El pasado 12 de mayo quedó inaugurada en el Centro Cultural de China en Madrid la exposición “El Ciclo del Color, de la Cueva de Altamira al Palacio Yongle”, una muestra que podrá visitarse hasta el próximo 20 de junio y que propone un diálogo artístico y cultural entre dos grandes legados de la historia de la humanidad: las pinturas rupestres de Altamira y los murales taoístas del Palacio Yongle en China.
La inauguración contó con la presencia de la comisaria de la exposición, Luo Xinwen; del artista Chen Mu; del embajador de China en España, Yao Jing; y de María José Calero, representante del Área de Cultura del Ayuntamiento de Madrid. Asimismo, asistieron alumnos de la Universidad Complutense de Madrid, especialmente de los programas de estudios de Asia Oriental y Arqueología, así como representantes de la Fundación Cátedra China.

La exposición reúne 17 obras —entre copias, recreaciones e instalaciones— realizadas por 15 artistas contemporáneos inspirados en los murales del Palacio Yongle, uno de los conjuntos taoístas más importantes de China y el mayor complejo taoísta conservado de la dinastía Yuan. Fundado en 1247 en la provincia china de Shanxi, el Palacio Yongle alberga más de mil metros cuadrados de murales considerados una de las cumbres de la pintura mural china y un tesoro excepcional del patrimonio artístico universal.
Uno de los elementos centrales de la muestra es el uso de pigmentos minerales naturales, empleados tanto en las cuevas de Altamira hace más de 15.000 años como en los murales taoístas de Yongle hace más de ocho siglos. Hematita, carbón vegetal, malaquita, azurita o cinabrio son algunos de los materiales extraídos de la tierra que han permitido al ser humano dejar una huella visual duradera a través del tiempo. La exposición pone en valor cómo estos pigmentos, nacidos de minerales y piedras naturales, conservan todavía hoy la intensidad y profundidad de sus colores, conectando épocas y civilizaciones aparentemente lejanas.
La muestra establece además un significativo diálogo intercultural con el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, institución que colabora en este proyecto junto al Ministerio de Cultura de España. Este intercambio cultural permite reflexionar sobre una idea común: la necesidad universal del ser humano de representar el mundo, lo sagrado y la vida a través del color y la imagen.
En este sentido, la exposición articula tres grandes líneas conceptuales. La primera parte de la idea de que, aunque las deidades representadas en los murales del Palacio Yongle permanecen inmóviles, todavía puede percibirse “su brisa” ocho siglos después a través de la fuerza espiritual y estética de las obras. La segunda propone una visión de “dioses cercanos”, humanizados y emocionalmente accesibles, que conectan con las inquietudes y aspiraciones de las personas de cualquier época. Finalmente, la tercera línea se centra en el concepto de “destino común”, estableciendo un puente entre los 15.000 años de antigüedad de los bisontes de Altamira y los 800 años de los dioses taoístas de Yongle, como expresiones diferentes de una misma necesidad humana de trascendencia, memoria y permanencia.

La exposición invita así a contemplar las huellas del ser humano sobre la tierra no solo como restos arqueológicos o artísticos, sino como testimonios de civilización, espiritualidad y sensibilidad compartida. Desde las primeras figuras animales pintadas en roca hasta los complejos murales religiosos de la China medieval, el recorrido muestra cómo el color ha servido durante milenios para preservar emociones, creencias y visiones del mundo, convirtiéndose en un lenguaje universal que atraviesa culturas y épocas.
Durante el acto inaugural, el embajador Yao Jing destacó además que, tras la reciente visita del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, a China, ambos países continuarán impulsando las actividades culturales compartidas y fortaleciendo los intercambios entre instituciones culturales, académicas y artísticas de España y China.
La exposición supone, en definitiva, una nueva muestra del creciente acercamiento cultural entre ambos países y una oportunidad excepcional para que el público madrileño descubra la riqueza estética y espiritual del patrimonio mural chino en diálogo con uno de los grandes símbolos del patrimonio prehistórico europeo.



