De la Rerum Novarum a la gobernanza global: la sorprendente convergencia entre León XIV y Xi Jinping sobre el futuro de la inteligencia artificial

La irrupción de la inteligencia artificial ha abierto uno de los debates filosóficos, económicos y políticos más relevantes del siglo XXI: ¿debe la tecnología orientar el futuro de la humanidad o debe ser la humanidad quien determine el sentido de la tecnología?

La reciente declaración que la Misión del Observador Permanente de la Santa Sede pronunció el pasado 13 de julio de 2026, en la sede de la ONU en Nueva York, durante una reunión del Consejo Económico y Social (ECOSOC) dedicada al tema «Hacerlo mejor: acelerar una acción urgente y transformadora para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible para el 2030, inspirada en la encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV, aporta una respuesta inequívoca: la inteligencia artificial solo constituye un verdadero progreso cuando está al servicio de la dignidad humana y del bien común.

Sorprendentemente, este planteamiento encuentra importantes puntos de encuentro con la filosofía política y económica defendida desde hace años por el presidente chino Xi Jinping, especialmente en sus propuestas de una comunidad de futuro compartido para la humanidad, la Iniciativa para el Desarrollo Global (Global Development Initiative) y la Iniciativa para la Gobernanza Global de la Inteligencia Artificial.

Lejos de representar dos mundos irreconciliables, ambas visiones coinciden en una cuestión esencial: el progreso tecnológico carece de legitimidad si no mejora efectivamente la vida de las personas.

Una coincidencia que trasciende las ideologías

Resulta llamativo comprobar cómo dos tradiciones intelectuales aparentemente muy alejadas —la doctrina social de la Iglesia y la concepción china del desarrollo compartido— convergen sobre principios fundamentales.

La declaración de la Santa Sede sostiene que:

«La verdadera medida del progreso no reside en la sofisticación tecnológica, sino en que ésta esté al servicio de la persona humana y del bien común.»

Xi Jinping ha expresado reiteradamente una idea muy similar al afirmar que la innovación tecnológica debe «beneficiar a toda la humanidad» y que la inteligencia artificial debe convertirse en un «bien público internacional», evitando que se transforme en un instrumento de dominación económica o geopolítica.

Ambas posiciones rechazan una visión puramente tecnocrática del desarrollo. La tecnología no constituye un fin en sí misma. Es únicamente un instrumento.

El ser humano como centro del desarrollo

La doctrina social de la Iglesia, desde León XIII hasta León XIV, siempre ha defendido que la economía existe para servir al hombre y no al contrario. La famosa afirmación de León XIII en Rerum Novarum —según la cual la organización económica debe respetar la dignidad de la persona— encuentra hoy una sorprendente actualización en el debate sobre la inteligencia artificial. La Santa Sede advierte ahora que incluso una IA extraordinariamente eficiente dejaría de representar un auténtico progreso si vulnerase esa dignidad.

Xi Jinping ha formulado una idea prácticamente equivalente al defender un desarrollo «centrado en las personas» (people-centered development), principio que aparece de forma constante en sus discursos nacionales e internacionales.

En ambos casos, el individuo no debe convertirse en un simple recurso al servicio de los algoritmos, sino que los algoritmos deben ponerse al servicio del desarrollo humano.

El rechazo de una economía basada exclusivamente en la eficiencia

Otro elemento de convergencia resulta especialmente significativo. La declaración vaticana reconoce que el crecimiento económico mundial ha permitido sacar de la pobreza a miles de millones de personas. Sin embargo, advierte igualmente que dicho crecimiento ha generado nuevas desigualdades y formas de exclusión.

Xi Jinping viene defendiendo un diagnóstico semejante. Su propuesta de «prosperidad común» no cuestiona el crecimiento económico ni la innovación, sino que pretende corregir los desequilibrios generados por un desarrollo excesivamente desigual.

En ambos planteamientos aparece una misma preocupación:

  • crecimiento económico sin cohesión social;
  • innovación sin justicia distributiva;
  • riqueza sin solidaridad.

