Cuatro días después de la cumbre con Donald Trump, Vladímir Putin realizó también un viaje oficial a Beijing, lo que reforzó la posición de China como punto de referencia en el contexto geopolítico mundial. La visita oficial de Vladímir Putin fue presentada por Rusia y China como una nueva confirmación de la solidez de sus relaciones bilaterales. La reunión subrayó el 30.º aniversario del establecimiento de la Asociación Estratégica entre ambos países (firmada por Boris Yeltsin y Jiang Zemin en 1996) y del 25.º aniversario del Tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación (firmado en 2001 por Vladímir Putin y Jiang Zemin), que es la base normativa de la actual relación sino-rusa y que promovió una agenda común para fomentar un orden internacional más equilibrado frente a la hegemonía occidental. El convenio supuso el primer acuerdo formal de gran envergadura entre ambas naciones desde el pacto sino-soviético de 1950, buscando dejar atrás décadas de tensiones heredadas de la Guerra Fría. Aunque originalmente se pactó su vigencia por un periodo de veinte años, los presidentes Vladímir Putin y Xi Jinping acordaron extender su vigencia por otros cinco años, consolidando una alianza que ha cobrado un peso determinante en el escenario internacional.
Las relaciones entre Rusia y China han alcanzado una profundidad sin precedentes. Tras la guerra en Ucrania en 2022, Putin centró su estrategia de política exterior en Asia, lo cual ha intensificado las relaciones con China, pues ambos comparten la convicción de que son actores indispensables en un orden internacional cambiante que gira hacia un sistema multipolar. Así pues, la declaración conjunta presentada tras el último encuentro insiste en la defensa de un orden multipolar, la coordinación estratégica y el respeto al derecho internacional. El énfasis oficial de la cumbre sino-rusa recayó en la coordinación estratégica integral, la prórroga del Tratado de Buena Vecindad y la cooperación en energía, transporte, ciencia, tecnología, innovación e inteligencia artificial. También se centraron en la coordinación estratégica y en los principios de no alianza, no confrontación y no orientación contra terceros.
En los últimos cuatro años, el comercio bilateral se ha duplicado y China se ha convertido en el principal socio comercial de Rusia. Esta transformación responde a una sustitución acelerada: productos que antes Moscú importaba de Europa o de otros mercados occidentales son ahora suministrados por China. Rusia exporta sobre todo energía, metales, minerales y otras materias primas, mientras que importa de China productos industriales y tecnológicos de mayor valor añadido. Más del 70 % de las exportaciones rusas a China corresponden a energía y, si se suman metales y minerales, más del 85 % son recursos naturales. También se ha transformado la dimensión financiera del vínculo, ya que la inmensa mayoría del comercio bilateral se liquida en yuanes y rublos, no en dólares ni en euros. Esto permite a Rusia reducir parcialmente su exposición al sistema financiero occidental y amortiguar el impacto de las sanciones. El comercio bilateral entre China y Rusia en 2025 alcanzó los 228 000 millones de dólares.
Las conversaciones entre ambos líderes, celebradas en el Gran Palacio del Pueblo, se estructuraron en torno a tres ejes: la profundización de la asociación estratégica integral, la revisión de la agenda bilateral y la coordinación sobre asuntos internacionales y regionales prioritarios. La cooperación sino-rusa se configura como respuesta legítima a presiones externas sistémicas, no como iniciativa ofensiva contra terceros actores. Esta dinámica configura un escenario que prioriza la resiliencia económica y la soberanía tecnológica como ejes centrales de política exterior, articulando los principios de seguridad indivisible y seguridad común, integral, cooperativa y sostenible. En el ámbito de la gobernanza internacional, la declaración conjunta de la cumbre reiteró el compromiso de ambos países, como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con la defensa de la autoridad de la ONU, la equidad internacional y la oposición al unilateralismo y al hegemonismo. Ambos países manifestaron su rechazo a cualquier intento de cuestionar los resultados de la Segunda Guerra Mundial o de revivir ideologías fascistas y militaristas y
expresaron su voluntad de contribuir a un sistema de gobernanza global más justo y equilibrado. Asimismo, coincidieron en emitir una declaración adicional sobre la promoción de un mundo multipolar y un nuevo tipo de relaciones internacionales, documento que complementa los acuerdos estratégicos suscritos durante la visita. La documentación oficial subraya que esta coordinación se extiende a marcos multilaterales como la Organización de Cooperación de Shanghái y los BRICS+, en los que China y Rusia, además de ser dos de los miembros fundadores originales, actúan de manera concertada para defender el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas en su integridad, completitud e interconexión.
La sucesión temporal de las visitas oficiales de Trump y de Putin proyecta la imagen de un Xi Jinping situado en el centro de las grandes relaciones de poder del mundo. Beijing aparece como el interlocutor imprescindible para las principales potencias de los dos bloques geopolíticos. Esto convierte a China en el centro de la diplomacia mundial. Asimismo, a esto cabe añadir el encuentro entre el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, y su homólogo iraní, Abbas Araghchi, a principios de mayo en Beijing para analizar la guerra en el Pérsico. El periódico Global Times asegura que las visitas de Trump y Putin demuestran que China «emerge rápidamente como el punto central de la diplomacia mundial». Se trata de dos visitas muy diferentes, dos relaciones asimétricas y dos escenarios políticos completamente distintos, pero se lanza la misma señal: China quiere ser reconocida como la potencia indispensable del siglo XXI. La escena proyecta la idea de que el epicentro diplomático del mundo ya no gira exclusivamente alrededor de Estados Unidos. Hoy, las grandes potencias necesitan pasar por Pekín. Y eso es precisamente lo que Xi Jinping busca consolidar en medio de un contexto internacional marcado por guerras, tensiones comerciales, crisis energéticas y una creciente fragmentación del orden internacional. Ha logrado reforzar su posición internacional como interlocutor imprescindible entre bloques enfrentados. China recibe a Trump, mantiene abiertas sus relaciones económicas con Europa y, al mismo tiempo, sostiene su alianza estratégica con Moscú y los BRICS+. Esa capacidad de maniobra constituye hoy uno de los mayores activos geopolíticos del liderazgo chino.


