergaba oficinas gubernamentales y otras dependencias. El Palacio Rojo se dedica a la oración y al estudio del budismo. Acoge las estupas (tumbas sagradas) de ocho daláis lama. Entre todas destaca la de Ngawang Lobsang Gyatso (1617-1682), el quinto dalái lama, el constructor inicial del Potala y quien dispuso su establecimiento como sede del gobierno tibetano en el siglo XVII. Es una estupa de casi 15  metros de altura con incrustaciones de perlas y jade.

          No todas las capillas, santuarios o bibliotecas del inmenso edificio se pueden recorrer. Hay que reservar la visita el día anterior en la entrada del Potala. El aforo está limitado a 2.300 personas diarias. Se asignará una hora para la visita del día siguiente. El tiempo del recorrido está tasado -en torno una hora- pero será suficiente para recorrer la parte accesible. La fotografía esta restringida en muchas de sus salas y espacios.

          Como en toda China, el patriotismo impregna cada rincón. En la explanada del palacio Potala hay una gigantesca imagen de Xi Jinping y otras junto a sus antecesores: Hu Jintao, Jiang Zemin, Deng Xiaoping y Mao Zedong.

         Barkhor y el Jokahng

          El alma de la vieja Lhasa es el barrio de Barkhor y la plaza Dhurbar, ante el milenario monasterio del Jokhang, que significa la ‘Casa del Señor’. Con más de 1.300 años de historia, es el corazón del Tíbet espiritual. El enclave más sagrado del budismo tibetano cuenta con el Buda más venerado: una estatua de metro y medio de Buda cuando contaba 12 años. Está flanquedo por la efigie de Songtsen Gampo, el primer rey budista, constructor del Jokanhg, introductor del budismo en el Tíbet y unificador del territorio en el siglo VII.

          Songtsen Gampo, conquistador de toda región tibetana, fue el fundador del imperio tibetano al casarse con dos mujeres budistas: una nepalí, Bhrikuti, y otra china, Wen Cheng, del Imperio Tang. Una de las varias leyendas sobre la fundación del Jokhang dice que la princesa Wen Cheng estaba convencida de que el salvaje Lago Wotang, donde se situaría Lhasa, era hace trece siglos el refugio de un diablo.

          Se podría expulsar a este maligno rellenando el lago con tierra y construyendo después un enorme templo en la tierra desecada. La princesa  Wen Cheng sugirió, además, que la tierra para desecarlo fuera transportada por cabras blancas (¿recuerdan la cabrita del lago Yamdrok?). No en vano el nombre de Lhasa anterior al siglo VII era ‘Rasa’, que significa ‘lugar de la cabra’.

          El imponente templo se convirtió en el símbolo del reino. Patrimonio de la Humanidad desde 2000, el complejo de Jokhang, sería al budismo tibetano lo que el Vaticano al catolicismo o la Meca al Islam. En su entorno algunos devotos peregrinos se arrastran, literalmente, entre una marea humana que hace girar sus molinillos de oraciones, ‘mani’, -siempre en sentido de las agujas del reloj-. Lo hacen circunvalando el complejo en una ‘kora’, un recorrido de casi un kilómetro que se realiza circulando por la derecha y que se prolonga durante todo el día.

          Acaban postrándose antes de penetrar en el templo y rendir tributo al Jowo Buda Shakyamuni o Jowo Rinpoche, el joven Buda esculpido en tiempos de Siddhartha Gautama. Lo hacen entre intensos efluvios de incienso y el penetrante olor de las velas de manteca de yak que se ofrendan en los pebeteros de sus infinitas capillas. Unos intensos aromas que perdurarán en la memoria del viajero. Es incesante la procesión de fieles por la sucesión de altares dedicados a varios dioses y bodhisattvas, los ‘seres de luz’ que buscan iluminación para liberar de sufrimiento a los demás.

          Con cuatro alturas, el Jokhang combina estilos arquitectónicos han, tibetano, hindú y nepalí en una superficie de unos 25.000 metros cuadrados. El gran salón de sutras es el alma del edificio, junto al salón Sakyamuni. Sutra significa en sánscrito ‘hilo’ o ‘cuerda’. Es un texto sagrado del budismo. Un aforismo, una regla o un discurso que ‘ensarta’ enseñanzas filosóficas.

