China lucha contra la corrupción y FIFA

Guanxi y Renqing: China quiso comprar su camino hacia la cima del fútbol. Y fracasó

China volvió a ver la Copa Mundial de la FIFA 2026 desde la distancia.

La selección masculina no logró clasificarse para el torneo de 2026, una decepción especialmente significativa en una edición ampliada de 32 a 48 equipos y en la que un número récord de selecciones asiáticas consiguió su billete. Japón y Corea del Sur se clasificaron con relativa facilidad. Jordania y Uzbekistán también estaban presentes. China, en cambio, volvió a quedarse fuera.

Para un país de más de 1.400 millones de habitantes, con enormes recursos económicos, infraestructuras deportivas y una liga profesional que durante años llegó a atraer a algunas de las mayores estrellas del fútbol mundial, la situación resulta difícil de explicar.

China solo se ha clasificado una vez para un Mundial masculino. Fue en 2002. Perdió los tres partidos de la fase de grupos, no marcó ningún gol y regresó a casa.

Desde entonces, el país ha intentado prácticamente de todo. Ha invertido miles de millones.

Ha construido estadios. Ha creado academias.

Ha atraído a estrellas internacionales.

Ha puesto el fútbol entre las prioridades nacionales.

Y, sin embargo, el resultado más importante sigue sin llegar: una selección nacional competitiva.

La historia del fútbol chino durante la última década puede entenderse, en muchos sentidos, como el intento de responder a una pregunta aparentemente sencilla:

¿Se puede comprar el éxito futbolístico?

China decidió intentarlo.

Y durante unos años pareció que podía funcionar.

El proyecto futbolístico de Xi Jinping

El presidente Xi Jinping siempre ha mostrado un interés especial por el fútbol.

Antes incluso de convertirse en presidente, expresó públicamente tres grandes ambiciones para el fútbol chino: que China se clasificara para una Copa del Mundo, que organizara el torneo y que, algún día, lo ganara.

El objetivo no era únicamente deportivo.

El fútbol podía convertirse en una herramienta de prestigio nacional, una forma de proyectar la imagen de China en el mundo y, al mismo tiempo, en un símbolo de modernización y desarrollo.

En 2015, el gobierno chino presentó un ambicioso plan para convertir al país en una potencia futbolística. La estrategia incluía miles de nuevas instalaciones deportivas, una expansión masiva del fútbol juvenil y el desarrollo de una industria futbolística capaz de competir internacionalmente.

La visión era enorme pero el camino elegido para alcanzarla también lo fue. China tenía dinero y decidió utilizarlo.

Cuando China intentó comprar el fútbol mundial

Entre 2015 y 2017, los clubes de la Superliga china gastaron aproximadamente 1.120 millones de dólares en fichajes, acumulando un déficit neto superior a los 800 millones.

De repente, el fútbol europeo comenzó a mirar hacia China. Llegaron jugadores como Oscar, Hulk, Paulinho y Carlos Tévez. Los salarios eran extraordinarios. Los traspasos eran enormes.

Los clubes chinos podían competir económicamente con algunos de los equipos más poderosos del mundo.

Durante un breve periodo, la Superliga china parecía estar construyendo una nueva jerarquía en el fútbol internacional.

La lógica parecía evidente: si China quería convertirse en una potencia futbolística, primero debía construir una liga poderosa.

Y para construir una liga poderosa necesitaba grandes jugadores.

Así que los compró. Pero había un problema. El dinero podía traer a Oscar, podía traer a Tévez, a Hulk. Podía llenar estadios. Podía aumentar la audiencia. Podía convertir a la Superliga china en un producto internacional.

Pero no podía fabricar automáticamente a los próximos grandes futbolistas chinos. El proyecto estaba construyendo el escaparate antes que la estructura.

Y, en muchos casos, estaba construyendo una industria que dependía de un modelo económico mucho más frágil de lo que parecía.

El fútbol no era siempre el verdadero negocio

Una de las características más particulares del boom futbolístico chino fue el papel desempeñado por las grandes empresas inmobiliarias.

