La ópera de Pekín (京剧): un lenguaje total entre la tradición y el renacimiento

Este género alcanzó su máximo esplendor durante la dinastía Qing y forma parte de la identidad cultural china hasta el punto de que la UNESCO la declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2010

Cuando hablamos de la cultura china, todos pensamos en la popularidad de TikTok, en el hanfu (vestido tradicional chino) y en el cariñoso oso panda, símbolo animal de la nación. En los últimos años, además, la imagen de China en el exterior también se ha asociado al auge de la inteligencia artificial, al crecimiento de sus relaciones comerciales en un mundo cada vez más globalizado y a su consolidación como una de las grandes potencias internacionales. Sin embargo, en este artículo quiero detenerme en una de las expresiones culturales más representativas del país: la ópera de Pekín (京剧, jingju). Este género alcanzó su máximo esplendor durante la dinastía Qing y forma parte de la identidad cultural china hasta el punto de que la UNESCO la declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2010.

Para entender su importancia hay que remontarse a finales del siglo XVIII. En 1790, cuatro compañías de ópera procedentes de la provincia de Anhui viajaron a Pekín para celebrar el octogésimo cumpleaños del emperador Qianlong. Lo que en principio iba a ser una actuación puntual terminó cambiando la historia del teatro chino: aquellas compañías permanecieron en la capital y, con el paso de las décadas, la mezcla de distintos estilos regionales, dialectos y formas de interpretación dio lugar a la ópera de Pekín, considerada hoy la «ópera nacional» de China.

Pero el jingju va mucho más allá de una representación teatral al uso. En él, el canto, la recitación, la interpretación, las artes marciales, la acrobacia, el vestuario y el maquillaje forman un todo. Nada es casual. Cada color del maquillaje transmite un rasgo del personaje; el rojo simboliza la lealtad, el blanco la astucia y el negro la rectitud, y cada movimiento de las manos, las mangas o los pies responde a una técnica que los artistas perfeccionan durante años. Según la UNESCO, esta tradición combina canto, recitación, actuación, artes marciales y acrobacia siguiendo reglas muy precisas, mientras que el jinghu, un instrumento de cuerda, marca el ritmo y la intensidad emocional de toda la representación.12

A pesar de su enorme riqueza artística, el jingju también ha atravesado momentos muy difíciles. El primero llegó durante la Revolución Cultural (1966-1976), cuando fue considerado un arte «feudal y burgués». Muchas obras fueron prohibidas, numerosos intérpretes sufrieron persecución y solo se permitieron unas pocas óperas de contenido revolucionario. Décadas después apareció un desafío diferente. Con el rápido desarrollo económico de China y la expansión del cine, la televisión e internet, cada vez menos jóvenes acudían a las salas. El lenguaje clásico de las obras y su ritmo pausado hicieron que una parte importante del público terminara alejándose de este género.3

La preocupación por esta situación no afecta solo al jingju. Según el Ministerio de Cultura y Turismo de China, el país conserva 348 tipos de ópera tradicional y alrededor de un tercio se encuentra en riesgo de desaparecer.4 Algunas de estas manifestaciones sobreviven gracias a una única compañía. Consciente de ello, el Gobierno chino incluyó la ópera de Pekín en la primera lista nacional de Patrimonio Cultural Inmaterial en 2006.5 Cuatro años después, en 2010, la UNESCO la incorporó a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por su valor como una de las expresiones artísticas más representativas de la cultura tradicional china.

Ahora bien, el reconocimiento internacional por sí solo no garantiza su supervivencia. En febrero de 2026, cinco organismos del Gobierno chino presentaron el Plan de Acción Trienal para la Revitalización del Drama (2026-2028) (en chino 戏剧振兴三年行动计划), un programa que busca asegurar el futuro de la ópera tradicional.6 El documento establece 24 medidas distribuidas en siete áreas de actuación: formación de nuevos intérpretes, repertorio clásico digitalizado, biblioteca de obras históricas, fortalecimiento del sistema maestro-aprendiz, intercambios entre compañías, clases magistrales online e integración de inteligencia artificial en los ensayos. El plan también pretende acercar este patrimonio a escuelas, comunidades, empresas e incluso cuarteles, utilizando plataformas digitales y espacios virtuales para facilitar el acceso a la enseñanza, especialmente en las zonas donde resulta difícil aprender de los grandes maestros. En declaraciones al China Daily, la actriz Wang Rongrong, integrante de la Compañía de Ópera de Pekín, recordaba que la relación entre maestro y discípulo sigue siendo fundamental, sobre todo en los géneros menos conocidos, porque cuando desaparecen los últimos intérpretes también puede desaparecer el conocimiento que han conservado durante generaciones.7

El jingju representa, en este sentido, mucho más que un espectáculo escénico. Sus historias hablan de lealtad, traición, deber, amor o justicia, valores que han formado parte de la tradición china durante siglos. La fuerte apuesta del Gobierno por proteger esta expresión artística demuestra que la modernización no tiene por qué implicar dejar atrás el patrimonio cultural. Al contrario, la idea es encontrar nuevas formas de transmitirlo y adaptarlo a las generaciones futuras. En un contexto en el que muchas tradiciones locales corren el riesgo de diluirse por la globalización, el caso de la ópera de Pekín muestra que conservar el pasado también puede ser una manera de construir el futuro.