Una sinfonía para un siglo (1945-2050)
Las grandes sinfonías no suelen comenzar con estridencias ni concluir con un golpe definitivo. Nacen como un acorde apenas insinuado, crecen mediante contrastes y armonías, atraviesan momentos de incertidumbre y de plenitud, hasta alcanzar un desenlace en el que cada nota encuentra finalmente su lugar… y su silencio. Solo entonces el oyente percibe que el sentido de la obra no residía en cada movimiento, sino en la unidad y armonía del concierto.
En cierto sentido, la historia posee una arquitectura similar. No avanza en línea recta ni responde únicamente al azar. Se construye lentamente, con decisiones que parecen pequeñas en el instante en que se adoptan, pero que, vistas desde lontananza, revelan una sorprendente sabiduría y coherencia. La historia de China -desde mediados del siglo XIX hasta el horizonte de 2050- puede contemplarse precisamente como una de esas grandes composiciones cuya melodía incompleta todavía continúa escribiéndose hoy en día.
Los recuerdos del llamado «Siglo de la Humillación», la guerra civil, la ocupación japonesa, así como de la II Guerra Mundial permanecen vivos en la memoria nacional, alimentando el deseo de recuperar la dignidad perdida y anhelando devolver al país el lugar prominente que durante siglos ha ocupado en la historia de Asia. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, el mundo inició una nueva partitura. La Guerra Fría dividió el planeta en bloques enfrentados, mientras la China de Mao emprendía definitivamente un camino marcado inicialmente por profundas convulsiones políticas y sociales.
Aquellos primeros compases de la República Popular de China estuvieron llenos de sacrificios, hambrunas y contradicciones. Mao Tse Tung intentó adaptar el marxismo-leninismo a la realidad de China, promoviendo “La Campaña de las Cien Flores” y “El Gran Salto Adelante”. Sin embargo, incluso en medio de las mayores dificultades, comenzó a germinar una transformación social que muy pocos habrían sido capaces de imaginar.
La llegada al poder del líder supremo Deng Xiaoping en 1978 supuso un cambio decisivo de tonalidad, pues fue él quien impulsó la “Apertura” y “Las “Cuatro Modernizaciones”. Estas reformas dieron paso a una fuerte inversión extranjera y a una sólida planificación a largo plazo, inaugurando un periodo de cambio de ideas y de un vigoroso desarrollo económico que modificaría -no solo el destino de China- sino también el equilibrio económico y político mundial.
Entre sus célebres frases, Deng expresó: “A cada uno, según su trabajo”[1]. Con él, el socialismo comenzó a transformarse en un capitalismo con características chinas. Durante las décadas siguientes, el crecimiento industrial, la creación de las Zonas Económicas Especiales, la incorporación a la Organización Mundial del Comercio y una urbanización acelerada contribuyeron al largo empeño del Partido Comunista por erradicar la pobreza. Los fuertes movimientos migratorios fueron alterando el paisaje social del país con una intensidad pocas veces contemplada en la historia de la humanidad.
Más tarde, con el nombramiento de Xi Jinping como Secretario General del Partido Comunista de China, se lanzó una campaña anticorrupción para evitar seguir la senda del reciente colapso del Partido Comunista de Rusia y de la Unión Soviética en diciembre de 1991. Xi señalaba años más tarde: “No importa en donde ocurra, en cualquier lugar lidera el Partido Comunista”. Para entonces, el Imperio del Centro estaba totalmente integrado en el mercado capitalista mundial. Desde 2012, Xi no ha dejado de promover un país y una economía dirigidos por el Estado.
En la última década se han acelerado las innovaciones tecnológicas en campos como la revolución digital, los microchips, la inteligencia artificial, las nuevas infraestructuras del transporte. Asimismo, en el plano político internacional se han impulsado los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái, la Iniciativa de la Franja y la Ruta, la APEC y los bancos de desarrollo necesarios para impulsar los proyectos del Imperio Celeste, ampliando el país su proyección internacional a cada rincón del planeta. La planificación estatal -de origen leninista- se ha extendido por horizontes cada vez más amplios, pero sin perder de vista el pensamiento marxista y humanista de “sacar al proletariado y al campesinado de China de la pobreza”.
Al mismo tiempo, el sistema internacional también ha ido cambiando de ritmo, pero su música lleva otro ritmo y suena distinto. Estados Unidos, protagonista indiscutible del orden mundial, surgido tras 1945, se encontró ante el ascenso de una China cada vez más influyente en la economía, la tecnología, la diplomacia, la innovación y la carrera espacial. El optimismo que había acompañado a la globalización ha dado paso en el siglo XXI a una competencia y rivalidad creciente entre las grandes potencias.
En este siglo XXI, dos visiones del mundo han comenzado a convivir, a competir y, en ocasiones, a desconfiarse mutuamente. Quizás sea así la condición humana: capaz de dar lo mejor y de comportarse de la peor forma posible.
