La Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos ha incorporado a su Covered List, la lista de tecnologías consideradas un riesgo para la seguridad nacional, dos nuevas categorías de productos de fabricación extranjera: los dispositivos robóticos avanzados, que incluyen robots humanoides, cuadrúpedos y otras máquinas móviles con sensores y conectividad, y los inversores eléctricos conectados que enlazan las energías renovables con la red.
Estar en esa lista significa que los nuevos modelos no pueden obtener la autorización que necesita cualquier dispositivo conectado para ser importado, comercializado o vendido en Estados Unidos, lo que, en la práctica, se traduce en una prohibición de entrada al mercado.
Hay que decir que la norma no menciona exclusivamente a China, sino que afecta formalmente a robots producidos en cualquier país extranjero, aunque Reuters ya ha adelantado que la FCC probablemente concederá exenciones a fabricantes de países aliados. También conviene mencionar que, por un lado, los modelos ya autorizados pueden seguir vendiéndose y recibiendo actualizaciones de software y seguridad al menos hasta enero de 2029, y que existe una vía de autorización condicional para quien quiera solicitarla, aunque para una empresa china obtenerla será previsiblemente mucho más difícil que para una coreana o una japonesa.
La forma rigurosa de resumirlo sería que Estados Unidos ha bloqueado la homologación de nuevos modelos de robots móviles fabricados en el extranjero mediante una regulación que, sin nombrar a China, está diseñada principalmente para frenar la entrada de su nueva industria robótica.
Lo que hace más llamativa esta medida no es su dureza sino el momento en el que se aprueba. EEUU no está reaccionando a un mercado que ya inunda sus tiendas, como ocurrió con los drones de DJI, sino prohibiendo de manera preventiva, lo que pondría en entredicho el argumento de Washington de que la medida se debe a problemas de seguridad nacional.
Las empresas chinas ya han convertido los humanoides en productos fabricables a escala y relativamente asequibles, mientras buena parte de la industria americana sigue en fase de prototipos, pilotos cerrados y primeras líneas de producción.
De los aproximadamente 15.000 robots humanoides enviados en el mundo durante 2025, Unitree y AgiBot, ambas chinas, distribuyeron más de 5.000 unidades cada una, según la consultora Omdia. Tesla y Figure AI, los grandes nombres americanos, entregaron unos pocos cientos, únicamente.
China concentra en torno al 85 por ciento de los despliegues mundiales. No es una ventaja marginal. Es una diferencia de orden de magnitud, construida sobre lo que el ecosistema industrial chino lleva décadas perfeccionando: motores, reductoras, baterías, sensores y componentes electrónicos producidos en masa, y la capacidad de fabricar miles de unidades, aprender de su funcionamiento real, corregir y volver a fabricar. Morgan Stanley calcula que el mercado chino de humanoides podría alcanzar los 15.000 millones de dólares en 2030, con más de 140 fabricantes activos.
¿Por qué EEUU habla de seguridad? Aunque la medida no sea muy sensata, se basa en un argumento que sí se puede sostener: un robot humanoide no es una máquina que camina, sino un ordenador con cámaras, micrófonos, sensores de profundidad, navegación autónoma, conexión inalámbrica y acceso al cloud, capaz de moverse por una fábrica, un laboratorio, un hospital o una vivienda. Si ese sistema es comprometido, el problema ya no es solo el robo de datos, sino que se trata de una máquina manipulable circulando por espacios físicos. Unitree, la empresa que más directamente sufrirá la medida, tuvo problemas de seguridad y se encontraron una vulnerabilidad que permitía obtener acceso de máximo nivel a sus robots (los humanoides G1 y H1 y a los cuadrúpedos Go2 y B2) a través de Bluetooth, pero Unitree lo corrigió. La posición objetiva, por tanto, no es que Estados Unidos haya fabricado una amenaza de la nada y el riesgo existe, como con cualquier tecnología (recordemos que el mismo ChatGPT sufrió una vulnerabilidad que exponía todos los chats privados que se compartían y se mostraron algún tiempo en Google y aquello, cayó en el olvido).
