De Cervantes a Confucio: lecciones de un viaje a Shanghai sobre cooperación, innovación y diálogo entre culturas

Miguel de Cervantes escribió que «el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho». Mi reciente participación en un seminario internacional organizado por la Escuela de Negocios de Shanghái, por invitación del Ministerio de Comercio Chino, me ha permitido precisamente eso: observar de primera mano una realidad que con demasiada frecuencia se analiza desde la distancia, los prejuicios o los esquemas simplificados que dominan parte del debate internacional.

Durante varios días tuve la oportunidad de intercambiar impresiones con responsables institucionales, académicos, empresarios y representantes políticos de distintos países. Más allá de las diferencias culturales, económicas o políticas que evidentemente existen, regresé a España con una convicción reforzada: en un mundo cada vez más fragmentado, la cooperación entre China y Europa no es una opción secundaria, sino una necesidad estratégica.

Shanghái constituye probablemente uno de los mejores ejemplos de la extraordinaria transformación experimentada por China durante las últimas décadas. Su capacidad para combinar desarrollo industrial, innovación tecnológica, investigación científica e infraestructuras de primer nivel resulta difícil de ignorar para cualquier observador objetivo. Allí la innovación no aparece únicamente como un concepto teórico, sino como una realidad integrada en la vida económica y social.

España también ha realizado avances importantes en esta dirección. En los últimos años nuestro país ha impulsado políticas destinadas a acelerar la digitalización, la transición ecológica y el apoyo al emprendimiento innovador. Sin embargo, seguimos enfrentando desafíos relevantes relacionados con la transferencia tecnológica, el acceso a financiación para empresas emergentes o el equilibrio territorial de las inversiones.

Precisamente por ello, la cooperación entre España y China ofrece oportunidades especialmente interesantes. Existen ámbitos en los que ambos países pueden complementarse de manera muy eficaz: energías renovables, movilidad sostenible, inteligencia artificial aplicada a la industria, biotecnología, logística avanzada o digitalización de procesos productivos.

No hablamos de escenarios hipotéticos. Ya existen ejemplos concretos de colaboración industrial que demuestran el potencial de esta relación. La implantación de empresas chinas en sectores estratégicos españoles, especialmente vinculados a la automoción y a la transición energética, está contribuyendo a generar empleo, atraer inversiones y reforzar nuestra capacidad industrial. Del mismo modo, el creciente acceso de los productos agroalimentarios españoles al mercado chino está ayudando a equilibrar progresivamente nuestra balanza comercial, abriendo nuevas oportunidades para agricultores, ganaderos y empresas exportadoras.

Al mismo tiempo, España puede desempeñar un papel singular dentro de esta relación. Nuestra pertenencia a la Unión Europea, nuestra estabilidad institucional y nuestros profundos vínculos históricos, culturales y lingüísticos con América Latina nos convierten en una plataforma natural de conexión entre distintas regiones del mundo.

Esta posición puede resultar especialmente útil en un contexto internacional marcado por crecientes tensiones comerciales, rivalidades estratégicas y discursos que, con demasiada frecuencia, presentan las relaciones internacionales como un juego de suma cero en el que unos países solo pueden avanzar a costa de otros.

Frente a esa lógica de bloques, considero que España debe seguir apostando por una política exterior basada en el diálogo, el multilateralismo y la cooperación económica mutuamente beneficiosa. La experiencia demuestra que los intercambios comerciales, científicos, tecnológicos y culturales generan estabilidad, confianza y prosperidad compartida.

Durante mi estancia en Shanghái pude comprobar además la importancia que las autoridades y las instituciones chinas conceden al conocimiento mutuo entre sociedades. Este aspecto suele recibir menos atención que los grandes acuerdos económicos, pero probablemente sea uno de los más importantes. Resulta difícil construir relaciones estratégicas duraderas cuando persisten el desconocimiento o los estereotipos recíprocos.

Por ello, iniciativas académicas, culturales y educativas como las impulsadas por la Fundación Cátedra China desempeñan un papel extraordinariamente valioso. No solo facilitan el intercambio de conocimiento, sino que contribuyen a crear los espacios de confianza necesarios para afrontar desafíos comunes.

El siglo XXI estará marcado por grandes transformaciones tecnológicas, energéticas y sociales. Ningún país podrá afrontarlas en solitario. La lucha contra el cambio climático, la revolución digital, la seguridad alimentaria o el desarrollo sostenible exigen fórmulas de cooperación internacional cada vez más amplias.

Desde esta perspectiva, China y España tienen más intereses compartidos de los que a menudo se reconoce. La clave consiste en construir relaciones basadas en la reciprocidad, el respeto mutuo y la búsqueda de beneficios comunes.

Como enseñaba Confucio, «cuando tres personas caminan juntas, siempre hay algo que puedo aprender de ellas». Quizá esa sea una de las principales lecciones que ofrece hoy la relación entre España y China. Ninguna sociedad posee todas las respuestas, pero todas pueden aportar soluciones valiosas a los desafíos comunes. Mi experiencia en Shanghái ha reforzado precisamente esa convicción: la prosperidad compartida comienza cuando existe voluntad de conocerse, aprender mutuamente y construir puentes de cooperación duraderos. En tiempos de incertidumbre global, esa sigue siendo la mejor inversión para el futuro.