El hijo de Elon Musk estudia mandarín. También lo han hecho los hijos de Jeff Bezos y Mark Zuckerberg, la nieta de Donald Trump y el futuro rey de Reino Unido. En plena era de la inteligencia artificial y la traducción automática, algunas de las familias con mayor capacidad para elegir la educación de sus hijos siguen reservando un espacio para el chino. La pregunta interesante ya no es quién lo estudia, sino para qué.
Elon Musk publica muchas cosas en X, pero hace unos meses escribió
una frase que llamó especialmente la atención. Lo hizo en chino: “我的
儿子正在学习普通话” («Mi hijo está aprendiendo mandarín»). El comentario coincidía además con una imagen poco habitual. Musk se encontraba en Beijing y su hijo X Æ A-Xii había aparecido junto a él durante la visita de Donald Trump a China.
Pero Musk no es el único entre las grandes fortunas y las familias influyentes occidentales que ha considerado que el chino merece un lugar en la educación de sus hijos.
Jeff Bezos y su entonces esposa MacKenzie incluyeron las clases de mandarín entre las numerosas experiencias educativas que probaron con sus cuatro hijos. MacKenzie lo contó en 2013 a Vogue, junto a los experimentos científicos en casa, las matemáticas de Singapur, los deportes o los viajes fuera de temporada. No sabemos hasta dónde llegó el aprendizaje del idioma, pero sí que formaba parte de una educación diseñada por una familia que podía escoger prácticamente cualquier cosa.
El caso de Mark Zuckerberg es el más conocido. Él mismo comenzó a
estudiar mandarín y en 2014 sorprendió a los estudiantes de la
Universidad Tsinghua de Pekín manteniendo una sesión pública de preguntas y respuestas en chino. Sus hijas también han estado expuestas al idioma, aunque en su familia existe además una razón personal evidente: Priscilla Chan procede de una familia de origen chino.
Quizá la anécdota más llamativa sea la de Arabella Kushner, hija de
Ivanka Trump y Jared Kushner. Cuando apenas tenía un año, su madre explicaba que una niñera china ya le estaba enseñando mandarín. Años después, Arabella apareció ante Xi Jinping recitando poesía y cantando en chino durante una visita del presidente chino a Estados Unidos. Lo que había comenzado como una decisión educativa familiar terminó convirtiéndose, inesperadamente, en una pequeña herramienta diplomática.
La lista cruza además el Atlántico. El príncipe George recibió clases de mandarín durante su educación primaria, y existe un caso británico todavía más curioso: Solo Uniacke, hijo de la actriz Rosamund Pike y del empresario Robie Uniacke, ganó en 2024 la competición internacional Chinese Bridge para estudiantes de primaria. Tanto él como su hermano hablan mandarín con fluidez después de aprenderlo de su propio padre, que estudió el idioma de forma
autodidacta.
No parece existir, por supuesto, ningún club secreto de
multimillonarios convencidos de que sus hijos deban hablar chino ni un único motivo para que lo hagan. En la familia de Zuckerberg existe una conexión cultural, Musk mantiene desde hace años una importantísima relación empresarial con China a través de Tesla, Bezos incorporó el mandarín a un abanico mucho más amplio de experiencias educativas y en el caso de los Trump aparecieron inesperadamente o no, utilidades relacionadas con la diplomacia y la política.
Pero precisamente esa diversidad hace interesante la coincidencia.
Porque estamos viendo personas que pueden ofrecer prácticamente cualquier formación a sus hijos, que deciden incluir el mandarín junto a las matemáticas, tecnología, música, deporte o la programación. Está claro que saben que China ocupa y ocupará un lugar importante en el mundo en el que vivirán sus hijos.
¿Para qué aprender chino si la inteligencia artificial ya traduce?
Esta pregunta es hoy en día mucho más lógica que cuando Bezos contrataba clases de mandarín para sus hijos o Zuckerberg empezaba a estudiarlo.
Un teléfono ya puede traducir un cartel, una carta de restaurante o una conversación. Los modelos de inteligencia artificial pueden traducir documentos, páginas web y mensajes en cuestión de segundos. La traducción simultánea seguirá mejorando y es perfectamente razonable pensar que dentro de unos años dos personas podrán mantener una conversación bastante natural sin compartir idioma.
Visto así, dedicar miles de horas a aprender mandarín podría parecer una inversión cada vez menos lógica.