La defensa razonable de China es que las vulnerabilidades de algunos productos no demuestran que todos los robots fabricados en China constituyan una amenaza para la seguridad nacional. Tampoco demuestran que un robot americano, europeo o coreano conectado al cloud sea inherentemente seguro.
Si el problema fuera exclusivamente la seguridad, lo lógico sería regular el comportamiento del producto: qué datos recopila, dónde los almacena, qué conexiones remotas permite, quién firma sus actualizaciones, si puede funcionar desconectado de servidores externos. La FCC no ha planteado nada de eso, y en su lugar, ha decidido que todo nuevo robot fabricado fuera de Estados Unidos es sospechoso de partida, y que es el fabricante quien debe ganarse la excepción.
El criterio inicial no es cómo se comporta la máquina, sino dónde se fabrica, lo que pone en evidencia que, aunque les preocupe la ciberseguridad, aquí también se trata de disminuir la dependencia de proveedores extranjeros y reconstruir (o ganar tiempo para reconstruir) la industria robótica nacional.
Hay un dato importante que tampoco se puede pasar por alto: en junio, un grupo bipartidista de congresistas presentó la ley GUARD, diseñada para revisar y eventualmente bloquear los robots procedentes de China y otros países considerados adversarios. La propuesta fue respaldada públicamente por Agility Robotics, uno de los principales fabricantes americanos de humanoides, cuya directora ejecutiva, Peggy Johnson, celebró que la iniciativa enviaba una señal favorable al mercado mientras las empresas estadounidenses invertían en fabricación nacional. La decisión de la FCC entrega ahora el resultado central de esa ley sin esperar a que el Congreso la apruebe. Nada de esto invalida las preocupaciones de seguridad de Agility, pero introduce un conflicto de interés difícil de ignorar: las empresas que reclaman protección frente al riesgo chino son las mismas que se benefician comercialmente de que desaparezcan sus competidores chinos.
No todo el sector estadounidense está a favor de la decisión
Varios investigadores y empresarios han advertido de que la restricción puede perjudicar primero a los propios laboratorios y desarrolladores norteamericanos, que durante los últimos años han utilizado robots de Unitree como plataformas relativamente asequibles, disponibles comercialmente y compatibles con SDK y herramientas abiertas. Laboratorios del MIT, Princeton y Carnegie Mellon trabajan con modelos de la compañía china, mientras que buena parte de los humanoides estadounidenses sigue reservada a proyectos piloto, contratos industriales o clientes seleccionados, con precios y condiciones difícilmente asumibles para pequeños equipos de investigación y startups.
Aunque los robots ya comprados podrán seguir utilizándose hasta 2029, los investigadores estadounidenses podrían quedar excluidos de las siguientes generaciones de hardware a las que sí tendrán acceso sus competidores en Europa y Asia.
La contradicción alcanza incluso a Nvidia, que a finales de mayo presentó un diseño de referencia abierto para investigación basado en su plataforma Isaac GR00T, un ordenador Jetson Thor y un chasis Unitree H2 Plus que esperaba comercializar a través de la empresa china antes de terminar 2026. El proyecto no está oficialmente cancelado y podría obtener una autorización especial, pero la colaboración ha quedado en una incertidumbre que revela la gran paradoja de la medida: Estados Unidos quiere proteger su industria robótica, aunque para hacerlo limite el acceso de sus universidades, investigadores y empresas al hardware que necesitan.
Beijing respondió el miércoles a través de la portavoz de Exteriores, Mao Ning, precisamente en este sentido, acusando a Washington de estirar el concepto de seguridad nacional para frenar a las empresas chinas y advirtiendo que el proteccionismo perjudicará a sus propias empresas y consumidores, en lugar de hacerlas más competitivas.
El movimiento de EEUU es claro: anticiparse para evitar que se repita lo que ocurrió con los paneles solares, las baterías, los drones comerciales y los vehículos eléctricos, sectores donde la escala manufacturera china acabó definiendo el mercado mundial antes de que nadie reaccionara.
