La propuesta china de Gobernanza Global

Cada época de transformación social profunda provoca el debate sobre las reglas que ordenan el mundo. Tras las guerras napoleónicas nació el Concierto de Europa; después de la Segunda Guerra Mundial surgió el sistema de Naciones Unidas y las instituciones de Bretton Woods. Hoy, cuando asistimos al empoderamiento económico y político del Sur Global, la necesidad de actualizar la gobernanza global se abre camino.

En este contexto, la reciente Iniciativa de Gobernanza Global presentada por China y recogida en la publicación del libro blanco «Gobernanza global más justa y equitativa: principios, propuestas y acciones de China», llega en un momento en el que el sistema internacional muestra signos evidentes de agotamiento.

El orden liberal construido tras 1945 ha proporcionado décadas de crecimiento económico, expansión del comercio y relativa estabilidad entre las grandes potencias. Sin embargo, ese mismo orden atraviesa hoy una crisis de legitimidad y de eficacia. Las instituciones internacionales avanzan con enorme dificultad para responder a problemas, que ya no conocen fronteras, como el cambio climático, las pandemias, la regulación de la inteligencia artificial, la seguridad alimentaria, las migraciones masivas o la creciente fragmentación tecnológica.

A ello se suma el fenómeno, aún más profundo, del desplazamiento del centro de gravedad de la economía mundial hacia Asia. Durante décadas, las estructuras de decisión reflejaron un mundo claramente dominado por Estados Unidos y Europa. Hoy esa realidad ha cambiado. China es la segunda economía del planeta -la primera en términos de poder de compra-, India se aproxima rápidamente al tercer puesto -ya lo tiene en poder de compra-, mientras que el conjunto del denominado Sur Global concentra una proporción mayoritaria y creciente tanto de la población como de la producción mundial.

Sin embargo, la representación de esta nueva realidad en los principales organismos internacionales apenas ha evolucionado. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas mantiene prácticamente la misma estructura que hace ochenta años. Instituciones financieras como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial siguen reflejando un reparto del poder heredado de la posguerra. Si comparamos la posición en estos organismos de los países del G7 (EE.UU., Japón, Alemania, Francia, Italia, Reino Unido y Canadá) con los países de los BRICS+ como representantes de una parte del Sur Global, la realidad es deprimente. Los BRICS+ son el 48,69 % de la población mundial y el 39,34 % del PIB mundial, frente a los países del G7 que sólo son el 9,72 % de la población mundial y el 29,44 % del PIB mundial. A pesar de este peso indiscutible de los BRICS+ el derecho de voto en estas instituciones es del 38,61 % para el G7 y de tan solo el 12,93 % para los BRICS+.

La propuesta de Pekín responde a una percepción compartida por numerosos países emergentes de que la gobernanza internacional necesita una mayor representatividad y una distribución más equilibrada del poder de decisión. Cuando China habla de un mundo multipolar, sabe que su discurso encuentra una audiencia receptiva en África, América Latina, Oriente Medio y buena parte de Asia.

Pero la oportunidad política de la iniciativa no garantiza necesariamente su éxito. Muchos gobiernos observan las propuestas chinas con interés, pero también con cautela. La creciente agresividad de Estados Unidos contra China hace que cualquier iniciativa impulsada por China sea analizada inevitablemente desde la lógica geopolítica de las consecuencias en las propias relaciones con EE.UU. por apoyar a China.

Pero el mundo afronta una acumulación de problemas que ningún Estado puede resolver por sí solo y que, sin embargo, continúan gestionándose mediante instituciones concebidas para una realidad geopolítica muy distinta.

El primero de esos problemas es la creciente polarización internacional. Tras décadas de globalización, el escenario actual está marcado por la proliferación de agresiones militares, el intento de Occidente por bloquear el crecimiento de la economía china y la aparición de nuevas barreras comerciales y tecnológicas. La guerra en Ucrania, la invasión de Venezuela, la agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán, las amenazas contra Cuba o las acciones para desestabilizar el Indo-Pacífico muestran hasta qué punto la seguridad internacional vuelve a ocupar un lugar central.

A ello se añade la aceleración de la revolución tecnológica. La inteligencia artificial, la computación cuántica, la biotecnología y el control de los datos están transformando simultáneamente la economía, la seguridad y la vida cotidiana de miles de millones de personas. Ninguna de estas tecnologías reconoce fronteras nacionales. Sin normas compartidas sobre su desarrollo y utilización, el mundo corre el riesgo de entrar en una carrera tecnológica sin mecanismos de coordinación, donde la competencia avance mucho más rápido que la regulación.

Otro problema ineludible es el cambio climático. Aunque existe un amplio consenso científico sobre la necesidad de actuar con rapidez, la respuesta internacional continúa siendo lamentable. La retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París y el retroceso de la Unión Europea en los objetivos climáticos para obstaculizar el desarrollo de la industria automovilística eléctrica china, se producen al mismo tiempo que los fenómenos extremos, la desertificación, la escasez de agua y las migraciones climáticas afectan ya a millones de personas. Se trata, probablemente, del ejemplo más evidente de un problema cuya solución sólo puede ser verdaderamente global.

A estos problemas se suma una cuestión central de naturaleza económica. El “sorpasso” de la economía socialista china sobre la economía capitalista norteamericana ha encendido todas las alarmas occidentales. A la demostración del socialismo como un sistema económico más eficaz que el capitalismo para resolver los problemas de la humanidad, se une la propia incapacidad del supremacismo norteamericano para aceptar un segundo lugar en el podium económico mundial. Los intentos occidentales de bloquear la economía china están generando procesos de desacoplamiento industrial, restricciones comerciales y competencia por el control de recursos estratégicos. Las cadenas globales de suministro, consideradas durante décadas un factor de estabilidad, se han convertido también en instrumentos de presión geopolítica.

No es extraño, por tanto, el grave problema de representación en las instituciones internacionales que hemos reseñado. El peso creciente de Asia, África y América Latina en la economía mundial contrasta con una arquitectura institucional que todavía refleja, en buena medida, el equilibrio de poder de mediados del siglo XX. El control de las instituciones ya no busca resolver los problemas de la humanidad y se ha convertido en una herramienta geopolítica más. Para facilitar el cambio, la propuesta china persigue incorporar la nueva realidad a las estructuras multilaterales sin poner en riesgo la estabilidad del sistema.

Queda patente la oportunidad del debate sobre la gobernanza global. La iniciativa presentada por China trata de dar solución a cómo construir mecanismos de cooperación capaces de gestionar un mundo crecientemente interdependiente, tecnológicamente complejo y políticamente multipolar.

La gobernanza global es hoy una necesidad práctica.

(Publicado originalmente en China información y economía)