Durante los años de expansión, numerosos clubes estuvieron vinculados directa o indirectamente al sector inmobiliario.

El caso más conocido fue el de Guangzhou Evergrande. El club se convirtió en el símbolo del nuevo fútbol chino. Ganó títulos y dominó el fútbol asiático. Gastó enormes cantidades de dinero y fichó jugadores de primer nivel.

Pero detrás de este éxito deportivo existía una estructura económica mucho más compleja.

Para algunos empresarios, invertir en fútbol no significaba necesariamente que el objetivo principal fuera construir un negocio deportivo sostenible.

El fútbol podía ofrecer algo mucho más valioso: prestigio, visibilidad, relaciones, acceso e influencia.

En un sistema económico donde las relaciones entre empresas y autoridades locales pueden ser extremadamente importantes, un club de fútbol podía convertirse en mucho más que una entidad deportiva.

Podía ser un instrumento para construir conexiones.

El fútbol se encontraba así en la intersección de varios mundos:

Empresas inmobiliarias, gobiernos locales, financiación pública, prestigio político e influencia.

Y, por supuesto, deporte.

El problema era que el modelo dependía de que el dinero siguiera fluyendo. Y el dinero dejó de hacerlo.

La burbuja comienza a explotar

El fútbol chino había crecido apoyándose en una combinación de inversión empresarial, financiación y expectativas de crecimiento.

Pero una parte importante de ese dinero estaba vinculada a empresas inmobiliarias que acumulaban enormes niveles de deuda.

Cuando Beijing comenzó a endurecer las condiciones financieras y a combatir el excesivo endeudamiento del sector inmobiliario, el ecosistema que había financiado el boom futbolístico comenzó a desmoronarse.

Los grandes propietarios dejaron de tener la misma capacidad para gastar. Los salarios comenzaron a ser un problema.

Los clubes acumularon deudas. Los proyectos fueron abandonados y las grandes estrellas comenzaron a marcharse.

El caso de Evergrande se convirtió en el símbolo perfecto de este proceso.

El mismo grupo empresarial que había construido uno de los clubes más poderosos de Asia terminó atrapado en una crisis financiera de enormes dimensiones.

El club desapareció de la máxima categoría del fútbol chino.

El modelo que había prometido convertir a China en una potencia futbolística había demostrado ser extremadamente vulnerable.

Desde 2021, más de 40 equipos habrían desaparecido.

La gran expansión había terminado y entonces apareció la realidad.

China había conseguido comprar una liga más espectacular pero no había conseguido comprar una selección nacional mejor.

La corrupción llegó hasta la selección nacional

La gravedad del problema quedó especialmente clara cuando los escándalos comenzaron a alcanzar a figuras directamente vinculadas con la selección nacional.

Uno de los casos más importantes es el de Li Tie.

Antiguo jugador internacional chino, ex futbolista del Everton y posteriormente seleccionador nacional, Li Tie representaba una de las figuras más conocidas del fútbol chino.

Pero su carrera terminó envuelta en un enorme escándalo de corrupción.

Li Tie fue condenado a 20 años de prisión por delitos relacionados con sobornos y amaño de partidos.

Según las investigaciones, habría pagado dinero para favorecer resultados deportivos y habría utilizado sobornos para impulsar su carrera profesional.

Uno de los aspectos más llamativos del caso es la cantidad de dinero que, según las acusaciones, habría utilizado para convertirse en seleccionador nacional.

La cifra habría alcanzado aproximadamente los 440.000 dólares. La historia resulta especialmente simbólica.

La persona encargada de dirigir la selección nacional, el máximo símbolo deportivo del país, terminó siendo condenada por delitos relacionados con la corrupción.

Ya no se trataba únicamente de un club, ni de un empresario, ni de un funcionario. El problema había llegado hasta el centro mismo del fútbol nacional.

Comprar un ascenso

Uno de los aspectos más graves de las acusaciones contra Li Tie está relacionado con su etapa como entrenador de clubes.

