China a través de mis ojos

Cuando iniciamos el Seminario de Gestión Macroeconómica para los Países de América Latina en China, como parte de la Fundación Cátedra China, el profesor Chen Yongfu nos hizo una pregunta muy sencilla: ¿cuáles eran nuestras expectativas del seminario? ¿Qué esperábamos aprender? La mayoría respondimos casi al unísono que queríamos comprender la economía china, descubrir las razones de su crecimiento y conocer el modelo que ha convertido al país en una de las principales potencias del mundo.

Al finalizar esa ronda de respuestas, el profesor dijo una frase que se quedó grabada en mí: «Para comprender la economía de China, primero hay que comprender su cultura.» En ese momento entendí que este viaje no sería únicamente una experiencia académica, sino una oportunidad para conocer la esencia de un país que muchas veces observamos desde la distancia y del que solemos tener una imagen construida por las noticias o las redes sociales.

Conversando con algunos compañeros, todos coincidíamos en algo: para muchos era la primera vez que visitábamos China y habíamos imaginado escenarios completamente distintos. Pensábamos en un país inmenso, altamente tecnológico y con una economía poderosa, pero también distante y difícil de comprender. Sin embargo, China comenzó a sorprendernos desde el primer instante. Bastó llegar al aeropuerto para sentir que estábamos entrando en una realidad diferente.

Con el paso de los días comprendí que China es mucho más que los indicadores económicos que suelen aparecer en los medios de comunicación. Es un país donde la tradición y la innovación conviven de manera extraordinaria; donde templos con siglos de historia comparten espacio con ciudades futuristas; donde el pasado y el futuro avanzan de la mano. Es una nación con una riqueza cultural tan inmensa que el tiempo nunca parece suficiente para descubrirla por completo.

Pero, sobre todo, descubrí un pueblo que me sorprendió por su hospitalidad. A pesar de la barrera del idioma, las personas siempre encontraban la manera de comunicarse, de ayudar y de hacerte sentir bienvenido. En ningún momento me sentí una extraña. Al contrario, percibí una calidez humana que rompía cualquier diferencia cultural y hacía que uno se sintiera parte de ese lugar.

A través de este seminario entendí que el crecimiento de China no es fruto del azar, sino el resultado de una visión estratégica construida durante décadas. Una visión que ha sabido combinar la inversión en infraestructura, la industrialización, el desarrollo tecnológico, la educación y la apertura al comercio internacional. Cada una de estas decisiones responde a objetivos claramente definidos y sostenidos en el tiempo.

Como ingeniera, uno de los aspectos que más llamó mi atención fue precisamente esa capacidad de planificación. Observar sus grandes proyectos de infraestructura, la modernización de sus ciudades y el desarrollo de nuevas industrias me permitió comprender que nada parece improvisado. Todo responde a un propósito mayor: construir un país competitivo, innovador y preparado para el futuro sin perder de vista el bienestar colectivo y el desarrollo sostenible.

El seminario también me permitió comprender mejor el papel que China desempeña en el escenario internacional. Iniciativas como la Ruta de la Seda reflejan una visión global basada en la conectividad, la cooperación y el fortalecimiento de las relaciones económicas entre continentes. Del mismo modo, conocer el papel de China dentro de los BRICS me permitió entender cómo el equilibrio económico mundial evoluciona hacia un sistema más multilateral, donde las economías emergentes desempeñan un papel cada vez más importante.

Sin embargo, el mayor aprendizaje que me llevo trasciende la economía. Descubrí una cultura profundamente marcada por valores como la disciplina, el respeto, el esfuerzo, la responsabilidad y la perseverancia. Comprendí que estos principios no forman parte únicamente de un discurso, sino que están presentes en la vida cotidiana y en la manera en que las personas se relacionan entre sí.

La formación que reciben desde pequeños se refleja en la responsabilidad con la que asumen cada tarea y en el respeto con el que tratan a los demás. Los coordinadores de nuestro seminario fueron un claro ejemplo de ello. Desde el primer día nos recibieron con una calidez que hizo que nos sintiéramos en casa. Compartieron con nosotros sus costumbres, respondieron cada una de nuestras preguntas y estuvieron siempre dispuestos a ayudarnos. Gracias a ellos no solo conocimos lugares, sino que pudimos acercarnos a la esencia de la cultura china.

Quisiera destacar también el enorme valor de iniciativas como este seminario, impulsadas por la Fundación Catedra China, que hacen posible vivir experiencias tan enriquecedoras. Más allá de brindarnos la oportunidad de conocer China de primera mano, estos programas crean un espacio único para el intercambio entre personas de diferentes países, culturas y trayectorias profesionales. Compartir con participantes de distintas nacionalidades me permitió conocer nuevas formas de pensar, entender diferentes realidades y descubrir que, aun viniendo de contextos muy diversos, todos podemos aprender unos de otros. Ese intercambio de ideas, experiencias y perspectivas enriqueció profundamente mi visión del mundo y fue, sin duda, uno de los mayores regalos que me dejó este viaje.

Esta experiencia también transformó mi perspectiva personal. Me hizo valorar la importancia de pensar a largo plazo, comprender otras formas de liderazgo y

reconocer que existen distintos modelos de desarrollo capaces de ofrecer resultados extraordinarios. Aprendí que abrirse a nuevas culturas no significa abandonar nuestras propias raíces, sino ampliar nuestra manera de entender el mundo y crecer como personas y como profesionales.

Hoy, China representa para mí mucho más que una potencia económica. Representa la capacidad de una nación para construir su futuro con visión, disciplina e innovación, sin dejar de lado su identidad cultural. Este seminario no solo amplió mis conocimientos, sino que despertó en mí un interés aún mayor por seguir estudiando China, fortalecer los vínculos académicos y culturales entre nuestros países y continuar aprendiendo de un modelo que, con sus particularidades y desafíos, ha transformado la vida de millones de personas.

En definitiva, China, a través de mis ojos, es un país de historia y de futuro; de tradición y modernidad; de disciplina y hospitalidad. Es un lugar que me enseñó que el desarrollo no depende únicamente de los recursos disponibles, sino de la capacidad de planificar, innovar y trabajar con una visión compartida.

Pero, por encima de todo, China fue para mí un cambio de realidad. Nada resultaba familiar y, al mismo tiempo, todo dejaba una enseñanza. No entendía el idioma, pero aprendí a seguir su ritmo. No conocía sus costumbres, pero aprendí a respetarlas y admirarlas. Descubrí que existen muchas formas de ver el mundo y que cada una de ellas tiene algo valioso que aportar.

Hoy comprendo plenamente aquellas palabras con las que comenzó nuestro seminario. El profesor Chen Yongfu tenía razón: para comprender la economía de China, primero hay que comprender su cultura. Después de vivir esta experiencia, puedo decir que conocer China es mucho más que visitar un país. Es abrir la mente, cuestionar los propios paradigmas, aprender desde la diversidad y regresar con una mirada diferente sobre el mundo. Ese es, sin duda, el mayor aprendizaje que me llevo.