Por qué Trump necesitó a Nvidia, Apple y Tesla en su viaje a China

La visita oficial de Trump no es una misión diplomática más, sino una reunión entre dos gigantes industriales que intentan reorganizar las reglas de convivencia de la economía tecnológica mundial

Donald Trump ya había iniciado el viaje rumbo a Beijing cuando los medios comenzaron a comentar la ausencia de Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia y probablemente una de las figuras más importantes de toda la industria global de inteligencia artificial.

Horas más tarde, Nvidia confirmaba que Huang se incorporaría finalmente al viaje por invitación directa del presidente y Trump lo recogería en Alaska de camino a China. Podría parecer algo casi anecdótico pero hace pensar que la industria tecnológica en este viaje tenía más poder que el propio gobierno y que, las compañías más estratégicas de EEUU tenían exigencias a cambio de acompañar a su presidente.

La visita oficial de Trump a China, celebrada entre el 13 y el 15 de mayo por invitación de Xi Jinping, no es una misión diplomática más, sino una reunión entre dos gigantes industriales que intentan reorganizar las reglas de convivencia de la economía tecnológica mundial.

Basta observar quién viajaba en el avión presidencial para entenderlo. Junto a Trump viajaban Elon Musk (Tesla y SpaceX), Tim Cook (Apple), Larry Fink (BlackRock), Stephen Schwarzman (Blackstone), Kelly Ortberg (Boeing), David Solomon (Goldman Sachs), Cristiano Amon (Qualcomm), Larry Culp (GE Aerospace), Jane Fraser (Citigroup) y Sanjay Mehrotra (Micron Technology), además de ejecutivos de sectores como agricultura, pagos digitales, aviación, energía o semiconductores.

La fotografía de grupo parecía, más que una delegación política, un mapa de la infraestructura económica occidental y, probablemente, eso era lo que pretendía ser.

Durante años, la relación económica se basó en que Estados Unidos diseñaba gran parte de la tecnología avanzada del planeta y China fabricaba buena parte de los productos que consumía Occidente. Pero la inteligencia artificial, los chips avanzados, la automatización industrial y la reorganización geopolítica del mundo han roto ese equilibrio y desde entonces, las grandes tecnológicas estadounidenses han dejado de ser simples compañías privadas para convertirse en piezas críticas de la estrategia nacional. La diplomacia, la industria y la tecnología se han fusionado hasta el punto de resultar casi imposibles de separar.

Nvidia

La presencia de Jensen Huang era probablemente el ejemplo más claro de ello. Nvidia ocupa hoy una posición central dentro de la carrera global de inteligencia artificial porque sus GPUs se han convertido en el hardware fundamental para entrenar modelos avanzados de IA. La mayor contradicción es que mientras que Estados Unidos intenta impedir que Beijing acceda a los chips más avanzados para frenar su desarrollo tecnológico en inteligencia artificial, China sigue siendo uno de los mercados más importantes para Nvidia.

Reuters reveló que Washington ya había autorizado a varias empresas chinas, entre ellas Alibaba, Tencent, ByteDance o JD.com, a comprar chips H200 de Nvidia, uno de los aceleradores más importantes de la compañía para centros de datos de IA. Sin embargo, las entregas siguen prácticamente bloqueadas porque Beijing sabe de sobra la vulnerabilidad que supone depender de chips estadounidenses, y Washington intenta mantener su ventaja tecnológica. Incluso se ha plantear una fórmula según la cual Estados Unidos captaría un 25% de los ingresos derivados de determinadas ventas autorizadas a China.

Apple

Apple lleva años intentando trasladar parte de su producción a India y otros países asiáticos, pero la inmensa mayoría de los iPhone continúa fabricándose en suelo chino. China no es únicamente la gran fábrica de Apple, sino que es también es uno de sus mercados más importantes y uno de los pilares fundamentales de toda su cadena logística global.

Tim Cook no viajaba simplemente como director ejecutivo de una multinacional tecnológica sino como el representante de una de las cadenas de suministro más complejas y estratégicas del planeta.

Tesla

Con Tesla ocurre algo parecido, aunque un poco más complejo. La gigafactoría de Shanghái se ha convertido en una de las instalaciones más eficientes de toda la compañía y sigue siendo clave para la producción mundial de vehículos eléctricos del grupo.