          En su terraza, en el corazón del complejo, tiene un llamativo tejado dorado sobre el que brillan los símbolos más conocidos de Lhasa. Son dos cervatillos dorados que escoltan la Rueda de la vida, la muy característica Rueda de dharma de los templos budistas. Es obligado subir a la azotea y disfrutar desde  allí de las espectaculares vistas del palacio de Potala.

          Los creyentes tibetanos repiten el mantra «om mani padme um» (‘La joya está en el loto’), que simboliza la unión de la sabiduría (loto) y la compasión (joya) para purificar el cuerpo, la mente y el habla, llegando a la iluminación. Van pasando una a una las 108 cuentas  de sus ‘yapa mala’ (rosarios para mantras), a las que se suma la cuenta del gurú o del maestro

          Mercadeo en la calle Barkhor

          Los fieles y peregrinos se mezclan con los turistas, la mayoría locales, que compran en el zoco que circunda el templo, con 120 tiendas de artesanía y más de 200 puestos. La religión, las artes, el comercio y la economía confluyen allí. Y de nuevo lo milenario se funde con lo digital. Se vende incienso, mantequilla de yak, tejidos y gorros tradicionales, además de objetos y ropajes religiosos, o aparatos electrónicos.

          Jóvenes influencers con vistosos trajes típicos tibetanos posan para sus redes sociales ante cámaras y teléfonos inteligentes. Se cruzan con devotas ancianas encorvadas que peregrinan  al centro segrado desde sus aldeas. Los mismos jóvenes buscan los restaurantes de comida rápida occidantal ante los que pasan monjes y peregrinos.

          La tecnificación no ha acabado con el regateo, imprescindible aquí y en mercados como el de Hongqiao, cercano al Templo del Cielo en Pekín. Cerrada la cifra, el vendedor facilitará el pago con QR, mostrando el código del comercio escaneable desde la app con la pantalla del móvil o escaneando él mismo el código que genera la app del viajero.

          Al pasear por el Barkhor la sensación es de plena seguridad.  Xizang, Tíbet, es muy seguro, con presencia policial constante, como  en todos los encaleves icónicos de China. La salida y la entrada al complejo sagrado esta vallada y  vigilada.

          En las calles del entorno los críos comparten moto con sus padres y abuelos. Jóvnes y adolescentes abarrotan los centros comerciales de corte occidental de Lhasa, donde han llegado McDonald y KFC. Mientras, en los atestados restaurantes populares, los parroquianos consumen su tradicional té con mantequilla salada y fuman sin parar.

          El pueblo llano cambió hace tiempo las bicicletas maoistas por las motos eléctricas que inundan las avenidas de Lhasa, como las de Pekín. Se alternan marcas europeas de automóviles como Audi o Mercedes con decenas de marcas chinas de coches eléctricos desconocidas en Europa. El ruido de los motores de combustión casi ha desaparecido y la contaminación ha disminuido significativamente.

          Norbu Lingkha-Palacio de verano

          El Norbu Lingkha, en el oeste de Lhasa, es otra visita obligada. Era el palacio de verano de los dalái lama. Norbu Lingkha significa en tibetano ‘Jardín del tesoro’, o ‘Parque de perlas’. Situado en periferia de la ciudad, empezó a construirse en los años 40 del siglo XVIII. Cubre 360.000 metros cuadrados y su jardín es elmás grande del Tíbet. Fue un lugar de veraneo del VII Dalai Lama. Luego los dalái lama VIII, XIII y XIV construyeron sus respectivos palacios. En los días festivos los tibetanos, ataviados con sus mejores galas, se reúnen alli para cantar y bailar.

          Fue Heinrich Harrer, el mencionado autor de ‘Siete años en el Tíbet’ quien ayudó al XIV dalái lama a construir allí una pequeña sala de cine en la década de 1950.

          Shigatsé y Tahsi Lhunpo

          Shigatsé, la segunda ciudad del Tíbet. Situada a 3.800 metros de altitud, alberga otra joya: el inmenso santuario budista de Tashi Lhunpo que significa Auspicioso Monte Sumeru. A los pies de la montaña de Nyima o Niseri, data de 1447. Lo fundó en el siglo XV el primer dalái lama y es la actual sede de los Panchen Lama, segunda autoridad religiosa de la escuela Gelupa del budismo tibetano.

