La visita de Donald Trump a China no es una parada diplomática más y muestra, más bien, que Estados Unidos empieza a asumir que ya no gobierna el mundo como antes. Un reconocimiento implícito de que el mundo ha cambiado y de que Norteamérica ya no ocupa la posición indiscutida que ha mantenido durante décadas. Pero ese reconocimiento está conviviendo, de forma contradictoria, con una política exterior norteamericana agresiva que deja ver que dentro del propio país hay dudas sobre qué rumbo tomar o, lo que es lo mismo, diferentes intereses capitalistas en juego.
El sistema internacional está atravesando una transición clara. El orden unipolar surgido tras la Guerra Fría se está agotando. La emergencia de China destaca como un elemento decisivo. Este cambio está siendo económico y es a la vez político, tecnológico y, como no, estructural. Estados Unidos sigue siendo la potencia central, sobre todo a nivel militar, pero ya no puede actuar como el árbitro único del sistema internacional.
China ha construido su ascenso con una estrategia sostenida y coherente. Desde las reformas iniciadas por Deng Xiaoping, el país ha pasado de la periferia económica a ocupar el centro del sistema global. Hoy es un país decisivo en el comercio, las finanzas y la producción industrial. Su participación en el comercio internacional ha aumentado de manera exponencial, convirtiéndose en un socio imprescindible para numerosas economías, el mayor socio comercial de más de 160 países. Proyectos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta han ampliado su presencia en Asia, África y Latinoamérica, mediante inversiones en infraestructura y redefiniendo redes y alianzas a escala global.
A nivel tecnológico, el avance chino es igualmente espectacular. Empresas como Huawei o Tencent se han convertido en líderes de sectores clave como las telecomunicaciones, la inteligencia artificial y los servicios digitales. China está compitiendo en todas las áreas tecnológicas y en muchas de ellas está marcando el ritmo de la innovación global. El desarrollo de las redes 5G, los avances en la computación cuántica y la creciente inversión en investigación y desarrollo son prueba de ello.
Este avance, junto al “sorpasso” económico en términos de PIB en paridad de poder adquisitivo, ha obligado a Estados Unidos a replantearse su marco estratégico. Ahora habla abiertamente de “competencia estructural” y define a China como un “rival sistémico”. Pero este cambio implica aceptar algo que durante años se ha evitado reconocer, que el mundo unipolar ha terminado.
Sin embargo, ese reconocimiento no se está traduciendo en una estrategia coherente. Mientras Washington asume que no puede contener por completo a China, está intensificando al mismo tiempo acciones unilaterales y agresivas en múltiples escenarios. Las agresiones ilegales que ha ejecutado este año son prueba de ello.
En enero, Estados Unidos ha llevado a cabo una invasión militar directa sobre territorio venezolano que ha incluido bombardeos y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y que se está prolongando con el chantaje militar al gobierno venezolano. Esta intervención militar violando la soberanía de Venezuela se presentó inicialmente como una acción contra un narcoterrorismo inventado por Estados Unidos, pero en muy pocos días mostraría que lo único que le interesaba era apoderarse del petróleo venezolano. En menos de dos meses, Estados Unidos se lanza a una nueva agresión, esta vez contra Irán, asesinando a su Presidente y a otros dirigentes y bombardeando las infraestructuras del país. En este caso se encuentra con un país con una capacidad militar, una decisión de su sociedad y una estrategia de guerra que le permite causar grandes daños a Estados Unidos e Israel y les fuerza a una guerra desigual donde el ejército agresor tiene que gastar miles de millones de dólares para parar los ataques de drones producidos por unos miles de dólares. La intención inicial de Trump de doblegar rápidamente a Irán al iniciar la guerra el 28 de febrero y presentarse a finales de marzo en China a reunirse victorioso con Xi Jinping fracasa. La reunión se pospone hasta mayo, se inician treguas y amenazas contra Irán e incumplimientos sistemáticos de estas amenazas que muestran el rechazo de los mercados financieros a las temeridades de Trump, se derrumba la imagen de Trump (se le apoda TACO) y pierde el apoyo de sus socios occidentales.