Pero Tesla depende de China, no solo para fabricar sus coches, sino porque necesita baterías, componentes industriales, tierras raras, capacidad solar y permisos regulatorios para desplegar tecnologías como Full Self-Driving en el mercado chino.

Además, Tesla busca con este viaje algo de claridad sobre posibles restricciones a exportaciones chinas de tecnología solar y negociar compras multimillonarias de equipamiento energético fabricado en China.

La presencia de Musk también tenía inevitablemente una dimensión política. Su relación con Trump había atravesado meses de tensión tras varios enfrentamientos públicos relacionados con política fiscal y regulación tecnológica y ahora parece que ambos parecen haber vuelto a aproximar posiciones. Algunos analistas incluso llevan tiempo especulando con la posibilidad de que Musk funcione como una especie de puente informal entre Washington y Beijing, precisamente porque Tesla depende profundamente de ambos ecosistemas.

La composición completa de la delegación dejaba algo todavía más interesante: cada empresa parecía representar un cuello de botella distinto dentro del sistema tecnológico global.

Qualcomm sigue siendo esencial en conectividad móvil y 5G, Micron Technology representa uno de los actores más importantes en memoria avanzada, un componente crítico para servidores, centros de datos y sistemas de IA, Boeing buscaba nuevos pedidos de aviones en un momento especialmente delicado para la compañía y el sector y BlackRock, Goldman Sachs o Citigroup viajaban para intentar ampliar el acceso al mercado financiero chino.

El resultado ha sido una fotografía que revela lo que llevamos años defendiendo que, a pesar de la rivalidad tecnológica, ambos países siguen profundamente integrados en sectores esenciales. Y cuanto más avanza la inteligencia artificial y las necesidades de energía y cómputo, más estratégica (y evidente) resulta esa dependencia mutua.

La IA no es solo software, es también electricidad, centros de datos, fabricación avanzada, memoria, minerales críticos, cadenas logísticas, redes energéticas y capacidad industrial.

Esa dimensión industrial aparece con especial claridad en el asunto de las tierras raras. Según datos de la Agencia Internacional de la Energía citados estos días durante la cumbre, China concentra alrededor del 91% del refinado mundial de tierras raras utilizadas en imanes avanzados. Elementos como disprosio, terbio o itrio son fundamentales para electrónica, automoción, defensa, turbinas, baterías y sistemas tecnológicos avanzados. Desde que Beijing endureció controles sobre varias exportaciones estratégicas en 2025 (como respuesta a los aranceles y control de las exportaciones impuestos por EEUU), los precios internacionales se han disparado y numerosos sectores industriales occidentales han empezado a sentir la presión.

Y ahí vuelve a aparecer otra contradicción central del siglo XXI. Estados Unidos mantiene ventaja en diseño de chips, software e investigación avanzada en IA, pero China conserva una posición enormemente dominante en parte de la infraestructura material necesaria para sostener esa revolución tecnológica.

La visita también reflejaba un cambio importante en la forma en la que Washington parece entender su relación con Beijing.

Durante años, gran parte de la estrategia estadounidense se apoyó en la idea de que China debía reformar profundamente su modelo económico. Ahora el enfoque parece mucho más pragmático y transaccional. Algunos medios han reportado que varias de las empresas aceptaron participar en la delegación solo si existía un “tangible ask”, una petición concreta susceptible de producir algún desbloqueo regulatorio o comercial.

Ese enfoque explica iniciativas como el posible “Board of Trade” bilateral impulsado por el representante comercial Jamieson Greer. La idea sería construir una estructura permanente para gestionar disputas en sectores considerados no estratégicos para la seguridad nacional, como agricultura o determinados bienes industriales.

EEUU ya se ha dado cuenta de que no puede intentar transformar la economía china, sino gestionar la rivalidad sin romper completamente la integración económica.

Eso también ayuda a entender el tono sorprendentemente cordial que Trump y Xi Jinping han mantenido públicamente durante la visita.

Trump habló de Xi Jinping como “un gran líder” y aseguró que la relación bilateral podía entrar en una etapa mejor que nunca.

Xi Jinping respondió insistiendo en que las guerras comerciales no tienen ganadores y en que la cooperación económica sigue siendo mutuamente beneficiosa. Sin embargo, el líder chino endureció claramente el discurso en torno a Taiwán, advirtiendo de que manejar mal esa cuestión podría provocar choques o incluso conflictos. Y precisamente ahí aparece el gran límite de toda la cumbre.

