La batalla cultural de China contra la ostentación y el despilfarro

Introducción

En agosto de 2026, la justicia china dictó una sentencia que resonó mucho más allá de los tribunales financieros: Xu Jiayin, el magnate fundador del gigante inmobiliario Evergrande y otrora el hombre más rico de Asia, fue condenado a cadena perpetua. Declarado culpable de fraude, soborno y malversación de fondos, el Estado no solo le arrebató su libertad, sino que ordenó la confiscación absoluta de todos sus bienes personales. Este veredicto no es un simple castigo a un empresario corrupto; es el clímax de una profunda batalla cultural y política impulsada desde el gobierno de Xi Jinping.

El mensaje de Beijing es rotundo: la era del enriquecimiento desmedido, la especulación salvaje y la ostentación vulgar ha llegado a su fin.

El fin de la ostentación y la ‘cultura de la integridad’

Durante décadas, bajo el lema no oficial de Deng Xiaoping que sugería ‘dejar que algunos se enriquezcan primero’, China experimentó un crecimiento económico sin precedentes. Sin embargo, este milagro capitalista dentro de un marco de planificación central generó una hipertrofia en sectores como el inmobiliario y dio a luz a una nueva élite de multimillonarios cuyas fortunas rivalizaban con el PIB de pequeñas naciones. Con el tiempo, el consumo en ciertos estratos pasó de cubrir necesidades a convertirse en una guerra de símbolos posicionales. Bolsos de lujo, flotas de superdeportivos, banquetes extravagantes y una arquitectura corporativa faraónica se convirtieron en la norma para la cúspide empresarial.

La respuesta de la actual administración ha sido frenar en seco esta dinámica mediante la instauración de lo que han denominado una ‘cultura de la integridad’. Esta campaña trasciende la mera persecución de delitos financieros; es una cruzada moral contra el despilfarro y la exhibición de riqueza que afecta a toda la pirámide social. Desde los altos funcionarios del Partido Comunista hasta los ejecutivos de las grandes tecnológicas y los influencers en redes sociales, todos están sujetos a un nuevo escrutinio. Se penalizan los gastos corporativos excesivos, se censuran las cuentas de redes sociales que presumen de artículos de lujo y se exige a las empresas que sus líderes muestren un perfil deliberadamente austero.

En la China contemporánea, la premisa de que ‘el lujo es vulgaridad’ ha dejado de ser un simple comentario social para convertirse en política de Estado. El abandono de la ostentación implica una redefinición de la idea de estatus. Para muchos países occidentales, el mundo gira alrededor del dinero y el éxito se mide por la capacidad de acumular y exhibir. Lo que el gobierno de Xi Jinping está dejando claro es que no tolerará que el capital se convierta en la medida de todas las cosas dentro de sus fronteras.

Riqueza, poder y prestigio en la sociedad socialista del siglo XXI

La caída en desgracia de figuras intocables como Xu Jiayin hace ineludible una pregunta fundamental: ¿Qué lugar deben ocupar la riqueza, el poder y el prestigio en una sociedad que se define a sí misma como socialista?

En el modelo del ‘socialismo con características chinas’, especialmente bajo el actual paradigma de la ‘Prosperidad Común’, la riqueza material no es vista como un mal intrínseco, pero su validez está estrictamente condicionada a su utilidad social. El capital es tolerado —e incluso fomentado—, siempre y cuando actúe como un motor para la erradicación de la pobreza, el avance tecnológico y el fortalecimiento de la nación. Sin embargo, cuando la riqueza se acumula de manera parasitaria, aislando a las élites del pueblo y generando crisis sistémicas —como la enorme burbuja de deuda de Evergrande—, pierde su legitimidad ideológica. En un marco verdaderamente socialista, la riqueza debe ser un medio para el bienestar colectivo, jamás un fin individual ni un pedestal para la arrogancia.

El poder, por su parte, es concebido bajo esta óptica no como un privilegio que otorga impunidad, sino como una carga de extrema responsabilidad. En la visión estatal, el poder político y corporativo debe ejercerse con rectitud y austeridad. Los funcionarios y grandes ejecutivos son vistos como administradores del bienestar público; cualquier intento de utilizar ese poder para el enriquecimiento personal es considerado una traición no solo a la ley, sino al contrato social fundamental del Estado.

Finalmente, el prestigio sufre la transformación más radical. En una sociedad fuertemente capitalista, el prestigio a menudo se compra; es el resultado directo de la ostentación de bienes exclusivos. En el modelo que impulsa la ‘cultura de la integridad’, el prestigio debe ser despojado de sus ropajes materiales. El verdadero estatus debe provenir del servicio público, la excelencia académica, la innovación científica o la contribución desinteresada a la comunidad. Un científico que desarrolla nuevas tecnologías agrícolas o un maestro rural poseen, bajo esta narrativa, un prestigio legítimo y honroso; un magnate que endeuda a su país para construir palacios de cristal con los que pavonearse de su ‘éxito’, no.