Tal vez pueda decirse que ambos países -China y los Estados Unidos- persiguen sueños distintos. El sueño americano nació y predicó durante décadas la confianza en la libertad, la iniciativa individual y mostró capacidad suficiente para renovar el antiguo liderazgo mundial europeo. El sueño chino, formulado actualmente como el gran rejuvenecimiento nacional, aspira a recuperar la fortaleza y el prestigio que la nación considera propios de su larga civilización. Ambos proyectos responden a historias diferentes y a experiencias profundamente distintas. Pero la verdadera cuestión no consiste en determinar cuál de ellos prevalecerá, sino en preguntarnos si dos grandes sueños pueden llegar a convivir, sin convertir el siglo XXI en un escenario dantesco de permanente confrontación.
Vivimos en un planeta más conectado que nunca y, al mismo tiempo, partido por internet en dos y además muy fragmentado. Las tecnologías acercan a las personas, mientras las rivalidades estratégicas separan a los Estados. Con la llegada del presidente Trump a la presidencia de los EE.UU., los Estados Unidos han ido perdiendo o deshaciéndose de sus aliados. Sus innumerables conflictos actuales en Ucrania-Rusia, Venezuela, Canadá, Dinamarca-Groenlandia, Europa-NATO, Israel-Oriente Medio, Irán, China… -aparte de ser sumamente impopulares- serán a largo plazo perniciosos desde el punto de vista de sus relaciones internacionales. Sean reglas comerciales, políticas arancelarias o monetarias, el uso de la fuerza ha sido una constante de los estadounidenses para imponer su voluntad.
Tantos conflictos están poniendo en evidencia que la armada y los sistemas de defensa americanas están sobrepasados y que en caso de tener que afrontar diversas tormentas al mismo tiempo, no habrá suficientes paraguas para todos ni recursos financieros y técnicos para fabricar más y repartirlos por todo el globo.
Si en estos momentos parece que estamos en medio de una guerra fría que va calentándose en esta tercera década del siglo XXI rápidamente, es posible que se produzca una escalada bélica más intensa y territorialmente extensa. Recemos porque no vayan los conflictos a más y puedan acabar desembocando en una III Guerra Mundial o en conflictos muy graves con el empleo incluso de armas atómicas. En estos últimos escenarios, de destrucción mutua, las repercusiones afectarían a casi todas las naciones y habitantes del mundo.
La innovación avanza con una rapidez extraordinaria, pero también lo hacen las tensiones geopolíticas, la competencia tecnológica y las incertidumbres económicas. La inteligencia artificial, la transición energética, el control de recursos críticos -como el petróleo, el uranio o las tierras raras- han abierto nuevos escenarios sobre cómo podría evolucionar la seguridad internacional, en donde se mide el poder de las naciones y su capacidad de atacar o de hacerse respetar.
En el último lustro no solamente se está produciendo una fuerte escalada militar pre-bélica, sino que además se da por hecho que “quien gane la guerra de la inteligencia artificial” dominará al mundo”.
En medio de esta turbulencia llena de amenazas, cual tormenta en donde se escuchan los truenos lejanos y se ven los rayos, China aparece inmutable, mientras continúa proyectando su mirada hacia 2035 y 2050 mediante pacíficos planes de largo alcance. El XV Plan Quinquenal ocupa un lugar central en su visión del futuro. La innovación tecnológica, la autosuficiencia en sectores estratégicos, la sostenibilidad, la prosperidad compartida y la firme ampliación de sus relaciones internacionales forman parte de una estrategia concebida para varias décadas. No se trata únicamente de administrar el presente, sino de construir pacientemente y en armonía el porvenir.
Quizá sea aquí donde resida una de las enseñanzas más sugerentes de esta historia. Frente a la inmediatez que caracteriza tantas decisiones contemporáneas, la planificación recuerda que las grandes transformaciones requieren tiempo, continuidad y perseverancia. Ninguna obra de envergadura puede improvisarse. Como sucede en la música, cada movimiento prepara el siguiente, y en este sentido, cada generación interpreta una parte de la partitura recibida de quienes la precedieron. Mas ninguna nación será capaz de escribir por sí sola la sinfonía del siglo XXI.
Europa deberá encontrar su propia voz entre su tradición y valores y la necesidad de modernizarse a través de la innovación. La Hispanidad, unida por una herencia cultural que atraviesa continentes, posee también la responsabilidad de fortalecer espacios de cooperación y entendimiento. India, África y el llamado Sur Global participan ya con creciente protagonismo en la configuración de un orden internacional más plural. Las organizaciones multilaterales, nacidas tras la Segunda Guerra Mundial, deberán adaptarse y respetarse mutuamente, ante un inminente escenario en donde el equilibrio del poder será necesariamente más complejo que en el pasado.
Tal vez estemos asistiendo al tránsito desde un mundo dominado por un único centro de gravedad hacia otro más multipolar, en donde las distintas potencias compartan responsabilidades e influencia con las grandes empresas multinacionales. Esa transición no estará exenta de tensiones. Toda redistribución del poder genera incertidumbre. Sin embargo, la historia demuestra también que los momentos de mayor riesgo pueden convertirse en oportunidades para construir nuevas formas de equilibrio.
