Europa ante el nuevo orden mundial: por qué la propuesta de gobernanza global de Xi Jinping merece ser considerada

En un contexto internacional caracterizado por la fragmentación geopolítica, la erosión de los mecanismos multilaterales y el resurgimiento de políticas de poder propias de otras épocas, Europa se enfrenta a una de las decisiones estratégicas más importantes de su historia reciente: definir cuál será su papel en la configuración del nuevo orden internacional.

La guerra en Ucrania, el conflicto en Oriente Medio, las tensiones en torno a Taiwán, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China y el debilitamiento de las instituciones multilaterales nacidas tras la Segunda Guerra Mundial han puesto de manifiesto la necesidad de repensar los mecanismos de gobernanza global. Al mismo tiempo, la reaparición de liderazgos políticos fuertemente nacionalistas y unilateralistas ha generado incertidumbre sobre la capacidad de las grandes potencias para gestionar de forma cooperativa los desafíos globales.

En este escenario, resulta particularmente interesante reflexionar sobre una observación cada vez más frecuente en diversos círculos académicos y diplomáticos: la conveniencia de que Europa estudie con mayor atención algunas de las propuestas formuladas por el presidente chino Xi Jinping en materia de gobernanza mundial.

El agotamiento del orden internacional tradicional

Durante décadas, Europa se sintió relativamente cómoda dentro de un sistema internacional liderado por Estados Unidos y sustentado en instituciones multilaterales que promovían la estabilidad, el libre comercio y la cooperación internacional.

Sin embargo, la realidad actual es muy distinta.

La creciente polarización política en Estados Unidos, las tendencias proteccionistas, la instrumentalización de las sanciones económicas como herramienta de política exterior y la dificultad para alcanzar consensos internacionales sobre cuestiones esenciales como el cambio climático, la seguridad energética o la regulación de las nuevas tecnologías evidencian que el sistema heredado de la Guerra Fría atraviesa una profunda crisis de adaptación.

Paralelamente, conflictos armados de gran intensidad han vuelto a ocupar el centro de la política internacional. La utilización recurrente de la fuerza militar por parte de diversos actores internacionales ha debilitado la confianza en los mecanismos tradicionales de resolución de controversias.

En este contexto, numerosos observadores comienzan a preguntarse si la comunidad internacional necesita nuevos marcos conceptuales que permitan gestionar un mundo crecientemente multipolar.

La propuesta china: una comunidad de futuro compartido para la humanidad

Desde hace más de una década, Xi Jinping viene impulsando una visión de las relaciones internacionales basada en la construcción de una “comunidad de futuro compartido para la humanidad”.

Más allá de las diferencias ideológicas que puedan existir entre Europa y China, esta propuesta contiene algunos elementos que merecen una consideración objetiva.

Entre ellos destacan:

  • La defensa del multilateralismo frente al unilateralismo.
  • El respeto a la soberanía de los Estados.
  • La resolución pacífica de los conflictos.
  • La cooperación basada en beneficios mutuos.
  • El rechazo a la lógica de bloques y a las guerras frías.
  • La promoción del desarrollo económico como factor de estabilidad internacional.
  • La búsqueda de soluciones compartidas para desafíos globales como el cambio climático, las pandemias o la pobreza.

Resulta significativo que, pese a las crecientes tensiones geopolíticas, China haya mantenido una posición relativamente consistente en favor de la negociación y del diálogo como instrumentos prioritarios para la resolución de conflictos internacionales.

Ello no implica que Europa deba asumir sin reservas todas las posiciones de Pekín. Significa simplemente reconocer que algunas de las ideas promovidas por China coinciden con principios que históricamente también han formado parte de la tradición diplomática europea.

Europa como puente y no como bloque

Una de las reflexiones más interesantes surgidas en los últimos años procede precisamente de diversos líderes occidentales que consideran que el mundo no debe dividirse nuevamente en bloques enfrentados.

La idea expresada por el primer ministro canadiense Mark Carney acerca de la necesidad de construir una nueva coalición de países democráticos capaces de ejercer una voz propia refleja una preocupación creciente: la pérdida de autonomía estratégica de numerosos actores internacionales.

Europa posee las condiciones necesarias para desempeñar ese papel.

Cuenta con capacidad económica, influencia normativa, experiencia diplomática y legitimidad internacional. Sin embargo, para ejercer un liderazgo efectivo debe evitar quedar atrapada en una lógica de alineamientos automáticos que reduzcan su margen de actuación.

Una Europa verdaderamente estratégica debería ser capaz de dialogar simultáneamente con Washington, Pekín, Nueva Delhi, Tokio, Seúl, Canberra y Ottawa.

Su fortaleza no radica en convertirse en un actor más dentro de un bloque geopolítico, sino en actuar como puente entre diferentes centros de poder.

Precisamente en este punto las propuestas de gobernanza global formuladas por Xi Jinping ofrecen elementos de interés. La idea de promover una arquitectura internacional basada en el diálogo entre civilizaciones, el respeto mutuo y la cooperación económica puede complementar la tradicional visión europea del multilateralismo.

Del enfrentamiento a la cooperación competitiva

La realidad del siglo XXI exige superar los esquemas binarios heredados del pasado.

China no desaparecerá del escenario internacional. Tampoco lo harán Estados Unidos, India o la Unión Europea.

La cuestión fundamental no es quién dominará el sistema internacional, sino cómo lograr que las principales potencias cooperen en aquellos ámbitos donde la cooperación resulta indispensable para la supervivencia colectiva.

La transición energética, la inteligencia artificial, la seguridad alimentaria, la gestión de pandemias o la regulación de las tecnologías emergentes son desafíos imposibles de resolver desde una lógica de confrontación permanente.

Europa puede desempeñar un papel esencial impulsando una cultura de cooperación competitiva: competir cuando sea necesario, cooperar cuando sea posible y dialogar siempre.

Este enfoque coincide notablemente con algunos de los principios presentes en las iniciativas internacionales promovidas por China durante los últimos años, como la Iniciativa para el Desarrollo Global, la Iniciativa para la Seguridad Global o la Iniciativa para la Civilización Global.

Una oportunidad para el liderazgo europeo

La Unión Europea atraviesa un momento decisivo.

Puede optar por limitarse a reaccionar ante los acontecimientos o asumir un papel activo en la construcción de un nuevo marco de gobernanza internacional.

Para ello necesita recuperar confianza en sí misma, fortalecer su autonomía estratégica y desarrollar una visión propia del mundo multipolar emergente.

Escuchar y analizar con objetividad las propuestas procedentes de China no supone renunciar a los valores europeos. Al contrario, puede constituir una oportunidad para enriquecer el debate internacional y contribuir a la construcción de un sistema más equilibrado, inclusivo y estable.

Quizá el gran desafío del siglo XXI no sea decidir entre Occidente y Oriente, entre Estados Unidos y China, sino encontrar fórmulas que permitan a todos coexistir en un mundo cada vez más interdependiente.

Y en esa tarea, Europa puede y debe desempeñar un papel central.

Si aspira a liderar una nueva etapa de cooperación internacional, haría bien en estudiar con atención aquellas propuestas que, independientemente de su origen, contribuyan a fortalecer el diálogo, el multilateralismo y la paz. Entre ellas, la visión de gobernanza global impulsada por Xi Jinping merece, sin duda, una consideración seria y desapasionada. Empezando por dejar de considerar a China como un “rival sistémico”.