El XV Plan Quinquenal de China: Por el noble sendero de los sueños

Hay caminos que se recorren con un mapa y otros que solo pueden transitarse con preguntas. El que ahora comienza pertenece a estos últimos. No conduce únicamente a comprender un plan económico o la estrategia de una nación, sino a adentrarse en una de las cuestiones más antiguas de la historia humana: si los pueblos, como los hombres, son capaces de convertir sus sueños en realidad, sin perder en el camino aquello que los hace verdaderamente humanos.

Calderón de la Barca dejó escrito que «toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son». Sin embargo, la historia parece empeñarse en desmentir, una y otra vez, la fragilidad de esa sentencia. Porque hay sueños que no se desvanecen con el amanecer. Algunos se escriben en los libros, otros se levantan piedra a piedra sobre pueblos y ciudades enteras, y unos pocos llegan a convertirse en la voluntad colectiva de cientos de millones de personas.

Quizá ésa sea la singularidad de China. Durante más de medio siglo ha intentado transformar el sueño en método y el deseo en planificación. Sus planes quinquenales no nacieron únicamente como instrumentos económicos, sino fueron concebidos como una forma de ordenar el tiempo, de domesticar la incertidumbre y de ofrecer estabilidad a una civilización acostumbrada a pensar en dinastías y generaciones más que en legislaturas.

Aquellos primeros planes, inspirados en la tradición de la economía dirigida del siglo XX, poco tienen que ver con los que hoy diseña una nación plenamente integrada en el comercio mundial y convertida en una de las principales economías del planeta. Desde las reformas agrarias, campañas y movilizaciones de Mao Tse Tung, a la apertura impulsada por Deng Xiaoping y hasta el actual liderazgo de Xi Jinping, China ha transitado un largo camino de planes quinquenales en el que han convivido la disciplina política del Partido Comunista con la lógica competitiva de los actuales mercados internacionales; una convivencia llena de aspiraciones y de paradojas, de éxitos indiscutibles y también de profundas contradicciones.

La erradicación de la pobreza, la industrialización, la estabilidad social, la modernización, el enriquecimiento o la innovación tecnológica aparecieron como objetivos permanentes. Pero junto a estos anhelos permanecen otros interrogantes menos visibles: el papel del Partido en todos los ámbitos del Estado, el recuerdo de las reivindicaciones planteadas por los fallecidos en Tiananmen y la concentración de un enorme poder político, económico y militar. Sin duda, habrá tensiones entre la eficacia solicitada por unos y el pluralismo deseado por otros, si se abre más adelante el abanico de las libertades individuales. Comprender China exige aceptar que ambas realidades coexisten y que ninguna explica por sí sola la complejidad de un enorme país en medio de cambios vertiginosos.

Un sueño chino en un mundo en donde se cruzan muchas aspiraciones

Ningún plan nacional puede entenderse al margen del tiempo histórico en que se diseña. El XV Plan Quinquenal no es únicamente la hoja de ruta de una potencia emergente; es también una respuesta frente a un mundo que atraviesa una de las mayores transformaciones económicas y tecnológicas desde el final de la Guerra Fría.

La humanidad contempla cómo cambian los centros de gravedad del poder mientras resurgen antiguas rivalidades y aparecen desafíos militares inéditos. Los mares, el Ártico, el espacio, la inteligencia artificial, la acaparación de los recursos estratégicos, la transición energética o el dominio de los datos y de la inteligencia artificial dibujan un escenario donde la competencia entre Estados Unidos y China marcará buena parte del camino a recorrer hasta llegar a la primera mitad del siglo XXI.

Pero existe una cuestión aún más profunda. Ninguna victoria económica, militar o tecnológica compensará el fracaso colectivo, si las guerras continúan sustituyendo al diálogo y la desinformación ocupa el lugar de la verdad. La historia enseña que la coacción puede conquistar territorios, pero nunca conciencias; puede imponer silencios, pero jamás construir una paz duradera.

China llega a esta tercera década del siglo XXI con una capacidad económica, industrial y tecnológica extraordinaria, acompañada de un notable poder de atracción cultural y diplomático. Mientras muchas democracias occidentales viven condicionadas por la inmediatez del siguiente ciclo electoral, Pekín acostumbra a proyectar sus decisiones sobre horizontes de varias décadas.

No significa que una visión sea necesariamente mejor que la otra, pero sí revela dos maneras profundamente distintas de entender el tiempo político y el inescrutable devenir de la humanidad.

Con la vista puesta en los horizontes de 2035 y 2049

Más allá del XV Plan Quinquenal de China se encuentra la meta intermedia -marcada por China para 2035- la cual representa mucho más que una fecha en el calendario. Es la expresión de un propósito histórico: culminar la transformación iniciada hace casi medio siglo y vislumbrar el camino a recorrer hacia el centenario de la República Popular en 2049.

Ese horizonte, a menos de una década de distancia, aspira a consolidar una economía basada en la innovación, el conocimiento y la autosuficiencia tecnológica; una sociedad más próspera y cohesionada; un desarrollo compatible con la sostenibilidad ambiental, liderado por un Estado estable y cada vez más próspero.

La vereda que recorreremos hasta 2035 será inevitablemente sinuosa. Habrá certezas que se desvanecerán al avanzar y otras que surgirán donde menos las esperábamos. Porque quizá la mayor enseñanza de los sueños —individuales o colectivos— no consista en saber si llegarán a realizarse, sino en descubrir cuánto revelan acerca de quienes los imaginaron y del mundo que desearon legar a los que aún no han comenzado a caminar.

Al fin y al cabo, las grandes transformaciones de la historia rara vez nacen únicamente por el empleo de la fuerza. Permanecen cuando logran inspirar. Joseph Nye[1] nos enseñó que la verdadera influencia consiste en conquistar los corazones y las mentes, no por la imposición, sino por la capacidad de suscitar admiración, confianza y esperanza.

Tal vez esa sea también la medida última de cualquier sueño nacional: no el poder que acumula, sino la confianza que despierta; no el temor que provoca, sino el horizonte que invita a compartir.

¿Pueden verdaderamente los sueños planificarse? Parece ser que sí, aunque dar en la diana en el año 2049 al 100% será muy difícil, debido a la enorme cantidad de variables que hacen esta XV singladura de cinco años tan insegura.

Sea como fuere, solamente merecen la pena aquellos sueños que iluminan la dignidad del ser humano y consiguen dejar de pertenecer a una nación, para convertirse en patrimonio de la humanidad.


[1] Profesor estadounidense de geopolítica en la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard