La pasada semana tuve el honor de participar, en mi calidad de Presidenta Ejecutiva de la Fundación Cátedra China, en el Foro Internacional de Think Tank para la Gobernanza de los Países en Desarrollo, organizado por la Escuela del Partido del Comité Central del Partido Comunista de China (Academia Nacional de Gobernanza) en Beijing bajo el lema “Misión y contribución de los partidos políticos en la gobernanza local”.
Más allá del valor institucional del encuentro y del interés de los intercambios académicos mantenidos con representantes de distintos países, esta experiencia me permitió observar de manera directa una cuestión que considero especialmente relevante para comprender la China contemporánea: el papel de la formación en la construcción de la gobernanza y en la legitimación cotidiana del ejercicio del poder.
En Europa, cuando se analiza la legitimidad política, el debate suele concentrarse principalmente en los procedimientos electorales, la representación institucional y la alternancia. Sin embargo, la experiencia china incorpora otra dimensión que merece ser estudiada con atención: la legitimidad vinculada a la capacidad de gobernar, generar resultados, mantener estabilidad institucional y formar liderazgos preparados para responder a transformaciones económicas y sociales cada vez más complejas.
Es precisamente en ese contexto donde la Escuela del Partido del Comité Central del Partido Comunista de China adquiere una relevancia singular.
Tuve la oportunidad de intercambiar impresiones con el profesor Xie Chuntao, vicepresidente ejecutivo de esta institución y una de las figuras académicas más reconocidas del pensamiento político contemporáneo en China, así como con representantes políticos y sociales presentes en el encuentro. De aquellas conversaciones surgió una idea que merece reflexión: en el modelo chino, gobernar no se entiende únicamente como administrar; gobernar implica también formar.
Esta institución, cuyos orígenes se remontan a 1933 y que actualmente integra la Academia Nacional de Gobernanza, constituye uno de los principales espacios de formación de cuadros políticos, funcionarios y responsables institucionales del país.
Su función trasciende la enseñanza convencional. Se trata de una estructura orientada al estudio de la gobernanza, la formación continua de responsables públicos, el desarrollo teórico, el análisis estratégico y la preparación de dirigentes capaces de actuar en entornos de elevada complejidad.
Quien visita esta institución comprende rápidamente que la formación no ocupa un lugar accesorio dentro del sistema político chino; constituye uno de sus pilares.
Resulta especialmente interesante observar cómo esta visión conecta con una tradición política más amplia presente en China: la idea de que el liderazgo requiere preparación, continuidad institucional y aprendizaje permanente.
En un momento histórico caracterizado por ciclos políticos acelerados, sobreexposición mediática y una creciente dificultad para sostener políticas de largo plazo, el caso chino introduce una pregunta que merece atención internacional: ¿cómo se construyen liderazgos capaces de pensar más allá del corto plazo?
No se trata de trasladar modelos entre sistemas políticos diferentes ni de establecer comparaciones simplificadas.






Se trata de reconocer que el estudio de China exige comprender sus propias categorías políticas e institucionales.
En este sentido, el socialismo con características chinas ha desarrollado una arquitectura institucional que concede una importancia central a la planificación estratégica, a la formación política y administrativa y al fortalecimiento continuo de capacidades estatales.
Desde esta perspectiva, el pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas para la nueva era aparece como uno de los marcos de referencia que orientan actualmente el debate sobre desarrollo, gobernanza y modernización en China.
Se podrá compartir o no cada una de sus formulaciones, pero resulta difícil negar que forma parte del núcleo intelectual desde el que China está interpretando su papel en el siglo XXI.
Para España, este hecho tiene implicaciones evidentes.
China ya no es únicamente un socio comercial relevante ni un actor económico imprescindible. Es también un productor de ideas, modelos de gestión pública y propuestas de gobernanza que están siendo observadas por numerosos países.
Comprender China exige estudiar sus instituciones, escuchar sus debates internos y generar espacios de diálogo sostenido.
Ese es precisamente el espacio que aspira a ocupar la Fundación Cátedra China.
No como un instrumento coyuntural ni como una plataforma sometida a lógicas partidistas, sino como una institución orientada al conocimiento, al intercambio y a la construcción de relaciones estables entre España y China.
Porque el diálogo entre ambos países debe situarse en un plano estratégico.
Necesitamos más estudio y menos eslóganes; más conocimiento y menos prejuicios; más capacidad de interlocución y menos aproximaciones superficiales.
La experiencia vivida en Beijing confirma una convicción que considero central para los próximos años: comprender China ya no será una cuestión reservada a especialistas.
Será una necesidad para quienes aspiren a participar con criterio en los grandes debates internacionales.
Y para comprender China conviene empezar por aquello que el propio país considera esencial para su desarrollo: la formación, el estudio y la preparación del liderazgo.


