Los datos más recientes de la encuesta global de Gallup, recogidos en el estudio Gallup World Poll, muestran algo que hace apenas unos años muchos habrían considerado impensable. El liderazgo global de China alcanza hoy el 36 %, mientras que el de Estados Unidos se sitúa en el 31 %. Es la mayor ventaja registrada para China en los últimos veinte años.
Pero quizá el dato más revelador no sea la cifra en sí misma, sino la tendencia. En apenas un año, el liderazgo estadounidense ha caído del 39 % al 31 %. Las percepciones internacionales están cambiando y con ellas también la forma en que los ciudadanos del mundo observan el equilibrio global.
En Europa este cambio también empieza a sentirse. En varios países de la Unión Europea, algunos estudios de opinión indican que Estados Unidos es percibido ya como una amenaza mayor que China, aunque Rusia continúa siendo considerado el principal rival estratégico. Más allá de las cifras, lo que emerge es una sensación cada vez más extendida: el mundo busca liderazgos que aporten estabilidad, cooperación y soluciones reales.
Y en ese contexto China aparece con una característica que, desde mi punto de vista, explica buena parte de su creciente reconocimiento internacional: su forma de pensar el tiempo.
Existe un antiguo proverbio chino que dice 为善者流芳百世 (Wei shan zhe liu fang bai shi): la esencia de la conducta virtuosa perdura durante cien generaciones. Esta frase resume una filosofía profundamente arraigada en la cultura china: actuar hoy con responsabilidad pensando en el bienestar de quienes vendrán mañana.
Siempre que escucho esta idea recuerdo algo muy personal. Cuando era niña, en el colegio de mi pueblo, Quintanar de la Orden, mi maestra —mi querida “seño” Maritere— nos decía que debíamos aprender de las hormigas. “Trabajan despacio, ordenadamente y siempre con un objetivo”, repetía. En aquel momento parecía una simple enseñanza escolar, pero con los años comprendí que encerraba una gran verdad.
De alguna manera, esa filosofía recuerda mucho a la forma en que China ha construido su desarrollo contemporáneo.
Tras el llamado siglo de humillación, China inició un largo camino de reconstrucción nacional basado en la estabilidad, la planificación y el liderazgo del Partido Comunista de China. No fue un proceso improvisado ni rápido. Fue un proyecto de país pensado para décadas.
Los planes quinquenales han sido una de las herramientas fundamentales de esa visión. El reciente XV Plan Quinquenal de China vuelve a marcar las prioridades del país en ámbitos estratégicos como la innovación tecnológica, la sostenibilidad ambiental, la modernización industrial o la mejora de la calidad de vida de la población.
Este modelo se enmarca en el socialismo con peculiaridades chinas, una forma de gobernanza que combina planificación estratégica, estabilidad institucional y un fuerte compromiso con el bienestar colectivo. Sus resultados no se perciben únicamente en indicadores económicos. Se reflejan en la vida cotidiana de millones de ciudadanos: infraestructuras modernas, transporte eficiente, desarrollo tecnológico y oportunidades de progreso para amplias capas de la sociedad.
Pero el liderazgo también se mide por la forma en que un país se relaciona con el resto del mundo. Y en este ámbito China ha apostado por una idea sencilla pero poderosa: el desarrollo compartido.
La Belt and Road Initiative, conocida como la Nueva Ruta de la Seda, es quizá la expresión más clara de esta visión. A través de proyectos de infraestructuras, logística y cooperación económica, esta iniciativa está conectando regiones y creando nuevas oportunidades de desarrollo en numerosos países.
En Europa ya existen ejemplos concretos. Grecia, Italia, Hungría o Portugal han visto cómo estas inversiones fortalecen sus infraestructuras y su posición en el comercio internacional. Son experiencias que muestran que la cooperación puede generar beneficios reales y tangibles.
España observa también estas dinámicas con creciente interés. En un momento en el que nuestro país busca reforzar su base industrial, atraer innovación tecnológica y avanzar en la transición energética, la cooperación con China abre posibilidades que cada vez más sectores políticos y económicos comienzan a valorar con pragmatismo.
Desde la Fundación Cátedra China trabajamos precisamente para facilitar ese entendimiento mutuo. Porque comprender China no significa renunciar a lo que somos, sino ampliar nuestra mirada y reconocer que el mundo está cambiando.
A veces, las transformaciones históricas no se anuncian con grandes gestos, sino con cambios silenciosos en la forma en que las sociedades perciben el liderazgo. Hoy muchas personas empiezan a valorar un modelo basado en la estabilidad, la cooperación y la planificación a largo plazo.
Y quizá, al final, todo se reduce a aquella sencilla lección que mi seño Maritere nos enseñó de niños: avanzar como las hormigas, paso a paso, con paciencia, con orden y con un objetivo claro. Porque las obras que realmente perduran nunca se construyen deprisa. Se construyen pensando en el futuro.


