Beber agua caliente, practicar taichí, vestir chaquetas de Adidas de inspiración china, los caramelos White Rabbit o viajar a Chongqing se ha convertido en tendencia entre jóvenes occidentales. Detrás de la aparente frivolidad de las redes sociales puede estar produciéndose un cambio más profundo en la imagen internacional de China.
Una chaqueta de Adidas reinterpretada en China se ha convertido en un inesperado símbolo cultural que ha trascendido su función deportiva para transformarse en una prenda asociada a una estética viral en redes sociales.
Su popularidad ilustra cómo ciertos elementos de la moda global pueden adquirir nuevos significados cuando son recontextualizados en el mercado chino y luego difundidos internacionalmente.
Algo similar, aunque en menor medida, ocurrió con el envoltorio del caramelo White Rabbit, una conocida marca china de leche condensada, cuyo diseño clásico con un conejo blanco comenzó a circular en redes occidentales y a generar interés como objeto visual.
La anécdota forma parte de un fenómeno mucho más amplio conocido como Chinamaxxing, una expresión difícil de traducir literalmente que podría entenderse como “llevar al máximo lo chino” o adoptar deliberadamente hábitos, objetos y referencias culturales procedentes de China.
En TikTok, Instagram y otras plataformas, jóvenes estadounidenses y europeos publican vídeos bebiendo agua caliente o bubble tea, preparando té con bayas de goji, desayunando congee, practicando taichí o qigong, utilizando zapatillas dentro de casa para no pisar el suelo frío y vistiendo chaquetas inspiradas en el traje tradicional Tang.
Muchos acompañan estas escenas con frases humorísticas como “estoy atravesando una etapa muy china de mi vida” o aseguran que acaban de descubrir que, en realidad, siempre habían sido chinos.
La tendencia fue impulsada en parte por Sherry Zhu, una creadora chino-estadounidense que comenzó a publicar vídeos en los que enseñaba, en tono irónico, cómo “convertirse en china”. En uno de los más populares afirmaba que si una persona disfrutaba del hot pot, el dim sum, la cocina de Sichuan o los fideos biang biang, su cuerpo simplemente estaba reclamando un wonton.
Miles de usuarios respondieron anunciando, también en broma, su “primer día siendo chinos”, y lo que comenzó como un meme fue extendiéndose hacia el bienestar, la alimentación, la moda, el diseño y, finalmente, los viajes.
De los pequeños hábitos a las grandes ciudades
Chinamaxxing no consiste únicamente en copiar costumbres domésticas.
Una parte importante de la nueva fascinación por China procede de las imágenes de sus ciudades, sus infraestructuras y su vida cotidiana.
Chongqing se ha convertido en uno de los grandes símbolos visuales del fenómeno: sus rascacielos, carreteras superpuestas, trenes que atraviesan edificios y luces de neón proyectan la imagen de una ciudad futurista que muchos visitantes describen como “cyberpunk”. Shanghái, Shenzhen, Pekín y los paisajes naturales de Zhangjiajie completan una representación de China muy diferente de la que durante años había predominado en buena parte de los medios occidentales.
La apertura de China al turismo internacional ha facilitado este contacto directo.
La ampliación de las políticas de entrada sin visado ha permitido que ciudadanos de decenas de países puedan visitar el país durante estancias breves con menos trámites. A medida que aumentan los viajes, también se multiplican los vídeos de extranjeros sorprendidos por los trenes de alta velocidad, los pagos móviles, los servicios de entrega, la limpieza de algunas grandes ciudades, la percepción de seguridad o la integración de la tecnología en las actividades cotidianas. En muchos casos, esos contenidos generan millones de visualizaciones porque contradicen las expectativas previas de sus autores y de sus seguidores.
Este cambio resulta especialmente visible en la percepción de los productos chinos. Durante décadas, la expresión “made in China” se relacionó en Occidente con la fabricación barata y la baja calidad. En las redes sociales actuales aparecen cada vez más jóvenes interesados en los teléfonos, automóviles eléctricos, drones, robots, aplicaciones, moda y productos de consumo procedentes del país. El envoltorio de los caramelos White Rabbit representa la dimensión más nostálgica y estética de ese proceso, mientras que las imágenes de Chongqing o Shenzhen muestran su vertiente tecnológica.
China empieza a ser percibida simultáneamente como una civilización antigua y como un posible escenario del futuro.