          Conmueve la visita a este enorme complejo amurallado. Una ciudadela que supera los 150.000 metros cuadrados con decenas de edificios que llegó a albergar 4.000 monjes y acoge al Buda Futuro. Con más de 28 metros de alto, es uno de los mayores y más valiosos del mundo. Un Buda Maitreya elaborado con más de dos toneladas de oro y cientos de diamantes y otras piedras preciosas.

           Con cuatro Grandes Dratsangs (abadías), 62 Kamcuns (residencias para los monjes) y casi 60 salones de sutras,          Tashi Lhunpo es hoy un centro de estudio de filosofía tántrica. Deja una huella imborrable como joya de un territorio oficialmente ateo, como lo es China, pero con una profunda raigambre religiosa.

           Del pollino al carromato eléctrico

           El milenario territorio tibetano asalta el futuro, como vemos, mudando de piel entre mantras, microchips y trenes bala a enorme velocidad, como lo hace toda China. Un país que quiere atraer a los turistas de todo el mundo. Para lograrlo no escatima esfuerzos.

          Hoy es posible alojarse en lujosos hoteles y en los estatales ‘glampings’, sofisticados campings con bungalows a la última dotados con pantallas de plasma, wifi a alta velocidad, sanitarios sofisticados y climatización, ubicados en parajes que sobrecogen por su belleza.

          Tíbet es un modelo único de desarrollo donde opera un eficiente sistema de control estatal que aporta grandes logros en el desarrollo de infraestructuras, industria, automoción eléctrica, chips, inteligencia artificial o vergeles de cultivo hidropónico que han llevado frutas y verduras a la tierra de la carne seca y la mantequilla de yak, el ‘ghee’, con la que se prepara el té agrio.

          Fascina ese contraste entre tradición y tecnología. Los hoteles de lujo -más de un centenar- tienen oxígeno en su climatización. En muchos hay ya robots que prestan el servicio de habitaciones. Algunos como el Hilton de Shigatsé o el Sangri-La de Lhasa, cuentan con retretes retroiluminados e inteligentes. Un fuerte contraste con las primitivas letrinas horadadas en el suelo en algunas remotas aldeas de montaña.

            En estas aldeas es posible ver como la bosta de yak se amontona ante las fachadas de las casas. Es el tradicional combustible doméstico para defenderse del implacable frío invernal. Están junto a vehículos agrícolas eléctricos de última generación. Del pollino al tractor eléctrico, vemos de nuevo que el salto ha sido colosal.

          Se admira mi compañero de viaje Julio González Quijano, que lo sabe todo de esta parte del mundo. Veterano en los viajes por el techo del planeta, capaz de hablar un tibetano fluido que sorprende y agrada a campesinos y funcionarios locales, Julio viajó por primera vez a la zona los años 80 del siglo pasado y hoy da fe del cambio radical.

          Y es que más allá del paso al Everest, Qomolangma o Chomolungma en tibetano, la ‘Madre del Universo’ que atrae a montañeros de todo el globo, Tíbet deslumbra por su paisaje y paisanaje, su historia y el contraste entre su milenario pasado y su presente conectado y tecnificado.

         En ese contexto de hiperdigitalización se enmarcan las miles de cámaras desplegadas por todas partes, en especial en los lugares más sensibles, capaces de reconocer un rostro entre millones.

          El actual Xizang-Tíbet es pues un territorio de contrastes. Lo antiguo y lo moderno no se excluyen, sino que coexisten en tensión y equilibrio. Un espacio donde la espiritualidad pervive en medio de una transformación acelerada. Invito, por tanto, a mirarlo desde una perspectiva abierta, alejada de estereotipos. Más que ofrecer respuestas propongo pensar en el impacto del progreso, en la preservación de las culturas tradicionales y en la capacidad de adaptación de las sociedades en un mundo globalizado.

          El verdadero viaje al techo del mundo no es solo físico. Es también un viaje intelectual y emocional. Un recorrido que nos hace preguntarnos: ¿qué significa avanzar?, ¿qué estamos dispuestos a ceder en ese proceso?, ¿y qué merece ser preservado?

          En su complejidad, Xizang, el Tíbet, no solo cambia ante nuestros ojos. También nos invita a cambiar nuestra forma de mirar el mundo.

