Durante décadas, la imagen internacional de China estuvo asociada a ciudades cubiertas de smog, elevados niveles de contaminación atmosférica y un crecimiento económico apoyado en el uso del carbón. Sin embargo, desde hace años el país ha redefinido por completo su estrategia, convirtiendo la contaminación en una cuestión política hasta situarse entre los líderes mundiales de inversión global en energías renovables, movilidad eléctrica y tecnologías limpias. Lejos de responder únicamente a objetivos climáticos, estas transformaciones forman parte de una política de estado que combina política pública, planificación industrial, innovación tecnológica y modernización nacional.
Contaminación como cuestión política
Con el aperturismo económica y la expansión industrial y comercial de China desde finales del siglo XX, el país experimentó un notable aumento de contaminación atmosférica que desembocó en una de las grandes crisis medioambientales de la historia reciente del país. Según datos del Banco Mundial, China alcanzó en 2011 uno de sus niveles más elevados de exposición media anual a partículas PM2.5, con una concentración cercana a 53 microgramos por metro cúbico. Esta contaminación se apreciaba especialmente en grandes ciudades del norte, como Beijing, donde se concentraban industrias pesadas, actividad manufacturera y consumo intensivo de carbón.[1]
El problema no era únicamente ambiental, y es que esto causó un gran descontento de la población que, si bien estaba avanzando a pasos agigantados hacia una modernización sin precedentes, la industrialización y el crecimiento económico que el Partido Comunista de China (PCCh) ya se había propuesto, tuvo un impacto negativo en la salud pública y calidad de vida de los ciudadanos.
Estos acontecimientos coincidieron, además, con los Juegos Olímpicos de Beijing de 2008, un momento en el que China se situó en el centro de la atención internacional. La contaminación atmosférica dejó entonces de percibirse únicamente como un problema interno y pasó a afectar también a la imagen exterior del país, reforzando en Occidente la percepción de una China asociada al humo gris, al carbón y a un modelo de desarrollo altamente contaminante.
Sin embargo, el punto de inflexión fue en enero de 2013, cuando en foros internacionales se llegó a emplear el término Airpocalypse para referirse al grave problema de contaminación atmosférica que estaba sufriendo el país[2], y fue en ese preciso momento cuando el gobierno chino entendió que la contaminación no era exclusivamente un daño colateral del desarrollo económico, sino una cuestión política y social que exigía una respuesta estructural y orientada al bienestar colectivo de la población china. Es decir, se convirtió la contaminación en una cuestión de política pública y, por ello, la lucha contra la contaminación se convirtió en uno de los ejes estratégicos del PCCh en el proceso de modernización nacional.
El objetivo ya no era únicamente reducir emisiones, sino mejorar el bienestar colectivo, reforzar la legitimidad de la política pública y avanzar hacia un modelo de desarrollo más sostenible. En este contexto, la transición energética comenzó a operar como una herramienta para mejorar la calidad del aire, reducir la dependencia de los combustibles fósiles y fortalecer la competitividad tecnológica del país.
Una estrategia de Estado basada en la planificación a largo plazo
Uno de los rasgos diferenciales del modelo chino es la continuidad de sus políticas públicas, ya que China se destaca por sus políticas orientadas a resultados a largo plazo. A diferencia de muchos países occidentales, donde las estrategias industriales suelen verse condicionadas por ciclos electorales más cortos, China ha mantenido durante más de dos décadas una planificación coherente y sostenida. Esta continuidad se ha articulado a través de los Planes Quinquenales y de iniciativas como Made in China 2025, que han permitido fijar prioridades estratégicas y orientar la política pública hacia objetivos de largo plazo.
Esta continuidad se ha traducido en medidas concretas. En primer lugar, China endureció los estándares ambientales y aumentó los controles sobre industrias altamente contaminantes, especialmente en sectores como el acero, el cemento o la generación eléctrica basada en carbón. Además, el Ministerio de Ecología y Medio Ambiente (MEE) ha instado a los gobiernos locales a considerar la calidad del medio ambiente como un “resultado final”, particularmente si los proyectos contaminantes se están expandiendo o reubicando en sus localidades.[3]
En segundo lugar, el país impulsó la electrificación del transporte urbano y el despliegue de políticas para incentivar el uso del vehículo menos contaminante. En la actualidad, China cuenta con algunas de las mayores flotas de autobuses eléctricos del mundo y ha promovido activamente su uso, no solo en su propia población, sino mediante la creación y desarrollo de marcas nacionales como BYD, entre otras, que se han convertido en actores globales de la movilidad eléctrica.