Pero eso confunde dos cosas diferentes: comunicarse con China y
comprender China.
Una inteligencia artificial puede traducir un artículo chino que hemos
encontrado. Saber chino también puede ayudarnos a encontrar el
artículo que nunca habríamos sabido que existía.
Es una diferencia que, como en muchas otras áreas de conocimiento,
parece pequeña, pero no lo es.
Quien depende siempre de la traducción necesita saber previamente qué documento buscar, qué conversación seguir, qué nombre introducir, qué medio consultar o qué concepto merece atención. Quien se mueve en el idioma puede
recorrer directamente ese ecosistema, leer comentarios, saltar de una fuente a otra, reconocer expresiones que se repiten o descubrir una conversación antes de que alguien la haya seleccionado y traducido para él.
Sería posible estudiar Silicon Valley sin hablar inglés. Hoy una IA puede traducir un artículo de The Information, un mensaje de Sam Altman o una discusión entre desarrolladores. Pero quien lleva años leyendo y escuchando directamente a ese ecosistema parte con una ventaja para comprenderlo. Con China ocurre lo mismo.
Aprender los caracteres chinos te permite entender mejor la civilización china, te obliga a convivir con palabras y conceptos que no siempre encajan perfectamente en nuestras categorías y, aunque no sustituye al conocimiento de historia, economía, política o cultura china, sin duda te proporciona acceso directo a todas ellas.
Y queda algo todavía más difícil de automatizar: las relaciones humanas.
Kerry Brown, director del Lau China Institute del King College London, explicaba recientemente que aprender mandarín tiene sentido incluso para quien mantiene una posición crítica respecto a China si pretende hacer negocios con el país. No se trata únicamente de intercambiar información. Hablar el idioma modifica la forma en la que una persona puede relacionarse con un interlocutor y comprender un contexto cultural diferente.
La inteligencia artificial puede participar en una conversación. Lo que todavía resulta distinto es establecer una relación sin necesitar que una máquina se siente metafóricamente entre las dos personas.
Una cuestión que Europa también debería plantearse Reino Unido lleva años intentando convertir esta intuición en política educativa. Su Mandarin Excellence Programme financia una enseñanza intensiva del idioma en centros públicos ingleses y actualmente alcanza a más de 8.000 estudiantes de 76 escuelas secundarias y 20 centros de educación postobligatoria. El propio Departamento de Educación británico explica el programa en términos económicos: crear una cantera de personas con alto nivel de mandarín que pueda responder a las futuras necesidades empresariales del país.
No es una política habitual en Europa. Europa habla cada vez más de China: de coches eléctricos, baterías, paneles solares, tierras raras, comercio, semiconductores, seguridad económica, sobrecapacidad industrial o reducción de riesgos. Cuanto mayor es la presencia de China en nuestras decisiones económicas y políticas, mayor debería ser también nuestra capacidad para estudiarla con fuentes propias, especialistas propios y personas capaces de desenvolverse dentro de su idioma.
La inteligencia artificial hará esa tarea más fácil. Permitirá que muchos profesionales trabajen con China sin aprender chino y abrirá cantidades inmensas de información a quienes hasta ahora no podían acceder a ella.
Pero precisamente por eso puede producirse una paradoja.
La IA reducirá mucho el valor de saber suficiente mandarín para resolver tareas básicas. Pedir comida, comprender un cartel, traducir un correo o mantener una conversación sencilla dejarán de justificar por sí solos años de estudio.
Lo que no desaparecerá tan fácilmente es el valor de quienes conocen el idioma suficientemente bien como para moverse sin intermediarios por un ecosistema económico, tecnológico y cultural que sigue siendo muy diferente del occidental.
Tal vez por eso las familias de Musk, Bezos o Zuckerberg no sean tan interesantes por su riqueza como por la forma en que gestionan una incertidumbre que todos compartimos. Cuando no sabemos exactamente cómo será el mundo dentro de veinte años, una buena estrategia consiste en ofrecer a los hijos capacidades que les permitan entrar en mundos diferentes.
Nadie puede asegurar que hablar mandarín vaya a ser imprescindible. Probablemente no lo sea, pero una cosa es poder hablar con China y otra bastante distinta poder entrar en ella.
La inteligencia artificial está eliminando el coste de no hablar chino, pero no está eliminando el valor de entenderlo.