Y por supuesto, el calendario añade tensión porque el veto llega semanas antes de la visita prevista de Xi Jinping a Estados Unidos en septiembre, y se suma a las restricciones a los drones y al debate abierto sobre limitar los modelos chinos de código abierto.
¿Cómo afecta esta medida a Europa y a España?
La primera consecuencia es inmediata: el mercado de los humanoides acaba de dividirse entre un Estados Unidos que reserva el acceso a su propia industria y el resto de países que mantengan sus fronteras abiertas. Los fabricantes chinos, bloqueados antes incluso de haber entrado en el mercado estadounidense, buscarán con mayor intensidad otros destinos. Europa es el más evidente y no partiría de cero. Los robots de Unitree llevan dos ediciones siendo una de las grandes atracciones del Mobile World Congress de Barcelona, las empresas chinas ya utilizan las ferias europeas como escaparate global y una capacidad de producción que pierde el mercado más deseado necesita encontrar salida. Es previsible que aumenten las ofertas de implantación industrial, los precios agresivos y la presión comercial sobre fábricas, operadores logísticos, centros de investigación y universidades europeas.
Sin embargo, la decisión de Washington no afecta únicamente a China. La FCC ha bloqueado, a priori, la autorización de los nuevos dispositivos robóticos avanzados fabricados fuera de Estados Unidos, lo que significa que un humanoide producido en España, Alemania, Francia o Noruega se enfrenta inicialmente al mismo obstáculo que uno de Unitree.
Los fabricantes de países aliados podrán solicitar autorizaciones condicionales y probablemente tendrán más posibilidades de obtenerlas, pero Europa no cuenta con una exención automática. La medida se presenta como una respuesta al riesgo chino, aunque en la práctica crea una barrera frente a cualquier competidor extranjero y permite a Estados Unidos decidir qué fabricantes pueden acceder a su mercado. Para una industria europea que todavía intenta alcanzar escala, perder o ver condicionado el acceso a uno de los mayores mercados mundiales no es una cuestión secundaria.
Lo interesante es que Europa, a diferencia de Estados Unidos, sí ha construido la alternativa regulatoria que Washington parece haber descartado. El Reglamento de Inteligencia Artificial ya está en vigor y despliega sus obligaciones por fases. El nuevo Reglamento de Máquinas, aplicable desde enero de 2027, incorpora por primera vez requisitos de ciberseguridad para maquinaria con comportamiento autónomo. A ello se suma el Reglamento de Ciberresiliencia, que exigirá que los productos conectados comercializados en la Unión cumplan obligaciones de seguridad durante todo su ciclo de vida, incluidas la gestión de vulnerabilidades y la disponibilidad de actualizaciones.
Europa dispone, por tanto, de instrumentos para examinar el comportamiento de estas máquinas, los datos que recopilan, sus conexiones remotas y la forma en que reciben actualizaciones, en lugar de considerarlas peligrosas únicamente por el lugar donde han sido fabricadas. El marco existe y empezará a desplegarse precisamente cuando los humanoides comienzan a abandonar las demostraciones para entrar en fábricas, almacenes, hospitales y centros de investigación.
La pregunta es si Europa tendrá capacidad suficiente para supervisar el cumplimiento de esas normas y si resistirá la presión para alinearse con la política estadounidense. Su respuesta ante los vehículos eléctricos chinos apunta, por ahora, hacia una tercera vía. Bruselas no prohibió su entrada, sino que investigó los subsidios, impuso aranceles compensatorios y abrió una negociación con Pekín. La misma lógica podría aplicarse si los robots chinos llegan con precios que los fabricantes europeos consideran imposibles de igualar. Europa tendría entonces que decidir si gestiona la competencia mediante requisitos técnicos, controles de seguridad y medidas comerciales proporcionadas o si termina adoptando una exclusión basada en el origen del producto.
La segunda lección afecta a la posición industrial europea.