¿Admiración por China o cansancio de Occidente?
La pregunta de fondo es si esta tendencia expresa una verdadera aproximación a China o si el país está funcionando como una superficie sobre la que los jóvenes occidentales proyectan sus propias frustraciones.
Para una parte de la generación Z, beber agua caliente, practicar qigong o viajar en tren de alta velocidad no son únicamente costumbres atractivas. Representan una vida aparentemente más ordenada, saludable, eficiente y conectada con la comunidad frente a sociedades occidentales que muchos jóvenes perciben como polarizadas, caras, individualistas y agotadoras.
La fascinación por las infraestructuras chinas resulta particularmente reveladora.
Una generación que en Estados Unidos y en algunos países europeos ha crecido escuchando hablar del deterioro de los servicios públicos, de la dificultad de acceder a una vivienda o del aumento del coste de la atención sanitaria contempla en las redes ciudades chinas con metros modernos, trenes rápidos, pagos instantáneos y servicios accesibles desde el teléfono. Esa imagen es necesariamente parcial, pero ofrece un contraste poderoso.
El éxito de Chinamaxxing habla, por tanto, tanto de China como del descontento de quienes observan el país desde fuera.
No es la primera vez que Occidente proyecta sus aspiraciones y temores sobre una potencia asiática en ascenso.
En la década de 1980, Japón ocupó un lugar parecido en la imaginación occidental. Su tecnología, sus grandes ciudades y su estética alimentaron una visión futurista que tuvo una influencia decisiva en el cine, la literatura y el movimiento cyberpunk.
China parece desempeñar ahora una función semejante, aunque en un ecosistema dominado por vídeos breves, recomendaciones algorítmicas y creadores capaces de llegar directamente a millones de personas.
La diferencia es que esta representación no depende exclusivamente de las campañas institucionales de Beijing. Se construye a partir de objetos, experiencias y testimonios cotidianos: un caramelo, una chaqueta, una taza de agua caliente, un viaje en tren o un vídeo grabado desde un rascacielos de Chongqing.
Es una forma de poder blando menos controlable, pero precisamente por eso puede resultar más convincente. Las campañas oficiales intentan explicar cómo quiere ser visto un país; los contenidos creados por viajeros e influencers transmiten la impresión de mostrar cómo es realmente, aunque también seleccionen únicamente una parte de la realidad.
Un cambio de percepción que ya aparece en las encuestas
El fenómeno coincide con una evolución medible de la opinión pública internacional.
Un estudio publicado en julio de 2026 por Pew Research Center, basado en entrevistas a más de 42.000 personas de 36 países, concluyó que China recibe actualmente una valoración más favorable que Estados Unidos en la mayoría de los países analizados. Estados Unidos conserva una imagen más positiva que China únicamente en seis de ellos, entre los que se encuentran India, Japón, Filipinas y Corea del Sur. En Canadá, por ejemplo, la proporción de personas con una opinión favorable de China alcanza el 44%, frente al 33% que mantiene una visión positiva de Estados Unidos.
Los datos estadounidenses también muestran un movimiento, aunque no una transformación completa.
En marzo de 2026, el 27% de los adultos de Estados Unidos afirmaba tener una opinión favorable de China. El porcentaje continúa siendo minoritario, pero ha aumentado seis puntos en un año y casi se ha duplicado desde el 14% registrado en 2023. Al mismo tiempo, ha disminuido la proporción de estadounidenses que consideran a China un enemigo y ha crecido la de quienes la definen como un competidor. El cambio es más pronunciado entre los jóvenes y entre los votantes demócratas.
Sería excesivo atribuir esta evolución a una moda de TikTok.
En ella influyen la política internacional, el deterioro de la imagen de Estados Unidos, el crecimiento económico y tecnológico chino, la expansión de sus empresas y la mayor facilidad para viajar al país.
Pero Chinamaxxing funciona como un indicador cultural de esa transformación. Muestra que una parte de la juventud occidental ya no acepta automáticamente la imagen de China que recibió de generaciones anteriores y quiere contrastarla mediante productos, plataformas, viajes y experiencias personales.
La distancia entre el meme y la realidad
El fenómeno también tiene límites evidentes.
Beber agua caliente o llevar una chaqueta de inspiración Tang no implica conocer la historia, la diversidad o las contradicciones de China.
