El primer encuentro entre España y China

La embajada fallida de Martín de Rada y el origen de un reencuentro

España y la República Popular China establecieron relaciones diplomáticas en marzo de 1973: un año antes, en febrero de 1972, Nixon había viajado a Pekín, y con ese gesto muchos países que andaban esperando una señal se sintieron libres para moverse. En España, el ministro de Exteriores, Gregorio López Bravo, se encargó del asunto y, según se dice, logró el visto bueno de Franco sin avisar a Carrero Blanco, para que el «búnker» no le pusiera trabas.

Desde entonces, el vínculo se apoya en cosas bastante claras. Para China, España es ante todo un país europeo, miembro de la UE y de la OTAN, pero también le reconoce algo propio: una lengua que se habla en medio mundo, una cultura con alcance universal y una conexión especial con América Latina, una región que a Pekín le interesa mucho. A España, por su parte, le importa sobre todo lo económico y lo cultural.1

Eso sí, conviene recordar que 1973 no fue el primer contacto entre ambos países: la historia compartida se remonta al siglo XVI.

Una vuelta al mundo, un pirata y un fraile

Todo empezó medio siglo antes de aquel verano de 1575. Cuando Magallanes y Elcano completaron su vuelta al mundo en 1522, los españoles comprendieron que existía un camino hacia Asia por el oeste, y no dejaron de intentarlo. Se sucedieron las expediciones de Loaisa, Saavedra Cerón y López de Villalobos, todas tras lo mismo que los portugueses ya habían encontrado por el otro lado del globo: especias, seda y comercio con el gigante asiático. El sueño no empezó a tomar forma hasta 1571, cuando Legazpi fundó Manila, el punto de apoyo desde el que por fin parecía posible tocar China.

La ocasión llegó casi por accidente. En 1574, el corsario chino Lin Feng, al que los españoles llamaban Limahón, atacó Manila con su flota. Los españoles lo rechazaron, pero él logró escapar y se refugió en la costa de China. Las autoridades de Fujian estaban cansadas de sus saqueos y propusieron algo inesperado: si los españoles ayudaban a capturarlo, ellos les permitirían montar un puerto comercial en una isla al sur de Xiamen. El gobernador de Filipinas no respondió a tiempo. Mientras dudaba, Limahón volvió a escaparse, y con él se perdió también la oferta.

Aun así, la grieta estaba abierta. El capitán chino que perseguía al pirata, Wang Wanggao, invitó a algunos españoles a acompañarlo de vuelta a China. Entre los elegidos estaba Martín de Rada, un agustino de familia noble con fama de sabio, cosmógrafo y matemático, que llevaba en Asia desde 1564 y trataba en Manila con los sangleyes, los comerciantes chinos del puerto. En una carta de 1572 al virrey de Nueva España ya había explicado por qué quería llegar a China: por la evangelización, sí, pero también por algo parecido a la curiosidad científica, «tener de allá verdadera noticia de lo que

hay», sin disimular el interés político y comercial para la Corona. Con él viajaron otro agustino, Jerónimo Marín, y dos soldados, Miguel de Loarca y Pedro Sarmiento.

El agustino escribió una carta al virrey de la Nueva España, fechada el 10 de agosto de 1572, donde hace patentes sus motivaciones para viajar a China.2

Una embajada fallida que lo cambió todo

Zarparon de Manila el 12 de junio de 1575 y, tras una escala en Bolinao, llegaron el 5 de julio a Xiamen, el puerto que los cronistas españoles llamarían Tansuso. Siguieron por Tong’an y Quanzhou, donde un funcionario interrogó a los soldados sobre el paradero de Limahón, hasta llegar el 17 de julio a Fuzhou, capital de Fujian. Allí los recibió el gobernador Liu Yaohui con las formas de una embajada tributaria, banquetes incluidos, aunque sin comprometerse a nada: solo trasladaría al emperador la petición de establecer una misión.

El final fue amargo. Mientras estaban en Fujian, Limahón logró escapar del cerco español, y las autoridades chinas sospecharon que los recién llegados les habían mentido. La embajada fue despachada de vuelta. Salieron de China el 22 de agosto y, tras bordear la costa occidental de Taiwán, regresaron a Manila el 17 de octubre.

Martín de Rada, primer embajador de España en China entre junio y julio de 1575.

Sin embargo, el fracaso dejó una herencia enorme. Rada había tomado notas minuciosas durante todo el trayecto y con ellas compuso la Relación del viaje que se hizo a la tierra de la China, uno de los primeros textos escritos en castellano sobre el país. Volvió, además, cargado de libros chinos que otros misioneros consultarían después. Años más tarde, Juan González de Mendoza se apoyó en ese material para escribir su Historia del Gran Reino de la China (1585), que durante décadas fue en Europa la principal fuente de conocimiento sobre China. El historiador Henri Bernard llegó a decir que aquel viaje marcó una fecha clave en el conocimiento europeo del país.

Portada del libro Historia del Gran Reino de la China

Rada no se rindió. Lo intentó de nuevo en 1576, sin suerte, y en 1578 se embarcó en una expedición a Borneo por orden del gobernador de Filipinas. De regreso, murió de fiebre en alta mar, a los 45 años, y su cuerpo fue arrojado al océano que tanto había cruzado.5

La embajada de 1575 no consiguió lo que buscaba, un enclave como el que los portugueses tenían en Macao. Pero abrió una puerta que otros misioneros cruzarían y sentó las bases del comercio del galeón de Manila, que durante dos siglos y medio conectó Asia con América y Europa. Hasta Adam Smith lo mencionaría en La riqueza de las naciones al hablar de la calidad de las sedas y porcelanas chinas.

Así que, cuando hoy hablamos de relaciones hispano-chinas, conviene recordar que 1973 fue un reencuentro. El primer paso lo dio, casi sin proponérselo, un fraile con ganas de saber qué había al otro lado del mar.

2 p. 208 Cervera Jiménez, J. A. (2021). Martín de Rada y Juan Cobo, dos grandes misioneros y científicos en Manila durante el siglo XVI. Baetica. Estudios de Arte, Geografía e Historia, (41). https://doi.org/10.24310/BAETICA.2021.vi41.12526