Esta política no se entiende sin la gobernanza multinivel del país. La coordinación entre Gobierno central, gobiernos provinciales, empresas, universidades y centros de investigación ha permitido alinear objetivos comunes y crear un ecosistema de innovación en sectores estratégicos como la energía solar, la eólica, las baterías, el vehículo eléctrico, las redes inteligentes o el hidrógeno.
De combatir el smog a liderar la transición energética
Uno de los ejemplos más representativos de esta transformación es Shenzhen, ciudad del sur de China conocida por su desarrollo tecnológico. Considerada por muchos como uno de los grandes polos de innovación del país, Shenzhen se convirtió en una pionera mundial del desarrollo verde: desde 2017 reemplazó más de 16.000 autobuses diésel por eléctricos y, desde 2018, completó la electrificación de más de 22.000 taxis.[4]
Cabe destacar también el Programa de gobierno «Nuevos Vehículos de Energía» (NEV) implementado desde 2010 y que ha posicionado a China como un actor clave en el dominio del mercado global de la automoción, en el que se incluyen también coches eléctricos de batería (BEV), híbridos enchufables (PHEV) y vehículos de pila de combustible.[5] El programa se estableció en más de 10 ciudades desde 2017, exigiendo reemplazo progresivo de flotas de combustión interna por alternativas eléctricas o híbridas enchufables en todo el país.
Más recientemente, iniciativas como el Desarrollo de Alta Calidad[6] y el Desarrollo Verde se han consolidado como ejes de la estrategia económica china y están muy presente en la mentalidad del líder Xi Jinping. Ambas se vinculan con el Decimoquinto Plan Quinquenal (2026-2030)[7] y con los compromisos climáticos del país: alcanzar el pico de emisiones antes de 2030 y lograr la neutralidad de carbono en 2060.
Frente a un modelo basado exclusivamente en el crecimiento del PIB, esta nueva etapa prioriza la innovación tecnológica, la autosuficiencia científica e industrial, el desarrollo sostenible y la mejora del bienestar social. En un contexto de creciente rivalidad tecnológica con Estados Unidos, la autonomía en sectores estratégicos se ha convertido en una cuestión de seguridad nacional.
El liderazgo tecnológico como consecuencia de una política pública y enfoque a I+D
El liderazgo actual de China en energías renovables y vehículo eléctrico no puede entenderse únicamente desde la producción industrial o los menores costes laborales. Esa lectura resulta hoy insuficiente. El cambio de China responde a una combinación de política pública, inversión en I+D, capacidad manufacturera, mercado interno y orientación estratégica hacia sectores de alto valor añadido.
Made in China 2025 refleja precisamente esa evolución: pasar de la imagen de China como “fábrica barata del mundo” a la de una potencia manufacturera capaz de aportar innovación, tecnología y calidad en sectores clave.[8] Esto resulta especialmente visible en industrias como la automoción, donde la hegemonía había sido tradicionalmente europea, con Alemania como uno de sus principales referentes.
La puesta en valor de la innovación y el desarrollo ha permitido consolidar al país como un actor central en las tecnologías limpias. En 2025, China alcanzó una inversión en I+D equivalente al 2,8% de su PIB, reflejo de una apuesta estructural por la innovación tecnológica y la autosuficiencia industrial.[9]
Este esfuerzo se observa especialmente en el vehículo eléctrico: China es hoy el mayor mercado mundial, con más de 13 millones de vehículos eléctricos vendidos en 2025, lo que representa cerca del 53% de su mercado automotriz.[10]
Pero no solo se limitan al mercado automotriz, sino que van un paso más allá, instalando más capacidad renovable cada año que la mayoría de las regiones del mundo juntas y produciendo la mayor parte de los paneles solares y baterías del mundo.
Sin embargo, esto no puede entenderse sin comprender la magnitud de su mercado doméstico, ya que les ha permitido desplegar tecnologías a gran velocidad y reducir costes mediante economías de escala. Esa escala ha permitido que las empresas chinas ganen experiencia, reduzcan costes y posteriormente compitan internacionalmente.