Algunos miembros de la diáspora china han criticado que la tendencia reduzca una cultura compleja a una colección de gestos pintorescos y fácilmente consumibles. Otros recuerdan el contraste entre la actual celebración de determinadas costumbres y la discriminación sufrida por comunidades asiáticas durante la pandemia de la Covid-19, cuando algunos de esos mismos hábitos podían ser objeto de burla.
También existe el riesgo de idealizar la vida china seleccionando solo aquello que encaja con las frustraciones occidentales. Las ciudades modernas y los eficientes sistemas de transporte conviven con elevadas jornadas laborales, presión educativa, dificultades de acceso al empleo para muchos jóvenes, desigualdades entre zonas urbanas y rurales y restricciones políticas y digitales.
La propia juventud china ha creado expresiones como tang ping, “tumbarse”, o neijuan, “involución”, para describir el cansancio producido por la competición constante. Mientras algunos jóvenes occidentales observan China como una vía de escape frente a sus problemas, una parte de los jóvenes chinos busca precisamente escapar de las presiones de su propio modelo social.
Las encuestas reflejan asimismo esta complejidad. Aunque la valoración general de China ha mejorado, el respeto a las libertades personales continúa siendo uno de sus puntos más débiles. En el estudio de Pew, los encuestados siguen considerando que el Gobierno estadounidense respeta más las libertades de sus ciudadanos que el chino, aunque esa distancia se haya reducido debido, sobre todo, al empeoramiento de la percepción de Estados Unidos. Por tanto, una mayor simpatía hacia la cultura, la tecnología o la vida cotidiana china no debe interpretarse automáticamente como un respaldo al sistema político del país.
El nuevo poder blando chino
Durante años se afirmó que China poseía un enorme poder económico, pero tenía dificultades para transformar ese peso en influencia cultural.
Sus campañas institucionales resultaban con frecuencia demasiado formales y controladas para conectar con públicos jóvenes. Chinamaxxing sugiere que ese poder blando puede estar creciendo por una vía distinta de la prevista: no gracias a un gran relato diseñado desde arriba, sino mediante una acumulación de pequeños descubrimientos realizados desde abajo.
La expansión internacional de TikTok, Xiaohongshu, los videojuegos chinos, las series, la moda, las marcas tecnológicas, los automóviles eléctricos y personajes como Labubu ha hecho que China esté cada vez más presente en la cultura global sin necesitar presentarse explícitamente como China.
El videojuego Black Myth: Wukong acercó la mitología china a millones de jugadores; las plataformas sociales permitieron el contacto directo entre usuarios chinos y occidentales; y los viajes mostraron una realidad urbana que muchos visitantes consideraron distinta de la que habían imaginado. El resultado es una imagen más humana, cotidiana y plural, aunque todavía esté mediada por algoritmos y contenidos cuidadosamente seleccionados.
Beijing puede beneficiarse de esa tendencia, pero también podría debilitarla si intenta apropiarse excesivamente de ella. La fuerza del fenómeno reside precisamente en su espontaneidad, su tono humorístico y su carácter aparentemente ajeno a la comunicación oficial. Convertirlo en una campaña institucional demasiado evidente podría hacer que perdiera credibilidad entre los mismos jóvenes que ahora participan en él.
Chinamaxxing puede desaparecer como etiqueta con la misma rapidez con la que apareció. Las modas de internet rara vez conservan durante mucho tiempo el mismo nombre o formato. Sin embargo, el cambio que revela probablemente sea más duradero.
China ya no aparece ante una parte de la generación Z occidental únicamente como una potencia rival, una fábrica global o un problema geopolítico. También es un lugar al que viajar, una fuente de tecnología, una estética, un conjunto de hábitos cotidianos y, en ocasiones, una alternativa imaginada frente al cansancio de sus propias sociedades.
El verdadero significado del fenómeno no es que millones de jóvenes occidentales estén «convirtiéndose en chinos», sino que China ha dejado de ser para ellos una realidad distante explicada exclusivamente por políticos y medios de comunicación.
Ahora entra en sus vidas a través de la pantalla, de los productos que compran, de las ciudades que desean visitar y hasta del envoltorio de un caramelo. Y ese desplazamiento, aunque comience como una broma, puede modificar de forma silenciosa la manera en que una generación entera contempla al país.