Estas acciones reflejan una terrible paradoja. Mientras reconoce en la práctica la emergencia de un mundo multipolar, Estados Unidos continúa actuando en muchos casos como si aún pudiera imponer unilateralmente sus decisiones. Y esta contradicción está debilitando su posición internacional. El coste político de esta estrategia ya es visible y algunos aliados tradicionales han empezado a marcar distancias. En Europa, las críticas se han intensificado, tanto por el fondo de las decisiones, como por la falta de consulta y de coordinación. El canciller alemán ha llegado a señalar que la política estadounidense frente a Irán está dañando la credibilidad global de Washington y evidenciando divisiones dentro de la OTAN.
Este creciente aislamiento no va a significar una ruptura total, pero sí una erosión clara del liderazgo estadounidense. Países que antes seguían de forma automática la línea de Washington ahora buscan mayor autonomía estratégica. La relación transatlántica ya no es incuestionable, y el Sur Global está observando con atención estas fracturas.
Por su parte, el posicionamiento internacional de China se ha construido en torno a la colaboración económica con todos los países y un discurso político orientado a reforzar el multilateralismo. Pekín defiende la soberanía estatal de todos los países, la no injerencia y la necesidad de un orden internacional más equilibrado, donde los países emergentes tengan mayor voz, la que les corresponde. En ese marco, se presenta como un socio del Sur Global, aportando financiación, infraestructuras y acceso a mercados sin las condiciones políticas habituales de las instituciones occidentales. China está impulsando espacios multilaterales alternativos o complementarios, defendiendo que la gobernanza global debe basarse en el diálogo y no en la imposición de una única potencia.
El desarrollo de la guerra contra Irán está condicionando de manera directa la visita de Donald Trump a China. Para Washington, llegar a Pekín con un escenario relativamente estabilizado en Oriente Medio habría fortalecido su posición negociadora, proyectando una imagen de control estratégico y sin abrir simultáneamente otro frente de desgaste geopolítico. En cambio, la ausencia de un acuerdo aumenta la dependencia norteamericana de la mediación china sobre Teherán, dado el peso económico y diplomático de Pekín en la región. Esa situación reduce el margen de maniobra de Trump y le obliga a compromisos con China.
En este contexto, la visita de Trump a China adquiere un significado especial, que se asemeja más a un momento de necesidad que a un gesto de fuerza. Estados Unidos necesita gestionar su relación con China porque no puede ignorarla ni doblegarla. La interdependencia económica y la realidad geopolítica internacional le obligan a ello.
Y es aquí donde aparece una idea importante, la posibilidad de una aceptación norteamericana de transitar hacia el multilateralismo. No como una elección ideológica, no por convicción, más bien como una adaptación pragmática a la realidad, por pura necesidad. La visita simboliza, aunque sea de forma incipiente y contradictoria, el reconocimiento de que los grandes problemas globales no pueden resolverse de manera unilateral. Esto no quiere decir que vaya a cambiar de un día para otro. La política exterior estadounidense sigue marcada por impulsos de dominación y por respuestas agresivas en escenarios considerados periféricos. Pero, al mismo tiempo, comienza a asumir sus límites en el centro del sistema global, donde China ya es un país imprescindible.
Las posibilidades de acuerdos dentro de la guerra comercial y tecnológica de Estados Unidos contra China están condicionadas por una rivalidad norteamericana difícil de superar. En el terreno comercial, es probable que se alcancen pactos parciales orientados a estabilizar aranceles, garantizar suministros estratégicos y evitar disrupciones graves en las cadenas globales. Sin embargo, en el ámbito tecnológico la situación es muy distinta. Los semiconductores, la inteligencia artificial o las telecomunicaciones se han ligado directamente a la seguridad nacional de Estados Unidos -dicho sea en el lenguaje norteamericano- o, en otras palabras, son las herramientas utilizadas para intentar frenar y colapsar la economía china. Una estrategia que sólo ha logrado acelerar el progreso tecnológico chino y su ya sobrepasada autosuficiencia. En ese contexto, más que un acuerdo global, lo que se perfila es una coexistencia tensa, una cooperación limitada en áreas de interés mutuo y una rivalidad norteamericana que se proyecta hacia el futuro.
Esta visita de Trump muestra el ascenso de China pero visualiza, también, las tensiones de unos Estados Unidos que, tras haber dominado el mundo en las últimas décadas, empieza a aceptar sus límites mientras sigue resistiéndose a abandonar las prácticas del pasado. En este equilibrio inestable nos jugamos buena parte del futuro del orden internacional.