Según las investigaciones, habría participado en pagos destinados a influir en partidos y favorecer ascensos.

La lógica es sencilla. Un club necesita subir de categoría. El ascenso tiene un enorme valor económico. Aumentan los ingresos, la visibilidad, el prestigio y también aumenta el valor del propio club.

Si el resultado puede ser manipulado, entonces el ascenso deja de depender exclusivamente del rendimiento deportivo.

El fútbol se convierte en una transacción. El partido deja de ser una competición. Y pasa a convertirse en un instrumento para repartir beneficios.

Este tipo de prácticas destruye algo fundamental en cualquier deporte: la confianza.

Porque un aficionado puede aceptar que su equipo pierda. Lo que no puede aceptar es que el resultado haya sido decidido antes de que empiece el partido.

El problema no terminaba en Li Tie

El caso del exseleccionador no fue un episodio aislado.

Las autoridades chinas han llevado a cabo durante años campañas contra la corrupción en el fútbol. Jugadores, entrenadores, árbitros, dirigentes, funcionarios y otras personas vinculadas a clubes.

Numerosas figuras han sido investigadas o sancionadas por corrupción, amaños de partidos y apuestas.

A principios de 2026, las autoridades ampliaron las sanciones contra personas vinculadas a estos casos, incluyendo nuevas prohibiciones de por vida para jugadores y dirigentes.

En total, decenas de personas han recibido sanciones de este tipo durante las distintas campañas anticorrupción.

El antiguo vicepresidente de la Asociación China de Fútbol, Du Zhaocai, también fue condenado a 14 años de prisión por corrupción.

Según las informaciones sobre el caso, reconoció prácticas relacionadas con el uso de dinero y regalos para facilitar procesos oficiales.

Los casos son diferentes entre sí pero juntos dibujan una imagen preocupante.

La corrupción no estaba concentrada en un único nivel, aparecía en diferentes puntos del sistema.

Y cuando un problema se repite en varios niveles, resulta difícil considerarlo simplemente una colección de casos individuales.

El amaño de partidos destruye el fútbol desde dentro

Existe una diferencia fundamental entre gastar mal el dinero y corromper una competición.

Un club puede pagar demasiado por un jugador, construir un estadio innecesario, acumular deudas o desaparecer.

Todo eso es una mala gestión pero el amaño de partidos es algo diferente. Porque destruye la esencia misma del deporte.

Si un jugador recibe dinero para perder deliberadamente, si un árbitro es sobornado o un dirigente manipula una competición. Si un equipo paga a otro para favorecer un resultado.

Entonces el fútbol deja de ser una competición deportiva y se convierte en un mercado.

Esta es una de las razones por las que la corrupción puede ser mucho más peligrosa para el fútbol que las pérdidas económicas.

Un club endeudado puede desaparecer pero la confianza perdida es mucho más difícil de recuperar.

El fútbol como herramienta de influencia

Aquí es donde el concepto de guanxi vuelve a aparecer.

La cuestión no es afirmar que el guanxi sea sinónimo de corrupción. Sería una simplificación incorrecta.

El problema surge cuando una cultura de relaciones personales y reciprocidad se combina con un entorno donde existen grandes cantidades de dinero, poder político y decisiones administrativas.

En ese contexto, las relaciones pueden convertirse en una ventaja decisiva. Un empresario puede necesitar un favor.

Un funcionario puede necesitar demostrar resultados. Un club puede necesitar financiación.

Un dirigente puede necesitar mantener su posición. Un entrenador puede querer conseguir un puesto.

Y todos ellos pueden encontrarse dentro de la misma red.

El fútbol se convierte entonces en un espacio donde las relaciones tienen un valor enorme.

Y cuando las relaciones tienen más peso que las reglas, la competición comienza a perder su sentido.

La paradoja de Xi Jinping

Existe aquí una paradoja especialmente interesante.

La lucha contra la corrupción ha sido una de las grandes prioridades políticas de Xi Jinping. También lo ha sido el desarrollo del fútbol.

Pero ambas cosas pueden haber terminado chocando.

