Nos llevará tiempo comprender la verdadera dimensión de su vida y de su obra. Quizá porque Marcelo fue mucho más que sus libros, sus artículos, sus conferencias o sus innumerables entrevistas sobre China. Fue, sobre todo, un hombre de personas.
Un hombre renacentista, curioso, inquieto y profundamente comprometido con comprender el mundo. China fue su gran pasión: su historia, su sociedad, su economía, su psicología y, especialmente, el papel que podía desempeñar en un mundo cada vez más fragmentado.
Pero quienes tuvimos la suerte de conocerle sabemos que su verdadera grandeza estaba en otro lugar: en su humanidad.
Todavía recuerdo nuestro último abrazo. No fue un abrazo de cortesía, sino uno de verdad. De esos que dicen mucho más que las palabras. En él estaban su cansancio, su serenidad, nuestra amistad y la certeza de que el tiempo se estaba acabando.
Se le veía feliz.
Y nosotros también lo éramos compartiendo aquel momento con él.
Fueron sus últimos momentos.
Marcelo tenía humor, cordialidad y una lucidez extraordinaria. Pero tenía, sobre todo, una enorme capacidad para querer y para hacer sentir importantes a quienes tenía cerca. Por eso creo que su legado más auténtico no está únicamente en su obra intelectual. Está en las personas.
En las amistades que cultivó. En las conversaciones que provocó. En los encuentros que hizo posibles. En los puentes que ayudó a construir.
A mí me marcó profundamente. Admiré siempre su capacidad para interpretar los grandes contextos, la amplitud de sus conocimientos y esa facilidad tan suya para conectar ideas y realidades diferentes. Pero me marcó todavía más su manera de entender las relaciones humanas: desde la curiosidad, la generosidad, la independencia y el respeto.
Marcelo era un amigo sincero de China, pero nunca un observador acrítico. Su independencia intelectual hacía que sus análisis fueran rigurosos y creíbles. Sabía admirar y, al mismo tiempo, cuestionar. Sabía comprender sin renunciar a su propia mirada.
Su interés por China estaba ligado a una preocupación mucho más amplia: cómo construir un mundo mejor y qué papel podía desempeñar la sociedad china en ese proceso.
Ese fue el fuego interior que le mantuvo activo hasta el final, incluso cuando el dolor y el desgaste físico eran ya evidentes.
Marcelo quería acercar a las personas.
Quería que España y China se conocieran mejor.
Quería construir puentes donde otros levantaban muros.
Hace aproximadamente quince años, Marcelo, Alfredo Melgar y yo compartimos una inquietud: crear una estructura estable desde la que pudiéramos impulsar el conocimiento y el diálogo entre España y China. Así nació Cátedra China, un proyecto que con el tiempo daría lugar a la actual Fundación Cátedra China.
Marcelo fue decisivo en ese camino. Tenía una extraordinaria capacidad para convencer, entusiasmar y reunir a personas valiosas alrededor de una idea. Sabía sumar voluntades y convertir una inquietud compartida en un proyecto colectivo.
Por eso quizá todavía sea demasiado pronto para medir su Lebenswerk, su obra vital. Será el tiempo quien nos permita comprender plenamente su contribución a la construcción de una imagen de China diferente en España y a la creación de espacios de diálogo entre nuestras dos sociedades.
Pero hubo un reconocimiento que se adelantó al tiempo.
En 2024, el Gobierno de la República Popular China concedió a Marcelo la Medalla de Oro del Pueblo Chino. Un reconocimiento de enorme valor simbólico que, a mi juicio, no siempre ha sido suficientemente comprendido en España.
Hoy, sin embargo, lo importante no es solo mirar hacia atrás. Es preguntarnos qué hacemos con aquello que Marcelo nos dejó.
Su legado nos obliga a seguir trabajando por el diálogo, por el conocimiento mutuo y por unas relaciones entre España y China construidas desde el respeto y la amistad.
Por eso el Premio Marcelo Muñoz, aprobado, junto con el Plan Quinquenal de actuación, en la última reunión del Comité Ejecutivo de la Fundación en la que participó Marcelo no debería ser simplemente un reconocimiento a una trayectoria profesional. Deberá reconocer también unos valores: la curiosidad frente al prejuicio, el diálogo frente a la confrontación, la independencia frente al pensamiento único y, sobre todo, el humanismo frente a la indiferencia.
Ojalá encontremos personas capaces de recibirlo y de representar esos valores.
Porque un legado no se conserva únicamente recordando a quien lo construyó.
Se conserva continuando su camino.
Marcelo no se ha ido.
Está en las personas que conoció, en las amistades que sembró y en los puentes que ayudó a levantar.
Ahora nos corresponde a nosotros seguir construyéndolos.