Europa fue una potencia mundial de la robótica industrial y, en parte, continúa siéndolo, pero su símbolo más elocuente es KUKA, el histórico fabricante alemán de brazos robóticos que desde 2016 pertenece al grupo chino Midea.
En humanoides, el mapa europeo existe, aunque todavía es reducido. La noruega 1X, la alemana Neura Robotics y, en España, PAL Robotics, la veterana compañía barcelonesa que desarrolla humanoides desde 2004 y cuyas plataformas trabajan en laboratorios de numerosos países, demuestran que Europa conserva conocimiento y capacidad tecnológica. El problema es la escala, porque ninguna produce al ritmo de Unitree o AgiBot, todas dependen de chips que Europa no fabrica y operan dentro de cadenas de suministro en las que China tiene un peso creciente.
Estados Unidos ha decidido que no quiere depender de robots fabricados en el extranjero, aunque para ello cierre también la puerta a futuros competidores europeos. Europa, por su parte, no produce humanoides en volumen, no fabrica los chips avanzados que los gobiernan y todavía no ha decidido si esa dependencia merece una estrategia industrial propia.
Para España, la cuestión presenta además dos derivadas particulares.
La primera es una oportunidad inesperada: si los laboratorios estadounidenses encuentran dificultades para acceder a las siguientes generaciones de Unitree, las universidades y centros españoles que continúen utilizando estas plataformas podrían adquirir una ventaja comparativa en robótica experimental. No porque Unitree sea hardware completamente abierto, sino porque ofrece robots relativamente asequibles, disponibles comercialmente y compatibles con SDK, simuladores y herramientas abiertas. Esa diferencia de acceso puede resultar relevante en una disciplina en la que el aprendizaje depende cada vez más de disponer de máquinas reales sobre las que experimentar.
La segunda derivada es una advertencia que va mucho más allá de los robots. La decisión de la FCC incluye también los inversores de potencia, los dispositivos que conectan las instalaciones solares y las baterías con la red eléctrica. Según Reuters, esta parte de la medida se apoyó, entre otros elementos, en hallazgos realizados en Europa sobre posibles riesgos de interrupción remota, conexiones no documentadas y presencia de componentes capaces de facilitar accesos indebidos. España, una de las grandes potencias solares del continente, sostiene buena parte de su transición energética sobre inversores fabricados por empresas chinas.
El debate sobre la seguridad de esa infraestructura, que Estados Unidos acaba de resolver mediante una prohibición preventiva, apenas ha comenzado en nuestro país. Y probablemente sea más urgente que el de los humanoides, porque esos ya están conectados a la red.
Así que mientras buena parte de la industria tecnológica estadounidense reclama que los modelos abiertos, incluidos los desarrollados en China, puedan seguir circulando y compitiendo sin prohibiciones generales, Washington adopta el criterio contrario cuando la inteligencia artificial se vuelve física y en forma de robot.
En lugar de esperar a que los robots chinos ocupen fábricas, laboratorios y almacenes, Estados Unidos ha decidido cerrarles el mercado antes de que llegue la ola. Es una política preventiva, pero resulta difícil presentarla exclusivamente como una medida de seguridad nacional. La norma no establece auditorías técnicas, requisitos comunes de ciberseguridad, límites a la transferencia de datos ni mecanismos para comprobar si un robot concreto representa una amenaza. Su principal criterio es el país donde ha sido fabricado. Si el riesgo estuviera realmente en las cámaras, los micrófonos, las conexiones remotas o el acceso al cloud, esas exigencias deberían aplicarse a cualquier fabricante, pero esta medida hace ver que todo se basa en que Estados Unidos no quiere esperar a que China domine otro mercado estratégico para empezar a protegerlo.
Fuentes: FCC, Reuters, AP, CNN, The Washington Post, Omdia, Morgan Stanley, Comité Selecto sobre China de la Cámara de Representantes. Declaraciones de Mao Ning (Ministerio de Exteriores de China), Brendan Carr (FCC) y Peggy Johnson (Agility Robotics).