Cuanto más dinero recibe un sector considerado estratégico, más oportunidades existen para que alguien intente apropiarse de parte de ese dinero.

Cuanto mayor es la presión para alcanzar objetivos políticos, mayor puede ser la tentación de manipular los resultados.

Y cuanto más importante se vuelve un sector para el poder, más atractivo resulta para quienes buscan influencia.

El gran fracaso del modelo

La contradicción es difícil de ignorar.

China posee una población de aproximadamente 1.400 millones de personas. Tiene recursos económicos, infraestructuras y una enorme audiencia potencial.

Tiene una liga profesional y durante años tuvo la capacidad financiera para contratar a jugadores de primer nivel internacional.

Sin embargo, actualmente ningún jugador chino forma parte de las principales ligas europeas.

Y la selección nacional continúa sin acercarse al nivel de las grandes potencias asiáticas: Japón, Corea del Sur, Australia o Irán.

Incluso países con mucha menor tradición futbolística han conseguido avances significativos. Jordania y Uzbekistán estaban en el Mundial de 2026.

China no. La comparación con Islandia resulta todavía más llamativa.

Islandia tiene menos de 400.000 habitantes. China tiene más de 1.400 millones.

Sin embargo, Islandia consiguió clasificarse para un Mundial y convertirse en una de las grandes historias del fútbol internacional.

La población, evidentemente, no garantiza el éxito deportivo. Pero la comparación demuestra algo importante:

tener más habitantes no significa producir mejores futbolistas.

Y tener más dinero tampoco.

El problema era más profundo que los fichajes

El proyecto chino había partido de una premisa que parecía lógica desde el punto de vista económico:

invertir dinero → construir una gran liga → atraer grandes jugadores → aumentar el nivel → mejorar la selección nacional.

Pero el fútbol no funciona necesariamente de esa manera.

Una gran liga no produce automáticamente una gran selección.

Los mejores jugadores internacionales pueden llegar a un país sin que ese país sea capaz de producir jugadores de nivel equivalente. El resultado fue una paradoja.

China consiguió atraer talento extranjero, pero no consiguió producir suficiente talento nacional.

Los grandes fichajes ayudaron a mejorar el espectáculo pero no resolvieron el problema fundamental.

La selección seguía dependiendo de una cantera que no estaba produciendo jugadores capaces de competir al máximo nivel.

En otras palabras:

China había invertido en el producto final antes de construir correctamente la cadena que debía producirlo.

El dinero había llegado antes que la cultura

Este es probablemente el elemento más importante para entender el fracaso. El fútbol no es solamente una industria, también es una cultura.

Los grandes países futbolísticos no construyeron sus selecciones únicamente mediante inversiones estatales o fichajes internacionales.

El fútbol creció durante generaciones. Millones de niños jugaron en las calles, en los colegios, en los parques, pequeños clubes, equipos amateur, barrios o comunidades locales.

Los talentos aparecieron de forma constante porque existía una enorme base de personas jugando al fútbol. China intentó acelerar este proceso.

Pero no es fácil fabricar en diez años lo que otros países han construido durante un siglo.

El dinero puede construir estadios, puede financiar academias, contratar entrenadores, comprar jugadores, pero no puede crear instantáneamente una tradición.

No puede fabricar una cultura futbolística y tampoco puede garantizar que los mejores niños de una generación terminen convirtiéndose en futbolistas profesionales.

El giro hacia abajo

Después del colapso del modelo de la Superliga, comenzó a aparecer una idea diferente. Quizá China había intentado empezar por el lugar equivocado.

En lugar de construir el fútbol desde arriba, había que construirlo desde abajo. En lugar de grandes fichajes, niños.

En lugar de estrellas extranjeras, academias.

En lugar de grandes inversiones en clubes, fútbol amateur. En lugar de comprar prestigio, crear cultura.

En los últimos años, algunas competiciones locales y ligas amateur han comenzado a atraer una atención considerable.

El fenómeno de Suchao es especialmente interesante.