Es decir, antes de exportar masivamente, las empresas chinas crecieron en su propio mercado, probaron tecnologías y ganaron competitividad.
Esto explica el peso de China en diversos sectores clave de la transición energética como los paneles fotovoltaicos, las baterías, inversores, aerogeneradores o su logro estrella, el vehículo eléctrico.
Empresas como BYD, en vehículo eléctrico; CATL, en baterías; LONGi, en energía solar; Sungrow, en inversores fotovoltaicos; o Goldwind, en energía eólica, muestran cómo China ha logrado desarrollar líderes globales en prácticamente todos los segmentos de la transición energética.
Lejos de limitarse a fabricar productos a bajo coste, estas compañías compiten hoy por innovación, calidad y capacidad tecnológica. China ha conseguido desarrollar un ecosistema industrial completo que integra investigación, producción, despliegue tecnológico y acceso a mercados internacionales, consolidando una posición de liderazgo en las principales cadenas de valor de la economía verde.
Una transición energética con implicaciones geopolíticas
La experiencia china demuestra que la transición energética va mucho más allá de la lucha contra el cambio climático. Se trata también de una estrategia de política industrial, de seguridad económica y de proyección internacional.
China ha comprendido que el liderazgo en tecnologías limpias es y será uno de los principales motores de competitividad durante las próximas décadas. Por lo tanto, la apuesta por las energías renovables no solo busca reducir emisiones, sino también fortalecer la autonomía tecnológica, generar nuevas capacidades industriales y aumentar su influencia en las cadenas globales de suministro, un sector en el que China ya presenta una posición consolidada, no solo por su acceso a los minerales críticos a través de iniciativas globales como la Iniciativa globalizadora de la Franja y la Ruta, promulgada por Xi Jinping en 2013, sino por su capacidad para controlar fases del procesamiento, refinado y transformación para transición energética.
Para Europa, este escenario representa un desafío estratégico más que una amenaza. La cuestión no consiste en elegir entre competir o cooperar con China, sino en reforzar las capacidades industriales propias sin renunciar a la cooperación en ámbitos donde existen intereses compartidos, como la descarbonización, la innovación o la lucha contra el cambio climático.
Conclusiones
Reducir la transición energética china a una simple política climática supone ignorar la verdadera dimensión del proceso. La lucha contra la contaminación urbana actuó como palanca de una transformación mucho más profunda que ha integrado planificación a largo plazo, política industrial, innovación tecnológica y modernización económica.
China no exporta únicamente productos baratos. Esa lectura pertenece a una etapa anterior y ya no permite comprender la realidad actual del país. Lo que exporta es el resultado de una estrategia industrial de largo plazo, basada en capacidad tecnológica, escala productiva, control de cadenas de suministro y una política de desarrollo de alta calidad.
La estrategia china pone de manifiesto que la transición energética no consiste solo en sustituir unas fuentes de energía por otras, sino en redefinir el modelo de desarrollo de un país y su posición en el sistema internacional. Comprender esta lógica resulta imprescindible para analizar el papel que China desempeñará en la configuración del equilibrio geopolítico y tecnológico del siglo XXI.
[1] https://data.worldbank.org/indicator/EN.ATM.PM25.MC.M3?locations=CN
[2] https://www.greenpeace.org/africa/en/blogs/7684/the-airpocalypse-explained/
[3] https://swc2050.com/politicas/china-endurecera-la-aprobacion-ambiental-para-proyectos-contaminantes/
[4] https://www.ideassonline.org/public/pdf/ShenzhenElectricPublicMobility-ESP.pdf
[5] https://changing-transport.org/publications/nev-development-plan-2035/
[6] https://spanish.news.cn/20260313/f4a7e97afde24ac494f5a8f04b1f9504/c.html
[7] https://www.politica-china.org/la-gobernanza-estrategica-de-china-analisis-del-xv-plan-quinquenal-y-la-ley-de-planificacion-nacional-en-el-marco-de-la-modernizacion/
[8] https://www.unav.edu/web/global-affairs/detalle/-/blogs/plan-made-in-china-2025-para-liderar-las-manufacturas-mundiales
[9] https://spanish.news.cn/20260305/e9fd407b5c364668b4bff063ddd516a7/c.html
[10] https://www.descubriendochina.org/post/china-consolida-su-dominio-global-en-autos-el%C3%A9ctricos-y-supera-el-50-del-mercado-mundial