          Los viajeros menos espirituales y más entusiastas de la montaña pueden enfilar en bus o en coche desde Lhasa la Carretera de la Amistad. Una ruta de unos 900 kilómetros que, camino de Nepal y Katmandú, discurre a más de 4.000 metros de altitud hasta el campo base del Everest, a 5.200 metros, para divisar la verdadera cima del mundo y disfrutar en plenitud de la telúrica magia del Tíbet.

           Pero esa es otra historia, también de mucha altura.  

           ¡Thasi delek!

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          Viaje práctico

          La mejor época para viajar a Tibet es de julio a septiembre. No se necesita visado para viajar a China, pero sí un permiso especial para recorrer el Tíbet. Y un certificado médico para los mayores de 60 años. Se viajará siempre con un guía oficial, que acompañará tanto al viajero solitario como a los grupos. La sorpresa está garantizada y son varias las agencias españolas especializadas en la region y en China.

          Como en toda China es muy aconsejable contar con aplicaciones como We Chat o Ali Pay en el móvil y con una VPN, tarjeta de telefonía virtual, que permita acceder a WhatspApp, Instagram, Facebook, Youtube o Google Maps. Ninguna de estas opera  en China.

         Cerebro al ralentí

          A altitudes entre los 4.000 y los 6.000 metros, el sol hace hervir los sesos y el mal de altura hace estragos en algunos visitantes. Conviene aclimatarse en los primeros días. Llama la atencion como los tibetanos se protegen de la potente radiación solar con parasoles, máscaras y viseras como plazas de toros y ropas de manga larga. Hay que llevar prendas de abrigo. La diferencia entre la temperatura diurna y la nocturna es muy notable.

         Una llave maestra en código QR

          El código QR es hoy la llave maestra para penetrar en la tecnificada China que parece estar en el siglo próximo. Prueba del gran salto tecnológico chino, con él se paga en tiendas, transportes, restaurantes y hoteles. El uso masivo del móvil ha desarrollado este sistema de encriptación que hace obligatorio para el viajero bajarse al móvil potentes aplicaciones como Alipay y WeChat.

          El escaneo de códigos QR es el método de pago utilizado por el 95,7% de los usuarios chinos de pagos móviles. El uso de tarjetas y efectivo parecen cosas del pasado.

          Además de pagar, el QR permite verificar la identidad de usuario, acceder a sus redes sociales e informarse. Con todo, el viajero deberá llevar siempre su pasaporte a mano, exigido, con reconocimiento facial incluido, al entrar en el Potala de Lhasa, en la muy vigilada plaza del Jokhang y en la Ciudad Prohibida pequinesa. Las aplicaciones móviles permiten comprar las entradas a la imponente Muralla China o del Templo del Cielo en Pekín.

          Comer en Tíbet

          En muchos restaurantes, sobre todo fuera de Lhasa, los menús estarán sólo en chino y tibetano, por lo que conviene tener a mano alguna app de traducción con función de cámara.

          También  se puede encontrar comida occidental en algunos hoteles. Pero en los restaurantes turísticos de Lhasa abunda la comida de Sichuan. También se sirve cocina cantonesa.

            La cocina tibetana es austera y poco variada. A  diferencia del resto de China, no se usan palillos, sólo el cuchillo. Pero hay una calle en Lhasa que reúne especialidades alimentarias de todo el país, tales como la cocina de Sichuan, ‘hot pot’ u olla caliente, todo tipo de aperitivos e incluso establecimientos de comida occidental.

          Tsampa. La harina de cebada tostada es el ingrediente principal de este alimento base, que cumple el rol de hidrato de carbono. Es una cebada que crece en altura, y es «el pan diario» de los tibetanos incluso en los entornos más remotos.

          Momos. Estos dumplings vienen en toda una variedad de formatos (fritos, en sopa o cocidos al vapor). Su preparación es motivo de reunión para las familias tibetanas. También se despacha como snack callejero y en multitud de comedores.

          Carne de yak. Omnipresente en los menús desde el norte de Pakistán hasta el altiplano tibetano, pasando por Nepal y Bután, la carne de yak se consume en estofado, hamburguesa o filetes. El mejor lugar para probarla es Lhasa, y a veces la sirven en ‘hot pot’.

          Thukpa. Una sopa con fideos, carne de yak y verduras, muy  sabrosa y reconfortante en los fríos días tibetanos.

          Te salado. El té salado con manteca de yak no es el agrado de todo el mundo. Pero es un alimento crucial para aportar calorías en las duras condiciones del altiplano.