Ha habido gestos concretos: China ha renovado licencias para cientos de plantas estadounidenses de procesado de carne de vacuno. Washington ha autorizado determinadas operaciones relacionadas con chips H200. Las conversaciones sobre comercio agrícola y energía siguen abiertas. Pero en las cuestiones verdaderamente estructurales nadie parece dispuesto a ceder demasiado.

Las tierras raras y las restricciones sobre semiconductores continúan funcionando como herramienta de presión geopolítica. China continúa intentando acelerar su autosuficiencia tecnológica. Estados Unidos mantiene el objetivo de conservar ventaja en inteligencia artificial, pero sabe que depende de China. Y la cuestión de Taiwán sigue ocupando el centro de toda la relación bilateral.

Por eso muchos analistas están leyendo la visita más como una estabilización temporal que como una reconciliación real.

De hecho, una parte importante de las declaraciones recientes de Jensen Huang giran precisamente alrededor de eso. El CEO de Nvidia lleva meses insistiendo en que China ya no puede analizarse únicamente como un mercado o una amenaza comercial, sino como uno de los ecosistemas tecnológicos más avanzados y competitivos del planeta. Huang ha repetido en varias ocasiones que China cuenta con investigadores de primer nivel, una enorme capacidad de ingeniería, infraestructuras energéticas masivas, una velocidad extraordinaria de ejecución industrial y un ecosistema tecnológico capaz de optimizar algoritmos y modelos incluso bajo restricciones severas de hardware.

Y esos factores sitúan a Beijing en cabeza de la carrera de la inteligencia artificial. Y EEUU lo sabe.

China dispone de enormes capacidades eléctricas para alimentar centros de datos a gran escala, algo que empieza a convertirse en uno de los principales cuellos de botella de la IA occidental. También cuenta con una capacidad de construcción industrial extremadamente difícil de replicar en occidente.

Además, aunque Estados Unidos mantiene liderazgo en diseño de chips avanzados y modelos frontier, China ha demostrado durante los últimos años una enorme capacidad para optimizar software y algoritmos alrededor de hardware limitado.

DeepSeek se convirtió precisamente en uno de los ejemplos más comentados de esa tendencia: modelos muy competitivos entrenados con menos recursos de los que muchos analistas occidentales consideraban necesarios hace apenas dos años.

A eso se suma otro elemento todavía más delicado. China no solo fabrica una parte enorme de la electrónica mundial. También concentra aproximadamente el 60% de la producción global de chips maduros y una parte enorme de la capacidad industrial asociada a empaquetado, refinado de materiales y componentes críticos. Aunque todavía se encuentra por detrás de Estados Unidos en determinados semiconductores avanzados, muchos ejecutivos del sector consideran que la cuestión ya no es si China logrará reducir esa distancia tecnológica, sino cuánto tiempo tardará en hacerlo.

Y mientras tanto, Washington sigue dependiendo enormemente de herramientas defensivas más que ofensivas.

Estados Unidos ha basado su estrategia reciente en bloquear exportaciones, restringir acceso a tecnología crítica o ralentizar el avance chino mediante controles regulatorios.

Eso puede retrasar determinados desarrollos, pero no necesariamente detenerlos para siempre.

Especialmente porque China conserva una ventaja enorme en buena parte de la infraestructura física necesaria para sostener toda esta revolución tecnológica. Además de las tierras raras, las baterías, paneles solares, refinado de materiales críticos, componentes industriales, manufactura avanzada y capacidad logística siguen estando profundamente dominados por el ecosistema industrial chino.

Y esa probablemente sea la contradicción más importante de toda la cumbre: Estados Unidos sigue liderando muchos de los segmentos más sofisticados de la inteligencia artificial, pero China parece controlar cada vez más partes fundamentales de la infraestructura material necesaria para sostenerla a escala masiva.

Por eso el viaje no transmitía la sensación de que Washington estuviera negociando, sino que parecía el reconocimiento implícito de que la rivalidad tecnológica ya no puede gestionarse únicamente mediante presión comercial o restricciones de exportación y la asunción de que EEUU necesita más a China que al revés.

EEUU parece haber admitido que la pregunta ya no es si China logrará ganar la carrera de la IA, sino cuánto tiempo tardará en hacerlo.