China de cerca: el viaje que me cambió la mirada

Nunca había estado en China. Como a tanta gente, el país me llegaba filtrado por titulares, cifras de producción y una idea difusa, hecha de tópicos, de un lugar enorme y lejano. Del 17 de junio al 8 de julio participé en un seminario sobre economía digital y comercio electrónico coordinado por la Universidad de Hebei de Economía y Negocios junto con el ministerio chino correspondiente, una experiencia que fue posible gracias a la Fundación Cátedra China. Volví con la sensación de que casi todo lo que creía saber necesitaba una revisión.

Lo que no esperaba: la gente

Si tuviera que quedarme con una sola cosa de estas tres semanas, no serían los rascacielos, ni la escala de las ciudades, ni la tecnología. Sería la gente. Desde la ceremonia de apertura en la Universidad de Hebei hasta el almuerzo de despedida, lo que encontré fue una hospitalidad que no esperaba: una amabilidad genuina, sin cálculo, y unas ganas enormes de ayudar, de explicar, de que entendieras y de que te sintieras cómodo.

Esa disposición a colaborar se repitió en cada etapa. En las conferencias, los profesores no se limitaban a exponer; se quedaban después a conversar, a responder, a preguntarte por España y por cómo veíamos nosotros las cosas. En las visitas a empresas, los anfitriones abrían las puertas con orgullo y con una curiosidad sincera por el intercambio. En la calle, en los desplazamientos por Shijiazhuang, Pekín, Hangzhou o Yiwu, el trato fue siempre el mismo: cercano y generoso. Uno viaja esperando encontrar diferencias, y las hay; lo que no esperaba era encontrar tanta gente con ganas de tender puentes.

Hubo un detalle que me acompañó cada día: la barrera del idioma, que tanto me preocupaba antes de salir, se desvaneció a base de paciencia ajena. Bastaba una duda en la calle para que alguien se detuviera, sacara el móvil, tradujera y no se marchara hasta asegurarse de que habías entendido. Esa misma sociedad hiperconectada —donde con el teléfono se paga, se pide, se viaja y se resuelve casi todo— no había perdido, contra lo que yo imaginaba, el trato humano de cerca. Al contrario: me sorprendió la sensación de seguridad y de calma en ciudades inmensas, y la naturalidad con la que la gente convivía con una tecnología que en Europa todavía nos resulta llamativa.

Un país con historia y con prisa

El seminario combinó el trabajo con una inmersión cultural que ayudaba a poner las cosas en perspectiva. Recorrí el Museo de Hebei, Tiananmen y el Museo del Palacio, el Templo del Cielo, la Gran Muralla en Juyongguan y el Lago del Oeste en Hangzhou. En todos esos lugares se percibe el peso de una civilización milenaria conviviendo, sin aparente contradicción, con un país que avanza a una velocidad que cuesta describir hasta que se ve de cerca.

No todo fueron grandes urbes. Una de las visitas que más me marcó nos llevó al condado de Suning y a la aldea de Tayuan, en el mundo rural, donde pueblos enteros han reinventado su economía en torno a la venta online. Ver a familias del campo gestionando negocios que venden a todo el país —y más allá— desde una zona rural desmonta de golpe la idea de una China partida en dos, entre metrópolis futuristas y un interior anclado en el pasado. La transformación llega también allí, y llega de la mano de personas normales que han sabido adaptarse con una rapidez admirable.

Y ahí está, quizá, la primera idea que me llevo. China sigue siendo un país en desarrollo, con desigualdades y con mucho camino por recorrer; nadie que haya estado allí lo negaría. Pero reducir el país a esa etiqueta es perderse la mitad de la película. En algunos terrenos —los pagos digitales, la logística, la penetración del comercio electrónico en la vida cotidiana— China ya está por delante de Europa y de Estados Unidos. En otros va a la par. Y en algunos, como la fabricación de chips avanzados, está avanzando a un ritmo que la coloca peligrosamente cerca. No es un país que aspira a alcanzar a los demás: en varios frentes ya está marcando el paso.

Abrirse, no cerrarse

Salí de allí con una convicción que me parece más importante que cualquier dato. China se está abriendo al mundo, y quedarse fuera de esa conversación no es una postura inteligente. Durante el seminario, buena parte del contenido giraba precisamente en torno a la cooperación internacional, al comercio transfronterizo y a la construcción de puentes económicos y culturales. No es retórica: es una apuesta que se palpa en las instituciones, en las universidades y en las propias personas que te reciben.

Es fácil, desde Europa, mirar a China con desconfianza o con una mezcla de recelo y competencia. Y no se trata de ser ingenuo: hay diferencias reales, tensiones geopolíticas y motivos legítimos para el análisis crítico. Pero una cosa no quita la otra. Colaborar, entender, estar presentes en el intercambio, nos hace más fuertes a todos. Renunciar a ello por prejuicio nos deja fuera de un espacio que va a seguir creciendo con o sin nosotros.

Lo vi con claridad en los foros dedicados al desarrollo de las pymes y a la cooperación internacional, donde el interés por trabajar con empresas y con talento de fuera no era una cortesía diplomática, sino una necesidad asumida. China sabe que su siguiente etapa pasa por abrirse, y busca activamente socios. La pregunta, entonces, no es tanto si a China le interesa colaborar con nosotros —claramente le interesa—, sino si nosotros vamos a tener la altura de miras para colaborar con ella.

Una mirada más humana

Volví con la maleta llena de apuntes técnicos, pero también con algo menos tangible: una mirada más humana sobre un país que había juzgado sin conocer. Detrás de las cifras y de la competencia global hay personas que quieren lo mismo que nosotros —prosperar, aprender, relacionarse con el resto del mundo— y que están dispuestas a colaborar si les damos la oportunidad.

La ceremonia de clausura y el almuerzo de despedida tuvieron algo de reencuentro, más que de final: en tres semanas, un grupo de desconocidos llegados de distintos países y unos anfitriones que al principio eran nombres en una agenda se habían convertido en algo parecido a una pequeña comunidad. Ese es, para mí, el verdadero resultado de un intercambio como este. Los datos se pueden leer en un informe; la confianza y el afecto solo se construyen estando allí.

Quiero agradecer a la Fundación Cátedra China que hiciera posible este viaje. Sin su labor de conexión entre España y China, esta experiencia no habría existido, y yo seguiría viendo el país a través de los mismos tópicos con los que partí. La mejor manera de deshacer un prejuicio es, casi siempre, cruzar la puerta y comprobarlo uno mismo. Yo la crucé, y ya no miro a China de la misma forma.