La diferencia reside, naturalmente, en los instrumentos políticos propuestos para alcanzar dichos objetivos, pero no tanto en la identificación del problema.

La IA como instrumento de paz

La Santa Sede insiste en que el desarrollo sostenible exige reforzar instituciones capaces de garantizar la paz y la cooperación internacional.

Por su parte, China ha propuesto que la gobernanza internacional de la inteligencia artificial se construya mediante reglas multilaterales aprobadas colectivamente y no mediante decisiones unilaterales de unas pocas potencias tecnológicas.

También aquí aparecen importantes puntos de contacto. Ambos modelos consideran que la inteligencia artificial debe favorecer la estabilidad internacional y no incrementar los conflictos geopolíticos. La carrera tecnológica no puede convertirse en una nueva carrera armamentística.

El bien común como principio universal

Probablemente el mayor punto de encuentro sea precisamente el concepto de bien común. Para la doctrina social de la Iglesia constituye uno de sus pilares esenciales. Para Xi Jinping, el concepto equivalente aparece bajo la idea de una «comunidad de futuro compartido para la humanidad», donde ningún Estado pueda alcanzar una prosperidad duradera ignorando el bienestar del resto del planeta.

Aunque ambos conceptos proceden de tradiciones filosóficas muy diferentes —la primera de inspiración cristiana y la segunda influida por el pensamiento confuciano y el socialismo con características chinas—, ambos terminan formulando una idea semejante: el desarrollo solo resulta legítimo cuando beneficia al conjunto de la sociedad y no únicamente a determinados grupos económicos o geopolíticos.

Más allá del enfrentamiento entre modelos

Con demasiada frecuencia el debate internacional presenta las relaciones entre Occidente y China como una confrontación permanente entre sistemas incompatibles.

Sin embargo, cuestiones globales como la inteligencia artificial, el cambio climático, las pandemias o la pobreza exigen precisamente identificar aquellos espacios donde pueden construirse consensos.

La reciente posición de la Santa Sede demuestra que existen principios éticos compartidos susceptibles de servir como base para una gobernanza internacional más sólida.

La dignidad humana, el bien común, la reducción de las desigualdades, la cooperación internacional y una innovación responsable aparecen hoy como objetivos compartidos por actores muy distintos.

Hacia una nueva gobernanza mundial de la inteligencia artificial

Quizá el mayor desafío del siglo XXI no sea desarrollar inteligencias artificiales cada vez más potentes. El verdadero reto consistirá en construir instituciones capaces de gobernarlas.

La historia demuestra que toda revolución tecnológica termina exigiendo también una revolución jurídica, ética y política.

En este contexto, las coincidencias entre la doctrina social de la Iglesia y los planteamientos internacionales promovidos por Xi Jinping merecen ser analizadas con serenidad, alejándose tanto de los prejuicios ideológicos como de las simplificaciones geopolíticas.

No se trata de afirmar que ambos modelos sean idénticos, pues responden a tradiciones, sistemas políticos y fundamentos filosóficos claramente diferentes. Pero sí de reconocer que, en el ámbito específico de la gobernanza de la inteligencia artificial, comparten una intuición de gran relevancia: la tecnología no puede convertirse en el criterio último del progreso.

Como recordó recientemente la Santa Sede ante las Naciones Unidas, el verdadero desarrollo se mide por el servicio a la persona humana y al bien común. Y, en un lenguaje distinto pero con una orientación comparable, las propuestas internacionales de Xi Jinping sostienen que la innovación tecnológica debe contribuir a un futuro compartido para toda la humanidad.

En un momento de creciente fragmentación internacional, estas convergencias pueden constituir un punto de partida valioso para impulsar un diálogo global sobre la gobernanza de la inteligencia artificial. Un diálogo en el que la competencia tecnológica no excluya la cooperación ética y donde el progreso científico vaya acompañado de una responsabilidad compartida hacia las generaciones presentes y futuras.