Naciones Unidas, el principal foro para el debate entre las naciones del mundo, calla; ante su impotencia para dirigir controversias y disputas actuales. A su vez, otras instituciones multilaterales emergen en el panorama mundial, en donde el peso occidental es prácticamente nulo.
Sun Tzu escribió hace más de dos mil años que la mejor victoria es aquella que hace innecesaria la batalla. La frase sigue siendo hoy de una sorprendente actualidad. En un mundo donde las economías dependen unas de otras, donde los desafíos climáticos y la pobreza desconocen fronteras y donde la revolución tecnológica afecta simultáneamente a todas las sociedades, la cooperación deja de ser un gesto idealista proclamado por la República Popular China nacida en 1949. Es tal vez la gran meta a alcanzar en 2050.
Este libro se centra fundamentalmente en un pasaje corto de cinco años: los que está recorriendo ahora mismo China, en esta extraordinaria transformación que está llevando a cabo para dejar atrás la pobreza, el hambre y la ignorancia, así como su aislamiento histórico, para convertirse en una de las grandes potencias del siglo XXI. A través de la planificación estratégica, los planes quinquenales, las reformas de Deng Xiaoping y el Sueño Chino de Xi Jinping, el autor ha analizado las claves de un ascenso que está redefiniendo el equilibrio mundial.
Más que una historia de China, esta obra es una reflexión sobre cómo está germinando el nuevo orden internacional. La competencia entre las grandes potencias puede ser un acicate hacia la paz mundial. Cabe el desafío de construir un futuro en donde la cooperación prevalezca sobre la confrontación. Estamos ante una invitación a comprender el siglo XXI desde una perspectiva histórica, estratégica y profundamente humana. Nuestra condición, como seres superiores a los animales, es pensar y razonar, superando las fuerzas negativas de los peores instintos.
Quizá la verdadera pregunta no debiera ser si los sueños pueden planificarse. La cuestión decisiva es otra: ¿qué clase de humanidad seremos capaces de construir cuando comprendamos que ningún proyecto nacional puede prosperar indefinidamente sobre la inseguridad o el fracaso de los demás? Convirtamos la competencia insana en una necesidad práctica para subirnos todos a lo alto del carro de heno vislumbrado por Jerónimo El Bosco.
Detrás de las fronteras, de las estrategias, de los planes quinquenales, de las alianzas, de los avances científicos o de la competencia económica, permanece inalterable una aspiración mucho más sencilla y mucho más profunda: los pueblos desean vivir en paz, trabajar con dignidad, educar a sus hijos, proteger a sus mayores y confiar en que el mañana será mejor que el presente. Ese anhelo silencioso pertenece por igual a Oriente y Occidente, al Norte y al Sur. Constituye, quizá, el único pensamiento verdaderamente universal.
Cuando en menos de una década el mundo alcance y contemple el horizonte de 2035, se sabrá si China culminó una etapa decisiva de su modernización. Más adelante, tres lustros más tarde, en el año 2050, podremos empezar a valorar el conjunto de esta larga composición histórica. Solo entonces entenderemos si la actual competencia entre las grandes potencias fue el preludio de nuevas rivalidades o el impulso que condujo a la humanidad a una cooperación más madura entre civilizaciones.
Desde 1945 hasta 2050 habrá transcurrido aproximadamente un siglo. Un siglo de terribles guerras, de épocas fría confrontación, de reconstrucción, de extraordinarios avances científicos, de globalización, de incertidumbres a causa de los innumerables crímenes y actos corruptos que se cometen a diario, de crisis financieras asociadas a pérdidas de empleo y a hambrunas, en medio de profundas transformaciones sociales.
Un siglo durante el cual el Imperio del Centro pasó de la pobreza y el aislamiento a convertirse en uno de los grandes protagonistas del escenario internacional. Ninguna evolución de semejante magnitud puede comprenderse como una simple improvisación. Habrá sido el resultado de una visión prolongada en el tiempo, interpretada por varias generaciones y constantemente adaptada a nuevas circunstancias, sin perder de vista el horizonte.
Pero el verdadero “concierto musical” del último siglo no habrá sido el que haya interpretado una sola potencia. Sino será aquel en el que las distintas naciones aprendieron a armonizar intereses diversos sin renunciar a su identidad. Ésa será la auténtica prueba armónica de nuestro tiempo.
Las grandes sinfonías nunca terminan realmente cuando se extingue el último acorde. Permanecen resonando en la memoria de quienes las han escuchado. También la historia seguirá resonando mucho después de que la generación presente haya abandonado el escenario.
Tal vez entonces descubramos que el futuro nunca estuvo escrito de antemano, sino que fue compuesto, nota a nota, compás a compás, por mujeres y hombres que, desde culturas distintas y con sueños diferentes, comprendieron que la mayor expresión de la inteligencia no consiste en imponerse sobre los demás, sino en encontrar la sabiduría necesaria para convivir. Si ese día llega, la historia dejará de ser únicamente el relato de las rivalidades entre las potencias para convertirse, al fin, en la memoria colectiva compartida por una humanidad reconciliada consigo misma.
Mas importante que la inteligencia es la bondad.