El eco de las Analectas: La virtud por encima del capital

Para comprender la estructura social de la China actual, es un error mirar únicamente a Karl Marx. La base ética que legitima esta batalla contra la ostentación proviene de una fuente mucho más antigua y profundamente arraigada en el ADN cultural del país: el confucianismo.

Durante milenios, el pensamiento de Confucio estableció que la armonía social dependía de la rectitud moral de sus líderes. Para el filósofo, el 君子 Jūnzǐ (el hombre superior o noble) se guía por la justicia y el deber, mientras que el 小人 Xiaoren (el hombre inferior) se guía exclusivamente por el beneficio personal. Esta dicotomía encaja a la perfección con la actual retórica estatal que exige a sus líderes empresariales y políticos un comportamiento moral intachable, muy alejado de la codicia que caracterizó la expansión de imperios como el de Evergrande.

La relación entre el buen gobierno y la percepción de la riqueza está magistralmente resumida en las Analectas de Confucio. En el Libro VIII, el Maestro establece una métrica implacable sobre lo que debería ser motivo de orgullo o de vergüenza en una sociedad:

«Si el Estado está gobernado de acuerdo con las normas del Camino, la pobreza y las privaciones le avergonzarán, mientras que, si el Estado está mal gobernado, la riqueza y los honores serán los que le avergüencen».

Esta cita es fundamental para entender la caída de Xu Jiayin. En un sistema que busca el ‘Camino’ — Dào o Tao: orden moral, la rectitud y la justicia universal que deben guiar tanto la conducta humana como el buen gobierno—, la acumulación de una fortuna obscena basada en la especulación y el engaño, mientras millones de ciudadanos de a pie enfrentaban la ruina por viviendas inacabadas, es el símbolo máximo del mal gobierno corporativo y la decadencia ética. Sus riquezas y honores pasados son hoy, literalmente, su mayor vergüenza pública ante los ojos del Estado y de la ciudadanía.

Confucio también dictaminó el deber moral de aquellos que poseen recursos frente a los más vulnerables, condenando severamente la avaricia de las élites. En el Libro VI de las Analectas, el filósofo advierte sobre el verdadero papel de los hombres de influencia:

«He escuchado que un hombre superior ayuda a los afligidos, pero no se suma a la riqueza de los ricos».

Este principio es la antítesis exacta del corporativismo especulativo moderno. La actual administración china, al exigir austeridad y forzar una redistribución de prioridades hacia el desarrollo de las clases medias y bajas, está actuando bajo este antiguo mandato. Frenar el consumo suntuoso y limitar las ganancias desmedidas de los monopolios no es más que la aplicación contemporánea del concepto confuciano de socorrer a los afligidos en lugar de engordar artificialmente los bolsillos de una élite desconectada de la realidad social.

El mandato moral del siglo XXI

La cruzada de China contra la ostentación y el despilfarro es, en definitiva, una fascinante síntesis entre la estructura política marxista-leninista y la ética filosófica tradicional confuciana. Al desmantelar los tótems de la riqueza excesiva y condenar a la máxima pena a quienes abusaron del sistema, el Partido Comunista Chino (PCCh) está consolidando el contrato social con su población honrando el 天命Tiānmìng: el Mandato del Cielo.

En esta nueva era, la riqueza, el poder y el prestigio han perdido su valor absoluto. Solo son respetados si se subordinan a la armonía del colectivo. La ‘cultura de la integridad’ trasciende la propaganda política para convertirse en una reafirmación civilizatoria. Nos recuerda que, en China, el verdadero prestigio pertenece a quienes sirven al bienestar común, y que la peor vulgaridad no es carecer de lujos, sino creer que el precio de un hombre puede medirse por el tamaño de su chequera.

Generalmente, estos principios se consideran provenientes de 孔子 Confucio —Kǒng zǐ, que significa ‘Maestro Kong’, cuyo nombre real era 孔丘 Kǒng Qiū—. Pero, en verdad, toda la filosofía confuciana (como reconoce el propio Confucio), no es más que una extensión del buen gobierno que existió durante la dinastía Zhou, y su fundador ético y filosófico fue 周文王 el Rey Wen de Zhou que vivió en el siglo IX a. C. En resumen, la filosofía que hoy llamamos confuciana, nació en China a finales del II milenio a. C., y hoy en día sigue estando completamente vigente en China, tanto en el PCCh como en el pueblo llano, siendo ésta la verdadera columna vertebral de la sociedad China. El caso Evergrande así lo confirma.