Jugadores que trabajan como profesores, repartidores, estudiantes o programadores participan en competiciones locales capaces de atraer a miles de espectadores y generar una importante actividad económica.

Lo más significativo es que el fútbol amateur puede convertirse en algo más que entretenimiento. Puede ser una vía para descubrir talento.

Algunos jugadores procedentes de estas competiciones han llegado incluso a ser convocados por selecciones juveniles.

Esto representa exactamente lo contrario del modelo que dominó el fútbol chino durante la década anterior.

Antes:

dinero → grandes clubes → grandes estrellas → éxito internacional.

Ahora:

niños → comunidades → fútbol amateur → academias → talento → fútbol profesional.

Es un cambio radical de dirección.

Y quizá sea también la única vía que tenga posibilidades reales de funcionar a largo plazo.

La paradoja china

La gran paradoja del fútbol chino es que el país tenía todo lo que, en teoría, debería permitirle convertirse en una potencia.

Dinero, población, infraestructuras, mercado, interés político. Y una enorme audiencia potencial.

Pero le faltaba algo mucho más difícil de comprar:

una estructura futbolística capaz de producir talento de manera constante.

China quiso construir una potencia futbolística de arriba hacia abajo. Primero llegaron los clubes, después las estrellas y los estadios.

Después las grandes inversiones, pero el talento local no apareció al mismo ritmo.

Y cuando el modelo económico que financiaba aquella expansión comenzó a colapsar, gran parte de la estructura también lo hizo.

El fútbol chino se encontró entonces ante una realidad incómoda.

El problema no era simplemente que se hubiera gastado demasiado dinero.

El problema era que el dinero había sido utilizado para intentar resolver un problema que el dinero, por sí solo, no podía resolver.

El fracaso deportivo no significa necesariamente fracaso absoluto

Existe, sin embargo, una última paradoja.

China no ha conseguido convertirse en una potencia futbolística sobre el terreno de juego. Pero eso no significa que su apuesta por el fútbol haya sido completamente irrelevante.

Durante años, el país consiguió atraer algunas de las mayores estrellas del mundo. Construyó infraestructuras.

Aumentó la visibilidad internacional de su liga. Generó enormes inversiones.

Y convirtió el fútbol en una herramienta de influencia económica y política. En cierto sentido, China consiguió parte de sus objetivos fuera del campo.

Lo que no consiguió fue transformar ese poder económico en poder deportivo. Y esa diferencia es fundamental.

Porque el fútbol tiene una característica que lo distingue de muchas otras industrias:

no basta con controlar los recursos.

Hay que producir jugadores, desarrollar entrenadores, crear clubes sostenibles, formar niños, construir comunidades y permitir que una cultura futbolística crezca durante generaciones.

Y eso no puede acelerarse simplemente firmando un cheque.

El verdadero desafío comienza ahora

El gran experimento futbolístico chino ha entrado en una nueva fase. La época de los fichajes millonarios parece haber quedado atrás.

La burbuja inmobiliaria que ayudó a financiar el crecimiento de numerosos clubes ha dejado profundas consecuencias.

La selección nacional sigue fuera del Mundial.

Y las autoridades continúan enfrentándose a problemas que van mucho más allá de los resultados deportivos.

Pero quizá el fracaso del modelo anterior haya abierto una oportunidad.

Si China realmente quiere convertirse algún día en una potencia futbolística, probablemente tendrá que aceptar algo que contradice la lógica de sus primeros años de expansión:

el fútbol no puede construirse únicamente desde arriba.

Puede que el futuro no esté en fichar al próximo Messi.

Puede que esté en encontrar al próximo jugador chino que pueda llegar a serlo.

Y para conseguirlo, China tendrá que resolver un problema mucho más difícil que el dinero. Tendrá que construir una cultura.

Una cultura futbolística capaz de sobrevivir a los cambios económicos, políticos y deportivos.

Porque al final, la historia de China demuestra una cosa:

se puede comprar una liga. Se pueden comprar estrellas. Se pueden construir estadios.

Pero todavía no se ha descubierto cómo comprar una selección nacional.